7 de julio de 2026
Historias
¿En defensa de los sugar Daddy?
Al empresario italiano Giorgio Di Feo siempre le han gustado las mujeres más jóvenes y lo dice sin rodeos. Quizás por ello se declara ‘sugar’ y sostiene que su dinero, al contrario de encerrar, sirve para impulsar.
Por: Redacción Soho
Por Ánkar Lucía Brito
Giorgio Di Feo hace algo poco común entre los hombres con una novia joven, dinero y el discurso de «yo solo soy detallista». Él se declara ‘sugar’ sin titubear. Sin embargo, prefiere matizar un poco el concepto y hasta suavizar la palabra.
Este italiano vive en Cartagena, tiene 45 años, una novia de 28 y una relación de tres años que, vista desde afuera, reúne varios ingredientes de esa categoría de ‘sugar daddy’ que tantos niegan en público y practican en privado. Hay diferencia de edad, ventaja económica, regalos costosos, viajes, estudios pagos y una idea clara de quién provee. Él asume esta etiqueta.
«A mí me gusta la mujer más joven que yo y, por tal, uno tiene que asumir ese rol», dice. Para Giorgio, ser un ‘sugar daddy’ surgió casi como consecuencia natural de su gusto. Si un hombre de 45 decide estar con una mujer de 28, explica, debe entender que no están en el mismo momento económico, profesional ni vital.
¿Pero qué es realmente un ‘sugar daddy’? Cuenta la leyenda que todo empezó en Estados Unidos a comienzos del siglo XX, con Adolph B. Spreckels —heredero de una fortuna azucarera— y con Alma de Bretteville, una estudiante 24 años menor que él. Según esa versión, Alma lo llamaba «Sugar Daddy» por el negocio familiar. Algunos etimólogos dudan de ese origen y ubican el primer uso documentado hacia 1926. Lo cierto es que la historia sirve porque desde el principio, el ‘sugar daddy’ olió a dulzura, dinero y desequilibrio.
Con esa leyenda sobre la mesa, la pregunta vuelve a Giorgio. ¿Es realmente el ‘sugar’ que uno imagina cuando escucha la palabra? Su caso se aparta del cliché del señor que se refugia en la billetera para seguir siendo deseable. Tiene buena pinta, altura, pasaporte europeo, ojos azules, acento italiano y sabe que su físico también le abre puertas. Por eso resulta más interesante. Aunque él habla del ‘sugar’ como una forma de ordenar el deseo, el poder y la provisión.

Giorgio heredó un hotel y otros negocios de su padre en Cartagena. Su trabajo le posibilita pagar, invitar, resolver y marcar el ritmo. Fue actor, modelo y todavía tiene pinta de galán italiano. Usa su fortuna como parte del lenguaje con el que entiende el romance. Ahí está el enredo. Cuando la edad, el dinero y el poder se vuelven el centro del vínculo, el concepto de ‘sugar’ empieza a escucharse «por debajo de la mesa», como diría Luis Miguel.
Di Feo entiende que en estas relaciones hay una transacción que muchos prefieren no nombrar. «Yo te doy parte de mi juventud, tú me das estabilidad económica», explica. Pero él no cree en el 50/50. Le parece impensable salir con una mujer y dividir la cuenta como si estuvieran cerrando caja en un restaurante. Dice que eso pertenece a otra generación, a hombres jóvenes que comparten arriendo, servicios y recibos. Él viene de otra escuela, la del hombre que se encarga de todo y no pregunta si la otra persona puede poner la mitad.
«Si yo no tuviese dinero para invitar a una mujer a salir, yo no salgo. Me quedo en mi casa». En eso es tajante. Hasta ahí podría parecer un proveedor tradicional, de esos caballeros antiguos con la idea de que a la mujer se le atiende, pero Giorgio lleva esa cortesía a otro nivel, a otro terreno: el del oro, las motos, los hoteles, los viajes y hasta la maquinaria para montar un negocio. Cuenta que dentro de los regalos más costosos que ha dado están una moto de unos 21 millones de pesos, un brazalete de oro de 14 millones, anillos, aretes de esmeraldas, viajes a Punta Cana, Disney y estadías en hoteles de lujo.
«Evito regalar estupideces, por eso prefiero obsequiar oro». En esa frase, que podría sonar arrogante, está gran parte de su manera de entender el afecto. Para él, los detalles deben perdurar, tal vez por eso el oro además de ser simbólico, es estratégico. Así una relación se termine, la persona que recibió el regalo sabe que este no se deteriora, se valoriza, queda como recuerdo y puede usarse o guardarse como plata en el banco. En su mundo, una joya brilla y rinde.
Sin embargo, el empresario insiste en que esa no es la parte importante. Según él, su manera de ejercer ese papel consiste en pagar para que la mujer crezca. «Para mí ser ‘sugar’ es ayudar a tu pareja a buscar su mejor versión. Obviamente, con dinero», afirma.

Es ahí cuando empieza su versión corregida del ‘sugar’. Según él, muchos hombres usan la plata como una manera de amarrar. Dan viajes, bolsos, apartamentos, relojes y una vida que la mujer sola no podría sostener. Luego, cuando hay una pelea, cierran la llave con el objeto de mandar en ellas. Giorgio rechaza esa dinámica y dice que, al contrario, el dinero debería dar alas.
A su actual pareja le ha ayudado a pagar sus estudios, a comprar implementos y a construir un proyecto laboral para que ella pueda trabajar y hacerse un buen nombre en el mundo de la estética. La idea, según él, es que si mañana la relación se acaba, ella tenga sus propias maneras de salir adelante. Esto suena mejor que la caricatura del «viejo» con complejo de dueño y la novia encerrada en un apartamento bonito, al estilo de las novelas de narcos.
Quizá por eso su discurso resulta interesante. Giorgio se mueve entre la pose del ‘sugar’ ordinario que exhibe a una mujer joven y una botella costosa, y la figura del hombre que cree estar formando empresarias desde el amor. Es algo más raro, más actual y más colombiano. Un hombre que entiende que la billetera da poder y quiere convencerse, y convencernos, de que la usa mejor que otros.








