Lunes. Oficina otra vez. Apagué el celular todo el fin de semana. Eso tiene ciertas ventajas: construyes un amigo imaginario con el que te fuiste a pasar esos días a un lugar divino a un par de horas de la ciudad. Los dejas a todos viendo un chispero, quedas como una mujer interesante.

Además, como dormiste las horas que no duermes cuando te vas de farra todo el fin de semana, llegas el lunes con la piel rejuvenecida y sin rastros de ojeras. Mmmmm murmuraron todos hoy cuando me vieron llegar. — ¿Andas con novio nuevo y no me quieres decir?— dijo mi madre cuando le devolví las llamadas esta mañana. —Me estás engañando ¿Tienes una amiga nueva?— dijo Alejandra a punto de llorar. Reparto entre mis contactos mensajes con aires de superioridad: —deja el drama, no exageres, solo me fui unos días. A ver, tengo derecho a tener una vida privada, ¿no?

Subo fotos viejas a Instagram, a Facebook y todos corren a preguntar qué es lo que tengo guardado. Lo único que tengo guardado es un montón de fotos que nunca publiqué. Uno sube una foto y la gente arma la historia, luego es sólo sonreír y no desmentir su imaginación. Las chicas me mandan mensajes, que qué envidia, que fulanita volvió a besuquearse con fulanito, que aquel se fue con aquella mientras la novia lo hacía indigestado en la casa, que la otra se vomitó encima de un mono divino con el que llevaba dos horas besuqueándose y que el mono salió corriendo con cara de asco, que la otra se fue con un gringo divino y que tuvo ocho orgasmos, que el otro se fue con una vieja que tenía una pinta terrible de loba y que estaba súper borracha, que no me perdí de nada (ya lo sabía), que qué envidia (otra vez), que cuente quién es el afortunado.

La mentira funcionó de maravilla, ¡ay mundo moderno! Sumo puntos a mi popularidad entre las chicas y vuelve a mí la atención de los hombres de la oficina, que ahora pasan por mi espalda y me tocan el hombro con esa mano pesada que dice más que las palabras. Pero Facundo, también compañero de la oficina, no me toca el hombro, no, él me mira desde su escritorio, me mira intensamente y espera.

Facundo no es exactamente un amigo; un amigo es un hombre que te agrada como persona y con quien no tendrías nunca nada más que charlas de café y hamburguesas. Pero en cambio, cuando él me lleva a mi casa en su moto después de alguna rumba o a la salida del trabajo, yo abrazo ese cuerpo grande y fuerte que tanto me gusta con la excusa del frio y del miedo a la velocidad. A veces, cuando tiemblo de frío y el semáforo me hace el favor de ponerse en rojo, él toma mis manos entre las suyas y las acaricia o me da un poco del aire caliente de su boca, rozándome un poco con sus labios.  

Luego, parados los dos afuera de mi casa, no puedo concentrarme en lo que me dice porque no dejo de pensar en sus labios gruesos que se asoman entre la barba oscura y espesa.

Las despedidas se hacen largas, como si esperáramos algo que no termina de suceder. Mientras tanto, trato de convencerme de que es sólo mi amigo y él… no sé, no logro descifrarlo. Al final, sus brazos gruesos me abrazan con fuerza, me abarcan toda, Facundo se sube a su moto, sonríe, me mira con sus ojos chiquitos que se hacen más pequeños al sonreír y desde ahí me lanza besos.

Hoy levanté mi cara y lo encontré mirándome. Facundo alza una de sus manos para saludarme y se ríe. Sonrío un poco también. Luego me manda un Whatsapp. Pregunta qué me tiene tan guapa y tan sonriente.

Lo miro despacio, él me mira sin entender qué estoy pensando, lo miro y no sé qué responderle, en realidad no quiero responderle nada… Facundo, Facundo, Facundo ¿Y si dejamos de mirarnos y empezamos a amanecer juntos los fines de semana?

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