6 de julio de 2026
Historias
Vidas tormentosas de arqueros inmortales
Barbosa, Higuita, Córdoba, Vivalda, Enke y Yashin cargaron una misma condena: ser arqueros. Este artículo recorre sus errores, glorias y tormentos bajo el peso brutal del arco.
Por: Redacción Soho
Por Iván Gallo
Cuando en 1987 los viejos arcos del Maracaná cayeron por culpa de esa vieja trampa a la que llaman progreso, Moacir Barbosa pidió que le dieran los tres palos de la portería sur. En ese lugar, pero treinta y siete años antes, Alcides Ghighia le metió el segundo gol justo por el costado que cubría. Eran cerca de doscientas mil personas las que acompañaban a Brasil en ese momento. En ese país aún no existía la televisión y el partido sólo se transmitía por radio. Así que en Río de Janeiro se hicieron filas kilométricas en las que la gente pasó tres noches esperando entrar a este coloso y presenciar lo que parecía inevitable: ser campeones del mundo. Venía de aplastar con contundencia a todos sus rivales, en semifinales le metió, por ejemplo, siete goles a España. Todos los augurios apuntaban a que la Jules Rimet sería levantada por el equipo local. No sólo tenían goleadores tan demoledores como Zizinho, sino que el arco era custodiado por Barbosa.
Entre 1947 y 1950 no existió un arquero más laureado que Moacir. Por ese desempeño aún es recordado como el mejor arquero de todos los tiempos del Vasco da Gama. La tradición de arqueros de Brasil, a pesar de haber dado algunos de los delanteros y creativos más endemoniados y picantes de la historia, no ha estado a esa altura. Porteros apenas normales como Félix o Taffarel fueron campeones del mundo en 1970 y 1994. Incluso, en algunas oportunidades han quedado fuera de torneos precisamente por culpa de sus porteros. Pero este no era el caso de Barbosa.
Como era de esperarse, Brasil empezó ganándole esa final a un rival aguerrido pero vencible como Uruguay. Entonces descendió sobre el Maracaná el fantasma de la incertidumbre que ha acompañado a tantas batallas inolvidables. El triunfo para Napoleón en Waterloo parecía inexorable, pero empezó a llover. Y acá lo que ocurrió fue que Schiaffino remató a boca de jarro y Moacir no pudo hacer nada, como tantas otras veces en la historia en que un arquero está negado ante una situación de este calibre. Aunque el silencio recorrió el Maracaná, la alegría seguía siendo brasileña. El empate les daba el torneo.

A los pocos minutos, sobrevino la catástrofe. Alcides Ghiggia remató cruzado y Moacir alcanzó a rozar la pelota con sus dedos, incluso, por algunos segundos, creyó que había desviado el tiro. No. No fue así. Al ver la cara de sus defensores se dio cuenta de que la pelota estaba dentro del arco. Pelé en ese momento era un niño pobre en Minas Gerais que vio a su padre llorar frente a la radio al constatar esa tragedia nacional: Uruguay vencía a Brasil en su propio campo.
Desde entonces fue un proscrito. Creyó que haciendo el ritual de llevarse los tres palos del arco del Maracaná y hacer con ellos la hoguera para un asado podría exorcizar por fin su infortunio. Pero no ocurrió esto. Su nombre siempre se asoció a lo que los argentinos llaman «mufa», mala suerte. En las eliminatorias al Mundial del 94, Brasil tenía que enfrentar en el partido definitivo a Uruguay, otra vez en el Maracaná. Moacir quiso entrar a la concentración para saludar a Romario, Bebeto, Branco y compañía. Apenas lo vio uno de los técnicos de la selección, Mario «Lobo» Zagallo, en el lobby del hotel, lo mandó a ahuyentar como si viera al mismísimo demonio. «Me corrieron porque traía encima de mí una nube oscura, repleta de mala suerte». Le contó poco antes de morir a Eduardo Galeano, quien escribió el relato «El arquero que murió dos veces». Esa tarde también le hizo un comentario que resume el tormento de ser arquero: «La máxima condena que puede pagar un hombre en Brasil por asesinar a alguien es de treinta años. A mí, por dejarme meter dos goles una tarde, me dieron cadena perpetua».
Decía Hernán Peláez que un arquero, por más goles que tuviera encima, siempre va a terminar comiéndose goles importantes. Forma parte de su oficio. Habría que ser un vampiro, vivir para siempre, para aspirar a tener la suficiente experiencia como para anticipar lo que viene. Nadie sabe qué comba va a hacer en el aire un balón, nadie sabe qué pierna, rival o propia, terminará traicionándote. En Colombia hay dos ejemplos de arqueros que decepcionaron plenamente en los mundiales que tuvieron que custodiar nuestro arco. Ambos, además, eran leyendas de nuestro fútbol. Hablamos de Óscar Córdoba y René Higuita.
Del primero se debe decir que su error pudo ser relativo, de modo que es necesario recordar el contexto. Por culpa de ese 5-0 el 5 de septiembre de 1993 en el Monumental de Núñez, este país futbolero se convenció de que podía ser campeón del mundo. El locutor Édgar Perea, quien era el que mandaba en la audiencia, anunciaba en sus transmisiones: «Arrancaremos a cubrir el Mundial desde el 17 de junio con el partido inaugural, Bolivia vs. Alemania, y terminaremos el 17 de julio con la final en donde Colombia se enfrentará con otro equipo».
Línea por línea podría ser la mejor versión de un equipo colombiano en toda la historia. Maturana, soberbio, llegó a decir: «No vemos videos de nuestros rivales, sólo nos importa cómo juega Colombia». Y por eso no supieron que Rumania jugaba al contragolpe. Así que, después de dominar los veinte minutos, Hagi comandó un ataque despiadado que terminó con un disparo desde unos treinta metros en donde Óscar Córdoba se confió y terminó bañado y humillado. Colombia nunca se levantaría de ese mazazo.

Pero esto es un error menor, casi que un chascarrillo, comparado con lo que le pasó a René Higuita. En 1990 no existía un colombiano más famoso —después de Pablo Escobar y de Gabriel García Márquez, por supuesto— que el portero antioqueño. Su peculiar estilo le servía tácticamente a la selección ya que se convertía en un jugador «activo» más en la cancha. Era táctica y también show. Y funcionaba. René fue la figura en dos hitos del fútbol colombiano a finales de los ochenta: ganar una Copa Libertadores por primera vez, en la que fue protagonista absoluto —atajó cuatro penales en la definición de la final contra Olimpia—, y ayudar a clasificar a Colombia a un Mundial después de veintiocho años de ausencia. Todos los que lo amábamos temíamos que en cualquier momento Higuita dejara de ser un dios y se equivocara en alguna de sus salidas, calificadas por muchos como demenciales. En los primeros tres partidos del Mundial se lució. Mantuvo el arco en cero en el debut de la selección contra Emiratos Árabes, tapó un penal contra Yugoslavia y jugó a placer, como si no tuviera un gramo de presión, contra los poderosos pánzers alemanes.
Cuando el país supo que tenía que enfrentar en octavos de final a la selección de Camerún, se sacó el carro de bomberos por anticipado. La pregunta era: ¿contra quién tendríamos que jugar la final? La verdad se subestimó por completo a un equipo que, hasta ese momento, estaba invicto en los mundiales. En España 82, ni Italia, que a la postre saldría campeona, pudo derrotarlo.
Maturana, cuando se enteró de que tenía que enfrentarse a Camerún, le dijo a su colaborador, Hernán Darío Gómez: «Bolillo, nos jodimos, Colombia es grande entre los grandes». El partido, en tiempo regular, quedó 0-0. Se fueron a un tiempo suplementario en el que persistía el empate. Los últimos quince minutos fueron el infierno para Colombia y para Higuita. La fiesta la hizo Roger Milla, un delantero de treinta y ocho años que en ese momento no tenía equipo profesional y que por su aspecto físico parecía más un veterano de guerra que un delantero letal. Higuita no pudo hacer nada ante un remate suyo a quemarropa. Aunque el segundo gol fue el que más le dolió al país. Higuita salió de su área, le pasó la pelota al defensa Luis Carlos Perea, luego, Perea, ante la presión de Camerún, se la devolvió a su arquero. En ese momento Milla hizo presión. Higuita trató de eludirlo como lo había hecho en los mejores estadios del mundo, pero el balón se le enredó. Milla se la quitó y, con el arco a su merced, marcó lo que sería la palada final con la que sepultó a Colombia.
Fueron años oscuros para el cancerbero paisa. Un año después se metió en un lío judicial por visitar a Pablo Escobar en la cárcel de la Catedral donde estaba encerrado —y a la vez libre—. Desparpajado, como un poeta que no sabe de las cosas prácticas de la vida, de ese parque de diversiones del capo dijo el carasucia: «Yo fui a visitar a un amigo». Dos años después las cosas se complicarían aún más para el genial arquero cuando decidió intervenir en la liberación del secuestro de una niña de once años, hija de Luis Carlos Molina Yepes, un empresario que terminó vinculado al lavado de dinero del cartel de Medellín. Esa decisión abnegada lo privó de estar en la eliminatoria y en el Mundial de Estados Unidos 94. Y, contra todo pronóstico, a René los dioses del fútbol le tenían reservados sus momentos más estelares.
Sí, Higuita en 1995 logró un año fantástico.
Gracias a sus atajadas consiguió que Colombia llegara a las semifinales de la Copa América, un golazo suyo contra River Plate le dio la clasificación a Atlético Nacional a la final de la Copa Libertadores de ese año y, lo mejor, logró un pase a la eternidad en primera clase: en el estadio de Wembley, durante un partido amistoso contra Inglaterra, Higuita despejó un remate del equipo rival haciendo el escorpión. Lo que más impresionó a los amantes del fútbol como Eduardo Galeano fue ver que, en el momento en el que hacía una jugada que desquició de rabia a su técnico, Bolillo Gómez, «empezó a dibujársele una sonrisa». Un gesto que no sólo lo definió a él sino a todos nosotros, los colombianos.

En estas tres vidas podemos ver la complejidad de ser arquero. Algunos pueden tener la suficiente fortaleza espiritual como para continuar. Otros no; directamente renuncian a la existencia. Decía Albert Camus, quien fue portero de la selección juvenil de Argelia, que todo lo que aprendió de moral en la vida fue jugando al fútbol desde un arco: «En el trayecto que hay del disparo a la pelota pueden pasar muchas cosas. Más allá de estar concentrado, parar una pelota es medir una intención, es estar preparado para lo impensado».
En el verano de 1996, José Luis Chilavert, en un partido por eliminatoria entre Paraguay y Argentina jugado en Buenos Aires, disparó un tiro libre que se elevó demasiado y luego bajó de una manera que contradecía las leyes de la física. Al final del partido le preguntaron por el efecto que tuvo la pelota y respondió: «Es que le pegó a un ángel». El único gol olímpico que se ha dado en un Mundial lo hizo el colombiano Marcos Coll a la URSS. Su arco era custodiado por esa leyenda llamada Lev Yashin, «la Araña Negra». En este momento vuelvo a ver la jugada y es un gol extraño, que le pasa casi que por entre las piernas al soviético. Después se supo que Yashin se había pasado en el entretiempo con el vodka.
Pero más allá de la anécdota fácil y de recordar la picardía de bufones hermosos como Higuita, también está la tragedia. Recuerdo dos arqueros que, estando aún muy jóvenes, antes de cumplir cuarenta años, no soportaron la presión y decidieron suicidarse. Uno de ellos jugó en Millonarios de Colombia. Se llamaba Pedro Vivalda. Inició su carrera en River Plate y de ahí fue a jugar al club Embajador en 1982. Fue campeón dos veces y se convirtió en ídolo en nuestro país. En cada entrevista que da, Higuita afirma que todo lo que llegó a ser lo aprendió de Vivalda. Regresó a Argentina, jugó en Racing y se retiró con treinta y cuatro años. Pero un día no se pudo levantar más de la cama. La depresión era un gorila que lo abrazaba y no lo dejaba mover. Tres años después, en 1993, lleno de temores de la vida y de deudas, fue a la estación de Vicente López en Buenos Aires y se le tiró a un tren que pasaba por allí.
El mismo destino tuvo Robert Enke. Arquero con sello alemán, eso daba una garantía absoluta. Jugó en el Benfica y luego fue al Barcelona, en donde fue aniquilado anímicamente por su compañero Frank de Boer, quien lo culpó en una rueda de prensa directamente de tres goles que le había hecho un equipo de tercera división en la Copa del Rey, y por su técnico, el infumable Louis van Gaal. Tenía en ese momento veinticuatro años y se sumió en un pozo depresivo del que —de momento— sólo pudo salvarlo su esposa. Enke continuó en el fútbol, e incluso llegó a ser subcampeón con Alemania de la Euro 2008. Era el arquero suplente de Lehmann. Pero, en el mundial del 2010, Joachim Löw —entonces seleccionador alemán— lo tenía listo para que fuera el portero titular. Entonces una serie de reveses, algunos tan duros como la pérdida de una hija, hicieron que Enke bajara los brazos y decidiera ponerle fin a todo. Tenía treinta y dos años.
Así que cada vez que vayan a un partido y el arquero del equipo de ustedes cometa un error, repriman la madreada. No se imaginan el tormento que debe estar pasando ese pobre hombre solitario, encerrado en la miseria de una cabaña inexistente.







