Llevan tres semanas saliendo. Acaban de tener sexo una vez más y Lucía se ducha en el baño que hay en la habitación del hotel. Mientras el agua caliente cae y el vapor inunda el cuarto, Lucía —que se llamará Lucía, aunque podría llamarse Patricia o Berta— puede pensar en muchas cosas. Por ejemplo, en el hombre que la espera en la habitación. Un hombre guapo, de 36 años, adinerado. ¿Es posible que sea perfecto? Al parecer sí, porque la realidad no miente. Y a pocos pasos está la prueba, en forma de hombre atlético, desnudo y feliz.

Él sonríe. Cuando Lucía sale del baño, el hombre sonríe y ella también. Por fin la vida ha decidido ponerse del lado de Lucía y le envía una sonrisa grande, blanca, bella. ¿Cómo no devolver el gesto? No puede dudar de un hombre así, tan sincero, con el que acaba de compartir sus mejores gemidos y las palabras más íntimas. Nadie, en este punto, puede equivocarse con el príncipe que sonríe desde la cama (¿porque cómo no darse cuenta cuando alguien miente con un asunto tan serio como el amor? Es fácil: mirar a los ojos, que dicen son el espejo del alma. O escuchar al corazón: él, solo él no puede equivocarse).

Pero el hombre que espera en la cama es un actor. Se llama Albert Cavallé Ortín. No es su primera escena. Pero sonríe como si fuera la primera, la única. Ese es su talento. Y el resultado es que Lucía ha vivido la historia como si fuera real, tan real como los mensajes que tiene en su teléfono y los amigos que los escribieron y el gato que quizá la espera en casa. No sabe que todo es una ficción: el amor, la sonrisa, el príncipe. Y que en unos días se despertará con angustia, sin saber dónde termina el sueño, la pesadilla, la ficción y dónde comienza la realidad.

Pero todavía falta. Aún se necesitan varias escenas para que la realidad sea indudable. Quizá un paseo por la Rambla. Es Barcelona y ese es un lugar ideal para que dos enamorados caminen, cogidos de la mano, y nadie pueda sospechar del sentimiento que nace. ¿Qué dios perverso podría censurar u objetar este amor? Ninguno, desde luego. Faltan encuentros en restaurantes, en cines, en cafés, en playas, en otros hoteles, en terrazas con mimosas o plazas con helado. Y conversaciones interminables por WhatsApp.

La aparente realidad, semanas después, se quebrará de la siguiente manera: Lucía, la mujer que sale ahora del baño, goteando, sonriente y enamorada para encontrarse a un hombre encantador y enamorado con el que la vida le hace justicia, se enterará de que buena parte de sus días recientes —palabras, besos, ilusiones, abrazos, caricias— han sido falsos. ¿Cómo? Sí. Lucía ha sido parte de un gran escenario y, más triste y absurdo, ha dado su mejor actuación. Tan buena, que Albert, el estafador, guionista, director y actor principal de esta obra, se reirá de ella como final de la historia.

¿Y cómo se enterará Lucía de que todo es solo ficción? Porque Albert desaparecerá y de pronto le faltará dinero en las cuentas. Y el paisaje se hará claro: mientras estuvo en la ducha, feliz, satisfecha por el sexo reciente, Albert buscó en su bolso, encontró su cartera y les tomó fotografías a las tarjetas. La sonrisa que Lucía encontró al salir del baño era genuina. El hombre estaba feliz. Había encontrado lo que buscaba. Solo había un pequeño desbalance en la realidad, como cuando la línea de una parte de un dibujo no se ajusta, al pegarla en una hoja, con la línea de otra. Lucía pensaba que Albert buscaba su corazón. Y él buscaba otra cosa, algo quizá parecido: dinero, igual de difícil, escondido y volátil.

La sonrisa Cavallé

Albert Cavallé Ortín nació en 1982 en Barcelona. Al ‘googlearlo’ aparece su sonrisa. Casi siempre está sonriendo, con la misma sonrisa que Lucía le vio al salir del baño, cuando ya tenía en su poder los números de sus tarjetas. Una que recuerda el sistema de actuación Stanislavski: evocar algo doloroso para que el dolor sea creíble. O algo feliz. Albert debió recordar la felicidad que le producían los gustos que siempre se daba con las tarjetas de las estafadas. Y Lucía vio esa alegría, que interpretó con los elementos que tenía a la mano: el amor, nada menos que el esquivo amor, por fin en su vida.

La historia con Albert, que para Lucía pudo ser Mike o Joan, nombres ficticios que usaba, comenzaba siempre con una sonrisa. Era su carta de presentación, pues el espacio donde buscaba a sus víctimas era internet, mediante redes sociales como Badoo, Meetic, Bebee o Tinder. Y la sonrisa, ya se sabe, puede ser el principio inmejorable de un estafador. La primera carta que se juega a su favor y en contra de la víctima.

Y detrás de la sonrisa, o alrededor, una vida de mentira: fiestas, viajes, apartamentos de lujo, piscinas, licor, playas, gimnasios, lugares limpios, amplios y bien iluminados. Era una vida limpia, amplia y bien iluminada, de las que antes estaban reservadas a pocos y a ‘los más’ solo en la fantasía. Pero ahora es posible verlas y soñarlas y desearlas con esa extensión de la imaginación que son las redes sociales.

Albert Cavallé presentaba este tipo de vida con etiquetas como banquero, empresario, cirujano o abogado. Y el respaldo, por supuesto, eran su sonrisa y el resto de su cuerpo (rubio, barba cuidada, bronceado, atlético). Y las palabras, siempre las palabras. Para un estafador son la materia prima con la que construye el mundo ficticio. Mientras habla se imagina sonriente, rodeado de billetes (como una fotografía de Albert) y la víctima se cree y espera lo que las palabras prometen: el futuro Disney, oh, oh, que de pronto, a su lugar secreto, ha llegado el hombre soñado sin caballo y sin capa, pero con una sonrisa confiable, y en vez de un beso un like o un match.

El perfil psicológico de un estafador dice que disfruta y es consciente de lo que hace. Que reduce a la víctima a un objeto (¿Albert veía cajeros y las palabras que oía eran los sonidos de estos a punto de expulsar el dinero: trrrrrrrrrr?). También que identifica las necesidades de la víctima: de qué carece y desea, y qué puede darle para que después ella le dé como por encantamiento lo que él busca. Encantamiento es una buena palabra para una estafa, porque dice la psicología que si la película está bien construida la víctima no sabe en qué momento es la Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo: de la pantalla de cine sale uno de los actores, porque se enamora de Cecilia, al verla sentada allí, tan sola y vulnerable, en una de las butacas. Baja y pasa unos días en su compañía y luego la lleva con él a vivir la fantasía.

Albert Cavallé fue detenido en Barcelona el pasado 27 de marzo. Los Mossos lo abordaron en una calle de la capital catalana con tres sentencias, cuatro órdenes de captura y cuarenta causas pendientes. Y horas después quedó en libertad (pero con cargos). Hay un agujero negro en este asunto, como se ha dicho siempre: ¿cómo probar el delito en medio de tantos besos y caricias y sábanas y palabras vacías y abrazos y necesidades y deseos? ¿Dónde terminan los regalos y dónde comienzan los robos? ¿Cómo probar que los besos recibidos, los orgasmos provocados y las ilusiones despertadas te los han cobrado, segundo a segundo y peso por peso?

Albert cobraba sus servicios amorosos (“el estafador del amor” o “el gigoló estafador” lo han llamado los medios) y desaparecía. Como en un acto de magia. Y a diferencia de la mayoría de espectáculos de un mago, cobraba después, a la salida y sin que las espectadoras en cuestión se dieran por enteradas. Al menos hasta días o semanas más tarde. Como si existiera un truco: mientras te diviertes con el numerito el mago te va quitando los billetes, de un bolsillo, del otro, de la cartera, los que has puesto por precaución entre el brasier. Desde 200, 1000 hasta 60.000 euros son las sumas robadas, sin armas y solo con sonrisas y palabras, dichas en el tono adecuado y el instante preciso.

El final del cuento

A Lucía y otras mujeres, Albert les robó dinero usando los números de las tarjetas. A Carmen, pero podría ser Lola o Rocío, la metió tanto en el cuento que puso a nombre de él objetos, incluyendo un carro. A Rosy, pero podría ser Amparo o Belén, le propuso un negocio, creyó en los beneficios e invirtió. Y a Penélope, pero podría ser Milena o Carolina, le sacó dinero llamando a los bancos (para transferir de una cuenta a otra), haciéndose pasar por ella y disculpándose por la voz sospechosa (¿de travesti?, ¿de asmática?, ¿de moribunda?) que oían, pero el catarro y la disfonía y los días fríos, ya saben.

Lo peor de un cuento de amor que debería terminar en “vivieron felices y comieron perdices” es que el otro coma perdices sin ti. Y seas tú quien pague las perdices (y siguió feliz y comió perdices, con cargo a tu cuenta). Porque las estafadas por Albert alimentaban, sin querer, la cadena de estafas, pues con el dinero de una mujer pagaba el comienzo de la historia con otra, o sus gustos: hoteles —que le servían de decorado para las fotografías de enganche—, drogas y prostitutas. También lo dice la psicología: muchos hombres estafadores se sienten reducidos frente a las mujeres y necesitan tener el control: con sus víctimas, engañándolas, y con otras al pagar por sus cuerpos para poder someterlas.

Como final de historia, Albert desaparecía, igual que muchos estafadores. Pero añadía un detalle: la burla. Como si la Cecilia de La rosa púrpura…, ya metida en la pantalla de cine, descubriera que está siendo robada para cobrarle lo que vive. Y entonces decidiera quejarse en el acto y exigiera, y de una patada el ladrón conquistador gigoló la mandara de nuevo desde la pantalla a la sala de cine, y desde allí le dedicara una última sonrisa. “Yo voy por la calle tan tranquilo, nena”, le dice Albert a una de las mujeres en un audio difundido por varios medios. Y le aclara, pues ya sabe que sale en televisión y periódicos e internet, que “tú ves una cosa por la tele y al día siguiente ni te acuerdas, tía”. Ni te acuerdas.

Y la burla la combinaba con amenazas. En el mismo audio se puede escuchar la voz de un hombre mezcla de donjuán desesperado y tonto, descubierto, y ciertos personajes colombianos en carreteras, borrachos y detenidos por la Policía: “Estoy muy protegido, tía, muy, muy protegido, tía, muy protegido, tía, así que infórmate bien, tía, ¿me entiendes?, no sé de qué coño vas”. Sí, la fórmula del ¿usted no sabe quién soy yo? “A ti y a mí nos diferencia una cosa muy grande, que es la cuna”, se le escucha decir a Albert en un tono entre intimidatorio e idiota, llamándose a sí mismo “papá”, como otros hombres necesitan desesperadamente llamarse “rey”, “patrón” o “jefe”. “Te puedo hacer expulsar del país”, llegó, incluso, a decirles a sus víctimas extranjeras.

Y para rematar, la hoguera en las redes sociales. Claro: mujeres así y así, y necesitadas de esto y de aquello. Y que lo nuevo es que sea un hombre, pues hay cientos de mujeres que lo hacen. Y desde que el mundo es mundo. El dedo acusador en el lugar equivocado. La víctima culpable. Y bajo esa lógica, cualquier cosa es posible. Posible que los grupos que crean las víctimas de estos estafadores, para apoyarse y denunciar, bien sea por WhatsApp o una página web, como en el caso de Albert, se asuman como una doble A (Alcohólicos Anónimos), o sea una doble E (Estafadas Estupefactas), que ellas necesitan para contar su historia y no volver a ser tan crédulas, pobres (mi nombre es Lucía, me enamoró y me robó 3000 dólares). Aplausos. Y claro: muchos, muchos likes.

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