2 de septiembre de 2026
Historias
Cómo es un trasteo de la Casa de Nariño
El presidente Abelardo de la Espriella utilizará la residencia privada del palacio de manera temporal cuando su agenda lo obligue a pernoctar en Bogotá. En SoHo ese dato nos provocó una inquietud que abarca muchas preguntas. ¿Cómo es un trasteo después de vivir allí? La ex primera dama Jacquin Strouss de Samper nos cuenta su experiencia.
Por: Redacción Soho
La salida de la Casa de Nariño comenzó, para mí, varios meses antes de que terminara el gobierno. No quería que el cambio fuera traumático, especialmente para mis hijos. Cuando llegamos a la Presidencia, tenían nueve y once años; cuatro años después eran adolescentes, estaban acostumbrados a una vida distinta y comenzaban a reclamar su independencia. Por eso decidí preparar con tiempo el regreso al apartamento donde habíamos vivido siempre y al que, en realidad, nunca dejamos de considerar nuestra casa.
La llegada a la Casa de Nariño había sido sencilla. Hacía poco habíamos regresado de la Embajada de Colombia en España y todavía conservábamos cierta costumbre de vivir entre maletas. Antes de instalarnos hablé con Ana Milena Muñoz de Gaviria, quien también había vivido allí con niños pequeños. Para mí lo más importante era que mis hijos se sintieran cómodos. Sus juguetes, libros y objetos personales fueron lo primero que llevamos. Ernesto y yo llegamos con una maleta cada uno, como si fuéramos a pasar una semana en un hotel.
Muy pronto descubrimos que no era posible habitar una casa prestada sin llevar algo de la propia. Comencé a trasladar portarretratos, adornos, almohadas y ropa de cama. Ernesto, después de la primera noche, pidió que trajeran nuestra cama. No había dormido bien y quería su colchón. Así que la cama, que fue uno de los primeros objetos que entraron, también fue el primero que salió cuatro años después. Es curioso cómo un objeto tan cotidiano puede marcar el comienzo y el final de una etapa.
La residencia presidencial no es muy grande. Está situada sobre las oficinas y tiene un ascensor privado. Como por el edificio circulan funcionarios, militares y visitantes, establecimos una regla de oro: a la casa solo podían subir las personas de nuestro círculo más íntimo. Allí dejábamos de ser el presidente y la primera dama para volver a ser una familia. La casa estaba acondicionada para nosotros, pero sus vidrios blindados y sus restricciones de seguridad nos recordaban permanentemente que no se trataba de un hogar común y corriente.
Lo que más me hizo falta fue mi jardín. Me gustan mucho las flores, caminar y sentir el aire libre. Vivir dentro de aquella mole de concreto no siempre fue fácil. Tampoco podía salir sola a caminar, a hacer compras o resolver cualquier diligencia sin un operativo de seguridad. Dentro de la residencia la vida era tranquila, pero afuera cada movimiento debía planearse. Con el tiempo uno se acostumbra, aunque nunca deja de añorar la libertad de salir sin tener que avisarle a nadie.

Para preparar nuestra salida tuve que remodelar el apartamento donde vivimos desde hace más de cuarenta años porque nuestros hijos, que ya eran adolescentes, querían espacios separados. Fui llevando poco a poco la ropa, los portarretratos, los adornos y las cosas personales. Un mes antes de entregar la presidencia, casi todo estaba instalado. La Casa Militar y varios funcionarios ayudaron con el trasteo. Es un procedimiento organizado para evitar traumatismos a la familia que sale y facilitar la llegada de la siguiente.
No teníamos demasiado que empacar. La Casa de Nariño está dotada de muebles y de todo lo necesario, de modo que nosotros solo habíamos llevado objetos personales. No hicimos un inventario de entrada ni uno de salida. Tampoco hubo una inspección; era una relación basada en la confianza. Las fotografías, los libros y los documentos producidos durante el gobierno quedaron en los archivos de la Presidencia. Hubo un detalle muy lindo de nuestras secretarias privadas, quienes prepararon unos álbumes preciosos con las fotografías de aquellos cuatro años; esos aún los conservamos.
Empaqué mi colección de CDs; en ese tiempo no existían Spotify ni los teléfonos en los que hoy se guarda toda la música. Unos amigos le habían regalado a Ernesto un equipo de sonido y en el estudio de la residencia escuchábamos mis discos. Allí veíamos el noticiero, leíamos, conversábamos y yo hablaba por teléfono. Aquel lugar era quizá el rincón más parecido a nuestra antigua casa. Cuando llegó el momento de irnos, los discos salieron conmigo.
El último almuerzo fue un ajiaco que comimos de prisa. Andrés Pastrana estaba a punto de llegar y todo ocurría al mismo tiempo: la ceremonia, el relevo, los saludos y las despedidas. En la puerta nos encontramos con quienes venían a ocupar la casa que nosotros acabábamos de dejar.
Se nos olvidaron algunas cosas pequeñas, como cinturones y objetos sin importancia, que luego nos enviaron. Lo verdaderamente difícil no era empacar. Lo complejo era dejar atrás a las personas que nos acompañaron durante cuatro años. También me hacía falta el trabajo. Yo me había entregado a mis responsabilidades como primera dama, a los programas para atender a la población desplazada (Ley de desplazados), al proyecto del Ministerio de Cultura y a muchas iniciativas en las que sentía que podía ayudar.
Al regresar al apartamento volví a ocuparme de las finanzas y de la organización cotidiana, como lo había hecho toda la vida. Después de cuatro años rodeada de equipos, funcionarios y colaboradores, volvía a ser la gerente de mi hogar. Sentí nostalgia, pero también la satisfacción del deber cumplido. Con los años, la memoria va dejando a un lado los momentos difíciles y conserva los buenos. Por eso recuerdo aquel trasteo no como una pérdida, sino como el regreso a nuestra verdadera casa. La Casa de Nariño se habita por un tiempo; el hogar, en cambio, es el lugar al que uno siempre puede volver.








