Miércoles por la mañana, esta semana no ha sido la mejor, un cliente me ha devuelto una propuesta tres veces. Dice cosas como —Los colores... mmm, no sé, los quiero más cálidos, pero menos intensos, fuertes pero ligeros ¿tienes alguna otra idea? Esto un poco to much y al mismo tiempo le falta ardor—. Le pregunto si sabe específicamente qué quiere, qué le gustaría y me dice que no, que se lo diga yo. —Me recuerdas a mi ex—, susurro. Y el tipo me abre los ojos y lanza un — ¿Quéééé?—. — Que ya casi entiendo lo que es— y sonrío sin mostrar los dientes.

(Lea el primer capítulo del blog de Manuela)

A mitad de la mañana me llama Alejandra, dice que almorcemos, que la perdone por lo del sábado, que me ama y me adora, que por favor, que vamos a yo no sé qué restaurante nuevo, hippie, moderno y carísimo, que por favor, otra vez. Acepto, total, almorzar frente al computador no divierte.

12:20, llego al restaurante. Alejandra está divina, se ríe tanto que en toda la conversación no dejo de verle la campanilla de la garganta. —No sabes qué…—, es lo primero que me dice, ni siquiera dice hola. No, Alejandra va a soltarme una retahíla de palabras para contarme lo maravilloso que fue su fin de semana cogiéndose al de Tinder. Dirá que es el tipo mejor dotado, el mejor polvo, el más preocupado por el placer de ella, el del mejor cuerpo. Hablará por lo menos de cinco orgasmos por noche. Él será, por ahora, el más perfecto de los hombres. Digo un hola que ella ignora y escucho —La pasé tan bien el fin de semana, es perfecto, es divino, es amable, es súper sensible y cogimos hasta el lunes a las 5 de la mañana. Qué grande que la tiene, no sabes cuántos orgasmos tuve, hubo magia, creo que es el indicado—. Suspiro, he escuchado esto tantas veces, puedo recitarlo. Alejandra no busca el amor, busca a un hombre al cual atribuirle el personaje del novio y con quién vivir eso que ella cree que es el amor. No le digo nada, total, tampoco sé lo que es el amor. Además, no quiero acabar la única relación estable que tengo.

Más de una hora después en la que sólo pronuncio algunos ujum, ya, ajá, y entonces, Alejandra me dice — ¿Y tú? cuéntame de ti, quiero saberlo todo—. Es sólo un formalismo, en realidad quedan menos de 20 minutos para que yo tenga que volver a la oficina. —Parece que Juan ya se encontró, está feliz con su nueva novia—. Es la segunda novia que tiene desde que me dejó. Alejandra dice que lo siente, pero que total él no es más que un traumado, pene flácido y que yo lo que necesito es un hombre de verdad. Y que, por cierto, en Tinder hay muchos hombres de verdad, que haga la prueba.

(Lea el segundo capítulo del blog de Manuela)

Alejandra, digamos, es lo contrario a mí. Práctica, sin dramas profundos, sin grandes preocupaciones. Tuvo un novio en la universidad, todas nos moríamos de envidia porque él, además de ser un moreno grandote y hermoso y de ser un duro en las clases, se desvivía por ella. Llevaban cuatro años juntos hasta que Alejandra se obsesionó con un amigo mío. Le dije —Ale, él es el hombre más frío que conozco, no se va a enamorar de ti ni de ninguna—. Pero ella, que arrastraba la seguridad de mandar en su relación y de hacer con su novio lo que le daba la gana durante cuatro años, creyó que mi amigo se enamoraría de ella tanto como su novio lo estaba. Entonces, dejó al hombre que todas deseábamos porque, según ella, la tenía mamada con tanta intensidad. Empezó a salir con mi amigo, quien se portó divino con ella durante exactamente tres meses y un día, cuando ella le preguntó si la quería en serio, él le contestó que no estaba para algo serio y que todo lo que quería con ella era seguir con esa linda amistad.

Ahora, Alejandra busca en Tinder un remplazo para ese ex intenso que tanto la quiso, el mismo que la tenía mamada y del cual le fastidiaba hasta la respiración.

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