4 de septiembre de 2026
Historias
Día internacional del gallinazo: Colombia un país de buitres
A propósito de su día, en SoHo escribimos un ensayo sobre esta especie que carga con la mala fama de los desperdicios ajenos. Mientras ayuda a retirar lo que dejamos pudrir, usamos su nombre para insultar al hombre coqueto. ¿Cuánto nos costaría vivir sin él?
Por: Redacción Soho
Para un gallinazo (o buitre), almorzar puede ser una manera de empeorar su reputación. Si baja junto a una bolsa de basura y extrae un pedazo de carne, sentimos asco. Nuestro almuerzo también puede incluir un animal muerto, aunque nuestras vajillas ayudan a disimularlo, pareciera que la diferencia entre ciertos apetitos se midiera en el tipo de cubiertos que se utilizan.
Al gallinazo le ha tocado comer a la vista de todos. Por genética, su cabeza es calva. Esa condición agrava el espectáculo. Parece que hubiera envejecido antes de conseguir plumas suficientes y esa impresión dice más sobre nuestra incomodidad con la calvicie que sobre el ave. Lo miramos un instante y apartamos los ojos.
Quizá allí empieza el equívoco. Asociamos su llegada con la muerte y dejamos de preguntarnos qué ocurre después. El animal que aparece cuando algo termina tiene bastante trabajo por delante. Entretanto, su presencia nos da asco, nos daña el día.
El nombre científico del gallinazo negro es Coragyps atratus. Entre otras cosas, consume cadáveres y participa en el reciclaje de sus nutrientes. Los buitres pueden retirar rápidamente restos que, de otro modo, permanecerían expuestos durante mucho tiempo porque ninguno de nosotros se haría cargo. Su apetito interviene en un proceso del que dependen otros seres vivos. Muchos no lo saben, pero algunas plantas y microorganismos dependen de sus excrementos.
Incluso su cabeza merece una segunda mirada. La ausencia de plumas facilita que no se acumulen allí restos de carne y otras materias cuando el ave introduce el pico en un cadáver. Si tuviera un copete de plumas, sus almuerzos exigirían mayores labores de limpieza. También convendría revisar nuestras interpretaciones de su vuelo. El gallinazo aprovecha corrientes de aire ascendente para ganar altura y ahorrar energía. Esa técnica a veces reúne a varios ejemplares en un mismo sitio dentro de una estela de aire, pero nosotros al verlos sobre nuestras cabezas asumimos que se trata de un anuncio fúnebre.
En una ciudad, el reparto de los gallinazos puede contar algo sobre la distribución de nuestros desperdicios. Un estudio alrededor de frigoríficos del suroccidente de Bogotá examinó su presencia en relación con los residuos de actividades humanas. Las aves encuentran alimento en lugares cuya limpieza depende de decisiones tomadas a ras del suelo.
Seguir a los gallinazos, por ejemplo, podría mostrarnos qué ocurre con algunos residuos de la producción de carne. Compramos un corte limpio y listo para cocinar, pero rara vez sabemos qué se hizo con las partes del animal que se desecharon durante el sacrificio y el despiece. Queremos creer que en nuestras ciudades este tipo de restos son bien tratados, pero los gallinazos sin hablar dicen otra cosa.
Conviene, desde luego, evitar una absolución sentimental. El gallinazo negro puede desplazar a otras aves de la comida y ocasionalmente atacar animales vivos, incluidos algunos recién nacidos. Un productor que pierde un ternero tiene razones para protestar. Reconocer su función ecológica exige admitir esos conflictos; atribuirle bondad sería cargarlo con otra obligación humana. Ya tiene que encontrar alimento y sobrevivir entre nosotros, así que pedirle buenos modales quizá resulte excesivo.

En Colombia, gallinazo también significa hombre galanteador y mujeriego. La palabra lleva el vuelo al terreno de la conquista, donde dar vueltas alrededor de alguien puede convertirse en una ocupación de tiempo completo. «El gallinazo» es ese tipo que apenas conoce a una mujer, arma un plan para conquistarla. Como en cualquier ecosistema, hay gallinazos de todos los tipos: el que sabe cortejar, el ordinario al conquistar, el insistente y hasta el que pisa la línea roja de volverse hostigante. Pero todos estos gallinazos están en vía de extinción y con ellos el coqueteo. Contrario al animal, el cortejante (el gallinazo hombre) hoy tiene miedo hasta de lanzar un «qué linda estás».
Ahora bien, hay un dato que puede echar al traste el apelativo. Los gallinazos negros forman parejas duraderas, permanecen juntos y comparten la incubación y el cuidado de las crías. El hombre que presume de gallinazo quizá debería consultar primero las obligaciones familiares de la especie. La monogamia actúa en esta especie como una forma de organización reproductiva. Resulta curioso que en Colombia usemos su nombre para llamar mujeriego a un hombre porque le hemos encargado representar al conquistador inconstante a un ave conocida por sus vínculos estables.
En Colombia, además, el gallinazo tiene un pariente ilustre, el cóndor. Este pertenece a la misma familia zoológica del gallinazo negro y también se alimenta de carroña. En el escudo, el cóndor aparece con las alas extendidas y representa libertad, pero, curiosamente, comer animales muertos no le ha impedido convertirse en un símbolo de orgullo nacional; en este caso parece que su dieta queda por fuera del protocolo.

Quizá para inventarle ese estatus al cóndor, ayuden el tamaño y la distancia. Un ave enorme sobre una cordillera no permite imaginarlos al lado de un basurero. Al cóndor lo contemplamos dentro de un paisaje que admiramos, mientras que el gallinazo frecuenta lugares donde quisiéramos dejar de mirar. Podría haber algo de clasismo en esa diferencia, aunque sería injusto exigirles a dos especies que se comporten de la misma manera.
El gallinazo también tiene sobrenombres; en algunas partes del país se les dice chulos, galembos, goleros, zamuros y chicoras. Al escribir este ensayo caigo en cuenta de que el sobrenombre del tipo más buen mozo del barrio tenía otro significado del que creíamos cuando éramos niños. Al hombre le decían el Galembo Chaux. Muchos siempre pensamos que era por la facha y su buena suerte con las mujeres, pero ahora sabemos que era por ser un gallinazo que no dejaba ni el sobrado. Hay héroes de barrio cuyos apodos no sobreviven a una consulta en el diccionario.
Más allá de los símbolos y los apelativos, ¿son necesarios los gallinazos? Hace un par de años, en la India, cientos de buitres murieron masivamente después de consumir cadáveres de ganado tratado con diclofenaco. El medicamento se utilizaba para aliviar el dolor de las reses, pero resultaba tóxico para las aves. Al escasear los buitres, quedaron más restos animales sin consumir y las condiciones sanitarias empeoraron. Los economistas Eyal Frank y Anant Sudarshan estudiaron las consecuencias comparando distritos cuyo hábitat favorecía la presencia de buitres con otros donde estas aves tenían menos posibilidades de vivir. Tras analizar cómo cambió la mortalidad humana en ambos grupos, estimaron que la pérdida de los buitres produjo un aumento del cuatro coma siete por ciento en la tasa de muertes de los humanos que habitaban esos lugares.
Es claro que ese resultado pertenece a un contexto concreto y no puede trasladarse automáticamente a Colombia. Pero permite sospechar que el desprecio (o el asco) resulta una herramienta bastante pobre para decidir qué animales necesitamos. La desaparición de un ave también puede modificar la vida de quienes nunca se habían detenido a observarla. A veces hacemos cuentas demasiado tarde y descubrimos que llevábamos años recibiendo un servicio gratis. Los chulos se están acabando, y los hombres gallinazo también, a menos que aprendan a desaprender sus técnicas de conquista.








