Nos encantan las historias de magnates que no heredaron sus fortunas. Nos gusta pensar que el trabajo y la dedicación dan frutos y es posible pasar de una empresa en el garaje de la mamá a un imperio capitalista. Nos gusta creer que el mundo es justo y que basta la dedicación para ir de la nada a la cima del mundo, con todo y yates, islas privadas, fundaciones caritativas, amantes famosas y herederos despilfarradores. De orígenes humildes, esos titanes de la industria convierten un puñado de billetes en miles de millones a punta de astucia, persistencia y una malicia que no llega a ser del todo perversa.

Aristóteles Onassis es la encarnación perfecta de ese mito. Pasó de refugiado sin patria a millonario, de operador de teléfono a dueño de su propia isla, de inmigrante griego desconocido a marido de la viuda más cotizada del siglo. Hace 50 años se casó, en segundas nupcias para ambos, con Jacqueline Kennedy, ícono de la moda y viuda del presidente estadounidense más popular de todos los tiempos. Esta es la historia de uno de esos millonarios que empezaron con nada y pasaron la vida coleccionando de todo: plata, empresas, rivales, amantes, barcos y todo tipo de cosas que no estaban a la venta, pero que igual terminaron comprando.


Onassis había conocido a los Kennedy cuando estuvieron, junto a Winston Churchill, a bordo del yate Christina O. Él y Jackie fueron amigos por años y en 1968, por fin la convenció de que se casaran.

Onassis, o ‘Ari’, como le pusieron cuando vivió en Argentina, nació en Esmirna, hoy Turquía, en 1906. Después de que su familia perdió toda su fortuna y tuvo que huir de su ciudad natal durante la guerra greco-turca en 1922, el joven Aristóteles terminó, sin patria y sin un centavo, en Argentina. Ahí consiguió trabajo como operador en la British United River Plate Telephone Company. De esa época, cuando tenía 17 años, empezaron a nacer las leyendas sobre su habilidad para los negocios: vivía en la buhardilla de un hotel y hacía turnos nocturnos para pasar el día estudiando finanzas. Según una versión, trabajando como operador telefónico, interceptó una llamada sobre la venta de una empresa. Con la información privilegiada, usó todos sus ahorros para comprar acciones que, con la venta, multiplicaron su valor de la noche a la mañana. Con la plata empezó un negocio importando cigarrillos turcos y exportando pieles, lanas y granos argentinos. Hizo su primer millón antes de cumplir los 23 años, aunque solía mentir sobre su edad y origen ante sus compañeros de negocios argentinos. Un treintañero ambicioso nacido en Atenas era mejor recibido en la alta sociedad porteña que un exiliado de 20 años nacido en el difunto Imperio otomano.

Es imposible saber si lo de la llamada interceptada ocurrió; lo cierto es que Ari hizo la primera de sus varias fortunas vendiendo cigarrillos. Pero rápidamente cayó en cuenta de que la plata de verdad estaba en los barcos que movían cigarrillos, y todo lo demás, de un lado a otro. Era el trabajo que su padre había tenido antes de perderlo todo y sería la industria que lo llevaría de millonario a billonario.


El matrimonio con jackie fue un asunto de estatus para él y una salida económica para ella.

Montó su primer astillero, Astilleros Onassis, en Buenos Aires, pero rápidamente abrió oficinas en Nueva York y Atenas. Mientras expandía el negocio del transporte marítimo, intuyó que el mundo iba a necesitar petróleo, y mucho, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial y durante la Segunda. Armó una flota de tanqueros que navegaban con bandera panameña. Como no tenía que pagar impuestos, podía transportar crudo a precios bajísimos y terminó con contratos exclusivos con gigantes como Mobil y Texaco. Para los años cincuenta, en medio del boom petrolero, Onassis era el mayor transportador de crudo del mundo, compraba barcos que la armada de Estados Unidos había usado en la guerra (algo técnicamente ilegal para un extranjero) para convertirlos lo más rápido posible en tanqueros. La empresa crecía tan explosivamente y Onassis era tan ambicioso que a menudo firmaba contratos para barcos que todavía no existían.


Onassis estuvo casado previamente con Athina Livanos, la heredera más rica de Grecia, con quien tuvo dos hijos: Alexander y Christina.

El negocio del petróleo lo llevó hasta Arabia Saudita. Allá convenció al rey de un trato en el que el petróleo árabe saldría exclusivamente en sus barcos. Pero la Arabian-American Oil Company, apoyada por el gobierno de Estados Unidos, tenía monopolizado el petróleo árabe y el trato con Onassis violaría ese monopolio. Así que el empresario terminó investigado por el FBI y pagando una multa de siete millones de dólares por un tecnicismo inventado para presionarlo. No sería el último enemigo que coleccionaría durante su vida. 

En 1953 llegó a Mónaco y empezó a comprarlo. Adquirió suficientes acciones de la Société des Bains de Mer, la compañía que controlaba el Casino de Montecarlo, la Ópera de Montecarlo, el Hotel de París y más o menos un tercio de los negocios en el lujoso principado. Con la plata del transporte marítimo, esencialmente se tomó Mónaco. Porque, ¿qué es más prestigioso que ser dueño del Casino de Montecarlo? Como muchas de las compras y conquistas a lo largo de su vida, en este caso su motivación fue el prestigio más que el dinero. Saber que él, y no otro millonario, era el dueño; hacerle saber al mundo que si Onassis lo quería, solo tenía que ir a comprarlo.


A pesar de haberse casado en dos ocasiones, la soprano griega María Callas fue el gran amor de la vida de Onassis.

Inicialmente la toma de Montecarlo fue bien recibida por el entonces príncipe Rainiero III. El principado necesitaba inversión extranjera y la plata infinita de Onassis le venía muy bien. Pero rápidamente empezaron los problemas. Onassis quería que Montecarlo siguiera siendo el paraíso ultralujoso y ultraexclusivo, con todo y las exenciones tributarias y el sistema bancario amigable típicos de un paraíso fiscal. Rainiero, por su parte, quería abrirles las puertas a más turistas, sobre todo porque Mónaco se estaba convirtiendo en un paraíso fiscal menos atractivo. Así que Onassis duró peleando con el príncipe durante años y Rainiero llegó incluso a acusarlo en televisión de obrar de mala fe. Finalmente, el príncipe creó por decreto 600.000 acciones de la compañía y Onassis perdió el control de los negocios más famosos de Montecarlo. En 1966 vendió las acciones que le quedaban; igual para ese entonces ya tenía su propia isla, Skorpios, en el mar Jónico, y el Christina O, el yate más grande y lujoso del momento.

Y sería a bordo de ese yate, con candelabros de cristal, 18 habitaciones y vajilla de oro, que Onassis lograría su conquista más famosa: la viuda Kennedy, la mujer más elegante del mundo, al menos a ojos de los tabloides gringos. Fue solo la más célebre de una larga colección de conquistas amorosas: mujeres ricas o famosas, siempre hermosas y mucho más jóvenes que él. Su primer matrimonio fue con Athina Livanos en 1946, hija de Stavros Livanos, el armador más importante de Grecia y el rey del transporte marítimo griego. Para el joven y ambicioso Onassis, despreciado por la plata vieja y tradicional de los Livanos, no había mayor victoria que casarse con la hija del patriarca. Ella tenía 17 años; él, 40. Tuvieron dos hijos, Alexander y Christina, pero el matrimonio le daría a Onassis algo más, un rival para el resto de la vida. La otra hija de Livanos se casó con el también millonario, gigante en el mundo del petróleo, Stavros Niarchos.


La muerte de su hijo Alexander a los 24 años, en un accidente aéreo, fue un golpe del que Onassis nunca se recuperó. A partir de ahí su vida empezó a derrumbarse.

Niarchos y Onassis competían en todo, en el mundo del transporte trasatlántico (si Niarchos hacía un barco de 30.000 toneladas, Onassis hacía uno de 31.000), pero también en lujos y presencia en las páginas sociales. El opulento yate de Onassis fue una respuesta al de Niarchos. Cuando Onassis compró el Christina O, de 100 metros de largo, Niarchos cambió el suyo por el Atlantis, 15 metros más largo que el Christina. Cuando Niarchos compró la isla griega de Spetsopoula, seis años más tarde Onassis compró Skorpios. Fue una rivalidad bien publicitada, una carrera para ver cuál de los dos movía más petróleo y gastaba la plata de la manera más extravagante.

El matrimonio con Athina no fue muy exitoso, con frecuentes y muy públicas infidelidades de ambas partes. Según los rumores, que Onassis hizo poco por acallar, la lista de conquistas famosas incluyó a Eva Perón, Greta Garbo, Marilyn Monroe, entre muchas otras. Pero María Callas, la soprano de origen griego y quizás una de las más grandes cantantes de ópera de la historia, sería el amor de su vida. Se conocieron en Venecia en 1957, cuando ambos estaban casados, él con Athina y ella con el industrial italiano Giovanni Battista Meneghini. Les importó poco y Onassis y Callas fueron amantes durante años, independientemente de los divorcios y matrimonios de cada uno. “Ella es la griega más famosa del mundo”, diría Onassis en una entrevista, “y yo soy el griego más famoso del mundo. Un poco de curiosidad mutua era inevitable”.


Su yate, el Christina O, y su isla, Skorpios, eran lugar de reunión del jet-set de la época.

Pero fue el matrimonio con Jackeline Kennedy el que sellaría su victoria por encima de Niarchos. Cinco años después del asesinato de su esposo, el presidente John Fitzgerald Kennedy, Jackie se había ganado el corazón del público estadounidense. Se había portado con dignidad y elegancia después del atentado y era, en pocas palabras, la viuda más cotizada del mundo. Onassis había conocido a los Kennedy años antes, cuando estuvieron junto a Winston Churchill a bordo del Christina O en una de sus muchas fiestas de alta sociedad. Fueron amigos durante años y en 1968 Onassis por fin logró convencerla de que se casaran, tras meses de rumores en la prensa. “Convencer” es probablemente la palabra más adecuada.

El matrimonio fue negociado entre Onassis y Ted Kennedy, político, hermano del presidente asesinado y amigo cercano de la viuda. En el yate, Kennedy y Onassis se pusieron de acuerdo: Jackie recibiría unos tres millones de dólares para compensar la pérdida de la pensión de la Fundación Kennedy a la que debía renunciar por casarse. Además, ella no estaba obligada a vivir con él y recibiría una jugosa herencia cuando Onassis, 23 años mayor, muriera. El hecho de que para Onassis fuera un asunto de estatus y para Kennedy una solución económica hizo que el matrimonio nunca fuera muy funcional. Mientras estuvo con ella, Onassis no dejó de verse con María Callas, casi siempre en París, mientras la cantante sufría un doloroso declive en su carrera. 


Christina Onassis (izquierda) odiaba a Jackie y a la hora de repartir la herencia hizo de todo para que solo recibiera 26 millones de dólares.

Y mientras la prensa aplaudió la astucia y habilidad de seducción de él, fue menos indulgente respecto a Jackie. Los diarios, sobre todo los conservadores, la atacaron por traicionar la memoria de JFK, por casarse con un divorciado mucho mayor, por salir en fotos de paparazzi (en las que la bautizaron ‘Jackie O’) y por dilapidar su ya famoso buen gusto con un viejo ostentoso. Aunque sus éxitos, sus millones, sus lujos y sus conquistas están bien documentados, Onassis tuvo una vejez solitaria y dolorosa. En 1973, su hijo Alexander murió en un accidente aéreo y, desde ese momento, el magnate empezó, a su vez, a morir lentamente. Los negocios dejaron de interesarle. Ese mismo año, una crisis petrolera le costó millones, y en 1975 vendió su aerolínea privada (otro de sus tantos orgullos). Finalmente murió ese año, a los 69, de miastenia gravis, una enfermedad autoinmune y crónica que causa debilidad muscular progresiva.

Las mujeres que amó tampoco tuvieron buenos finales. Su primera esposa murió de una sobredosis en París y se sospecha que se trató de un suicidio. María Callas, el amor de su vida, y Christina, su hija, fallecieron solas y antes de llegar a la vejez: María tenía 53 y Christina 37 cuando sufrieron sus respectivos paros cardíacos en 1977 y 1988. Athina, su nieta, es la única heredera sobreviviente y es una de las mujeres más adineradas del mundo. A sus 33 años, ella es el último vestigio del gigantesco pero efímero imperio Onassis.

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