El 30 de agosto de 1926 cerca de 100.000 personas, más que todo mujeres cerradas en negro, histéricas y bañadas en lágrimas, se lanzaron a las calles de Manhattan para rendir su último tributo al hombre que, sin quererlo, había detonado una verdadera guerra de los sexos. La devoción femenina por Valentino había escalado en real idolatría en aquellos años, llamados locos con razón, y ahora que él se había ido para siempre, muchas se quitaron la vida en un acto de desesperación.

Ante el alboroto, de preocupantes proporciones, la policía desplegó 100 agentes para restaurar el orden, pero no dieron abasto. En el lugar donde se velaba el cadáver, las ventanas tuvieron que ser selladas, porque las fans enardecidas intentaban colarse a como diera lugar para darle una mirada postrera.

Valentino era para las flappers (las atrevidas coquetas de cabellos cortos que inmortalizaron el estilo fiestero y abierto al sexo de la década), el nuevo hombre de sus sueños: el amante latino. Desde que lo vieron bailar tango en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, o con sus exóticas vestiduras árabes en El sheik, su cinta más célebre, en 1921, quedaron subyugadas por su halo animal, por su violenta lujuria, de modo que corrían como poseídas a ver sus películas. Era el periodo silente del séptimo arte, de modo que imaginar su voz intensificaba esta fascinación sin antecedentes a ambos lados del Atlántico. El secreto residía en su tipo moreno del sur de Europa, muy distinto al convencional macho alfa anglosajón que encarnaba su amigo y rival Douglas Fairbanks.

Las fans enloquecían porque destilaba deseo al rojo vivo con sus indumentarias exóticas en cintas como El hijo del sheik. Los hombres, en cambio, lo detestaban y lanzaron una campaña para demostrar que era gay.

Morir tan joven, a los 31 años, afianzó mucho más la leyenda de Rodolfo Pietro Filiberto Raffaello Guglielmi di Valentina d’Antonguella, nacido en Castellaneta, región de Apulia, el 6 de mayo de 1895. A los 18, el desempleo lo llevó a sumarse a la ola de inmigrantes a Nueva York, donde trabajar de mesero y jardinero no le permitía solventar sus gastos y por eso vivía en la calle.

La situación pintó mejor cuando empezó a explotar lo bueno que era para bailar y se empleó como taxi dancer (bailarín contratado para danzar con los clientes de un establecimiento) en el cabaré Maxim’s. Poco a poco se fue conectando con el mundo del espectáculo, hasta su desembarco en el naciente Hollywood, donde al principio se decepcionó, porque solo le daban roles de malo. Si los prejuicios raciales hoy siguen vivos, en esos años era normal pensar que la gente de piel y pelo oscuros era de mala calaña.

Justamente esos rasgos después le darían gloria, por obra de la visionaria June Mathis. Quién lo creyera, pero en los albores de la industria del cine, las mujeres tenían un protagonismo que ya quisieran hoy y Mathis ofrecía uno de los mejores testimonios de ello. Tras ver a Rodolfo en Eyes of Youth, empezó a jugársela por él ante los productores reacios a su apariencia, para que le dieran papeles cada vez mejores, hasta que se convirtió en la clave del éxito arrollador de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el primer filme que recaudó un millón de dólares y el sexto más taquillero del cine mudo.

Su fama se subió como la espuma, gracias a otras mujeres como Alla Nazimova, la más influyente de todas, y la vestuarista Natacha Rambova, su futura esposa, quien lo ayudó a realzar mucho más su atractivo creándole un ropero lujoso y extravagante.

Su primer matrimonio, con la actriz Jean Acker, quien era bisexual, no se consumó, al parecer porque él le confesó que tenía gonorrea en la noche de bodas.

Y ahí fue Troya. Su cada vez más creciente ejército de adoradoras se radicalizó. Celosos, los novios y maridos les reprochaban la compulsiva obsesión por Valentino, criticaban su imagen, sus rasgos, sus gustos, pero ellas no agachaban la cabeza y lo defendían con denuedo. Las cintas del artista se convirtieron en las grandes rompehogares y noviazgos de la época y cuanto más le atacaban a su consentido, las espectadoras se volcaban en masa a sus películas.

Los machos alfa no dejarían las cosas así. “Los hombres han formado una orden secreta para odiar a Valentino por obvias razones”, escribía el cronista Dick Dorgan en la revista Photoplay, y no hablaba en broma. Fue así como arreciaron los rumores de que era “afeminado”, porque usaba un corsé para verse más delgado y un reloj de pulsera, que en esos tiempos no era muy visto como algo varonil, como tampoco lo eran otras joyas que usaba.

¿Era gay en realidad? Para algunos, él no ayudaba mucho a aclarar el asunto con sus relaciones poco convencionales con las mujeres. Su primer matrimonio, con la actriz Jean Acker, bisexual, no se consumó, al parecer porque en la noche de bodas él le confesó que padecía gonorrea. Luego se casó con Natacha Rambova, en México, pero fue a la cárcel por bigamia ya que aún no había concluido su divorcio de Acker. Luego renovaron los votos. También tuvo romances con Pola Negri (a quien nadie le creyó que estaban comprometidos en el momento en que él falleció) y Gloria Swanson, las más adoradas de la meca del cine. De todos modos, los impulsores de la versión de su homosexualidad sostenían que todas eran relaciones de fachada.

Un diario prestigioso como el Chicago Tribune publicó un artículo homofóbico y racista en el que se decía que Valentino había vuelto lascivas enfermizas a las mujeres estadounidenses y amanerados empolvados a los hombres. “¿Por qué nadie lo ha ahogado?”, preguntaba el autor anónimo. Tener fama de marica en esa época era muy grave, así que Valentino se empeñó en restaurar su honor.

“Usted ha puesto en duda mi hombría (...). Lo desafío a batirnos en el cuadrilátero de boxeo”, le manifestó públicamente al escritor de la nota. Era una forma de disfrazar lo que en realidad era un duelo, una práctica prohibida por la ley. Pero el cronista no le hizo caso y el actor se dedicó a probar su virilidad a través de peleas de exhibición, en las que lo asesoró el púgil del momento, Jack Dempsey.

Biógrafos que han investigado por años su vida, como Donna Hill, aseguran que nunca han encontrado el más leve indicio de que le gustaran los hombres. Otros creen que tal vez era lo que hoy se conoce como “heterocurioso”, al tiempo que su sobrina bisnieta, Jeanine Villalobos, fue una de las que desmintió con suficiencia la versión del historiador Samuel Stewart, quien mostraba un relicario con vello púbico del actor como prueba del encuentro sexual que habrían tenido en 1926.

En medio de todo ese barullo, las flappers seguían fieles a él hasta que las estremeció la sorpresa de su muerte, por una úlcera perforada que parecía apendicitis, mal que hoy se conoce como Síndrome de Valentino. Tras una cirugía, le dio peritonitis y pleuresía, que lo mató. El morbo acerca de sus preferencias sexuales sigue dando de qué hablar y no es descabellada la idea de quienes creen que Rodolfo Valentino es más recordado por lo que se decía de él que por lo que hizo.