Lo primero que debió aclararse, cuando se supo la noticia de que la película colombiana Pájaros de verano iba a inaugurar la versión número 50 de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, era que se trataba de una “codirección”. Ciro Guerra  —el prestigioso responsable de La sombra del caminante, Los viajes del viento y El abrazo de la serpiente— ahora compartía su crédito de realizador con su cómplice, la productora Cristina Gallego. Ambos, compañeros durante años de fieras batallas cinematográficas, celebran los triunfos creativos de un esfuerzo a cuatro manos.

El rodaje en La Guajira de una suerte de Padrino latinoamericano es el resultado de un susurro mutuo en los oídos, en el que ambos han aprendido a respetarse y, al mismo tiempo, a inventarse un universo que, en última instancia, les pertenece como artistas. Hoy, se siente que Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, 1981) sigue la máxima de Picasso: ya no busca sino que encuentra. La nominación al Óscar en 2016 para el tercer título de su filmografía confirmó la eficacia de sus aventuras audiovisuales y, de alguna manera, lo obligó a cerrar un ciclo. Quizás por esa razón la presencia de Cristina Gallego (Bogotá, 1978) lo ha impulsado a tener una nueva mirada que no vacila en definir como “mucho más femenina”.

El año pasado, gocé de 24 horas privilegiadas en Riohacha, viendo la gestación de un par de escenas de Pájaros de verano. He visto la película terminada un par de veces y he entrevistado a Cristina sobre asuntos relacionados con la creación y la producción. Hace unas semanas, cuando terminó la edición 71 del Festival de Cannes, la llamé a su regreso al país para que me contara sobre su participación en el evento. Me hizo énfasis en el triunfo de la actitud contestataria de las mujeres en Cannes y de cómo lo que se habían propuesto marcó la diferencia entre los críticos del festival.

Pájaros de verano se estrena el próximo 2 de agosto en Colombia. Rodada en La Guajira, la película es una saga poderosa sobre la llamada "bonanza marimbera"

Le pregunté por la célebre marcha de actrices y realizadoras por la alfombra roja, haciendo su ingreso militante al Palacio del Festival, poco antes de la proyección de la película Les filles du soleil, de Eva Husson. La imagen es inolvidable: en primera fila, hieráticas, se destacaban Cate Blanchett, Agnès Varda, Kristen Stewart, Haifaa al-Mansour, Ava DuVernay, Céline Sciamma, Khadja Nin y Tonie Marshall. Tras ellas, Vanessa Filho, Marion Cotillard, Zalika Souley, Déborah François, Zabou Breitman y, con ellas, la codirectora de Pájaros de verano, concentrada en su nuevo papel: ser líder de una comunidad que va más allá de las fronteras del cine y se interna en los nuevos caminos de la insatisfacción.

También conversé con la gran actriz del Teatro La Candelaria Carmiña Martínez, quien me narró emocionada la ovación que recibieron al final de la proyección de la película, tras la inauguración de la Quincena. “Tenía miedo dijo , sabía que en Cannes abucheaban las películas que no eran de su gusto. Y cuando se acabó la proyección, hubo un silencio de tres minutos que me desbarató. Pero, de repente, el público empezó a aplaudir cada vez más fuerte. Sin darme cuenta, lancé un alarido de felicidad. Lo habíamos logrado”.

Hace un par de meses, antes de ese viaje que constituiría su cuarta participación en Cannes, había buscado a Guerra (todas sus películas han pasado por alguna de las secciones del festival de La Croisette) para que me contara sus impresiones. Le pregunté si había una conexión secreta entre Los viajes del viento y Pájaros de verano, puesto que una parte de la primera tiene que ver con el universo de La Guajira. Me explicó que durante la filmación (sí, “filmación”; porque Guerra no “graba” sino que aún “filma”…) de Los viajes… se encontraron con las historias de la llamada ‘bonanza marimbera’ (sobre los tiempos en los que reinaba la marihuana dentro del tráfico ilegal de psicotrópicos) y pronto se dieron cuenta de que allí había una saga muy potente, digna de ser contada. Pasaron diez años y esa semilla encontrada para un episodio del segundo largometraje de Ciro se convertiría en una gesta de dimensiones épicas, una epopeya en el desierto del norte de Colombia.

 A diferencia de Los viajes del viento, que es una historia muy personal, Guerra no tiene recuerdos de la ‘bonanza marimbera’. Pero admite que se trata de una historia que le pertenece a la experiencia colectiva de los colombianos. Aunque pareciera que sus películas están construidas sobre territorios ajenos, considera que en ellas hay muchas emociones íntimas y tienen que ver con secretos fantasmas individuales. Al observarlas con la distancia necesaria, se ha dado cuenta de que allí hay una bitácora de sus propios trayectos. “Por darte un ejemplo: solo tres años después del estreno de Los viajes del viento me di cuenta de que esa historia estaba contando mi relación con el director y productor Jaime Osorio, el viejo maestro del cine que me enseñó a transitar por los territorios del audiovisual. Esas conexiones no son conscientes sino que aparecen muy a pesar de mí mismo”.

 

Los viajes del viento es la historia de un juglar que no quiere tocar más y que emprende un viaje desde el Magdalena hasta La Guajira para devolverle el acordeón a su maestro.

Guerra nunca se ha considerado guionista. De hecho, no le gusta figurar en los créditos como escritor. Pero participa, con Cristina, en la gestación del proyecto, desde la primera escaleta hasta el guion de rodaje definitivo, como sucedió con María Camila Arias y Jacques Toulemonde para llegar al texto que se convirtió en Pájaros de verano.

Y el proceso termina transformándose en un intercambio de obsesiones. Por ejemplo, el crédito de gestación de la historia se le adjudica a Cristina, porque fue quien se entusiasmó con la idea de hacer una cinta de gánsteres a la colombiana, en el marco de una sociedad matriarcal y desde una perspectiva femenina. Ella le dio la mirada a la película, para que no se pareciera a las cientos de aproximaciones que ha tenido la ‘bonanza marimbera’.

Pájaros de verano parte de los arquetipos del llamado cine negro, pero no pretende copiar estas películas ni rendirles homenaje. Aquí, la palabra “género” tiene una doble acepción: por un lado, se trata del “género” cinematográfico, con todas sus sórdidas referencias, y, por otra parte, del “género”, donde se hace énfasis, sin tapujos, en el universo femenino. Para Ciro y Cristina se trató de bucear en lo inexplorado, subvertir, cambiar miradas.

“En el cine del pasado, el género se refiere a las fronteras en las que se mueven las películas. En el cine del futuro, se refiere a la mirada desde donde se instala una historia. Dichos arquetipos genéricos están cambiando, sin duda”, asegura Guerra. “Hay un desgaste en el cine porque se están haciendo las mismas películas desde hace 30 años. En las grandes industrias se filtra el prejuicio de que ya no hay nada nuevo por hacer. Así que estas miradas diferentes, que pueden ser las femeninas o las de los indígenas o la de todos aquellos que han sido excluidos del discurso del cine hegemónico, son, en realidad, el futuro. Estamos viviendo un momento trans-género del cine”.

 

Cristina y Ciro con Antonio Bolívar y Brionne Davis en la ceremonia de los Óscar 2016, en la que El abrazo de la serpiente fue nominada a mejor película extranjera.

El asunto me extraña porque Pájaros de verano, en sentido estricto, no me había parecido una película “femenina”. Ciro se encargó de ahondar en el asunto: “Nos interesaba romper los estereotipos que existen sobre la mirada de la mujer. No se trata de contar tan solo asuntos domésticos o historias íntimas. La mirada femenina también abarca lo épico. Temas que, en apariencia, son de directores hombres. La mirada de Cristina me revitaliza a mí como director”.

Pájaros de verano se inicia con un cantor ciego que nos introduce en la historia a través de jayeechis, de cantos guajiros. Una suerte de Homero que evoca la odisea de su propio pueblo. Pero pronto el relato se desdobla. La fábula tiene múltiples puntos de vista y la saga de las familias que, en los años setenta, se ven envueltas en el narcotráfico toma diversos caminos. Es una película coral, evitando caer en el cliché de los protagonistas y los antagonistas. El “héroe”, Rapayet, nos deja ver fragmentos de la fábula. Pero también Úrsula (interpretada por Carmiña Martínez) es una guía para develar la historia, al igual que la joven Zaida Pushaina (Natalia Reyes). Así, el asunto se torna mucho más complejo: no se trata tan solo de un juego de buenos y malos. En ese orden de ideas, la película se convierte en una suerte de tragedia, como la entendían los griegos, en la que no hay personajes maniqueos, sino que todos, en la sociedad wayú, tienen sus razones para cada uno de sus comportamientos, así sean las más crueles venganzas o las más alegres celebraciones. La película está construida alrededor de cinco cantos esenciales (Hierba salvaje. 1968, Las tumbas. 1971, La bonanza. 1973, La guerra. 1980 y El limbo). En la medida en que avanzan los acontecimientos, nos damos cuenta de los nexos profundos entre sus protagonistas y de cómo el destino es mucho más importante que la libertad individual. Hay signos trazados de antemano que parecen guiar los hechos, de tal suerte que la historia se convierte en un relato de dimensiones legendarias, antes que en una sucesión de aventuras. Porque, a pesar de estar tras los mitos de la barbarie, todo parece nuevo en Pájaros de verano. Aunque haya un personaje llamado Úrsula y de que Cien años de soledad sea una fuente inspiradora, todo tiene aquí un nuevo misterio, una calidad secreta que no se parece sino a ella misma.

 “García Márquez no me parece adaptable al cine. Pero su universo poético le pertenece, en buena parte, a la cultura wayú. Y de allí bebimos para la estructuración de la historia. Concentrarse en el realismo mágico y tratar de traducirlo al cine es una trampa peligrosa. Lo importante es contar con una buena historia y nosotros, los cineastas, estamos siempre a la caza de ellas”, admite. “De alguna manera, Cien años de soledad cuenta la llegada de la modernidad a Macondo. Y la ‘bonanza marimbera’ es el arribo de la modernidad de la manera más abrupta y salvaje. Fue un estupendo referente. No nos interesaba adaptar a García Márquez, sino ir a su fuente”.

 Se hace tarde. Nos despedimos con un seguro “hasta pronto”. Ciro, por ahora, disfruta la batalla de los festivales y, mientras tanto, afila sus armas para enfrentarse a la adaptación cinematográfica de una novela de Coetzee —Esperando a los bárbaros— y a una serie que tiene, una vez más, al Amazonas como telón de fondo. Pero en el mundo del cine no se pueden dar muchos adelantos.

 La aventura creativa de Cristina Gallego y Ciro Guerra no se parece a la de nadie. Casi dos meses después de Cannes estrenaron Pájaros de verano en Uribia, el territorio guajiro que sirvió de telón de fondo y forma a la violenta belleza de sus imágenes. La última vez que conversé con Cristina me contó un nuevo capítulo de la aventura de realizar una película. “A estos hijos hay que acompañarlos durante un año entero para que puedan echar vuelo sin problemas. Después, ellos se defienden solos”, me dijo. No sabemos cómo vaya a funcionar el tándem creativo de Cristina y Ciro en el futuro. Por lo pronto, sí tenemos la certeza de que sin ella el mundo de Ciudad Lunar (su compañía productora) no existiría. Y el universo creativo de Ciro Guerra ha develado una nueva y sensible mirada gracias a la presencia de una mujer que respira cine tanto para su organización logística como para su dimensión espiritual. De este tipo de complicidades se construye el cine de nuestros tiempos.

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