No nos digamos mentiras: la mayoría de las etapas del Tour de Francia suelen ser soporíferas. Cientos de kilómetros planos. Bicicletas que ruedan al mismo compás. Paisajes dignos de alguna película francesa que también produce sueño. Un pelotón compacto del que saltan únicamente los N.N. que solo van a ser enfocados por las cámaras en ese momento, pues el resto de la carrera permanecerán en la cola. (Los lujos de los deportistas más excéntricos del mundo)

Digámoslo de frente: cuando los ciclistas no tocan los Alpes o los Pirineos, el Tour resulta insufrible para los televidentes, que queremos drama y heroísmo: escapadas larguísimas con triunfo del donnadie que se atreve a huir del pelotón; pinchazos; fallas mecánicas; codazos; fugas inesperadas de alguno de los que podrían luchar por la camiseta amarilla de líder; caídas espectaculares con múltiples fracturas de clavícula.

Hubo un tiempo en que el Tour no funcionaba así. Por fortuna. Un tiempo en el que apenas había cámaras y el televisor era un artículo de lujo en el que pocas veces aparecía una bicicleta. Y en ese tiempo había acción. Sudor. Sangre. Fugas eternas de los líderes. Enemistades mortales que se saldaban a puños. Muertos. Y borrachos. Ciclistas borrachos.

El borracho más célebre de la historia del Tour de Francia se llamaba Abdel Kader Zaaf. Aunque no era precisamente un borracho.

El argelino Zaaf llegó al Tour de 1950 con 33 años y un par de triunfos menores en su currículo. Si los archivos del siempre desconfiable internet no mienten, había ganado apenas una etapa en el poco reputado Circuito del Mont Ventoux y alguna que otra en el Tour… pero de Argelia. (Los 5 deportistas que más ganan plata en el mundo)

A pesar de unas credenciales tan pobres para aspirar a hacer un papel digno en la carrera ciclística más importante del mundo, Zaaf tenía un as bajo la manga: era indestructible en condiciones extremas de calor; si la rodada era en pleno verano y al mediodía, si el sol picaba como nunca, si el termómetro marcaba más de 40 grados centígrados, podía pedalear durante horas sin pasar apuros, mientras sus contrincantes europeos se achicharraban y batallaban para no caer en pálidas destructoras.

Dichas condiciones se dieron el 27 de julio de 1950, en la etapa de 215 kilómetros entre Periñán y Nimes. Ese día, el argelino tenía una motivación extra: pasar a la historia como el primer africano en ganar una etapa del Tour de Francia. En ese entonces, los equipos participantes eran selecciones nacionales. Los suizos, los belgas y los holandeses animaban la vuelta y hasta tenían candidatos al título –en 1950, para no ir más lejos, el ganador fue el belga Ferdi Kübler–. Pero era la rivalidad entre los franceses y los italianos la que acaparaba la atención de los fanáticos, que, según las crónicas de la época, se agolpaban en los puertos de montaña para darles agua o esponjas mojadas a sus ídolos y, de paso, insultar o escupir a sus rivales.

Ese año, en la edición 37 del Tour, la pasión se desbordó. Cuentan los artículos que hoy se consiguen al respecto –y Wikipedia– que en la etapa 11, el ídolo italiano Gino Bartali estuvo a punto de ser linchado por unos aficionados locales, pues lo culpaban de haber empujado días atrás al francés Jean Robic. (Muchas razones para admirar a Rigoberto Urán)

Ante la violencia de los galos, la selección de Italia se retiró de la carrera. Además una de las etapas restantes, cuyo recorrido pasaba por la “bota itálica”, fue modificada por miedo a una venganza de los seguidores italianos que terminara con los franceses apaleados en plena vía.

Foto: Getty Images

El caso es que los equipos eran selecciones y Zaaf corría para la de Norte de África, conformada por ciclistas de las entonces colonias francesas de Marruecos y Argelia. El equipo no aspiraba a nada en la general. Y Zaaf menos. Pero aquel día de julio fue uno de los más calurosos del 50. (Karim Benzema, el futbolista que se salvó de ser un delincuente)

Sin nubes en el cielo y con un sol picantísimo, Zaaf atacó desde el arranque. Junto a su compañero de equipo Marcel Molines, también argelino, también acostumbrado a pedalear en el bochorno del África sahariana, llegó a tener 16 minutos de ventaja sobre un pelotón tranquilo, que no veía en los fugados una amenaza para la clasificación general y decidió no contrarrestar la fuga.

Y acá viene la leyenda…

Faltaban pocos kilómetros, unos 20 según varios portales de ciclismo. Zaaf, sólido en el liderato de la etapa, recibió un frasco de un aficionado. Se lo llevó a la boca. Dio un sorbo. Otro. Se lo bogó. Lo tiró. Pedaleó unos metros más. Disminuyó la marcha. Zigzagueó. Cayó sobre el asfalto hirviendo.

La versión que más ha calado en el tiempo asegura que la botella de la que tomó el bueno de Zaaf tenía vino, y como era musulmán y la religión le prohibía el trago, su cuerpo tenía cero tolerancia al alcohol.

Eso, sumado a los casi 200 kilómetros pedaleados, más el calor sofocante, resultó una bomba que acabó con las esperanzas del argelino, quien terminó recostado en un árbol, con los ojos desorbitados, mientras el pelotón pasaba de largo. En el fantástico libro Plomo en los bolsillos (Malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del Tour de Francia), el periodista Ander Izaguirre cuenta que en algún momento Zaaf se paró, agarró su bicicleta y empezó a pedalear… pero en el sentido contrario.

Más allá de la anécdota, ese día el Tour sí tuvo por primera vez a un africano como ganador de etapa: el también argelino Marcel Molines, quien, si no le hubiera ocurrido el incidente del vino a su compatriota, seguramente habría sido el primer africano en terminar segundo, pues Zaaf tenía mejor jerarquía en el equipo, y la jerarquía en el ciclismo suele respetarse.

Hay otras teorías menos llamativas sobre el desmayo de Zaaf. Una dice que había tomado unas pastillas estimulantes en la mañana para tener mejor rendimiento, y estas le produjeron un síncope tras horas de esfuerzo y deshidratación. Otra asegura que fue la mezcla de dichas pastillas con un solo sorbo de vino la que causó el desplome. No importa. Los periodistas que llegaron al lugar de los hechos encontraron a un Zaaf tumbado y oliendo a alcohol y resolvieron quedarse con la versión más escandalosa y divertida. Aunque algunos piensan que el vino se lo lanzó un aficionado para refrescarlo y que el licor nunca tocó los labios del argelino, pero esa trama resultaba –resulta– menos interesante. (Las cicatricez que esconden los deportistas colombianos)

También según Plomo en los bolsillos, Zaaf fue ingresado en el hospital de Nimes, del que se fugó en la madrugada para llegar puntual al lugar de partida de la etapa 14. Antes de la salida, sin embargo, los organizadores le informaron que había sido descalificado por no haber terminado la etapa anterior. Y frustrado pero con determinación, el ciclista se subió a la bicicleta y pedaleó el tramo que le había hecho falta. Pero el gesto no bastó para ser aceptado de nuevo.

Zaaf regresaría al Tour al año siguiente para volver a hacer historia: se convertiría en el primer corredor africano en terminar la carrera ciclística más importante del mundo… en el último lugar: quedó de 66 entre 66 corredores.