El camino por el que deambulan los ciclistas en su trayecto de Vesoul a Troyes está adornado por los trigales franceses que recuerdan los paisajes del Nariño de finales de 80 y principios de los noventa, época en que los sembrados de cebada eran rentables para los agricultores y el dorado de los cereales resplandecía en medio de ese verde infinito. (10 Cosas que usted no sabía del Tour de Francia)

Para el Tour, es una etapa de transición. Así se les llama a los recorridos largos y planos que ofrecen pocas probabilidades de desacomodar la clasificación general. A veces, en ese listado también entran las etapas largas que acomodan puertos de tercera y cuarta categoría en un gráfico que emula un serrucho mal afilado, pero que muestra un final que tira hacia abajo o que es tan plano como el de hoy.

En 2017, la organización de la carrera cometió la locura de acomodar 14 etapas que se ajustan a una de estas dos descripciones, de modo que este será el Tour de las transiciones: secuencias largas y soporíferas de ciclistas que avanzan bajo 35 grados de calor, en una película que los comentaristas deportivos animan hablando de lo que sea: del equilibrista que monta una bicicleta sobre la cuerda floja, mientras pasa el pelotón cerca de su casa; de la inspiración que debería tener Rick Zabel, gregario de Kristoff, para la jornada de hoy, debido a que, la última vez que el Tour llegó a esa ciudad, la victoria se la adjudicó su padre, Erik Zabel; del parecido que tienen los paisajes franceses con los colombianos y de la canción de Carlos Vives, ‘El orgullo de mi patria’, que se convertirá en el himno del ciclismo colombiano.

Foto: Lionel BONAVENTURE / AFP

Es un Tour de Francia atípico, con nuevas ventajas y desventajas para los colombianos: no tuvo esas etapas marinas de la primera semana que tanto daño suelen hacerle a los escarabajos ni tampoco incluirá contrarrelojes largas y planas, pues la primera fue corta y la segunda, la de la etapa 20, tiene una trampa de la cual hablaremos en su momento. Pero tampoco abunda en finales en alto: solo tres etapas terminan ascendiendo una montaña y una de ellas ya se corrió ayer. Es un Tour que se puede ganar bajando o, como puede hacerlo Froome, aguantando, hasta el final, los pocos segundos de ventaja ya cosechados. Es un Tour para encender el televisor a las 9:30 o 10:00 a.m., a menos que seas un afiebrado del ciclismo que trabaja hasta tarde durante la noche anterior, solo para que la somnolencia llegue temprano, para así madrugar a ver el ciclismo de mañana. (Comiendo como los cilistas del Tour de Francia)

En esa llegada plana a Troyes, volvió a ganar Kittel, el alemán. Los velocistas, poco a poco, han ido aprendiendo que se debe evitar, a toda costa, llegar a los últimos 200 metros de un embalaje planísimo con Kittel a la espalda. Por eso aceleran antes, confiando en que la desconcentración de su equipo provoque una desconexión; estorban en cada pedalazo que sus coequiperos del Quick Step tratan de dar para llevarlo hasta la punta del lote y toman medidas desesperadas, como colarse rozando las vallas en los últimos metros a la Arnaud Demare.

Hoy, nada de eso sirvió. Kittel estaba ahí, donde es invencible, para llevarse la etapa. Pedaleó los últimos metros sentado, mientras Greipel volvía a sacudir la cabeza de izquierda a derecha, como lo hacen los vencidos, cuando vacilan entre los sentimientos de derrota y admiración hacia su superior.

De los favoritos, ninguno perdió tiempo. Mañana vendrá otra secuencia de transición para aguantar ritmo y evitar caídas, bajo el sol eterno de este verano francés.