“Cuando tienes más pasado que futuro, llega el momento de revisar el tiempo”. Rubén Blades repite esta frase en dos momentos del documental que no lleva su nombre. Frente a la cámara pasan, entre otros, Sting, Paul Simon, Andy Montañez, Junot Díaz y René Pérez, Residente; todos hablan con emoción, todos coinciden en la importancia de Blades para la música popular latinoamericana. A los testimonios entusiastas se suman recorridos por las calles de Ciudad de Panamá y Nueva York, e imágenes de archivo que atraviesan cinco décadas de carrera y muestran ese paso del tiempo que ahora ha llegado el momento de revisar.

Blades acaba de cumplir 70 años y es una de las estrellas vivas del legendario movimiento salsero. Sus composiciones aportaron contenido social y político a una música esencialmente bailable que hasta entonces había sido simplemente “una vía de escape”, según sus palabras. Había aprendido el baqueteo con su padre, había escrito Pablo Pueblo cuando aún era estudiante universitario y había llegado a la Fania, el dream team de la salsa, como tinterillo a encargarse del ingente correo del emporio salsero. Una noche, Tito Allen, el cantante de la orquesta de Ray Barretto, se enfermó y le dieron la oportunidad de reemplazarlo. El abogado de Harvard agarró el micrófono y allí empezó todo. Después vendrían los éxitos con Willie Colón, conciertos en el Madison Square Garden, giras por el mundo, Plástico, Decisiones, Pedro Navaja, ocho millones de historias tiene la ciudad de Nueva York.

El documental del director panameño Abner Benaim muestra esa vibrante dimensión histórica del personaje público y la hace contrastar con la intimidad de su vida privada a la que nos permite asomarnos de manera excepcional. Blades abre las puertas de su casa en Chelsea, Nueva York, y se adentra junto a la cámara en los rincones desconocidos de su archivo personal. En los estantes repletos se apretujan discos de platino con cómics de colección, afiches antiguos con manuscritos originales de sus letras; toda una vida de recuerdos personales, búsquedas de coleccionista y conciencia histórica. No se trata solo de la historia de un hombre, sino también de la Historia —en mayúscula— de todo un país.



Blades comparte el protagonismo del documental con Ciudad de Panamá y Nueva York. En ambas ciudades ruge la latinidad que el panameño ha narrado en sus canciones.

Después de narrar Pedro Navaja en clave de cómic, Blades regresa a la Panamá de la que nunca ha acabado de irse. Una de las capitales más desiguales de Latinoamérica es el escenario en el que transcurrieron dramáticos episodios de intervención gringa a lo largo del siglo XX. Ese largo capítulo finaliza en 1999 con la devolución de territorios panameños ocupados por tropas estadounidenses desde el nacimiento del Canal. En el evento de devolución, Blades fue protagonista con una emotiva interpretación de Patria ante un estadio atestado de panameños batiendo banderas entre lágrimas. Era el colofón de años de lucha con el Movimiento Papá Egoró, que habían llevado al cantante a aspirar a la presidencia de su país en 1994 y a ocupar el tercer lugar en las votaciones. La faceta política que asomó en sus canciones y que lo llevó a la contienda electoral ahora toma forma en los artículos que publica regularmente sobre la situación latinoamericana.

En una servilleta, con tinta azul y roja, Rubén Blades escribió El cantante para que fuera inmortalizada en la voz de Héctor Lavoe. Ante el testamento personal que contiene este documental es inevitable que esos versos vuelvan a la voz de quien los escribió y den cuenta de los muchos hombres que es un artista sobre el escenario, detrás de él y más allá del tiempo. “La carrera de un cantante no termina nunca”, dice Andy Montañez y se refiere no solo a Blades, sino a todas las voces de la salsa que continúan y continuarán vivas mientras los latinos tengan pies y la noche sea oscura.

Músico, político, escritor, abogado, Rubén Blades es también los muchos personajes que ha sido en más de cuarenta películas de Hollywood, desde que debutó en 1983 en The Last Fight, producida por Jerry Masucci, dueño de la Fania All-Stars.

García Márquez le dijo alguna vez a Blades: “Tú eres el desconocido más popular que yo conozco”. Gabo se refería a esas múltiples caras que el panameño alterna y que hacen tan difícil descifrarlo, aunque todos lo sintamos cercano; aunque sus canciones se bailen al calor de cada noche en el continente —hoy tan nuevas como hace cuarenta años—, y aunque en las calles de Brooklyn le coreen alegres al verlo pasar: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!”.

Tres documentales salseros

Nuestra cosa latina
(León Gast, 1972)



Todo comenzó en The Cheetah Club el 26 de agosto de 1971. Esta película se adentra en esa noche que dio a luz a la Fania All-Stars y cambió para siempre la historia de la escena latina en Nueva York.

Yo soy, del son a la salsa
(Rigoberto López, 1996)

Toda la constelación salsera de Nueva York, Cuba y Puerto Rico, y un rico archivo audiovisual componen este valioso documento sobre el origen de la salsa, contado por sus protagonistas.

We like it like that
(Mathew Ramírez Warren, 2015)

El bugalú, esa mezcla sesentera de ritmos afrolatinos con soul, es retratado en este vibrante documental con Joe Bataan y Pete Rodríguez como estrellas centrales.

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