Son tres carreras, pero más de sesenta etapas. Abrazan tres países, pero cada año pasan por muchos otros. Ya veremos si la pandemia permite que se dé la largada.

 

Mientras tanto, pedalee con nosotros en este recorrido por el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España. Así nada lo cogerá por sorpresa cuando se disputen en junio, en agosto, el año que viene... cuando sea.

 

De rosado por Italia

Giro de Italia: oficialmente cancelado. (Estaba programado para iniciar el 9 de mayo). Foto: Tim de Waele/Getty Images.

Pero ¿qué es esto? ¿Dónde están las montañas? ¿Qué hacemos aquí? Hubo unos años en los cuales el Giro de Italia era una carrera tirando a llana. Sin grandes puertos. Bueno… ni grandes, ni medianos, ni pequeños. Solo volatas, llegadas en pequeñas colinas, suspensiones por nieve que jamás parecía haber caído. A veces, incluso, se terminaba antes de la última subida, aunque en el libro de ruta se pusiera lo contrario. Todo para favorecer a los transalpinos más destacados de la época: Francesco Moser y Giuseppe Saronni, espaldas de contrarrelojistas con porte de aleros en básquet. Y, junto a ellos, las caras largas y la frustración de los franceses, españoles y colombianos que tuvieron la mala suerte de debutar en 1985. Apoteosis del plano. ¿A qué hemos venido?, ¿a qué?

Luego fue cambiando, porque quienes se suben en una bicicleta tienen como máxima ilusión conquistar montañas, alcanzar la cima, volver a ser niños... Así que volvieron. Ellos y ellas. Los escarabajos y las cumbres. Matrimonio inquebrantable. Lucho Herrera volando hasta las Tres Cimas del Lavaredo bajo la aguanieve. Qué imagen extraña, qué recuerdo tan raro. Repetiría años más tarde, en el Terminillo. Su última gran victoria. Época que se cierra, otra que vendrá.

Lucho Herrera. Foto: Archivo particular.

Siempre parecía costarles a los colombianos competir en el Giro. Si Francia fue El Dorado que se anhela, y la Vuelta a España tierra amable de acento en terciopelo, Italia se erigía como un monolito agresivo. Que los italianos son muy suyos, que el Giro es una prueba casi doméstica, una disputada al ritmo que quieran sus grandes figuras, de la manera que ellos deseen y con las coordenadas que fijen prensa y compañeros. Y allí, en esa satrapía inhóspita, los anárquicos escarabajos poco podían rascar...

Pero bueno llegaron los reinados de la montaña, etapas, presencias puntuales. Hasta el resurgir: Rigoberto Urán llega segundo en 2013, y vuelve a hacer segundo un año más tarde, por detrás de Nairo Quintana, nada menos. La etapa del Stelvio. Inolvidable. Paredes de hielo enmarcando hormiguitas con casco en el monstruo alpino. Un tornanti, otro. Luego, el descenso, la polémica. Nairo Quintana se convierte en el primer escarabajo que gana el Giro. Los colombianos suman cuatro parciales, visten la maglia rosa (tan chic, tan bella, tan icónica) casi en la mitad de los días. Éxito absoluto.

Después, Esteban Chaves descolgándose de Vincenzo Nibali en La Lombarda, a 24 horas del final, tras superar mil y una dificultades. O el mismo Quintana, que no puede perder a Tom Dumoulin en Foza, a 24 horas del final, tras superar mil y una dificultades. Tan cerca. Tan lejos.

Esteban Cháves. Foto: Tim de Waele/Getty Images.

A despecho de su historia, el Giro parece presentarse hoy como una carrera amable con los cafeteros. Pendientes imposibles, ascensos monstruosos. No es Letras pero se le parece, no es La Línea pero tiene un aire. El año pasado Egan Bernal iba a probar suerte en tierras transalpinas. Luego llegó una caída entrenando, una pequeña lesión, la obligatoriedad de ir al Tour de Francia. La historia ya conocida. Este 2020 también estaba en su programa, pero ya había anunciado (antes de la suspensión) que no iba a acudir. Cuando Italia vuelva a ser Italia, el Giro volverá a ser el Giro. Con su carácter caprichoso, con su alegría de vivir. Un país para una carrera. Que no tarde.

 

El último escalón francés

Tour de Francia: se realizará del 27 de junio al 19 de julio. Foto: Jean Catuffe/Getty Images.

“Yo estuve allí –podría decir él–. Yo estuve allí cuando cayó, cuando lo imposible fue real, cuando el gigante se dejó vencer por años de esfuerzos, por ese ir matándose poco a poco que lo gobernaba desde hacía una década. “Yo estuve allí”, podría decir Martín Emilio “Cochice” Rodríguez.

Él fue el primer colombiano que corrió el Tour de Francia. Gregario del gran Felice Gimondi, pero gregario de verdad, de los de antes. “A veces tenía que remolcarlo cuesta arriba, para que no se cansara”, contó mucho más tarde. Fue precisamente Gimondi el primero en superar, en una jornada histórica de canícula y rostros brillantes, a Eddy Merckx, el Caníbal, el mayor que hubo, el mayor que habrá. Camino de Pra-Loup abdicó y allí estaba Cochise.

Los escarabajos tardarían casi una década en retornar. En 1983 no eran ellos el anhelo, sino otros: los de la Unión Soviética. Félix Lévitan soñaba con un gran duelo en el verano francés. Soviéticos contra americanos. Eso relanzaría la Grande Boucle a nivel planetario. “Oui, monsieur, mais los rusos son amateurs”. Así que la carrera gala se abrió a los no profesionales. Curiosamente no hubo noticias del Este, pero otros llegaron para revolucionar las Galias. Los llamaban “escarabajos”.

Foto: AFP.

Fue el comienzo. Protagonismo sin victorias; pagando, en ocasiones, la novatada. Esa imagen se haría habitual cada julio. Pero llegan las cuestas, y una marabunta de colombianos saltan del pelotón sin respeto a las jerarquías. Luego arribó lo demás. Lucho en Alpe d’Huez (la montaña más oriental de Colombia), con el maillot tricolor rodeándole el torso. O Fabio Parra en el podio de París, con los Campos Elíseos al fondo. Camisas de puntos rojos, escaladores de raza. Fanfarria e ilusión.

Egan Bernal. Foto:  Jean Catuffe/Getty Images

Los últimos años han sido los más exitosos en la carrera más importante de todas. Desde que Nairo Quintana terminó segundo (detrás de Chris Froome) en 2013, otras cuatro ocasiones los cafeteros han visto la avenida más bonita de Francia iluminada en su honor. Dos veces más Nairo, una Rigoberto Urán. La última, el sueño, en la edición de 2019. Egan Bernal llegaba más alto que nadie, se ponía líder después de subir el Iseran, un monstruo a más de 2700 metros. “Pero es que yo vivo a esa altura”, dijo después, tímido. Era el primer escarabajo que lograba la Grande Boucle. Una Edad de Oro parece dar comienzo.

 

Esos recuerdos por España

Vuelta a España: está programada del 14 de agosto al 6 de septiembre. Foto: Tim de Waele/Getty Images.

Al primer ciclista colombiano que corrió la Vuelta le decían en España “el Internacional”. Es que nació en Medellín, tiene nombre italiano, vive por Bélgica, compite para un equipo francés y, ahora, disputa la carrera española.

El primer ciclista colombiano que corrió la Vuelta a España (el pionero, el que jamás podrá ser superado por ningún otro) llevaba por nombre Giovanni Jiménez Ocampo, y se mudó a Europa para ganarse la vida con eso de la bicicleta, antes incluso de hacerlo Cochise. Fue en 1968, y la suya es historia de éxodo incierto, venturas por venir, mil maillots y muchas palabras mal pronunciadas en un idioma anguloso como el flamenco. Giovanni hizo debutar a los escarabajos también en París-Roubaix, en Tour de Flandes, en todas las grandes carreras de un día. Hasta que llegó lo de la Vuelta. Año 1974. Retirada en la novena etapa, penando casi cada tarde. Pero qué más da. Donde él fue, muchos otros irán.

Giovanni Jiménez. Foto: Archivo particular.

Aquellas Vueltas primaverales, que alternaban días de nieve y sol, eran la carrera que mejor se ha dado históricamente a los colombianos. La primera que se conquistó en Europa, la que dejó más hazañas imborrables. Empezando por el año 1985. Debut. Expectación con los cafeteros, sí, pero más sobre los otros dos conjuntos amateurs. La selección de la Unión Soviética y un combinado estadounidense, nada menos. Plena Guerra Fría. Gracias al clásico sentido del humor español, ambas escuadras compartieron hoteles la mayoría de noches. Qué no podrían contar aquellas paredes…

El caso es que llegó una victoria colombiana. A cargo de Antonio Agudelo, a quien todos conocían como “el Tomate”, porque se le sonrojaban las mejillas con el esfuerzo. Fue en Alto Campoo, junto al Pico Negro, tierra de leyendas, fríos y nieblas. Allí hay cíclopes malos y brujas buenas. Y ganó Agudelo. Llegada en alto, sí, pero al embalaje sobre otros tres. Aunque parezca increíble.

En esos tiempos, la Vuelta a España estaba habitada por un gigante malvado que devoraba todo a su alcance. Su nombre es Sean Kelly, y parecía casi antítesis de los colombianos. A sus piernas, como columnas dóricas, oponía Lucho Herrera gemelos de alambre. Contra su balanceo de hombros aparecía la facilidad de un Fabio Parra. Kelly era rápido, era buen croner, era potente en terreno ondulado. Ellos fueron jilgueros que trepaban sin problemas las pendientes más imposibles. Una vez ganó Kelly (que no era malvado, sino diferente, como los villanos en cuentos de hadas) y otra, inolvidable, Lucho Herrera. Año 1987. Primera ocasión que los colombianos conquistaban la general de una de las tres Grandes Vueltas.

Luego vinieron actuaciones brillantes, como la de 1989, con todo un escuadrón de escarabajos intentando abatir a “Perico” Delgado y sucumbiendo solo al final, Ivanov mediante. O las etapas de Farfán, de Rincón, de Botero, de Néstor Mora. Y llegó él. Nairo Quintana. Para domeñar a Chris Froome (otro ogro malévolo, pero este con brazos que parecen palitos de pan) y vengarse de experiencias pasadas (si es que la venganza sirve realmente para eso). Fue en 2016, y tercero acabó Esteban Chaves, por aquello de no estar solo en el pódium.

Nairo Quintana y Rigoberto Urán. Fotos: Getty Images.

Ahora la Vuelta a España es en septiembre, y ya no hay copos de nieve cayendo desde las nubes, apenas llueve, y la señal de televisión es más clara, sin esas rayitas blancas que emborronaban la pantalla y hacían imaginar una realidad siempre más atractiva de lo que realmente era. Cosas de la evolución, que nos vuelve perfectos, viejos, con menos alma. Pero ellos siempre están. Ellos, los colombianos. Pueden apostar dinero. A finales de este verano (eso esperamos, confiemos en que así sea) habrá uno, dos, diez escarabajos saltando por las carreteras españolas, acelerando cada vez que llegue alguna cuesta.