Es una verdad que nuestros objetos hablan por nosotros. Aunque no podamos escucharlos, sí deberíamos saber qué es lo que dicen y proyectan. Esta relación entre la imagen de un hombre y sus pertenencias se remonta hasta el antiguo Egipto, cuando los artículos dejaron de tener un propósito simplemente funcional y se convirtieron en un reflejo del estatus social de sus dueños, de su autoridad y su riqueza.

Así se ha mantenido hasta nuestros días. No debe juzgarse a un libro por su portada, pero cuando se trata de hombres, por fortuna o desgracia, aplican parámetros muy distintos. Por más que se intente ignorar, es imposible no hacerse una idea de alguien según la ropa que lleve puesta, su aroma o, incluso, la forma en que se transporta. Todos estos elementos son de cierta manera una extensión de nuestra personalidad y nos fijan un lugar dentro de la vida social; por esta razón, también buscamos moldear esa imagen a través de la adquisición de elementos que nos brindan más que una utilidad material.

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La percepción que los demás tengan de nosotros inevitablemente incidirá en el desempeño de nuestras relaciones sociales, para cerrar negocios exitosamente, o para obtener una ventaja al momento de la seducción. La influencia que tengamos sobre los demás muchas veces está mediada por nuestras pertenencias que, sin caer en la vanalidad, son una muestra de nuestro carácter y estilo. A nadie le va a impresionar el llavero que compramos como souvenir en unas vacaciones, pero algo muy distinto ocurre cuando usamos uno sobrio y elegante. Se puede firmar un contrato o un cheque con el bolígrafo que nos dieron en una convención, pero otra idea se transmite cuando lo hacemos con un estilógrafo.

La apreciación de los bienes no causa únicamente un efecto frente a los demás, sino también para quien los utiliza. Los cumplidos y la admiración que despiertan aquellas cosas, que al principio tenemos solo por necesidad, terminan por generar placer, y son además herramientas de poder y comunicación. Una conversación que se abre por un comentario favorable sobre la corbata o el reloj que tenemos puestos puede llevarnos a donde queremos llegar.

La identificación de los objetos con sus dueños está dada de tal forma que incluso en algunos idiomas se manifiesta en el lenguaje. Los franceses, por ejemplo, hablan de renovar sus llantas o cambiar su aceite, como si el mantenimiento de sus carros fuera el suyo propio. No hay duda de que así es.