9 de julio de 2026
Historias
Se destapó la novia de James Rodríguez
Luisa María Duque tiene veintitrés años, nació en Pereira, es modelo y empresaria, y llega a SoHo para romper su silencio. Es la novia de James Rodríguez, el 10 de la Selección Colombia, pero su historia no nace ahí.
Por: Redacción Soho
« Calladita no me veo más bonita »
Por Ronald Mayorga
Incluso, aunque Luisa María Duque podría estar desde hace mucho rato en las portadas de todas las revistas, prefirió resguardarse y saltar a la cancha de los medios solo en el momento ideal. Y para eso eligió a SoHo: «No quiero ser ‘la novia de’. Soy Luisa Duque y tengo una historia para contar».
(Para este tema de portada le pedimos a Juan Carlos Mazo, director de cine, teatro y televisión, que juntara su talento creativo con el del fotógrafo Giorgio Del Vecchio. El resultado es el diálogo de dos artistas y su encuentro. Ambos convirtieron las declaraciones de Luisa en un manifiesto, en un performance, y este es el resultado).
Los enormes tacones de doña Ruby sonaban muy fuerte cada mañana sobre el piso de madera de aquella casa grande en Pereira. Y con esa señal, Luisa y su hermano mayor Juan José entendían que su mamá se iba a trabajar, no sin antes dejar la casa oliendo a ese perfume que la hacía identificar a casi dos metros de distancia. Esa es la imagen más fuerte que Luisa tiene de niña, la de una mamá poderosa: «Ella se reinventaba permanentemente para ganarse la vida. Es el ejemplo de la mamá todera que está en muchos hogares colombianos». Ruby venía de una casa grande, criada a lo colombiano: una casa de puertas abiertas en la que vivían muchos hijos, primos e incluso se adoptaba —sin mayores preguntas— a algún muchachito o muchachita que de pronto había aparecido abandonado en el pueblo, y que en pocos meses era un hermano más.
Por eso los recuerdos de infancia no son en un solo lugar, esa casa materna podría ser en Pereira, la ciudad donde nació, pero también en Manizales, Anserma o en Medellín, lugares donde también vivió. «Tanto cambio de ciudad era porque mi mamá buscaba un mejor futuro. Yo la veía como una súper mamá empoderada, entaconada, una mujer bonita pero que no se quedaba en la casa esperando a que alguien resolviera. Ella resolvía. Ella tenía —aún la tiene— una empresa de azúcar y yo la veía cargando bultos. Ella, como yo, también se fue muy pequeña de su casa. A los diecisiete años, pero casada».
«Se fue a los diecisiete años, pero casada», en eso hace énfasis Luisa. Aquel recuerdo lo resalta de manera inconsciente. Lo hace a pesar del alma libre que pudo ser su mamá, quien cumplió con la sagrada tradición de salir de la casa, de manera oficial, pero con pedida de mano incluida. Como mandan las sagradas escrituras. Es que aunque las cosas hayan cambiado entre algunas generaciones, esos preceptos tradicionales —que se sirven como sopa caliente en el almuerzo de los domingos, que se sueltan como comentario inofensivo en medio de una celebración de cumpleaños o que llega a ser el tema principal con el tinto caliente de las cuatro de la tarde en la finca— están en la cabeza de Luisa como una herencia a la que no se puede renunciar con facilidad. «Mi mamá se enamoró de un coronel de la Policía y aunque mi abuela es una mujer muy conservadora, ella rompió el molde. Eso fue una decisión muy fuerte, porque mi abuela era una mujer psicorrígida».

Los papás de Luisa se separaron cuando ella aún era una niña, pero ambos siguieron cerca de ella. Su papá no fue un padre ausente, por el contrario, estaba siempre al tanto de sus pasos, de lo que ocurría con su vida y, justamente, era al que más le costaba ver cómo la niña dulce decidía poco a poco acercarse al mundo de los grandes pero en un escenario repleto de complejidades: el de los reinados, las pasarelas y la belleza. El papá de Luisa era otra fuerte representación conservadora con la que ha tenido que ir dialogando en su vida.
Y bueno, por otro lado y quizá sin saberlo, doña Ruby fue quien le terminó mostrando que la vida tenía otras posibilidades cuando una mujer entendía sus capacidades y, con permiso o sin él, buscaba ponerlas en acción, a punta de disciplina, asumiendo ciertas batallas, aun llevando la contraria, o levantándose con firmeza cuando la vida llegaba con sacudidas, como el día en que la llamaron a decirle que su primer esposo había sido asesinado en La Guajira. Lo mismo sucedió el día en que, siendo quizá una de las primeras mujeres en convertirse en gerente de una entidad de salud, tuvo que empacar la vida en unas pocas maletas y salir con sus dos hijos, Luisa María y Juan José, a refugiarse en otra ciudad porque la delincuencia había llegado hasta su oficina para extorsionarla, notificándole que tenían rastreados todos sus movimientos y los de toda su familia.
Impulsada por lo que había visto cuando era una niña, Luisa también se fue de su casa a los diecisiete, pero sin casarse. Se fue para estudiar en Nashville, Estados Unidos, con la promesa de volver para construir un hogar junto a su primer novio, quien en ese momento, igual que ella, era un adolescente. Y como esa idea estaba sembrada en su cabeza, volvió obstinada con ese propósito. Pero resultó un desastre. La apuesta duró solo seis meses y después de eso entendió que quizá debía dedicarle más tiempo a su vida individual, que al mandamiento de formar una familia perfecta sin haber transitado por los caminos que maduran la existencia.

«En esa época sí que tuve que recibir los regaños de mi abuela; ella me molestaba mucho cuando me fui de la casa, porque quería que yo aprendiera a cocinar, que aprendiera los oficios que, según su generación, debe aprender toda mujer antes de ser esposa. Era ese tipo de abuela tradicional, que no paraba de darme cátedra».
Luisa heredó la genética de su mamá y por eso gente del mundo de la moda le ofreció de manera temprana trabajar como modelo: «Muy pronto me llegaron ofertas para trabajar con marcas y empecé a viajar a Medellín. A mi papá no le gustó ni cinco porque es un hombre tradicional. Iba dos días a la semana a Medellín, hasta que dije no más, me mudo a estudiar y a trabajar allá, me voy a buscar mi independencia».
Esa decisión le moldeó el carácter. Luisa apostó todo por demostrar que a los diecinueve podía caminar con firmeza, así que alquiló una habitación en un apartamento con una de sus mejores amigas, hizo castings para trabajar y empezó a convivir con gente mucho mayor que ella: «Tenía que asumir un rol de mujer adulta. Estudiaba, trabajaba y si no lo hacía bien no iba a ser sostenible».
Y fue un año después de llegar a Medellín que terminó conociendo al novio con el que ya lleva cerca de tres años, el capitán de la Selección Colombia, James Rodríguez.
Ocurrió en 2023 y estaba a punto de ingresar a la universidad, pero el amor pudo con todo y su vida cambió. Fue antes de la Copa América y esa fue una primera etapa en la que seguramente Luisa pudo entender en qué cancha iba a jugar.
No debe ser nada fácil convertirse de la noche a la mañana en la pareja de uno de los jugadores más visibles del país, de un miembro exclusivo de la élite del fútbol que ha pasado por equipos como el Everton FC, el Bayern Munich y el Real Madrid. Rápidamente, la niña soñadora de Pereira tuvo que aprender a lidiar con la luz incandescente de los reflectores mediáticos, con los comentarios en redes sociales y con el dedo acusador de la prensa de todos los niveles.
Primero vivieron juntos en Madrid y después en México. Sus últimos años han sido así, mudándose de país en país, de casa en casa, porque así es que funciona la vida de los futbolistas. Y en ese camino, Luisa ha ido entendiendo cuál es la mejor forma de no convertirse en un ser invisible, de no permitir que su propio camino termine. Por eso, al ver que la idea de estar de nuevo en un salón de clases de manera permanente y presencial no iba a ocurrir, decidió inscribirse en una universidad virtual y así, entre viajes largos, campeonatos, copas del mundo, sentada en la banca de un estadio, en su casa en México, o en un hotel en Colombia, saca el tiempo necesario para continuar con su carrera de Administración. En últimas, eso fue lo que aprendió de su mamá, a adaptarse, a «encontrarle la comba al palo», pero sobre todo a no dejar que otros resuelvan por ella, porque Luisa también resuelve.
Una de sus primeras decisiones fue cuidarse y cuidar a su familia. Sí, porque lo primero que salta a la cabeza es cómo una mujer como ella, con la posibilidad servida de estar frente a los reflectores de la industria del entretenimiento y aprovecharlos a su favor, no lo ha hecho. Luisa ha logrado una discreción absoluta en una industria que casi siempre quiere conocer hasta el color de la ropa interior de sus futbolistas.
«Yo no me escondo. No ando con una gorra y gafas de sol. Creo que si tengo el control de escoger qué se sube a las redes, o qué se cuenta, pues lo voy a hacer. No se trata de esconderse, sino de cuidarse. No pretendo ser famosa. No me gusta la fama rápida. Por encima de todo debe estar la dignidad. Si algún día la gente me reconoce, que sea por mi camino. No me interesa ser «la de», «la novia de». Yo no soy eso. Mi nombre es Luisa Duque y, aunque entiendo perfectamente lo que representa esto, las mujeres somos más que cualquiera de esos encasillamientos. Esa no es la forma de instalar a una mujer en el mundo».

Eso y su firme intención de cuidar su entorno la han hecho asumir una posición discreta. Una decisión personal que no nació ahora, lo ha hecho siempre, por eso en sus redes evita subir fotos de su familia o de sus cercanos. Esa es una forma de cuidarlos, de no tener que involucrarlos a la fuerza y sin permiso en un entorno que muchas veces busca hacer daño, lastimar con palabras no controladas o generar ruidos a partir de cualquier chisme malintencionado.
Para muchos puede ser una joven de veintitrés al lado de un hombre mayor —James en pocos días cumplirá treinta y cinco—, pero aquí hay poco de eso.
«Me río mucho de quienes me etiquetan y me subestiman por tener veintitrés años. Entiendo que no me conocen y simplemente paso la página. Nunca le he dado importancia a eso; soy un alma vieja y por eso me relaciono bien con la gente mayor. Los doce años de diferencia no son un problema para mí».
Esa perspectiva de llevar las cosas con calma, de blindarse ante el exceso de exposición pública y de capotear los dardos y los momentos difíciles le ha funcionado, como aquella avalancha de críticas que le llegaron al capitán por no saludar a la hija del presidente el día de la despedida de la Selección Colombia. El video fue un polvorín en las redes sociales y durante casi tres días ese fue el tema central en el país de los likes, tanto que muchos llegaron a desearle malos augurios al equipo colombiano en el Mundial de Fútbol: «Intento entender a las personas cuando hablan mal. Me pongo en sus zapatos. La mejor forma es no ponerse a la defensiva, sino comprender que hay personas que no están viviendo un buen momento y por eso asumen esa posición de lanzar odio. Bloqueo a quien tenga que bloquear y no le doy mucha importancia al asunto».

Tomar la decisión de romper el silencio, de hacer estas fotos y esta entrevista, fue un consenso completo entre su familia y su novio, pero Luisa lo aceptó para cumplirle a alguien: «Hace mucho tiempo me llamaron de otros medios, pero esto es un sueño cumplido de la Luisa que era una niña y veía a esas modelos y soñaba con estar en SoHo. Estar aquí para contar mi propia historia».
Esta quizá sea una de las pocas veces en que veamos a Luisa Duque tan expuesta, pero ya todos tendrán claro por qué lo hace; ella eligió seguir disfrutando del delicioso encanto de la discreción.
Las artes plásticas también caminaron en estas fotos
El reto de volver es no ser iguales, tal vez, tratar al máximo de innovar. Por eso en esta nueva era de SoHo andábamos con una obsesión, ¿cómo hacer que lo que regresa también proponga desde una dimensión creativa? De modo que se nos ocurrió algo, llamar a Juan Carlos Mazo y proponerle un reto: le contamos la historia de Luisa María, le soltamos algunas frases de su entrevista y le pedimos que nos ayudara a diseñar una puesta en escena para la sesión fotográfica. Hay que advertir que Mazo es un crack; lleva más de veinte años trabajando como director de cine, teatro y televisión. Ha dirigido La vida de Rigo en RCN, películas como El Bolero de Rubén y musicales como Cabaret. Y ahí, en muy poco tiempo, apareció entonces la apuesta por desinstalar a la «modelo bonita» para llevarla a caminar por sus propios mundos. Ese de la niña de pueblo en un entorno conservador, el de la mujer rebelde que quería hacer su propio camino, el de la mujer con voz propia que tiene cosas para decir y hasta el de la femme fatal que se quita la cinta de la boca para contar su historia. Todo esto tendría sentido si además incorporábamos a un fotógrafo que también quisiera hacer dupla en este juego creativo, y Giorgio Del Vecchio (homónimo del famoso filósofo italiano) también dijo que sí.
Lo que ven en estas fotos es el resultado del trabajo colectivo de dos artistas: un fotógrafo y un director creativo. Y esto es lo que queremos en SoHo: que sea nuestro manifiesto, nuestra declaración de intenciones. Que nuestras portadas y fotos interiores tengan la alquimia creativa entre fotógrafos y artistas plásticos de todas las disciplinas —la pintura, la cerámica, el arte performático, la danza, el teatro, la gráfica urbana y hasta la música—. SoHo es un lienzo para que el arte también circule, para que nuevos talentos de todo el país puedan mostrar sus trabajos y esa es una apuesta que nace desde ya. En este universo SoHo, nuestra aspiración es esa: el arte y el buen periodismo.
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