Un corredor que trabajó en InterBolsa recuerda su primer día en la comisionista como un largo baño de sudor: tan pronto como llegó a su escritorio, su jefe le asignó una cuenta de 10 millones de dólares. Aunque la experiencia pudo envejecerlo prematuramente, supo retirarse a tiempo.

Bordea los 30 años, viste un traje que evita con su sencillez el exhibicionismo de una elegancia sobreactuada y es de estatura mediana. Mientras almorzamos, escucho su voz tranquila y pausada evocando el vértigo que decidía el ritmo de la comisionista, sin revelar los estragos de alguien que estuvo sometido a las presiones del medio bursátil. Pero aprendió con rapidez el ritual del whisky, para tranquilizar el ánimo, junto a otros corredores en algún bar cercano al edificio de InterBolsa, en el norte de Bogotá; se deslumbró con el despliegue de las fiestas organizadas por sus compañeros; aceptó la regla que prohibía el uso de teléfonos personales dentro de la compañía, y entendió que debía actuar con cautela ante las cámaras que vigilaban a los empleados. Entonces comprendió la relación tiempo/rentabilidad y la precariedad de su trabajo si no cumplía con el objetivo de amasar una cifra considerable de dinero más temprano que tarde. Si la suerte no ayudaba, los empleados podían encontrar en su escritorio un sobre con la carta de despido, sin que mediara ninguna explicación, o, en el caso de una inesperada y desconcertante cortesía, podían ser invitados a desayunar en un restaurante, donde les entregaban una caja con sus objetos personales para que no regresaran a la oficina.

Rodrigo Jaramillo durante una audiencia por el caso Interbolsa. Hoy está libre. Foto: Reina Romero - Revista Semana

“Vivíamos con un apetito desmesurado por el riesgo”, me aseguró el corredor, definiendo el estilo de InterBolsa, a la que renunció soñando con disfrutar de una vida menos ansiosa y voraz.

Amas de casa, familiares de los directivos, viudas que depositaron su patrimonio en manos de parientes desleales, universidades, colegios emblemáticos del poder en Bogotá, como el Gimnasio Moderno, cadenas de supermercados, fundaciones filantrópicas y culturales, comunidades religiosas que soñaron con el milagro de incrementar sus ahorros –las Hijas de Jesús, las Carmelitas Descalzas, las hermanas de la Presentación de la Santísima Virgen, las Hermanas Terciarias Capuchinas, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, el Consejo Episcopal Latinoamericano y una legión de arzobispos, monjas y sacerdotes–, son algunos de los 40.000 acreedores que advirtieron cómo, tras el estallido de la crisis, su confianza había sido traicionada por el fundador de la comisionista, Rodrigo Jaramillo, y por su hijo Tomás; por Juan Carlos Ortiz, considerado hasta entonces “el zar de la bolsa”; por Víctor Maldonado, inversionista de empresas tan exitosas en Colombia como Foto Japón, Crem Helado, la cadena de restaurantes Archie’s o el Hotel Santa Clara de Cartagena, y por sus asociados. (Un matrimonio en La Picota)

El temido “no hay con qué pagar”, lanzado como una bomba no del todo inesperada por el liquidador de InterBolsa, Pablo Muñoz Gómez, que se refería a la falta de liquidez del fondo que tenía la comisionista en Luxemburgo, resumió la incertidumbre de las víctimas. En una asamblea extraordinaria que se llevó a cabo en Bogotá el 15 de noviembre de 2012, a través de una videoconferencia con los inversionistas de Cali y Medellín, los funcionarios de la comisionista, quizá temiendo algún motín, pidieron auxilio a la policía para custodiar el lugar del encuentro. Aparte de un largo intercambio de opiniones sobre los puntos más críticos propuestos en la asamblea, la reunión transcurrió en una atmósfera en la que los argumentos prevalecieron sobre la confusión y la ira. El deseo por encontrar una solución demostró que nadie quería linchar a nadie y cuando los inversionistas fueron citados posteriormente a una asamblea decisoria en las instalaciones de Corferias, según declaró una asistente, “la logística para recibirnos fue más ágil que la honradez para invertir nuestro dinero”.

Un correo electrónico enviado el 4 de diciembre de 2012 por Gustavo Madrid Malo, consejero financiero y director ejecutivo de la compañía IRT (Integrated Risk Tools), a los acreedores que buscaron su asesoría ante la crisis, resume en una de sus líneas la esperanza ante el naufragio: “Hay que gestionar el riesgo que se deriva de este tipo de inversiones y, con calma, sabiduría y trabajo, se lograrán resultados que los llevarán a estar más tranquilos”.

La primera noticia que tuve de la crisis de InterBolsa fue por el azar de una pregunta. A principios de noviembre de 2012, me cité con el abogado Jaime Granados en su oficina para entrevistarlo y escribir un texto en el que quise contrastar a Granados con su rival en los estrados judiciales, el abogado Jaime Lombana. Me desconcertó el vértigo que se respiraba esa mañana en la oficina de Granados. Mientras lo esperaba en la recepción, se acercó uno de sus abogados y me preguntó, con la certeza de estar viendo a un despistado, si había ido “por el tema de InterBolsa”. Hasta entonces sabía muy poco de la comisionista y mucho menos de la crisis que sorprendió y desató el pánico entre los inversionistas.

En el transcurso del día, cuando la Superintendencia Financiera de Colombia intervino a la comisionista por su incumplimiento en el pago de un crédito bancario de 20.000 millones de pesos, las noticias confirmaron la dimensión del escándalo. El drama empeoró cuatro días después, cuando el 6 de noviembre la Superintendencia Financiera ordenó suspender las operaciones de InterBolsa y, antes de que terminara el año, la comisionista fue liquidada, se organizó una estrategia con la que se pudiera responder a los inversionistas, la Fiscalía General inició una investigación, la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales señaló la posible evasión tributaria de InterBolsa, se descubrieron movimientos millonarios de carácter incierto, el descalabro fue analizado en el Congreso de la República y el país asistió, una vez más, al espectáculo de la avaricia y la arrogancia del poder.

El tiempo encajaría con rapidez las piezas del rompecabezas financiero con el escenario jurídico cuando Jaime Granados aceptó representar a los clientes del Fondo Premium de InterBolsa y Jaime Lombana continuó como antagonista de Granados, defendiendo a los directivos de la comisionista Rodrigo y Tomás Jaramillo.

Entonces le propuse a una revista escribir una serie de crónicas que ilustraran los siete pecados capitales que pueden definir los riesgos de la convivencia en Colombia: corrupción, intolerancia, racismo, maldad, violencia, clasismo y codicia. Desafortunadamente, la idea fue quedando relegada por los editores hasta que se evaporó en la sombra de los proyectos inéditos. Pero la historia de InterBolsa merecía escribirse, incluso al margen de que fuera publicada. Entrevisté a varios corredores que invariablemente me pidieron no ser citados con sus nombres; a inversionistas cautelosos y directamente involucrados con las directivas de la comisionista; a clientes de InterBolsa que vieron peligrar los ahorros de sus vidas. Me acerqué a un mundo de estrategas monetarios con la capacidad de explicar el universo en el que trabajan con un lenguaje cifrado para el ciudadano promedio, al que representé cuando me encontraba en sus oficinas o en los restaurantes donde nos citábamos para tomar un café, que se prolongaba hasta el horario de la cena. En algunas de estas entrevistas fue revelado el material del “matoneo mediático”, como definió Rodrigo Jaramillo el trabajo de los periodistas que hicieron público el escándalo.

La historia de los fraudes financieros en Colombia cuenta con personajes tan audaces como Judas Tadeo Landínez, quien a mediados del siglo xix especuló con los ahorros que depositaron sus víctimas en su Compañía de Giro y Descuento, y los defraudó hasta quebrarse y condenarlos a la miseria; el legendario Carlos Alberto Sánchez Rojas, mejor conocido como “el Conejo Millonario”, que honraría desde finales de los años ochenta y hasta principios de los noventa del siglo xx el coloquialismo que describe como un “conejo” al que roba en un lugar y escapa de sus víctimas con rapidez invisible; el Grupo Grancolombiano, al frente del que se encontraba el banquero Jaime Michelsen Uribe, acusado de realizar autopréstamos y manipular acciones en la bolsa con operaciones ficticias.

Tomás Jaramillo es conducido hacia la cárcel La Picota en 2015. Foto: Guillermo Torres - Revista Semana

A finales de los años ochenta, el delito económico tuvo un aire de santidad enrarecida cuando la Caja Vocacional, fundada en Tunja en octubre de 1957 con el propósito de financiar y cultivar las vocaciones sacerdotales, fue investigada por violación de las normas sobre captación ilegal de ahorros. Uno de sus directivos, monseñor Abraham Gaitán Mahecha –a quien recuerdo en su oficina de la Caja Vocacional, en el centro de Bogotá, donde deposité mis ahorros juveniles, sentado en su escritorio como si fuera un trozo de mármol–, rechazó a la comitiva de la Superintendencia Bancaria, escudándose en el fuero eclesiástico y alegando que solo con una orden del papa podría ser investigado.

Algunos de los protagonistas más recientes de la cronología económica en clave delictiva en Colombia son David Murcia Guzmán, William Suárez y su firma dmg, con un capital estimado en 250 millones de dólares, condenados en diciembre de 2009 por lavado de activos y captación masiva de dinero en el imperio que construyeron con cerca de cien empresas repartidas entre Colombia y otros países. También los directivos de InterBolsa, que tres años después de la aventura dmg recordaron al pionero de las acrobacias económicas en el país, Judas Tadeo Landínez.

A principios de 2013, la Procuraduría publicó un documento en el que se explicaban los delitos más notables cometidos por los directivos de InterBolsa. Su sencillez permitió comprender el pánico que asaltó a los inversionistas: abuso de confianza, operaciones riesgosas a espaldas de los accionistas, autopréstamos no reportados, informaciones engañosas, lavado de activos, falsificación de firmas, evasión tributaria, manipulación fraudulenta en la cotización de las acciones, estafa, deslealtad, concierto para delinquir, desfalco, incumplimiento en el pago a los empleados de InterBolsa por un monto de 15.000 millones de pesos, desvío de dineros hacia las inversiones personales de los directivos en obras de arte, automóviles, haciendas o créditos desmesurados para seguir invirtiendo.

El servicio de Rentas Internas de Estados Unidos le agregó un tinte policíaco a la historia cuando incluyó a InterBolsa en el expediente de una operación encubierta denominada Stock Block, tras el rastro de comisionistas de bolsa colombianos que supuestamente han lavado dinero de la mafia. No en vano, InterBolsa, antes que una comisionista, fue definida por la Fiscalía como una empresa criminal.

Las oficinas del ingeniero y empresario huilense Alfonso Manrique Van Damme, en la localidad de Teusaquillo, en Bogotá, representan la arquitectura de amplitud monumental que caracteriza al barrio y la fortuna que ha sido con Manrique tan generosa como desconcertante. Cuando estoy a punto de tocar el timbre de la casa, la serenidad aparente del lugar se estremece con la aparición instantánea de los guardaespaldas que me cercan y averiguan a quién busco. El despliegue de seguridad no es gratuito. El 20 de noviembre de 2000, varios guerrilleros del Frente 42 de las Farc llegaron a las oficinas de Manrique para secuestrarlo. Año y medio después, cuando Manrique recuperó la libertad, se trajo un azulejo que domesticó en la selva y al que tiene disecado en un anaquel detrás de su escritorio. 

Se llama Blue me dice.

Entonces le pregunto por qué permanece en Colombia. Me responde que tiene dos hermanas que viven en Bélgica y quieren saber lo mismo desde hace varios años, y agrega que prefiere morir en su país, de un balazo en la cabeza, que de alzhéimer en Bruselas.

Manrique Van Damme, de 73 años, es un hombre alto y vigoroso, que expresa sus opiniones de una manera tajante. Me asegura que tiene las pruebas suficientes para enfrentar judicialmente a Rodrigo y Tomás Jaramillo. Los 68.000 millones de pesos extraviados de sus cuentas en la comisionista son otro argumento para comprender por qué su historia en InterBolsa ilustra de forma extrema los motivos del escándalo.

Manrique es consciente desde su juventud de los cambios y los retos de la suerte. En los años sesenta, cuando abrió las oficinas de su primera compañía en Bogotá, los ladrones las saquearon y dejaron al ingeniero con la perspectiva de un futuro incierto. La situación lo hizo buscar un horizonte más benévolo con un tío que lo recibió en Estados Unidos. Tres días después de llegar, empezó a trabajar en el diseño de un tramo del metro de Washington. A principios de los años setenta, Manrique Van Damme regresó al país y fundó una empresa de ingenieros, Consultoría Colombiana S. A., con la que diseñó distintas obras, y en 1983 empezó la historia de Cromas S. A., otra empresa dedicada a “proyectos de construcción, rehabilitación y mantenimiento de carreteras”, afectada años después por la crisis de InterBolsa.

Víctor Maldonado es extraditado a Colombia, desde España, en 2015. Hoy está libre. Foto: archivo particular.

En 2006, un funcionario de la comisionista GES Valores, a través de la que Manrique compraba acciones, le presentó a Alessandro Corridori, un toscano de ambición ilimitada que trabajó en una compañía de seguros en Italia hundida por la quiebra. Corridori había llegado a Colombia ese mismo año y su destino sería descubrir en poco tiempo el esplendor y los reveses de las fortunas truculentas.

InterBolsa le pareció a Manrique una opción rentable para sus negocios y Corridori lo entusiasmó para que en diciembre de 2007 abriera una cuenta en la comisionista. La empresa era confiable y se agregó un matiz sentimental: el padre de Corridori, durante un viaje que hizo a Colombia, le agradeció a Manrique la amistad de un hombre ya maduro con su único hijo.

El que no confía no vive me dice. Antes que confiar en Corridori, yo confiaba en InterBolsa. Además porque en su junta directiva tenía cuatro amigos: Andrés Peñate, exviceministro de Defensa; Daniel Feged, compañero en la junta directiva de Odinsa; Fidel Duque, miembro de las juntas directivas de Odinsa y del periódico El Colombiano de Medellín y presidente de la Fundación Santa Fe de Bogotá, y Luis Fernando Jaramillo, hermano de Rodrigo Jaramillo.

Gracias a Corridori, Manrique conoció a Juan Carlos Ortiz y a Rodrigo Jaramillo, fundador de InterBolsa hacia los años noventa. La relación llegó al extremo de fusionar, con un documento debidamente firmado, los portafolios que tenían Manrique y Corridori en InterBolsa. El crecimiento del portafolio de Manrique evolucionó de tal forma que las directivas lo felicitaron por sus operaciones en la comisionista.

El 8 de noviembre de 2012, una fecha que recuerda con la memoria implacable que suelen tener las malas noticias, durante el aniversario que se realizaba por los 20 años de Odinsa (Organización de Ingeniería Internacional), se enteró de que sus acciones de la compañía estaban en peligro. El presidente, Víctor Cruz, le explicó la razón: sobre las acciones había unos repos –venta de valores con un pacto de recompra; préstamos hechos con la garantía de unas acciones– por valor de 34.000 millones de pesos. Manrique llamó entonces a Corridori y lo escuchó nervioso y descompuesto en el teléfono.

Según el testimonio de Manrique, el dinero de las dos cuentas que tenía en InterBolsa con un monto semejante, cada una por 34.000 millones de pesos, desapareció de los portafolios que tenía a nombre de Cromas y de su compañía, Manrique y Manrique.

El 10 de noviembre de 2012, Manrique y Corridori se citaron en un restaurante en el norte de Bogotá, después de que Manrique respondiera a los mensajes virtuales enviados por Corridori de una manera insistente –la situación llegó al extremo cuando Corridori le dijo a Manrique que de no haberle respondido, se habría suicidado–. Corridori le aseguró que eran los socios de InterBolsa quienes lo presionaban, según Manrique, “como un sicario: haciendo el trabajo sucio de los directivos de la comisionista”.

La conversación que sostuvieron fue grabada en secreto por la sobrina de Manrique, Lina María Barguil, y agregada a un expediente junto con otras sorpresas,. Por ejemplo, unas declaraciones en las que Rodrigo Jaramillo aseguraba que Manrique había llevado a Corridori a InterBolsa y que la trayectoria profesional del empresario había sido una garantía para recibirlo –hasta el punto de que Rodrigo Jaramillo, dice Manrique, lo acusó de manipular las acciones de Fabricato y de precipitar el caos de InterBolsa–.

Manrique no duda en que la justicia y los argumentos siempre estuvieron de su parte para condenar a los Jaramillo

Además –agrega–, luego de vivir una experiencia tan sórdida como el secuestro es posible soportar el episodio de InterBolsa.

Los directivos de la comisionista tuvieron que enfrentarse de manera accidental con sus acreedores. A Rodrigo Jaramillo le gritaron durante una reunión en Medellín: “¡Paraco de cuello blanco!”. Lo insultaron cuando abordaba un avión y los pasajeros le manifestaron su odio de tal manera que los funcionarios de la compañía pensaron en bajarlo de la nave para calmar los ánimos enardecidos. “Pues un antioqueño al que le roban plata se convierte en un personaje muy peligroso”, me dijo una inversionista afectada por la crisis al recordar el episodio. Sus carambolas en las mesas de billar del Gun Club quedaron suspendidas después de que le prohibieron la entrada. Su hijo Tomás prefirió desvanecerse con cautela y aparecer lo menos posible en público. Celebraba las fiestas familiares en la intimidad de su apartamento para evitar exponerse a los accidentes eventuales de la agresión o del insulto. Cuando quería viajar a Santa Marta para encontrarse con los familiares de su mujer, Mariluz Ruano, hacía largos viajes por tierra y aprovechaba el anonimato de la carretera. Sus abogados y familiares les aconsejaron a Rodrigo y a su hijo Tomás que no abandonaran el país: sería una evidencia con la que podrían acusarlos como fugitivos ante la justicia y ante los acreedores. Aún así, Tomás viajó a España a finales de 2013 y le organizó otra vida a su familia, lejos de la vergüenza en el paisaje de Colombia.

Mientras que las relaciones familiares se deterioraron entre los Jaramillo Botero, el vínculo entre los hermanos y familiares de Juan Carlos Ortiz se hizo más fuerte. Las traiciones de Rodrigo y Tomás Jaramillo a sus parientes más cercanos, aprovechando su dinero en InterBolsa, no se repitieron en el ámbito familiar de Ortiz. La diferencia define la biografía y el temperamento de dos inversionistas que provenían de estratos sociales diferentes y tuvieron en común un mismo y desmesurado “apetito por el riesgo”. (12:39 A.M., Padres de familia mandan un mensaje a su hijo secuestrado)

Tomás Jaramillo, quien nació en Medellín a principios de los años setenta, fue el joven heredero de una fortuna familiar, ansioso del prestigio y la notoriedad que potenció con su idolatría por el dinero. Estudiante del Columbus School de Medellín, el secuestro de un amigo del colegio fue un aviso del terror impuesto por Pablo Escobar en la ciudad durante los años ochenta y del miedo amenazante que persiguió tanto a Jaramillo como a sus compañeros, que empezaron a vivir custodiados por guardaespaldas, a viajar fuera del país y a encontrarse en otras geografías donde pudieran escapar a las extorsiones de la mafia. Los padres de Tomás hicieron que viajara a Bogotá, donde vivió con una tía y lo matricularon en el colegio Nueva Granada, cuando tenía 15 años. Después de la multiplicación de las novias y de las travesuras propiciadas por la riqueza, su tío, el canciller Luis Fernando Jaramillo, le consiguió un cupo en la American University de Washington. Sin ser un estudiante brillante, alérgico de manera casi visceral a la lectura, pasó por la universidad y regresó a Colombia. Empezó a trabajar en la empresa de su padre siguiendo la tradición laboral de las familias que no saben dónde ubicar a sus hijos. Descubrió que Medellín era para él una ciudad provinciana y le insistió a su padre para que InterBolsa tuviera una sede en Bogotá. La personalidad de Tomás Jaramillo, según me la describió uno de sus familiares, es la del típico muchacho consentido, que nunca fue castigado y nunca recibió un consejo de su padre. “Por culpa de Rodrigo –agrega–, Tomás nunca trabajó en una empresa grande y no tuvo una vida profesional seria. Hiperactivo como era, pienso que le habría servido un tratamiento psicológico”.

El dinero como sinónimo del triunfo marcó su vida. Le gustaba coleccionar guacas y obras de arte, siempre y cuando el arte le garantizara la rentabilidad de su inversión.

–Los antioqueños son muy raros –asegura un familiar de Jaramillo–. Les gusta mucho tener edificios, empresas y plata. ¿Pero que un antioqueño compre arte? ¡Prefieren tener fincas! Y Tomás, aunque no es culto, sí es muy simpático.

El encuentro de Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz lo definió una de las hermanas de Ortiz, Ángela María Ortiz, con la certeza de las predicciones: “Los amigos de la infancia son los amigos verdaderos. Los amigos de negocios, no. Y Tomás fue un amigo de negocios”.

Pero antes de que la crisis de InterBolsa quebrantara la relación entre Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz, ambos creyeron en la ilusión de la amistad.

Juan Carlos Ortiz, nacido en Bogotá a finales de los años sesenta, es hijo de un abogado civil y de un ama de casa, con la que su padre se casó a los 27 años, cuando la muchacha estaba en cuarto de primaria y tenía solo 16. Criado en el seno de una familia de clase media alta bogotana, los negocios se convirtieron en su forma de vida desde que estudiara y se formara bajo la dirección del Opus Dei en el Gimnasio de Los Cerros de Usaquén –donde su apostolado corporativo trata de moldear a los estudiantes con “una profunda toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y del valor santificador del trabajo ordinario”–.

El empresario Alfonso Manrique Van Damme perdió 68.000 millones de pesos tras el desfalco. Foto: archivo particular

El mundo de Ortiz se encuentra al otro lado de la luna de donde se formó Tomás Jaramillo. Obligado a organizar la vida doméstica en compañía de sus dos hermanas debido a los viajes que hacían frecuentemente sus padres a los Llanos Orientales, donde el padre de Ortiz trabajaba en sucesiones de haciendas, las exigencias eran precisas para comer, hacer las tareas, acostarse, ir a misa y observar los preceptos radicales del Opus Dei –Ángela María Ortiz recuerda que en el Gimnasio Iragua, donde la matricularon sus padres, “confiando en el entorno católico de los colegios del Opus Dei”, tenía que ir a misa con velo negro, saco y guantes. No en vano, en el Gimnasio suponen que “la formación cristiana alimenta la inteligencia con la doctrina de la fe, ayuda al alumno a adquirir hábitos de conducta y de piedad personal, y a vivir, como hijo de Dios, conforme a la Voluntad de su Padre”–.

Desde su adolescencia, Ortiz hizo toda clase de negocios: vendió las galletas y los dulces que le traían sus padres de regalo cuando visitaban Venezuela; la ropa que compraba en Estados Unidos; los 35 sándwiches que preparaba todos los días, a las 5:00 de la mañana, y ofrecía a sus compañeros en la Universidad Javeriana. Desarrolló una aguda intuición que le permitió escalar en los negocios y le ayudó a cruzar sin mayores logros el colegio y la universidad, donde su talento para el tenis, que practicaba rigurosamente cada fin de semana, era inversamente proporcional a su disciplina académica.

Después de cursar cuatro semestres de Ingeniería Industrial, Juan Carlos Ortiz estudió Economía y empezó a definir su futuro en los negocios. Vendió pólizas de seguros, trabajó en una agencia de turismo, ingresó a la comisionista J. G. Garcés y fue sancionado en la Bolsa de Bogotá a finales de los años noventa por prácticas que afectaban, como dictaminó la Cámara Disciplinaria de la institución, “la transparencia y la confiabilidad del mercado bursátil”. Su pragmatismo le permitió reinventarse en Medellín cuando negoció InterBolsa con Rodrigo Jaramillo.

Un amigo de Ortiz recuerda que la compra de InterBolsa fue una evidencia de su sentido del riesgo y la oportunidad: “Juan Carlos negoció directamente con Rodrigo Jaramillo la compra del 50% de InterBolsa. No tenía un peso para hacer el negocio, pero le propuso a Jaramillo que le pagaría con el trabajo de su equipo y, efectivamente, a los seis meses ya le había cancelado a Jaramillo una parte considerable de la deuda”.

A la suerte del negocio se sumó la geografía: Juan Carlos Ortiz no se fue a vivir a Medellín y Tomás Jaramillo logró que InterBolsa tuviera una sede en Bogotá. La amistad de Ortiz con Jaramillo, que temieron tanto las hermanas como el padre de Ortiz, la seguridad con la que un familiar de Jaramillo recuerda cómo “la sociedad con Ortiz hizo aún más codicioso a Tomás”, la rueda de la fortuna en la que jugaron Rodrigo Jaramillo, Víctor Maldonado y sus socios de InterBolsa, decidieron el encuentro de dos jóvenes prometedores que, después de 15 años de hacer negocios juntos, se desquiciaron por la ambición y se distanciaron por la crisis.

InterBolsa empezó a crecer de forma considerable. La comisionista, creada en Medellín a mediados de 1990, pasó de un primer capital, cercano a los 17 millones de pesos, a manejar el 34 % del mercado bursátil del país. Cuando a finales de los años noventa Juan Carlos Ortiz y Rodrigo Jaramillo empezaron a trabajar en la compañía, InterBolsa tuvo un crecimiento tan desmesurado como la crisis que ocasionó su caída a finales de 2012.

En sus tiempos de esplendor, Ortiz y Jaramillo hicieron de la opulencia una forma de vida. Tomás Jaramillo se convirtió en una estrella de la crónica social, ilustrada por los fotógrafos de la vanidad. El matrimonio de Ortiz con una diva de la televisión nacional, Viena Ruiz, a finales de 2010, transformó a un personaje definido por sus familiares y amigos como alguien introvertido, que no expresa sus emociones aunque se esté derrumbando interiormente, en la figura recurrente de las noticias de la frivolidad –fiestas pomposas, eventos públicos, viajes registrados por los paparazzis del jet set doméstico–. Tanto Jaramillo como Ortiz hicieron de la riqueza una forma de la vanidad para exhibirla –una compañera que estudió con Jaramillo en el Columbus School recuerda su costumbre de hacer cada año una cena de Acción de Gracias, mucho después de que se hubieran graduado, con toda la utilería para la cena traída de Miami–. Demostraron que un millonario necesita el reconocimiento de otros miembros de su casta y que la soledad, en términos sociales, es una paradoja y desvirtúa sus características gregarias. Necesitan de los reporteros gráficos para registrar su presencia en los cocteles y publicitar a los miembros de un club selecto en el que se puede comprobar quién es quién según donde lo inviten.

—A mi papá le daban pánico las fiestas de Juan Carlos –afirma Ángela María Ortiz–. No lo culpaba a él sino a la gente de la que se rodeaba. Pensaba que lo hacía por darles gusto. Y desde que conoció a los Jaramillo, a finales de los años noventa, le aconsejó que no hiciera negocios con ellos. De hecho, nadie en la familia simpatizó con los Jaramillo. Mucho menos cuando a mi papá le molestó que los Jaramillo trabajaran con parientes que no aportaban nada y a los que les pagaban una fortuna en InterBolsa. Decía que se inventaban asesores totalmente innecesarios.

Alessandro Corridori es procesado por concierto para delinquir y otros delitos. Foto: Juan Carlos Sierra - Revista Semana

Antes de morir, en 2011, el padre de Juan Carlos Ortiz temió que InterBolsa sucumbiera al caos. No pudo atestiguar lo que había imaginado. El descalabro de una sociedad por la que Ortiz y Tomás Jaramillo compraron juntos una vasta colección de arte, un avión privado, una finca en Tenjo, y disfrutaron de algo semejante a la amistad, se resume en una frase que expresa la decepción de los Ortiz: “Desafortunadamente, Juan Carlos nunca nos creyó”, dice su hermana. También se refleja en la frustración de los Jaramillo, cuando una de sus familiares asegura: “Tomás puede ser una fiera, pero cayó en manos de otra fiera peor: Juan Carlos Ortiz”.

Con la crisis, las tensiones surgieron de una manera radical entre los Jaramillo y Ortiz. Los amigos de otro tiempo se convirtieron en rivales. Tomás Jaramillo le pidió su oficina a Ortiz y le negó la entrada a InterBolsa. Según la hermana de Ortiz, aunque el distanciamiento con Rodrigo Jaramillo fue evidente –más aún cuando Ortiz quería un presidente en InterBolsa que no fuera Rodrigo Jaramillo–, esto no impidió que Ortiz descubriera en Tomás a una persona diferente de Rodrigo, “tanto así que Juan Carlos no pudo creer lo que le estaba sucediendo con Tomás”.

Después de que lo despidieron, Ortiz tuvo el convencimiento de que Rodrigo y Tomás no serían capaces de resolver los problemas que enfrentaban. El sentido familiar trazó de nuevo un umbral entre los tres.

—Lo que más me aburre de los antioqueños –dice una pariente de los Jaramillo– es que no creen sino en la plata. Y la vergüenza social de Rodrigo es que nadie creía que en esa familia hubiera ladrones. Por eso les quedó muy difícil la vida en todas partes.

La relación de Rodrigo y Tomás Jaramillo se amargó con la crisis. Una situación insostenible si Ortiz se hubiera enfrentado con su padre. Los Jaramillo comparten la vergüenza social y familiar. Algo contrario a Ortiz. Un amigo de la universidad es enfático al declarar que Ortiz no podría enemistarse con sus parientes más cercanos, pues sería emocionalmente ingobernable, subrayando que “Juan Carlos no es nadie sin la familia”. Lo demuestran varios hechos: la compra de un lote en el que le pidió a su cuñado que construyera un edificio donde viviera toda la familia; la cautela doméstica para compartir con Viena Ruiz, en apartamentos diferentes, la vida con los tres hijos de su primer matrimonio y con los tres hijos del primer matrimonio de Ruiz; el cariño de magnitudes edípicas que siente Ortiz por su madre: según un amigo, Ortiz responde a las llamadas que le hace cuando está sola, “durmiendo entonces en la casa de la mamá, arrunchado con la mamá, en la cama de su mamá”.

Cuando estudiaba en la universidad, Juan Carlos Ortiz le dijo a su padre que estaba ansioso por comprarse un Rolex. El padre le respondió que si no compraba el reloj sería una persona miserable y tacaña, que trabajaría mucho sin disfrutar de nada, perdiendo el equilibrio. El consejo no fue en vano. Durante un viaje que hizo por Europa, cuando Ortiz promediaba sus tempranos 20 años de edad, vio una argolla de diamantes que estaba muy barata. Aunque todavía no pensaba en casarse, la compró aprovechando el precio. Tardaría cerca de diez años en disfrutar la ganga el día de su primer matrimonio. No en vano, un amigo no deja de sorprenderse por la costumbre de Ortiz, que lo llama tan pronto como se le ocurre un negocio, sospechando que apenas le alcanza el tiempo para descansar de su obsesión.

Tomás Jaramillo, unos meses antes de que explotara la crisis, compró una camioneta Porsche. El auto compartió el garaje de InterBolsa con una flota de autos bmw. Quizá fueran más rentables que su colección de arte: cuando le aconsejaron que la vendiera, pensó que unos cuadros no le servirían para pagar sus deudas.

Los Jaramillo evitaron el tema de la comisionista durante los encuentros familiares para tratar de atenuar las tensiones en el teatro doméstico, donde se repartieron los papeles de villanos y de víctimas. En Medellín es un lugar común referirse a la manera como InterBolsa comprometió la historia de Fabricato al manipular sus acciones. Los amigos y parientes se preguntaron sobre el tema en términos de vergüenza judicial. Por qué desvirtuaron lo que un corredor que trabajó con Ortiz en InterBolsa definió como la forma más sensata de hacer negocios: operar únicamente con aquello que se puede garantizar. Dicho de otra manera por el inversionista norteamericano Warren Buffet: “Pon tu boca donde estuvo tu dinero”. Hablar con la certeza de una garantía que respalde a las palabras.

La admiración por la sagacidad de Ortiz –“aunque no manejara un computador”, recuerda un corredor que trabajó en la comisionista– y su arrojo para los negocios como un matiz recordado con asombro y de manera recurrente por sus colegas, evidenció tras la crisis un rencor que se ha expresado de distintas maneras.

El orgullo de club privado que caracteriza a los corredores de bolsa hizo que algunos de ellos recalcaran con desprecio el origen de Ortiz, su forma de sobrevivir vendiendo lo que pudiera en la universidad, su ansiedad por ser aceptado socialmente en el gremio. “Le hizo falta cuna”, afirmó, sin disfrazar su rencor, un rival de Ortiz. Otro corredor lo considera al contrario: “Aunque Tomás Jaramillo hubiera nacido con el privilegio del dinero, el trabajo de Ortiz en InterBolsa fue evitar que Tomás hiciera locuras con la empresa”. Un inversionista tuvo un punto de vista más equilibrado acerca de Ortiz y aseguró que cambió la actitud social del medio cuando un apellido no es tan importante como el talento de una mente ágil y brillante. Pero la “locura” de Tomás Jaramillo, supuestamente controlada por Ortiz, también los desbordó. Motivó el caos de la empresa al que contribuyeron sus socios en la comisionista. “Sin Ortiz –declaró otro corredor–, InterBolsa no habría tenido la dimensión que consiguió en el mercado”. (¿Qué pasó con Emma Reyes?)

Una fotografía, publicada el 24 de diciembre de 2015 en la prensa nacional, enseña el revés de la fortuna a la que estuvieron acostumbrados los funcionarios de InterBolsa. Víctor Maldonado aparece custodiado por varios agentes del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía General de la Nación mientras es conducido a la cárcel La Picota. En la imagen de tonos oscuros y fríos, Maldonado viste una chaqueta de color gris metálico y material sintético, una bufanda y una gorra de béisbol semejante a la que utilizan los agentes para identificarse. Se distinguen por las siglas de la institución, cti, impresas sobre la visera, mientras la gorra de Maldonado enseña el logotipo de Nike –una adaptación comercial de Niké, la diosa de la mitología griega que encarna la justicia y la victoria–.

El rostro de Maldonado evidencia los estragos del cansancio. Se descubre enfermo y demacrado. Sus ojos enseñan la mirada de la frustración. Representa el final de una historia alrededor de la codicia y sus delirios. Acusado por varios delitos –captación masiva de dinero, estafa agravada, concierto para delinquir, con una participación en el fraude que afectó a los inversionistas de InterBolsa en una cantidad cercana a los 130 millones de euros–, el regreso de Maldonado al país, fugitivo en España desde febrero de 2015, donde fue detenido y extraditado a Colombia en noviembre del mismo año, concluyó con otro giro inesperado de la suerte: fue ubicado en el mismo pabellón en el que se encontraban Juan Carlos Ortiz y Tomás Jaramillo. El fundador de InterBolsa, Rodrigo Jaramillo, logró salvarse de vivir en una celda: condenado en agosto de 2015 a siete años de prisión domiciliaria en Medellín, Jaramillo está inhabilitado para ejercer cargos públicos durante siete años y deberá pagar una multa de 12.000 salarios mínimos –con el salario mínimo establecido en Colombia durante el 2015, 644.350pesos–.

La empresa familiar de los Jaramillo, asociada con Ortiz, pasó de ser una comisionista modesta a una empresa definida por su eslogan: “Todos los mercados, una sola compañía”. En el lugar donde abrieron sus oficinas, cuando se trasladaron de Medellín a Bogotá y consolidaron su imagen, los avisos de InterBolsa fueron el símbolo de un esplendor que se construyó con rapidez vertiginosa y sucumbió a su ambición. Un símbolo deteriorado que sirve como metáfora para comprender la ansiedad de riqueza de Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz, demostrando que una amistad siempre es dudosa cuando basa su confianza en el dinero.

* Escritor, periodista y crítico de cine. Publicó en 2016 el libro de relatos Tratado de simiología (Seix Barral).

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