Por: Patricio Calzada
Algo que siempre me impactó de la palabra «bruja» es que, desde su etimología, encierra un gran misterio, siendo de las pocas que utilizamos en nuestro idioma y que no provienen del latín. Se cree que tiene un origen probablemente celta, y casi con seguridad ibérico. Bruxa o bruixa, según de dónde venga, pero siempre haciendo alusión al encanto, el hechizo, la sabiduría o la magia.
La maravilla de ello es que nuestra concepción cinematográfica de las voladoras ancianas con exageradas verrugas y risas escalofriantes poco ha rendido tributo a un capítulo tan fascinante como onírico: las sabias mujeres que elaboraban cerveza en hogares caracterizados por la pulcritud que les valía la fama de tal o cual ale (cerveza de alta fermentación) que las diferenciaba en aquellos burgos medievales. alewives, sabias aficionadas de un mágico líquido que ebullía de un caldero burbujeante cuasi parlante, y eran parte del brewsters, el gremio sin legislación que impulsó la bebida alcohólica más importante del mundo a una calidad que hasta el momento no se conocía.
Si en un viaje espacio-temporal nos perdiéramos en una gran plaza de mercado de la Hamburgo medieval del s. XIV, podríamos fácilmente tomar como distinción los grandes sombreros puntiagudos que resaltaban entre la multitud, deseosos de ser descubiertos.
Esos tocados, al estilo del clásico hennin francés, portados por mujeres de la nobleza, perseguían el fino lujo de la autenticidad, algo que fácilmente lograban con semejante atuendo.
Lo que la historia muchas veces no cuenta es que también eran llevados por mujeres de, lo que podríamos llamar hoy la «clase media», algunas muchas veces solteras, otras viudas y, quizás, muchas de ellas esperando a sus esposos tras las largas ausencias por trabajo o la guerra.
Pero de quienes hablamos tenían un dignísimo oficio que la historia no ha sabido enaltecer como corresponde. Si en un cruce inesperadamente oportuno, nos abordaban con una invitación a probar de sus magníficos líquidos a tan solo unas cuadras de dicho espacio, podríamos encontrarnos con un ordenado hogar donde colgaba arriba de la puerta una escoba, símbolo de que la cerveza estaba lista para su consumo y venta.
Si, dudando de la higiene de esa época, nos preguntáramos cómo lograban conservar una cerveza de vida tan corta, nos señalarían un enorme caldero de hierro o plata. Allí fermentaban el gruit, una cerveza especiada con diversas hierbas para prolongar su duración. Además, era probable ver felinos custodiando la despensa donde se guardaba el cereal para proteger la materia prima de astutos roedores en busca de alimento.
Sin saberlo, estaríamos ante los mayores estándares de calidad de la bebida más deseada de la época. Aquellas familias solo esperaban la señal de la escoba colgada para abastecerse de un brebaje fundamental en su dieta.
Hay varias razones por las que las generaciones siguientes terminaron desplazando esta tradición artesanal. La principal fue la industrialización: el aumento de la población exigía producir a gran escala, algo que la elaboración individual ya no podía abastecer.
Muchos otros son los motivos para explicar la ignominia y afrenta que estas sabias mujeres han sufrido en su honor de cerveceras. La escoba, símbolo máximo del orden y la limpieza, usada como aviso de oferta, fue vista como un aparato volador que transportaba a estas «brujas» al campo para un baile diabólico en pos de un akelarre esotérico y blasfemo. Los gatos, aliados inclaudicables del control de plagas biológico, también fueron catapultados a una transmutación hechicera y maléfica. Los sombreros de punta (espiritualmente relacionados al trisquel celta, símbolo del equilibrio y la naturaleza primaria), eran vistos como blasfemias a la Santísima Trinidad. Mientras que los calderos de sublime alquimia, fueron definidos como recipientes donde elaborar venenos y despiadadas pociones de animales sacrificados.
No se trata de embellecer en exceso un oficio digno y real en una época donde la mujer, custodia arcaica del hogar, elaboraba un alimento con excedente de grano, de altísima calidad, en virtud de una demanda existente.
Simplemente puede ocurrir que, como tantas veces en nuestra historia, hayamos sido injustos en el trato con elementos reales, bonitos, profundos y artísticamente honestos. Es por eso que al brindar, también nos acordamos de ellas...