Pocas veces una final de la NBA había sido tan emocionante como la que terminó hace unas semanas entre los Cleveland Cavaliers y los Golden State Warriors. Mucho tuvo que ver el hecho de que existía un récord que nunca se había roto: ningún equipo que estuviera perdiendo 3 a 1 en las finales —que se juegan al mejor de siete partidos— había remontado esa diferencia para luego ganar el campeonato. Los Cavaliers lograron ese milagro y, por eso, han pasado a la historia.

Fue un enfrentamiento entre dos titanes. Por un lado, Stephen Curry, de los Warriors, el jugador más valioso de la temporada (MVP) por segundo año consecutivo y el primero en lograrlo de manera unánime. Por el otro, Lebron James, de los Cavaliers, que lleva 13 temporadas en la NBA y disputó por séptima vez seguida una final, cifra que nadie había alcanzado.

Curry era el hombre del momento, pues estaba igualando —y superando— los récords de Michael Jordan y los Bulls. No es un jugador mágico, pero sí descomunalmente efectivo: su fuerte no son las clavadas ni las piruetas que enloquecen a los televidentes sino los tiros infalibles de larga distancia, que casi nunca falla.

Con Lebron pasa lo contrario: a pesar de su estatura (2,03 metros), tiene la agilidad y la gracia de una gacela. Su estilo podría describirse como aquel que se usaba para detallar a Michael Jordan: un poema en movimiento.

Al inicio de las finales, Curry arrancó con la imagen del ganador y Lebron, del perdedor. Esas percepciones se consolidaron en los primeros cuatro partidos: los Warriors dominaron todos los aspectos del juego y tomaron una ventaja cómoda y sólida de tres juegos a uno. Fue tanto el margen de ventaja en esos partidos que ganaron siempre por más de 10 puntos. Cuando dominaron el cuarto encuentro, todos daban por perdidos a los Cavaliers. Al fin y al cabo, nadie había logrado romper el tabú de remontar esa diferencia.

Cleveland es el primer equipo que remonta unas finales estando 3-1 abajo, y James, el primer jugador que lidera el promedio de puntos, rebotes y asistencias durante toda la serie.


Para Lebron y compañía no había margen de error: una derrota más y continuaría la agonía de Cleveland, una ciudad con gran tradición deportiva pero que no ganaba ningún título importante desde 1964, cuando los Cleveland Browns se llevaron el Super Bowl. Pero estos Cavaliers no pensaban bajar los brazos. Llegaron al quinto juego, que además afrontaron en condición de visitantes, mentalizados para ganar. El ambiente de fiesta en Oakland, ciudad donde juegan los Warriors de Golden State, era notorio antes del juego. Pero horas después, esa fiesta de los locales estaría completamente aguada gracias a un partido sublime de Lebron James.

El alero de 31 años —que a los 18 hizo historia al ser el número uno más joven en el Draft o concurso para escoger a los nuevos jugadores de la NBA— realizó un partido perfecto: 41 puntos, 16 rebotes, 7 asistencias y 3 robos. Los Cavaliers respiraron y desde ese momento, jamás miraron hacia atrás: no solo ganaron el juego de manera contundente

—por 15 puntos— sino que se hicieron con el derecho de intentar igualar la serie, esta vez en su propio estadio y con sus propios hinchas.

El sexto juego nuevamente tuvo nombre y apellido: Lebron James. Y los Cavaliers consiguieron lo que pocos creían: empatar la llave y forzar un séptimo juego para decidir si lograban hacer historia o si los Warriors despertaban y hacían respetar su condición de campeones defensores. Un glorioso

Lebron nuevamente anotó 41 puntos y lideró a su equipo a una cómoda victoria, esta vez por 14 puntos. El milagro estaba cerca, y el propio Lebron dejaba claro que no existen dos palabras más emocionantes en la historia del básquet gringo que “Juego 7”.

Con la serie igualada a tres, se llegó a ese séptimo partido. Fue el domingo 19 de junio, en el Oracle Arena de Oakland, con la taquilla totalmente vendida y precios de boletas en reventa que superaban los 50.000 dólares (150 millones de pesos). Increíblemente, esas entradas eran más caras que las de un Super Bowl. El juego, transmitido en vivo a más de 70 países, tuvo la audiencia más grande de la NBA en la historia: más de 25 millones de televidentes, solo en Estados Unidos.

Ni la película más aclamada de Hollywood podría haberse craneado un desenlace como el que tuvo este juego: los Warriors, batallando para defender el título; los Cavaliers, con ganas de romper la maldición deportiva de la ciudad.

Fue un juego supremamente parejo, sin margen de error y con un despliegue físico abismal de cada jugador. Todos los puntos importaban y todos los segundos contaban. Al llegar al medio tiempo, los Warriors contaban con una leve ventaja de siete puntos. Pero ellos sabían que el rival amenazaba.

La segunda mitad de los Cavaliers fue perfecta: la ofensiva carburó y la defensiva respondió. En los momentos claves, el equipo se consolidó para finalmente conseguir la victoria por apenas cuatro puntos. Lebron, obviamente, sería fundamental. Fue elegido de forma unánime como el mejor jugador de las finales y tuvo el mejor promedio de puntos, rebotes, asistencias y robos de todos los tiempos. Ni siquiera Michael Jordan logró conseguir esa estadística.

El Rey se reivindicó, y la hazaña se logró: 52 años después, la ciudad de Cleveland consiguió un título, y Lebron James le ordenó a su gente tomarse las calles. Sí, a esos mismos hinchas que seis años atrás habían quemado su camiseta, enfurecidos tras su decisión de abandonar los Cavaliers y jugar para el Miami Heat. Con el equipo de Miami ganó dos títulos, pero ninguno le supo igual a este. Había vuelto a su ciudad para vencer, para reivindicarse. Al fin y al cabo, y como él mismo dijo: “Esto es para ti, Cleveland”.