Insinuar siquiera que ‘Timochenko’ haga parte de la contienda presidencial del próximo año es, además de un pésimo cálculo político, un reto a la sociedad colombiana, que espera al menos que las Farc se sometan a la más que generosa justicia transicional, antes de ‘tragarse el sapo’ de ver las caras de sus máximos líderes en el próximo debate presidencial.

Sí, el centro del acuerdo es la participación política; sí, las Farc pueden tener candidato propio; sí, van a estar en el Congreso y harán parte de la vida política activa; sin embargo, la simple presencia del líder de la desmovilizada guerrilla en el tarjetón, sin haber puesto un pie en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), transformará la elección en una suerte de ‘to-con-Farc’ (todos contra las Farc), que radicalizará las posiciones y moverá dos casillas hacia la derecha todas las fichas del ajedrez político.

Uno no sabe para quién trabaja y, en este caso, un paso en falso de las Farc podría terminar siendo el trampolín que necesitan los opositores del proceso de paz para ganar las elecciones. Si de enfrentarse a ‘Timoleón’ se trata, liberales, conservadores, verdes e independientes no tendrán más remedio que buscar todas las formas para desmarcarse de las siglas Farc, incluso en desmedro de los acuerdos de La Habana, llevándolos a un terreno que el Centro Democrático lleva años abonando y del que es señor y dueño.

Imaginen ese primer debate, un espectáculo protagonizado por personas que vociferan y se quitan la palabra para ver quién se parece menos al candidato de las Farc. Solo basta con ese ejercicio mental para darse cuenta de que este experimento no saldrá bien, al menos para el nuevo partido que busca hacer sus pinitos en la política electoral.

Sí, también es cierto que se están cambiando las balas por votos, pero en ninguna parte está escrito que esos votos tengan que ser para quienes portaron un fusil al hombro. ¿Por qué no empezar, al menos mientras se pone en funcionamiento la JEP, presentando nombres que no estén sub judice para cargos de elección popular?

Ya lo hizo el M-19 con un buen resultado en la Constituyente del 91; la carga de una lista integrada por excombatientes como Antonio Navarro o Rosemberg Pabón se mitigó incluyendo a intelectuales, sindicalistas e incluso a políticos de corte institucional como Álvaro Leyva, creando las condiciones para un aterrizaje tranquilo en la vida política nacional.

La soberbia es la peor consejera y hoy, más que nunca, se nota el rastro de ese pecado capital en cada una de las decisiones políticas de las Farc, desde la elección del nombre de su nueva organización y la conformación de sus cuadros para las elecciones del próximo año, hasta la decisión de algunos de sus miembros de mantener sus nombres de guerra, como si la recordación fuera un factor que jugara a su favor. Pareciera tratarse de un viejo y pesado carro soviético que, resistiéndose a cambiar la más pequeña de sus partes, pretende llegar más rápido a la meta que el más moderno de los deportivos italianos.

Con el anuncio de un tarjetón repleto de viejos conocidos de la insurgencia, poca esperanza queda de llegar a un año electoral de propuestas, como el que muchos esperábamos por la coyuntura que se vive en país. Los planteamientos sobre lucha contra la corrupción, calidad en la salud y reactivación de la economía serán reemplazados, en buena medida, por constantes referencias a las incontables heridas que 60 años de guerra dejaron en el país.

Aunque con nuevos actores y partidos, el panorama político pare-ciera ser el mismo de los últimos 20 años, el mismo escenario mono-temático en el que el denominador común será el ‘palo’ a las Farc.

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