Cuando salga esta revista ya se habrá estrenado Constelaciones, la nueva obra que dirige. Pero esta entrevista la estamos haciendo un día antes, ¿qué se siente el día previo a un estreno?

Es el infierno, porque uno no sabe cómo va a reaccionar el público. La ventaja con esta pieza es que ya está montada y todos los elementos técnicos que son los que a uno lo pueden traicionar, como el video, la música y las luces, ya están bastante ensayados.

¿Qué diferencia hay entre dirigir esta obra y una escrita y pensada por usted?

Lo que pasa con este tipo de obras es que se vuelven propias. No es que la adapte y le ponga acento costeño. Uno empieza a apropiarse tanto de la obra que se borra el autor. Estoy seguro de que nosotros hemos leído esta obra muchas más veces que él.

¿Vio los montajes de otros países?

No, no hago eso, los veo después. Por ejemplo, cuando hicimos Venus en piel vimos las otras versiones después de que estrenamos, pero nos gustó más la nuestra. Y con esa obra era difícil, porque había una versión de Polanski.

¿Y le gustó más la suya que la de Polanski?

La nuestra, no digo la mía porque siempre es un trabajo colectivo.

¿De qué se trata Constelaciones?

Es una pieza que habla de una relación de pareja. Normalmente se contaría desde el momento en que se conocen hasta el momento en que se reencuentran después de vivir juntos y separarse. Lo que pasa es que esta historia está contada de maneras diferentes, y no es una sola pareja, sino muchas. Como puede ser la vida de cualquiera, en la que uno no sabe si todas las parejas que ha tenido son una misma, o si la pareja que uno tiene incluye todas las que ha tenido.

¿Una pareja que son todas las parejas?

Sí. Entonces hay variaciones de las posibilidades de cómo se conocen, discuten, se enferman. De cómo se celan, de cómo son infieles y se reencuentran. Son como todas las versiones alrededor de una apuesta bastante cuántica en la que las posibilidades son infinitas. 

Los protagonistas son un apicultor y una física cuántica. ¿Qué papel cumple esa mezcla que suena un poco exótica?

Puede haber muchas interpretaciones, pero si usted ve un plano del universo y un panal, no hay ninguna diferencia. Si uno lo ve en términos de fractales es igual. El universo puede ser una colmena o un cultivo de protozoarios, el tamaño acá no importa.

Nick Payne, el escritor de esta obra, es un tipo muy joven, tiene 34 años. ¿Lo conocía de antes?

Ahora tiene 34, cuando escribió la obra tenía 22 o 23, era muy chiquito. Es un autor muy interesante. Maneja estructuras muy arriesgadas para alguien joven. Y no es que los jóvenes no manejen estructuras arriesgadas, pero suele pasar que desbaratan el juguete, no lo vuelven a armar y todo resulta caótico. Esto no, esto es un juguete absolutamente deconstruido, pero con un orden lógico, sostenido en las mismas bases teóricas que plantea la obra en su interior.

¿Cómo fue el proceso de armar la obra, por qué esos actores, por qué el Planetario?

Con Marcela Mar y Francisco de Castro, dos de los productores, habíamos trabajado en Venus en piel, y como el resultado fue maravilloso nos propusimos hacer otra obra. Marcela se enamoró de Constelaciones y compró los derechos. Insistimos en que no fuera un teatro tradicional porque en una obra con este nombre queríamos ver constelaciones. Queríamos un espacio en el que se pudiera ver el cielo, y a Marcela se le ocurrió el Planetario. Y la verdad es una experiencia maravillosa, porque es en 360 grados.  Sandro Romero, que es el otro director, tiene una visión bastante circular de la obra y unos conceptos muy interesantes.

Rubiano fotografiado en la terraza del Planetario de Bogotá, un día antes del estreno de Constelaciones. La obra se presentará de jueves a domingo hasta el 18 de noviembre. 

En su discusión de hace unos años con el escritor Héctor Abad Faciolince, usted decía que los teatreros generalmente no hacen las obras que están de moda, sino las que consideran necesarias. ¿Es Constelaciones una obra necesaria?

Creo que todo el teatro tiene que coexistir. Obviamente todo el teatro es comercial, porque lo ideal es que se llenen todas las funciones y que uno pueda vivir de eso. No sé por qué hay que tenerle miedo a ganar plata. Hay gente que incluso me dice: “Pero es que usted hace esto como si fuera un trabajo”. ¡Pues claro que es mi trabajo! Y quiero vivir muy bien de él. Y cuando le va bien a una obra se puede producir la otra y se le paga mejor a todo el mundo. Constelaciones es necesaria por eso y porque instaura un nuevo espacio con posibilidades teatrales.

A propósito, ¿cómo terminó esa pelea con Héctor Abad?

¡Nos reconciliamos! Ocurrió en la Feria del Libro de Guadalajara, hace un par de años. Es una historia muy bonita porque él escribió un artículo que se llama ‘Ya no me siento víctima’. Gael García lo leyó y propuso hacer una lectura dramática. Así que necesitaban un dramaturgo y me contactaron a mí. Les dije que con gusto lo haría si Héctor aceptaba, y él fue el primero que dijo que debíamos dar ejemplo de reconciliación.

¿Qué se dijeron la primera vez que se vieron?

Él me saludó como si no hubiera pasado nada. Luego me dijo que le había dado muy duro y que había sido agresivo. Yo reconocí que sí y le ofrecí disculpas.

En un país  tan dividido como Colombia, lo que dicen sus obras puede no gustarle a mucha gente…

El teatro, lo dijo Shakespeare, es testigo de su época, pero no de una manera histórica, sino de una manera poética. Uno habla de manera poética del momento en el que vive y vivimos en un país que tiene ciertas condiciones; de eso hay que hablar, así uno esté contando una historia de amor. Porque eso permea todas las capas de la sociedad y todos los estamentos… Como decía Mancuso: “Todas las instancias del Estado”.

Pasamos de Shakespeare a Mancuso...

Las palabras de ambos son potentes. El caso es que yo no hago obras partidistas, no hago obras de izquierda. Creo que hago obras que a veces pueden ser tildadas de reaccionarias, pero en el grupo siempre les damos garantías a todos los personajes involucrados.

¿Qué quiere decir eso?

Por ejemplo, en Cuando estallan las paredes hay una discusión entre alguien que va a hacer un atentado terrorista y quien lo va a recibir. Este le dice: “¿En serio usted cree que me va a hacer daño con eso? Usted me mata a 30 en un club, yo le desaparezco 5000 de un partido y le doy seis millones de desplazados. ¿En serio cree que puede conmigo? ¿En serio cree que si mutilan a mi hija va a ser igual que si mutilan a la suya? Si mutilan a mi niña todo el país va a gritar, si mutilan a la suya es paisaje”. O sea, hay una discusión con todas las garantías en donde se dice lo que uno no quiere oír. Son discusiones equilibradas. Porque si yo pongo a los que me caen mal como malos y a los que me caen bien como buenos no estoy haciendo nada.

El actor mexicano Humberto Busto, Marcela Mar y Angélica Blandón son los protagonistas de Constelaciones.

Eso fue muy evidente en Labio de liebre, una pieza que además tenía la particularidad de que la gente salía llorando después de reírse durante toda la obra…

No solo en Labio de liebre; en Sara dice la risa aparecía cuando había muertes; en Mosca, cuando había violaciones. Creo que uno no puede crear nada diferente al contexto en el que se encuentra. ¿Estoy hablando como Maturana?: “La selección no puede jugar diferente al país”, jeje. Somos un país chistoso, chistoso dentro del absurdo, y eso es absolutamente triste. Hay una suerte de borreguismo, de insultos e imaginarios instalados. O sea, un término como ‘castrochavismo’ es un chiste.

Un chiste que lleva a tomar decisiones muy serias...

Y eso es aterrador. Que la expresión ‘mermelada’ se la haya inventado uno de los partidos más corruptos de nuestra historia es un chiste muy grande. Que ‘Popeye’ les mande un mensaje a los policías diciéndoles “hermanos policías”. ¡A ver!, si él fue el que más uniformados mató. Nosotros no contamos chistes, hacemos una versión de la realidad y eso genera risa. Ver ese reflejo da risa.

¿Le parece que es un lenguaje efectivo para el momento que vive el país?

Creo que la queja, el señalamiento, la denuncia o la clase de Historia a la fuerza no funcionan, y mucho menos en teatro, porque el teatro está hecho para contar historias. Usted no va a que lo regañen, usted puede salir golpeado, pero sin darse cuenta. O sea, sí hay que insultar, sí hay que regañar y denunciar, pero sin que el público se dé cuenta.

Lea también: