“Nunca. Messi nunca ganará un Mundial”. El problema no es que la frase la escuche pronunciada por vecinos que nos desean el mal (el mal futbolístico), como podrían ser brasileños, uruguayos o chilenos. El problema es que la propalan compatriotas que hasta parecen disfrutar de esas cinco palabritas encadenadas como si se tratara de una profecía que la antojan autocumplida. Primero, que no canta el himno y por ende no siente ni la camiseta ni la bandera; después, que es pecho frío y solo les mete goles a equipos de cuarto nivel y en instancias menores; ahora, que es el dueño del equipo, un pequeño dictador que le ordena al entrenador de turno quiénes deben jugar y quiénes no en la Selección Nacional.

No son tantos los que piensan así en el país de los 44 millones de directores técnicos. No son tantos, pero hacen mucho ruido: periodistas de medios con importante audiencia y muchas horas al aire. Periodistas que saben que igual Messi jamás les dará una nota y gozan con la fama que conquistarán en España, cuando se presenten sus diatribas en programas de radio y TV. Les da rédito ser anti-Messi. Creen que así sacan chapas de duros, de inflexibles, cuando en realidad hay que ser muy burro para no rendirse ante la genialidad y la belleza que nos regala un extraterrestre al que, gracias a Dios, se le ocurrió caer en Rosario. Les reporta figuración, además, les asegura que su nombre se viralice en las redes sociales. Y estos formadores de opinión, que generan tendencia, casi lo logran: ya llevaron a Messi a renunciar una vez a la Selección y ahora parece que anhelan su fracaso absoluto. Para sacar pecho en un par de meses y comentar, con tono canchero en la sobremesa de algún asado entre amigos: “Vieron que papá tenía razón”.

“Messi nunca ganará un Mundial”. Dejemos a ese grupúsculo de periodistas. Acepto que a una generación importante de futboleros argentinos la frase se les aparece de frente como una locomotora ante cada final perdida por la Selección. Que además, para hacer más brutal el impacto, fueron tres en tres años consecutivos (Mundial 2014 y Copas América 2015 y 2016), más una cuarta anterior para Messi (Copa América 2007), todas finales en las que Argentina no metió ni un solo gol (90 + 120 + 120 + 120, 450 minutos y ningún gol). Hay un grupo no tan minoritario, el que vivió como hincha la consagración en México 86, que considera que “ganar un Mundial” es ganarlo como lo ganó Maradona. Que una cosa es levantar la Copa del Mundo y otra muy distinta es ganar un Mundial. Y eso será imposible para Messi. Primero, porque nunca, con él, la Selección Argentina llegará tan de punto como la del 86. Segundo, porque no habrá otra guerra de Malvinas cuatro años antes que determine que el primer partido oficial entre los representativos de ambas naciones (Argentina e Inglaterra) será no solo en un Mundial sino en un cruce eliminatorio de un Mundial. Tercero, porque hoy es imposible meter un gol con la mano y que el ejército de jueces y cámaras confabulados bajo el nombre de VAR (Video Assistant Referee) no te lo invalide y te saque tarjeta amarilla por tramposo. Y cuarto, porque si intentás poner en fila a seis rivales para pasarlos como conitos en un examen de manejo, el segundo te agarra de la camiseta y el tercero te apunta al tobillo y te baja. Imposible trasladar la pelota 60 metros y no morir en el intento. “Somos un pueblo muy especial. Seguimos buscando al individuo salvador, tanto en la política como en el fútbol. Y eso no ayuda al análisis inteligente”, señaló hace unos años, con su lucidez habitual, Jorge Valdano.

En las cuatro finales que ha perdido con la camiseta argentina, ‘La Pulga‘ no ha marcado un solo gol.

Ahora bien, si revisamos la trayectoria de Messi en la Selección, hallaremos detalles curiosos. Messi fue el argentino más joven en debutar y meter un gol en un Mundial. Ocurrió el 16 de junio de 2006, cuando le faltaban 8 días para cumplir 19 años. Entró a los 75 minutos por Maxi Rodríguez en un cómodo 3-0 ante Serbia y Montenegro: tardó 3 minutos en desbordar por izquierda y servirle el gol a Hernán Crespo y demoró 10 más en convertir su primer tanto (el 6-0). El futuro promisorio que todos le auguraban parecía refrendarse con ese debut soñado. Pero algo falló. Algo comenzó a torcerse de entrada. Y ese gol sería el último propio en ese Mundial (jugó dos partidos más, uno de titular). Y tampoco convertiría en los 5 partidos que disputó (ahora todos desde el arranque, y completos) en Sudáfrica 2010.

Recién quebraría el maleficio en Brasil 2014, y de un modo particular, convirtiendo 4 goles en la fase de grupos y ninguno en los cuatro cruces mata-mata siguientes. La producción de Messi en Mundiales es de 5 goles en 15 partidos, 0,33 de promedio, lejísimos del 0,86 que ostenta en el Barcelona (547 goles en 633 partidos). No es un dato menor que Messi sea el máximo artillero en la historia de la Selección, superando a Gabriel Batistuta, y con varios años más por delante: metió 61 goles en 123 partidos (0,5 de promedio, sensiblemente menor al del Barcelona, pasto para las fieras que no lo quieren). Pero claro, no ligó demasiado con los técnicos tampoco. En Barcelona tuvo a Rijkaard, a Guardiola y a Luis Enrique, entre otros. En la Selección lo hizo debutar José Pékerman, quien por su estilo de formador no lo quiso llenar de responsabilidades y lo terminó privando de entrar ante el local en 2006 (se quedó sentadito en el banco viendo la primera eliminación propinada por Alemania).

Después llegó Basile, con su vozarrón de “todo depende de cómo se levanten los jugadores el día del partido” (nada de táctica); en 2010 le tocó Maradona, el prócer al que Grondona sentía que le debía una, y se la pagó con un Mundial, pero cuando asomó el vendaval alemán en cuartos de final no sabía ni por dónde empezar a mover los muñequitos (0-4 y papelón). Más tarde asomó el Checho Batista, que anunció que Argentina iba a replicar el modelo Barcelona, pero nunca encontró ni un Dani Alves ni medio Busquets ni un cuarto de Iniesta. Más tarde asumió Alejandro Sabella, excelente persona y estratega, de la escuela bilardista, y Messi se quedó cada vez más aislado allá arriba en Brasil mientras el DT iba replegando la tropa en las proximidades de Chiquito Romero.


En este video Messi analiza su participación durante el Mundial de Brasil 2014

La vorágine de una AFA sin rumbo fijo, tras la muerte de Julio Grondona, determinó que luego se pasara de un lírico como el Tata Martino a un chofer llamado Patón Bauza, que ponía su ómnibus en el área. Hasta que llegó Sampaoli a un año del Mundial con un libreto totalmente opuesto.

Pobre Messi, ¿quién le tira una soga? Sus compañeros tampoco se esfuerzan demasiado. Parecen no haber escuchado nunca al grupo de rock Las Pastillas del Abuelo, que canta: “De tácticas yo no hablo, pero un consejo les doy, la pelota siempre al diez, que ocurrirá otro milagro”. Con tres tipos encima, la pelota siempre al diez. Siempre a Messi. Pero no lo hacen.

“Mi mayor deseo es que Messi gane el Mundial de Rusia más que por mí o por Argentina, que lo gane por Messi, para que le pueda tapar de una vez por todas la boca a esa gente que critica desde la ignorancia, la brutalidad y la comparación errónea. No es culpa de Messi que Diego haya significado todo lo que significó”, expresa el escritor Eduardo Sacheri, con esa sensibilidad tan particular que lo caracteriza.

“Messi nunca va a ganar un Mundial”. Les diría a los futuros adversarios de la Selección, al planeta futbolero en general, que tomen nota de esta sentencia inapelable. Y que lo dejen tranquilo en Rusia. Que no lo marquen, que no lo molesten, que ni se le acerquen. En un par de meses hablamos.

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