9 de septiembre de 2026
Historias
El regreso de Germán Castro Caycedo
El papa León XIV reconoció como venerables —un paso antes de la beatificación— a Alejandro Labaka e Inés Arango, religiosos atravesados por noventa lanzas en las selvas amazónicas. Solo Castro Caycedo fue capaz de reconstruir esta historia. A propósito, su hija escribe para SoHo un artículo sobre la reedición de este libro, donde los indígenas no son los salvajes.
Por: Redacción Soho
Por Catalina Castro
Un helicóptero sobrevuela el tapiz vegetal de la Amazonia ecuatoriana. Dos figuras descienden sujetas a una cuerda de acero. Monseñor Alejandro Labaka, obispo vasco, baja primero y se despoja de su ropa. Luego desciende la madre Inés Arango, misionera antioqueña, quien retira el paño que le cubre la cabeza y se descalza. Saben que al entrar en territorio tagaeri quizá no regresen.
Es 21 de julio de 1987.
«Al amanecer, monseñor yacía desnudo sobre el tronco de un árbol derribado, con ochenta y cuatro lanzas rojas taladrándole el cuerpo. Lanzas de tres metros con cincuenta centímetros de largo y tan gruesas como tres dedos pulgares. Ella se hallaba sentada en la entrada a la casa de los indios con veintiún agujeros entre la carne, los hombros desencajados, los ojos en dirección del cadáver del obispo, la boca entreabierta. Hágase, señor, tu voluntad».
Con esta escena cinematográfica, característica de su escritura, Germán Castro Caycedo abre y cierra La noche de las lanzas. Nos detiene ante los cuerpos y plantea la pregunta que atraviesa toda la investigación: ¿qué había ocurrido antes para que esas lanzas fueran levantadas? La muerte de Alejandro Labaka e Inés Arango no comenzó el día en que descendieron de aquel pájaro de hierro. La noche de las lanzas había empezado mucho antes.
El libro fue publicado por primera vez en Colombia en 1998 como Hágase tu voluntad. Un año más tarde apareció en España como La noche de las lanzas, título con el que ahora regresa al país.
La nueva edición cumple un deseo de mi padre, quien hasta el final de su vida consideró que La noche de las lanzas era un título más justo. Hágase tu voluntad remitía a la fe y al sacrificio de los dos religiosos capuchinos y situaba la historia principalmente de su lado.
La noche de las lanzas, en cambio, incluye a los tagaeri y la historia de persecuciones que llevan a cuestas. La muerte de los misioneros es el punto de colisión entre dos mundos separados por siglos de invasiones.
Alejandro Labaka e Inés Arango aparecen como «dos caníbales». Así llaman los huaorani a los blancos que entran en su territorio, matan a los suyos o se los llevan río abajo. La gente no regresa. Se la comen, piensan ellos. Germán invierte así nuestra mirada: ¿quiénes son los «salvajes», quiénes los «civilizados» y quiénes los «caníbales»?
Entonces retrocede cinco siglos para reconstruir el camino que condujo a la tragedia.
Comienza con la conquista y la esclavización de los pueblos amazónicos. Atraviesa las misiones católicas y las organizaciones evangélicas estadounidenses —como el Instituto Lingüístico de Verano—, pasa por la explotación del caucho y desemboca en la llegada de las compañías petroleras. Los actores y los intereses cambian, pero el mecanismo de invasión y despojo permanece.

El libro muestra con especial crudeza lo que padecieron los quichuas y los záparos durante la fiebre del caucho: la Casa Arana, las correrías para capturarlos, los cepos, las marcas con hierro candente, las mutilaciones y los asesinatos. Los caucheros aplicaron una vieja máxima que mi padre repetía con frecuencia: «Divide y vencerás». Explotaron las rivalidades entre los grupos, obligaron a indígenas esclavizados a perseguir a otros pueblos y así provocaron nuevos desplazamientos. A ello se sumaba el endeude. A cambio de ropa, herramientas o alimentos valorados a precios arbitrarios, los indígenas quedaban atados a una deuda imposible de pagar, incluso después de décadas de trabajo forzado. Cuando morían, la deuda pasaba a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
En 1987, la amenaza era el petróleo. Las compañías necesitaban explorar el territorio tagaeri y pidieron a Labaka que estableciera contacto con ellos. Él aceptó para protegerlos con la esperanza de que se respetara su territorio. Según la investigación, las petroleras le ocultaron información sobre los enfrentamientos previos con los indígenas. Su muerte y la de Inés fueron el desenlace de una historia en la que participaron conquistadores, misioneros, colonos, caucheros, el Estado, el Ejército y, finalmente, las petroleras. Al obispo también lo traicionaron. Años después apareció una nueva versión de aquellas últimas horas.
En 1993, unos huaorani del Tigüino raptaron a la joven tagaeri Omatuki. La retuvieron durante diez días y su testimonio sobre lo ocurrido fue publicado después por el sacerdote capuchino Roque Grández. Según ese relato, cuando el helicóptero dejó a Alejandro e Inés, los hombres estaban de cacería. Al regresar, vieron en Labaka al enemigo blanco, pues los petroleros habían matado a su jefe. Lo atacaron primero. Las mujeres intentaron proteger a Inés y le dijeron que huyera y se escondiera en la selva. Pero ella no se fue. No quiso alejarse de Alejandro y la mataron a la entrada de la casa.
Detrás de aquel desenlace había una larga historia de incursiones. Los huaorani se negaron a ser «civilizados» y se replegaron selva adentro para preservar su libertad. Los tagaeri, uno de sus grupos, eligieron el aislamiento. Habían aprendido que el contacto con los blancos no significaba progreso, sino desaparición. El último capítulo, «Otra gente», condensa esa idea. No son seres primitivos, solo «otra gente», con otra cultura y otra manera de habitar la selva.

Su aislamiento contrario al atraso, era su manera de sobrevivir.
Mi padre vio en Alejandro Labaka e Inés Arango la capacidad de cuestionar la institución a la que pertenecían y transformar el sentido de su misión. Ambos compartieron temporadas en las malocas de los huaorani para comprender su cultura. Labaka aprendió su lengua, no celebró una sola misa ni bautizó a nadie y su vínculo con ellos llegó hasta el parentesco. Inihua y Pahua lo acogieron como hijo y los demás miembros de la familia, como hermano. Para romper las barreras entre él y los indígenas, Labaka «aceptó su desnudez, con toda la violencia que significa renunciar al vestido después de miles de años bajo el peso cultural que plantea el cubrirse». En uno de sus diarios, fue aún más lejos: «El misionero no tiene que esperar a que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima por la cultura del pueblo huao: primer signo de amor hacia ellos y su realidad concreta que choca con nuestras costumbres».
Inés, por su parte, se adaptó a la dureza de la selva, se empeñó en hacer parte de la vida cotidiana de los huaorani y los amó profundamente. Las religiosas que convivieron con ella la recordaban siempre sonriente y contaban que, gracias a su figura menuda, frágil solo en apariencia, soportaba los largos trayectos por el río manteniendo el equilibrio sobre los bordes de la canoa. En la casa era escrupulosa con el orden y la limpieza, pero «llegaba una indígena y ella se transformaba». Trabajaba con las mujeres en la huerta, enseñaba a los niños y preparaba con ellas la comida. En una carta a la madre superiora pidió autorización para permanecer más tiempo entre los huaorani: «Tengo 50 años próximos a cumplir y no quiero desperdiciar ni un día de mi vida […] Nada me hará desistir de mi deseo de trabajar por este pueblo».
A ambos la manigua les había enseñado que su misión ya no consistía en convertir infieles ni en «salvar almas». Primero había que salvar vidas, defender el derecho a existir. Después vendría, lentamente, aquello de la espiritualidad.
Mi padre tenía una relación muy propia con la religiosidad. «Yo no creo en la Iglesia, creo en la filosofía de Cristo», me repetía. Desconfiaba de los sermones alejados del hambre, la violencia y la injusticia social. Su espiritualidad era íntima y ligada a lo concreto. Su posición frente a la Iglesia no le impidió admirar a los dos misioneros y también al padre Francisco de Roux, autor del prólogo de esta edición, quien escribe que mi padre halló en el obispo y la monja el misterio que «nunca encontró en los rituales religiosos»: una fe puesta al servicio de la gente. Pocos días antes de la muerte de mi padre, él vino a casa a acompañarlo a «abandonarse en el misterio del silencio».
Para este libro, Germán regresó a la selva con nuevas preguntas. Era un territorio que lo apasionaba y que ya había marcado obras anteriores como Perdido en el Amazonas y Mi alma se la dejo al diablo.

La investigación comenzó en Madrid, en pleno verano, entre el polvo de un archivo y papeles viejos al contraluz de una ventana. Dos semanas más tarde llegó a Quito y, desde la cúspide de los Andes —donde el aire «tenía el temple de la primavera»—, descendió en autobús por los pliegues de las montañas. Como sucede en nuestro trópico, el calor fue aumentando a medida que perdía altura… Dos mil seiscientos metros más abajo, tras diez horas de camino, volvió a penetrarlo el vaho de aquella floresta indomable, tantas veces recorrida. Entraba en Coca, un poblado de indígenas y petroleros.
Lo estoy viendo con su gorra de campaña calada y una sahariana de manga corta, pantalones de faena verde oliva y botines de cordones con las suelas mordidas por el barro. En la selva, en cuanto te calzas, la humedad te empapa las medias como si llevaras días caminando por un pantano. Con todo y eso Germán dormía. A él, ni un insomnio. Ni una nigua. En la selva, no se sentía extranjero.
A su lado imagino el maletín azul con la cámara, las grabadoras y las libretas amarillas.
Me había compartido su emoción cuando, en 1966, a los veintiséis años, llegó por primera vez a Leticia en un DC-4 y, tras penetrar unos metros aquella muralla de verdes, sintió que la reja de Villa Elvira, la selva imaginada durante su infancia, se abría por fin de par en par. Tres décadas después, el embrujo permanecía.
En las páginas de La noche de las lanzas, la selva concentra al amanecer «perfumes verdes, espumosos, cálidos, frescos, carrasposos» y, escribe Germán, «definitivamente, es lujuria». Esa sensualidad aparece en la mariposa que fecunda la pasionaria, comparte su veneno y termina impregnada del olor de la flor. «No había finalizado la florescencia de la pasionaria […] cuando aparecieron los petroleros».
Detrás de esa exuberancia continuaban la explotación de los recursos y el desprecio por quienes habitan nuestras selvas. Los nombres habían cambiado, pero el despojo permanecía.
Desde Coca navegó otras dos horas por ese «monstruo» llamado río Napo, o Doroboro, hasta la isla de Pompeya. Sobre el terraplén que dejaban las aguas al bajar se levantaba la casa de Miguel Ángel Cabodevilla. Sin medir el tiempo, que en la floresta es eterno, noche tras noche escuchó al sacerdote contarle la historia. Era un método muy suyo. Se instalaba en el territorio y confrontaba versiones. Cabodevilla hablaba. Germán escuchaba. Yo conocía el reverso de esa escena, pues durante mi infancia era mi padre quien llevaba esas voces hasta mi cama y calmaba mis miedos con las historias recogidas en sus viajes.

En su última noche en Pompeya, bajo el sopor de la selva, Cabodevilla volvió a desarmar los episodios y a ordenarlos frente a él. Entonces cantó el paujil. Quizá Germán recordó otra manera de medir las horas que había recogido en Mi alma se la dejo al diablo. A la una, el tente repetía «tu, tu, tu, tu…». Le sucedían el paujil, la gallineta y el puro. A las cinco chirriaba la pava cuyuya y comenzaban todos en coro al clarear el día, que en la manigua son rayos tímidos que se esfuerzan por filtrarse entre las copas de los árboles. Con aquella sinfonía, volvieron a su cabeza la madre Inés y monseñor Labaka suspendidos de la cuerda de acero. Él era aquel «cuerpo de hombre desnudo que retorna a la primera luz de los tiempos». Abajo estaban «los indígenas protegidos por la selva».
El libro reúne los testimonios de Cabodevilla, los diarios de Alejandro Labaka, las voces de otros misioneros y las versiones huaorani y tagaeri. Germán sumó documentos institucionales, investigaciones históricas y consultas con especialistas. No ocultó las contradicciones entre las fuentes ni cerró a la fuerza las preguntas que permanecieron abiertas.
La investigación no terminó en Pompeya.
En mayo de 2022 —un año después del viaje final de mi padre—, visité a Rafael Escuredo en su casa de Aravaca, a las afueras de Madrid. Dueño de un humor andaluz incomparable, recordó una travesía compartida veinticinco años atrás. En 1997 acompañó a Germán hasta Beizama, el pueblo vasco donde nació Alejandro Labaka.
La tarde caía cuando entraron en el pequeño caserío ganadero donde nadie hablaba castellano. Un vecino traducía mientras mi padre les arrancaba a los familiares fragmentos de la vida del misionero antes de su llegada a la selva. Desandaron el camino y volvieron a la imagen de Labaka e Inés en territorio tagaeri. «Cayeron de la misma manera que nosotros en este pueblo», recordó Rafael. «Imagínate lo acojonados que debieron sentirse los indígenas al ver a dos blancos salir de un pájaro de hierro que hacía un ruido brutal, después de tantos años de persecución».
Aunque La noche de las lanzas relata una tragedia ocurrida en 1987, plantea interrogantes que siguen abiertos: ¿qué significa civilizar?, ¿qué responsabilidad tienen las empresas y los Estados cuando el llamado progreso amenaza la supervivencia de un pueblo?, ¿basta con poseer la tecnología para atribuirse el derecho a entrar en un territorio ajeno?
Treinta y ocho años después, el 22 de mayo de 2025, el papa León XIV autorizó el decreto que reconoció la ofrenda de la vida de Alejandro Labaka e Inés Arango. Ambos pasaron así a ser venerables, un paso más hacia la beatificación. Esta categoría, distinta del martirio en sentido estricto, reconoce que aceptaron libremente el riesgo de morir para proteger a los tagaeri. Inés había dejado constancia de esa decisión la víspera del viaje: «Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí. No busco nombre ni fama, Dios lo sabe, siempre con todos, Inés».
Al cerrar La noche de las lanzas, regresamos a los cuerpos de Alejandro Labaka e Inés Arango atravesados por las lanzas. La pregunta planteada en las primeras líneas sigue allí suspendida: ¿qué había ocurrido antes para que esas lanzas fueran levantadas?
Mi padre deja la respuesta en nuestras manos, pero ya nos ha obligado a mirar desde el otro lado.








