La pinta evidencia que no es de este país y el acento termina de delatarlo. Daniel Nyström es un sueco de gran talla que narra sus historias y experiencias con lo que lleva puesto, con cada objeto que diseña o el lugar que habita. Sin proponérselo, podría ser un ícono de estilo. Su look lleno de capas, sus pantalones bien doblados y los zapatos cómodos revelan lo vivido. El amor por esta industria le viene de un padre galerista y una madre artista, quienes tenían su estudio en la casa familiar: "Fue mi segundo hogar”.

Su vida ha sido muy particular. El bosque y el mar de la costa oeste de Suecia fueron su patio de recreo, y de la infancia, que recuerda como la etapa más importante de su vida, conserva intacta la curiosidad. Sin embargo, seguir sus sueños no fue cosa de niños. "¡Tuve una lucha interna tratando de no ser artista! Perdí esa pelea conmigo mismo cuando tenía 15 años. Pero me reencontré y empecé un viaje en el que ya llevo 35 años diseñando productos, arquitectura y moda. El arte, como solía decir uno de mis maestros, está todo el tiempo en el lado inesperado. Ahora que miro hacia atrás, entiendo su punto", cuenta en un inglés fluido, matizado con algunas palabras en español.

“Tuve una lucha interna tratando de no ser artista. Perdí esa pelea cuando tenía 15 años”.

“Tuve una lucha interna tratando de no ser artista. Perdí esa pelea cuando tenía 15 años”.

Estudió economía en Kungälv Bosjökloster, un antiguo monasterio que durante décadas le prestó sus salones llenos de historia a la escuela privada, ubicada a 20 minutos de Gotemburgo. Pero cuando al fin decidió reencontrarse con su verdadero ser, migró a la Facultad de Arte en Skane Bosjo Kloster, el lugar rodeado de árboles antiguos que quedó tatuado en su ADN. "Ese bosque místico construyó mi alma, así como el agua de mar es mi sangre".

La corriente de la vida lo trajo a Colombia, un país que para él es sinónimo de oportunidad, exposiciones y colaboraciones con otros artistas, como Juliana Granados, la diseñadora de interiores especializada en creación de zapatos y accesorios, quien lo llamó para que formara parte de su Woma Hatmakers, la marca que inspiró su nombre y su esencia en la palabra "uwoma", que significa sombrero en wayuunaiki, lengua nativa de las comunidades wayuu, asentadas en La Guajira. Para él, dueño de una colección de sombreros que comenzó hace 25 años y que hoy ya sobrepasa los 200, fue imposible resistirse a esa invitación.

“Cuando creamos sombreros como arte, ponemos dentro lo inesperado. Hay que atreverse a llevarlos puestos”.

“Cuando creamos sombreros como arte, ponemos dentro lo inesperado. Hay que atreverse a llevarlos puestos”.

Creó una edición limitada a la que nombró Urskog (voz sueca que traduce "bosque virgen"), inspirada en su niñez en Suecia, -en su lado místico y el de todos los seres vivos que existen en los cuentos de hadas-. Son cuatro diseños elaborados en fieltro, teñidos por él mismo, y que luego dejó en manos de una de las sombrererías más antiguas de Bogotá para los acabados. Nunca para de crear. En su casa de Villa de Leyva, diseñó los objetos que expuso en la galería La Cometa, de Bogotá, en 2019, una unión entre la arquitectura, el diseño de interiores, el diseño de muebles y la moda. "El tema fueron los bordes, las fronteras en la vida, pero no las obvias, no las visibles... Son mis preguntas sobre los límites". Daniel Nyström parece no tenerlos. El escandinavo superó las fronteras geográficas para vivir, libre, en Colombia.