En el lugar donde están almacenados unos 6,5 millones de sonidos no se escucha nada. Es un enorme salón laberíntico poblado de estantes que tocan el techo y entre los que apenas cabe una persona caminando bien erguida y sin extender los brazos, que debe, a su turno, activar una serie de botones para que las repisas se muevan y abran el espacio adecuado. (Abren el primer museo de la marihuaba en Uruguay)

Los únicos sonidos perceptibles en este salón de paredes blancas y rejas verdes son el clic de los botones y el suave rumor mecánico de los anaqueles al deslizarse.

Estamos en el archivo de sonidos de la Biblioteca Británica, en Londres. Afuera, el ruido de los autobuses de una de las zonas más congestionadas de la ciudad. Adentro, paradójicamente, el silencio.

Entre los estantes camina Richard Ranft, el director del Archivo de Audio, y se detiene a observar, con un silencio de ermitaño medieval, una cinta magnetofónica de 1979: la grabación de la Ópera cósmica de Wolfgang Amadeus Mozart interpretada por la English National Opera y emitida por la BBC.

No la escucha; la escudriña para saber su estado de conservación: si los datos del catálogo todavía son legibles, si la cinta no ha resentido el paso de estos casi 40 años que lleva archivada en el rincón de un sótano.

La pregunta obvia de “¿cuántos audios hay acá?” es respondida con una astucia de académico: “Si alguien se dedicara desde que nace, todos los días, las 24 horas y sin vacaciones ni feriados, a revisar los millones de archivos que tenemos, le tomaría 120 años acabar de escucharlos todos”, dice Ranft, casi con un murmullo.

Y después lanza una ecuación matemática digna de un renglón en La biblioteca de Babel de Borges: “Y cada segundo recibimos cinco o seis segundos de audio para archivar”. Con lo cual la respuesta a la primera pregunta es tal vez muy simple: la misión de contar un archivo vivo que crece sin pausa no se acaba nunca.

La siguiente pregunta es más incendiaria: “¿Para qué mantener un repositorio de semejante calibre con cosas que tal vez a nadie le interese escuchar?”.

Ranft, paciente, responde de nuevo, pero esta vez la astucia se desvanece y aparece la sabiduría: “Este archivo es la memoria de la nación. Hay objetos aquí que representan etapas de la vida de Reino Unido que no están en video porque no existía entonces y que son testimonios más poderosos y, sobre todo, más reales que las descripciones de un texto”.

Hay que salir, sus respuestas están haciendo mucho ruido y alguien nos pide que respetemos el silencio de la casa de los audios. (Visita al museo de Elvis)

Historia de una frustración

Este descomunal archivo, considerado el banco público de sonidos más grande del planeta, está ubicado en un rincón de la Biblioteca Británica, un edificio de ladrillos y triángulos de vidrio oscuro que se levanta cerca de la estación de trenes de King’s Cross/St. Pancras, en el corazón de Londres.

Para llegar hasta sus oficinas hay que atravesar varios pasillos flanqueados por puertas pesadas de cierre automático, que están allí para evitar los incendios pero que parecen más bien destinadas a impedir, con su presencia excesiva, que los sonidos almacenados se propaguen por el aire y desaparezcan.

“Un sonido no deja de ser una resonancia magnética que golpea el aire”, simplifica Ranft, para no darle importancia a lo de las puertas.

Lo cierto es que —a diferencia de otros museos o espacios de colección en Reino Unido que datan de la época victoriana— el archivo es bastante reciente: fue fundado oficialmente en 1955.

Y partió de la frustración.

Hacia 1935, Patrick Saul, banquero londinense y ferviente amante de la ópera, se acercó al Museo Británico —que por entonces tenía algo parecido a un archivo de sonidos— para preguntar por la grabación de una obra que lo había dejado maravillado meses atrás y que quería volver a escuchar.

A pesar de que las grabaciones de audio se habían inventado 60 años antes y se habían ido perfeccionando, la respuesta que recibió fue desalentadora: el museo no guardaba ningún registro de música; allí solo se almacenaban algunos discursos de poetas y líderes políticos.

Y a Saul le llamó la atención: después de todo, Inglaterra se había distinguido por crear repositorios para conservar y transferir el conocimiento a las generaciones posteriores —fue el primer país donde se abrió un museo, el Ashmolean de Arte y Arqueología, en Oxford, y la biblioteca del rey Jorge III fue una de las más grandes del mundo durante el Siglo de las Luces— y no tenía un lugar para guardar y consultar los sonidos que daban forma a la nación.

Así fue como, en un garaje en alquiler pagado por él mismo, Saul comenzó una colección de grabaciones, en su mayoría versiones de la Royal Opera House y de la English National Opera, que se encargaba de catalogar y archivar.

“Pero lo que ocurrió es que poco a poco el archivo de audio dejó de ser exclusivo de la ópera, incluso de la música clásica, y comenzaron a llegarle sonidos de distintas clases: de pájaros, de la vida cotidiana de Londres, hasta de cómo se pronunciaban algunas palabras en galés”, cuenta Ranft.

En 1948, aquel garaje se convirtió en el Instituto Británico de Archivos de Audio. Y en 1955 se abrió al público. Finalmente se mudó tres décadas después a este rincón del centro de Londres y comenzó a llamarse el Archivo de Sonidos de la Biblioteca Británica.

La memoria de la nación

Ranft es biólogo de profesión. Tiene la expresión dura de los académicos anglosajones, pero una extraña capacidad de empatía con los extranjeros. “Estuve en Colombia dos veces: una vez en el Amazonas y otra en Villa de Leyva”, dice.

Estuvo en Villa de Leyva es un decir. Visitó esa madeja de bosques densos que rodean la colonial ciudad boyacense, donde se dedicó al hobby que fue el inicio de su vocación: escuchar pájaros.

Y esa habilidad de describir las cosas a partir de su sonido así no se puedan ver, adquirida a partir de la observación de la naturaleza, fue la que lo puso al frente de uno de los archivos más grandes y completos del mundo.

“Algunos de los registros que tenemos son de pájaros que hemos clasificado por su canto, pero que en realidad no hemos visto. Para mí ese es el poder del sonido”, explica.

Actualmente, los 6,5 millones de sonidos que tiene aproximadamente esta colección están clasificados en, digamos, nueve grandes grupos: música clásica, drama y literatura, historia oral, películas, jazz y música popular, grabaciones de radio, dialectos y lenguaje, vida salvaje y sonidos de la naturaleza y música tradicional del planeta.

Muchos de ellos llegaron de la colección original de Paul; otros, por donaciones, y algunos más, por proyectos originales del Archivo de Sonidos.

Y aunque para darnos una idea del material que reposa en los estantes del sótano podríamos acudir a los nombres famosos (como las grabaciones del poeta Dylan Thomas leyendo sus propios textos o el discurso del primer ministro Winston Churchill llamando a luchar “en la playa y en los campos”), la historia que estos sonidos cuentan es más anónima y se escribe a diario. (Visita al restaurante que ganó una estrella Michelin por error)

“La mayoría de los archivos que tenemos están destinados al trabajo académico, a la investigación científica”, señala Ranft.

Aunque el espectro es más amplio y las fichas bibliográficas señalan casos insólitos pero emocionantes: por ejemplo, familiares que han buscado la voz de sus seres queridos ya fallecidos entre las cintas archivadas. “Apenas saben que aquí pueden encontrar un registro sonoro (de un ser querido fallecido), vienen y se quedan un rato escuchando. Es bastante conmovedor”.

Los salones de lectura de la Biblioteca Británica parecen cuartos enormes de monasterio, pero con tecnología de punta: como si estuvieran acondicionados para viajar al espacio en cualquier momento. Allí es donde se pueden escuchar, con una petición previa, todos los sonidos que hacen parte de la colección.

Y la colección está repleta de joyas: llama la atención la grabación en un disco de cera del único registro de la voz de Florence Nightingale, la mujer que estableció la enfermería moderna tal y como la conocemos. O una conversación de J.R.R. Tolkien, el autor de El señor de los anillos, hablando sobre tabaco y cigarrillos con un profesor de Cambridge.

Pero Ranft corrige el rumbo: los tesoros no tienen la etiqueta de un nombre famoso, sino que adquieren su valor gracias a su utilidad. Por ejemplo, un sonido capaz de revivir aves extintas. Relata el caso del oo de Kauai, un pájaro de plumas negras que habitaba varias zonas de las islas de Hawái, pero que, debido especialmente a dos huracanes que arrasaron su hábitat a finales de los años setenta y ochenta, quedó en peligro fatal.

“Tenía un canto de apareamiento bastante particular, y los investigadores británicos observaron una alarmante reducción de la población tras estos huracanes”, cuenta el experto.

Hacia mediados de 1985, se registraron los últimos ejemplares de la especie: dos hembras y un macho. “Cuando regresaron, en 1986, solo pudieron grabar el canto del macho llamando a la hembra para aparearse. Pero ya estaba solo. Al año siguiente, los mismos investigadores lo declararon extinto”.

Y el archivo que está aquí, a 12.000 kilómetros de distancia y 30 años más tarde, es el último canto de una especie. Para Ranft, esa es la magia —y el valor— del sonido. “Existe aunque no lo puedas ver”.

—¿Cuál es su archivo favorito?

—Si tuviera que elegir uno, lo haría con un registro de gansos de Barnacle que un biólogo grabó cuando Estonia hacía parte de la Unión Soviética. Es una grabación en estéreo, en la que escuchas no solo el graznido, sino también cómo se van volando, atravesando el cielo. Es bastante enternecedor.

La verdad grabada

Los audios almacenados en este banco de sonidos, sin embargo, no solo están destinados a la investigación científica o a consolar el alma solitaria de un ser querido fallecido: también han ayudado a revivir casos de abuso sexual en instituciones religiosas que el tiempo había enterrado.

El asunto fue así: durante varios años, entre 1970 y 1980, en una casa dedicada al cuidado de niños huérfanos en la ciudad de Gravesend, a unos 60 kilómetros de Londres, muchos de los menores fueron abusados, drogados y maltratados hasta el cansancio. El hogar, conocido como Kendall House, estaba bajo la tutela de la oficina de Servicios Sociales del condado de Kent, que era dirigido por el reverendo Nicolas Stacey.

Durante años, las víctimas de los abusos no habían podido incriminar a sus victimarios: solo se habían podido valer de sus recuerdos y testimonios. Hasta que, el año pasado, una de las víctimas se topó con una grabación de 2006 del reverendo Stacey, catalogada bajo el rótulo de “pioneros del servicio social y la caridad”.

En la grabación se escucha cómo el reverendo acepta que los “niños” podían ser muy manipuladores con sus denuncias de abusos y confiesa sin que se le derrita la voz: “Ningún miembro del staff del hogar era reportado a la Policía sin mi autorización”.

Aunque el reverendo murió en mayo de 2017, las víctimas, con el poder del audio que sobrevive, quieren llevar el caso hasta las últimas consecuencias.

Ese uso social y reparador de las cintas tal vez ha acrecentado la responsabilidad de quienes llevan adelante la misión de preservar los sonidos de la historia.

Tras pasar varias puertas, la primera evidencia de que se ha abandonado el espacio de consulta, se llega a las bóvedas de conservación de los sonidos. Es una pequeña repisa donde está un viejo gramófono de la Edison Company para reproducir tubos de cera.

Y mientras Ranft impulsa las manivelas del aparato, aclara que este artilugio que parece una pieza de museo es en realidad un aliado estratégico del archivo: ayuda a la digitalización de los audios. “Nuestra misión es la conservación del sonido, no de su soporte físico, aunque también lo cuidamos. La principal tarea ahora es digitalizar los archivos que tenemos”, explica.

Por eso el gramófono y por eso una vieja grabadora de casetes que reposa en una de las estanterías a la espera de ser reparada. Los audios del archivo están contenidos en al menos 40 formatos, que van desde el papel aluminio hasta el Blue Ray, pasando por el cilindro de cera, el vinilo, el casete, el betamax y el VHS. (Visita al forense más famoso del mundo)

Y aunque la prioridad de lo que debe ser digitalizado se supone debería estar dictada por la importancia cultural y patrimonial, aquí, en medio de los pasillos atiborrados, lo que manda es la necesidad: los equipos más frágiles y escasos van primero.

En uno de los estudios más grandes está Tom Lorraine. Ingeniero de sonido de la Biblioteca Británica, prepara una consola de siete caseteras para empezar con el proceso de digitalización de una serie de “demos” de jazz canadiense. Gracias a su trabajo, unos 500.000 audios ya están disponibles para el público en versión digital.

—¿Cuál es el formato más difícil de digitalizar?

Lorraine señala un reproductor de MiniDisc, un formato que la empresa japonesa Sony lanzó a finales del siglo pasado, con excelentes condiciones técnicas pero que no logró arrasar en el mercado como se esperaba. Luego, responde:

—De este formato se construyeron muy pocos equipos en comparación con el tocadiscos o con las cintas electromagnéticas. No tenemos muchos disponibles, así que una de las prioridades es digitalizar su contenido antes de que se dañen o no funcionen más.

Bajo la premisa de que para digitalizar 15 minutos de sonidos se necesitan casi tres horas, los equipos reproductores se echan pronto a perder.

En la oficina del director, a modo de despedida, Ranft reproduce el audio que tanto le fascina: los gansos de Barnacle. Es un aleteo de varias aves con el que se entremezcla su graznido. Son miles que vuelan por encima de un lago. El sonido en estéreo es abrumador.

—¿Por qué le gusta tanto?

—Esto fue grabado en Estonia, cuando hacía parte de la Unión Soviética. Y lo veo como una metáfora, que la persona que grabó a esos gansos quería volar como ellos y escapar de aquel país.

El aleteo se diluye, pero a los pocos segundos los gansos regresan. El escape. La metáfora. El poder de un sonido. Uno entre millones, único y perpetuo.

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