–Ah, señor (Vittorio) Pozzo, me olvidaba. Ya sabe que el mariscal (Italo) Balbo saludará al pueblo en el desfile. Quiero que estén los jugadores y también quiero que esté usted. Hay que recompensarle al mariscal los servicios que está brindando al país…

—No sería conveniente que mis muchachos vayan al desfile. Digamos que eso los puede desconcentrar…

—Vamos a hacer de cuenta que a mí,

Benito Mussolini, me gustaría mucho que los jugadores vayan a la celebración.

—(...) En ese caso, no tengo ninguna duda. Ellos estarán allí, pero sin mí. Yo solamente dirijo lo que puedo controlar.

—Está bien, señor Pozzo. Tiene razón. Usted es el único responsable del éxito. Pero que Dios lo ayude si llega a fracasar...

Son los primeros meses de 1934 y la conversación es auténtica. Sucede en el Palazzo Venezia, muy probablemente en la Sala del Mappamondo, donde el Duce atiende los principales asuntos de Estado. Y este, qué duda cabe, es uno de ellos. Está visto que “la Nazionale” (la selección de fútbol) es tan importante como Balbo y sus tres medallas al valor en la Primera Guerra Mundial.

Por eso, el Duce quiere verse flanqueado por el héroe en los campos de batalla y por los futbolistas que, si escuchan bien a su director técnico, sabrán mejor que nunca la enorme diferencia que hay entre ganar y perder. Benito Amilcare Andrea Mussolini Mussolini sabe cuánto significa la imagen de la victoria para un pueblo que anda subido en lo más alto de la ola del fascismo. Viejo zorro, no va a dejar pasar esta nueva oportunidad de cosechar puntos y adeptos.

Por eso, dedicará tanto tiempo y empeño a marcar al centímetro a Pozzo durante cuatro años. Primero, en ese Mundial del 34, que Italia gana sin problemas, más aún en su condición de local. Y luego, en el camino a Francia, sede del siguiente. Aquel 19 de junio de 1938, fecha de la final ante Hungría, don Vittorio recibe un telegrama en el camerino del estadio Colombes, de París, a pocos minutos de iniciar el partido. Lo firma un tal Aquiles Starace, secretario general del Partido Fascista Republicano. Es escueto y muy contundente: “Vencer o morir”. No es Starace, debe pensar el viejo en esa cabeza a la que nunca le escasea sombrero, es Mussolini en persona. Italia va al campo y gana 4 goles a 2. Ya es bicampeón. Días después, en la recepción en el mismo Palazzo, Mussolini se hace tomar la foto con los jugadores. Con un detalle que no sobra: todos van vestidos de militares, además con uniformes de las diferentes fuerzas armadas. Más que levantar una copa, ya lo verán, es una premonición. No están equivocados.

Emílio Garrastazu Médici, presidente dictador de Brasil, en 1970.

Mussolini y Pozzo; Pozzo y Mussolini, con un telón de fondo del tamaño del Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista (así se le bautizó). Un descarado caso de influencia en las canchas, además con efectos sobre el siguiente Mundial, el de Francia 38; una victoria de la manipulación política. 

Como lo harían otros más, cada uno a su manera, a lo largo de años en que el Mundial ha pasado de ser la quijotada de los treinta al negocio multimillonario de hoy.

“El Scratch”, la selección brasileña de 1970, fue una de las mejores de la historia al reunir cinco números 10 de varios clubes: Pelé, Jairzinho, Gerson, Tostão y Rivelino.

PELÉ Y LOS AÑOS NEGROS

Y saltemos, no más, a México 70, que equivale a decir la mejor selección nacional de todos los tiempos, con Pelé como líder. Sobre ese tema, pocas discusiones caben. Tan encantador como efectivo, el llamado “Scratch” se hizo fenómeno de masas, gracias, entre otros, a que ese fue el primer mundial con masiva retransmisión en directo, incluida Colombia.

Si alguien era dueño de esa magia hecha fútbol (“O Rey” más Jairzinho, Tostão, Gerson, Rivelino, Carlos Alberto, Clodoaldo y demás estrellas), ese era el pueblo brasileño, comenzando porque la mayoría de esos jugadores había nacido allá en su seno, en las favelas. La fiesta popular, pues, parecía servida. Eso, si no nos detenemos en un detalle nada menor: una cosa era la alegría del equipo que se paseaba triunfal por las canchas mexicanas; otra, la nación que vivía la pesadilla de una dictadura militar con nombre propio, Emílio Garrastazu Médici.

Aquel 21 de junio de 1970, mientras Pelé se iba en hombros del estadio Azteca, con el torso desnudo y un sombrero charro por cabeza tras haber apabullado a Italia 4 a 1 en la final, el mundo miraba para otro lado hasta olvidar “el Brasil de las 20.000 torturas” o los años negros de la dictadura, como se le llamó al periodo de Garrastazu.

Ni las ejecuciones sumarias ni las desapariciones ocuparon una línea en los teletipos de la época.

El dictador encabezó el júbilo. No por casualidad, pues durante años había estado más que ocupado en ese equipo. Siempre se interesó en hacerle la vida difícil a João Saldanha, periodista y autodidacta que se había atrevido a postularse como director técnico hasta ganarse al cargo de seleccionador nacional. Polémico, pendenciero y bebedor, lo que más le disgustaba de Saldanha al régimen era otro asunto, sus ideas de izquierda, que dejaba oír sin temor, hasta ganarse en la calle el mote de “Juan Sin Miedo”. Cuando Garrastazu en persona le ordenó que pusiera a jugar a su consentido Darío Maravilha y dejara en la suplencia a Tostão, Saldanha se negó: “Yo no le digo a quién debe nombrar usted en los ministerios. No me diga usted quiénes deben jugar en la selección”.

El periodista y entrenador João Saldanha fue despedido por el dictador por sus ideas de izquierda.

Seguro de que no debía entregar cuentas a nadie, Saldanha cometió el error de tocar lo intocable, nada menos que a Pelé. Eso, y una derrota ante Argentina en un partido que no valía nada, le hicieron la maleta. Garrastazu movió entonces los hilos de la poderosa Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) e impuso a un excampeón del mundial del 58, ajeno a la discusión de ideas y bastante dócil, Mário “Lobo” Zagallo. Y por enésima vez, el presidente de facto pretendió poner a su protegido Darío, sin éxito. El tipo no daba la talla.

Zagallo pidió entonces permiso para obrar. Garrastazu se lo concedió. Condenado a no fracasar, “el Lobo” echó mano de una estrategia impensada: cinco cerebros número 10, cada uno de ellos en distintos equipos, puestos en una misma formación. Pelé (Santos), Jairzinho (Botafogo), Gerson (São Paulo), Tostão (Cruzeiro) y Rivelino (Corinthians) se juntaron para maravillar al planeta. Brasil arrasó y se hizo inmortal, mientras Garrastazu no pasaba de ser un sátrapa de poca monta que despachaba de la peor manera a sus opositores, antes de advertirles, con un eslogan más que diciente, “Brasil: lo tomas o lo dejas”.

Pasado un tiempo, Pelé marcó distancia: “Al estar pendientes del fútbol y del campeonato, lo que estaba pasando en nuestro país llegó a pasar a segundo plano. Ganar el Mundial de México en 1970 fue una auténtica alegría para todos, pero la parte mala fue que eso tapó las torturas, los desaparecidos y los asesinatos. Hubo un momento en el que pensé dejar la selección debido a las atrocidades que los militares estaban provocando en Brasil…”.

EL QUILOMBO DEL 78

A diferencia de Garrastazu, Rafael Videla y su Junta Militar no pudieron guarecerse del todo bajo el título mundial de la selección Argentina en 1978. Ni en ese momento ni ahora que han pasado los años. Al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional y a sus autores no dejan de aparecerles nuevas revelaciones que demuestran hasta dónde llegaron los atropellos que dejaron más de 22.000 personas entre asesinadas y aquellas a las que se llevaron vivas los escuadrones de terror que servían a la dictadura.

La campeona del mundo en 1978 fue la selección Argentina, acusada de fraude tras conseguir una goleada de 6-0 a Perú, en la segunda fase del torneo. Después venció a Holanda en la final.

Los militares habían asaltado el poder en 1976, cuando derrocaron a María Estela Martínez, viuda de Juan Domingo Perón. El Mundial, otorgado 12 años atrás por la Fifa, les cayó a los golpistas como anillo al dedo. Fanático como ninguno del fútbol, el pueblo argentino se dedicaría quizás a pensar más en la pelota que en los alcances de lo que tramaba en la Casa Rosada, quedarse durante largos años al mando de los destinos de la nación.

Sus cálculos estaban errados. La fiebre mundialista, ni ninguna otra, eran incapaces de tapar el tamaño de los crímenes y del miedo que asolaban de día y noche a la sociedad argentina. Y las voces en el exilio, con la intelectualidad a la vanguardia, advertían que el Mundial sería utilizado con fines propagandísticos. Pero hay que admitir que el fútbol, entre otras cosas, es adicción pura. El torneo comenzó y, a veces tumbos, la selección local comenzó a avanzar al único destino que a Videla y a los suyos servía, el título.

Buen equipo, en las manos de un ícono nacional, el técnico César Luis Menotti, esa meta era bastante probable. Eso sí, con un factor inmanejable de por medio, el siempre poderoso Brasil. Sin enfrentarlo directamente, había que ser superiores a los eternos rivales. Y demostrarlo significaba vencer a Perú por, mínimo, cuatro goles de diferencia, en un partido definitivo si de llegar a la final se trataba.

A Rafael Videla y a la junta militar les cayó como anillo al dedo el Mundial de 1978.

Ese es el otro duelo que Videla nunca pudo ganar, al lado del que perdió ante las víctimas de sus atrocidades. Argentina le ganó a Perú 6 a 0 en el estadio de Rosario, el 21 de junio, resultado escandaloso, aún más en la lectura que se hizo de él. El hecho de que el arquero del Perú fuera el argentino Ramón “Chupete” Quiroga fue la puerta de entrada a todo tipo de supuestos. Que lo siguen siendo hoy, por cuanto nunca existió la prueba reina de un presunto soborno a los peruanos.

Futbolistas y autores de posibles alianzas negaron siempre cualquier irregularidad. Con una excepción. Muchos años después, en 2010, en curso de un debate por la posible convocatoria de extranjeros nacionalizados a la selección nacional peruana, José Velásquez, quien jugó ese partido ante Argentina, dijo: “Es mejor que siempre jueguen peruanos, los otros siempre se prestan para cosas (...) Lo de Quiroga nunca me gustó. Con seis jugadores de la selección hablamos un día antes con Marcos Calderón (el técnico del 78) y le pedimos que no lo hiciera jugar ante Argentina”.

Hay otra versión, la de un supuesto acuerdo entre las dictaduras de Videla y de su homólogo, Francisco Morales Bermúdez, usurpador entonces de la Casa de Pizarro, en Lima. Posteriores acuerdos comerciales entre las dos naciones, con los funestos personajes aún a cargo de los gobiernos, habrían significado el pago del favor. Nadie ni nada certifica esa hipótesis. Como tampoco muchos consideran digno de credibilidad lo que dijo Fernando Rodríguez Mondragón, hijo de Gilberto Rodríguez Orejuela, en su libro El hijo del ajedrecista, cuando afirmó que fue el cartel de Cali el que pagó a los jugadores de Perú para que se dejarán vencer por Argentina.

En lo que sí coinciden algunos analistas es que la victoria de su equipo en el Mundial les dio a Videla y a la Junta Militar un segundo aire. Y que si el resultado hubiera sido diferente al título argentino, el destino hubiera sido otro, como sí sucedió después tras la debacle en las Malvinas.

CHILE Y EL DUELO FANTASMA

Y de esta saga de fútbol y timos no podía ser excepción el general Augusto Pinochet Ugarte. Su capítulo en los mundiales de fútbol corresponde a la, quizás, mayor vergüenza de la historia de los eliminatorias. El golpe y la muerte de Salvador Allende (11 de septiembre de 1973) sucedieron a ocho meses de dar inicio al Mundial de Alemania 74. Por esas coincidencias que rayan en lo absurdo, una repesca, o repechaje, puso apenas dos meses después de esa fecha a la Unión Soviética y a Chile frente a frente. El ganador de la serie obtendría un cupo a la serie final.

Chile clasificó al Mundial de 1974 en el repechaje que no quiso jugar la URSS en protesta contra Pinochet.

El primer partido de dos, programado en Moscú, estuvo lleno de tensión. El repudio al asalto al Palacio de la Moneda era general en casi todas partes, pero si había quienes se sentían tocados con los hechos del 11 y la cacería de adeptos a Allende, esos eran Cuba y la Unión Soviética. Los estrechos lazos entre lo que había sido el gobierno de la Unidad Popular y el mundo socialista, hacían entonces de la Junta Militar un enemigo sin ningún tipo de matices. Pero ahora el fútbol se atravesaba. El equipo chileno fue tratado casi que con indiferencia y poco pareció importar el 0 a 0 con que se marchaba de la capital, un buen dividendo.

La revancha, programada en Santiago para el 21 de noviembre de 1973, no se jugó. La Unión Soviética decidió no enviar a jugar a su selección, como protesta, apuntaron sus dirigentes del fútbol, por el hecho de tener que jugar en un Estadio Nacional que servía de campo de concentración. La Fifa armó entonces una pantomima. Los jugadores chilenos aparecieron en la cancha y, a la orden del pito del árbitro, avanzaron haciendo suaves toques entre cuatro de ellos sin más oposición que la de la brisa, para que el capitán, “Chamaco” Valdés, anotara en un arco vacío. Unas 8000 personas celebraron lo que parecía un gol y Chile se calificó. Para no decepcionar a los asistentes, se jugó enseguida un partido contra el Santos de Brasil, que, para castigar la vergüenza, empujó un 5 a 0 en la portería chilena.

Casi 14 años después, en 1987, Chile fue sede del Mundial juvenil de fútbol. El día de la final entre Yugoslavia y Alemania Federal, Pinochet, aún en el poder, metió centenares de militares infiltrados (en realidad uniformados con traje, corbata y lentes oscuros) en las tribunas del mismo Estadio Nacional en procura de cazar contradictores. El “Y va a caer... y va a caer... y va a caer” hecho coro por miles de asistentes abortó esa operación miedo y le indicó que su final estaba más cerca.

EL 1-0 DE LA GUERRA FRÍA

No hay que escapar del mismo 1974 para dar con otra coincidencia a la que no se le puede bajar del carácter de increíble: el partido que, por obligación, debieron sostener la entonces Alemania Occidental y la República Democrática Alemana (RDA). Como si se tratara de un concurso de morbo, el sorteo se había encargado de ponerlas en el mismo grupo 1, al lado de Chile y Australia.

Faltaron espacios en los medios de comunicación y sillas en los bares para diagnosticar cuánto significaba ese choque, que antes de un 11 contra 11 era el enfrentamiento de dos concepciones del mundo, un auténtico derbi de la Guerra Fría. Eso sí, no cabían dudas sobre quién vencería: la Alemania del Oeste, que contaba con jugadores de primera calidad como Franz Beckenbauer, Paul Breitner y Gerd Müller, entre otros. En cambio, del otro lado, según el discurso oficial, se trataba de genuinos representantes del proletariado dispuestos a entregar hasta la última gota de sudor por su pueblo.

Un duelo épico vivieron las selecciones de Alemania del Oeste (blanco) y del Este (azul) en 1974, en lo que fue considerado un derbi del capitalismo contra el comunismo, que ganó 1-0 el segundo.

Al cabo de 90 minutos en el estadio de Hamburgo, un nombre se hizo común en todas las primeras páginas de los diarios: Jürgen Sparwasser. “Chuté desde el este con dirección oeste”, respondió, no sin carga política, el hombre que había venido del otro lado de la Cortina de Hierro para humillar al capitalismo, como pregonaban los diarios oficiales de la RDA y vecinos. El 1 a 0 no cambió el curso de la historia final. La Alemania símbolo de Occidente ganó el título, luego de derrotar a una arisca Holanda en el encuentro definitorio y Sparwasser se hizo protagonista durante años. Más aún cuando desechó una oferta para ir a jugar en Occidente, lo que lo ungió ante los suyos como un tipo coherente y leal. Pero el cuento de hadas no duró para siempre. En 1988, cansado de que lo hubieran usado y de no haber recibido ni siquiera la casa y el carro prometido por su hazaña, el exjugador aprovechó la invitación a un partido de veteranos en el otro Berlín para no volver a la RDA, justo en momento en que el muro ya comenzaba a crujir y sus cimientos a ceder.

3000 MUERTOS

Esa lucha entre las Alemanias no había hecho más que darle razón a Ryszard Kapuscinski cuando años antes había dicho que “la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible”. Sabía bien el maestro del oficio por qué lo decía y, sobre todo, cuando denominó “la guerra del fútbol” al feroz choque, ese sí, entre El Salvador y Honduras en 1969.

Para ser justos, no fue el fútbol el que hizo la guerra, pero sí se le usó, de lado y lado, para dispararla. Los ánimos caldeados desde los gobiernos de los presidentes Fidel Sánchez Hernández (El Salvador) y Oswaldo López Arellano (Honduras) encontraron en la disputa por un cupo al Mundial de México 70 el cerillo para prender fuego a la frontera entre dos naciones hermanas. El saldo: más de 3000 muertos y una cifra imprecisa de heridos, según los cálculos más conservadores.

Los partidos de ida y vuelta en Tegucigalpa y San Salvador fueron un infierno, en los que lo más importante para los jugadores era salvar sus vidas. Cerco a los hoteles en donde se hospedaban los equipos, linchamiento de hinchas contrarios y asonadas con huevos podridos y ratas muertas como artillería fueron casi comunes, tal cual lo contó el periodista polaco.

Pero, a diferencia de las anteriores historias, el personaje aquí fue una hincha. Amelia Bolaños, salvadoreña, tenía 18 años en la época. El día en que los jugadores de su país jugaron en Tegucigalpa, ella estaba en su casa atenta a la transimisión del encuentro. En los minutos finales el futbolista hondureño Roberto Cardona logró el gol de la victoria. Ella, quien conocía las humillaciones que, antes del partido, habían sufrido jugadores y seguidores de la selección de su país, tomó el arma de fuego de su padre y se pegó un tiro en el corazón.

El hecho se volvió una bola de nieve y los sentimientos nacionales se desbordaron. El sepelio tuvo ribetes dramáticos con presidente y ministros a bordo, a lo que se sumó el equipo nacional de fútbol en pleno. Era un hecho que la guerra estaba en marcha. Políticos irresponsables dieron el puntapié para que así fuera. Y así fue…

Hoy sería impensable un desenlace de ese tenor. Quizás, la pregunta actual es: desde la arista política, ¿cuánto puede darle el Mundial a Vladimir Putin en términos de popularidad local y frente a su dimensión en el concierto internacional? Aunque, antes, valdría conocer si es cierto que necesita de este evento o le basta ese perfil de autosuficiencia con que ha manejado las cosas: apenas una semana después del sorteo del Mundial, salió a anunciar que se lanza como candidato presidencial a las elecciones de marzo próximo. ¿Mera coincidencia? ¿O jugada de número 10?

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