Es elástico. Sentado, lleva las manos sin problema hasta la punta del pie derecho, que tiene estirado, mientras recoge la pierna izquierda y forma un triángulo. John González, el mejor futbolista ciego de Colombia, se prepara para entrenar en la cancha de pasto sintético que tiene la Gobernación de Cundinamarca. Es viernes en la tarde. Hay un sol radiante. John se pone cuidadosamente un antifaz blanco para protegerse los ojos, que alguna vez fueron azules pero ahora son grises y borrosos. Aprovecha para peinarse con las manos el pelo castaño y acomodarse un pequeño arete que tiene en la oreja izquierda. (La resurrección de Falcao)

—Igualito a Cristiano —le digo, al notar que su peinado, más corto en los lados que arriba, es similar al del portugués.

Jhon tiene 20 años, mide 1,73 y juega de delantero. Es flaco pero tiene piernas fornidas de futbolista. Sonríe mientras domina, con toques cortos entre pie y pie, un balón verde que no para de sonar. Pasan tres segundos y arranca por la izquierda, desde mitad de cancha, hacia el arco contrario. Tiene un conocimiento abismal sobre su ubicación en el campo de juego. Engancha dos veces hacia la derecha. Sigue con la pelota atada a los pies y, más que correr, parece deslizarse. Saca un remate fulminante, de unos 12 metros, que besa el poste izquierdo del arco rival. Cuando siente el golpe en el palo, se ríe.

—Era un golazo —grita. Y sí, era un golazo.

Los jugadores de fútbol 5 para ciegos deben usar en los partidos oficiales guayos para pasto sintético, canilleras y un antifaz que debe cubrir por completo los ojos.

Afuera de la cancha, varios incrédulos le preguntamos cómo carajos hizo esa jugada. John simplemente responde que la próxima sí le entra. Sale del campo, se quita la camiseta y guarda meticulosamente el uniforme en su maleta. Tiene el número 9, como Radamel Falcao García, su ídolo.

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El fútbol 5 para ciegos es un deporte basado en las reglas del fútsal y el fútbol de salón, pero adaptado a personas con discapacidad visual. Cada equipo cuenta con cuatro jugadores de campo —todos categoría B1, es decir, totalmente ciegos, como Jhon— y un arquero que sí ve. El balón tiene unas pequeñas cámaras que emiten sonidos parecidos a los de un cascabel, y la cancha, de pasto sintético, está rodeada por vallas de protección para evitar que la pelota salga por los costados. Cada vez que un jugador tiene el balón o quiere quitarlo, debe decir la palabra “voy”. Así, no solo evita accidentes, sino que ayuda a los demás jugadores a ubicarse en el terreno de juego. El aquero, el entrenador y un guía —que se hace detrás del arco rival— pueden darles indicaciones a los futbolistas. Les gritan cuándo deben pasar la pelota o cuándo rematar. Se juegan dos tiempos de 20 minutos, pero el reloj se detiene cada vez que el partido para. Los cambios son ilimitados.

Avalado por la Ibsa —algo así como la Fifa de los ciegos—, este deporte es paralímpico desde 1996 y cuenta con más de 50 federaciones por todo el planeta. En 1998, Brasil realizó el primer Mundial y, desde entonces, solo los brasileños, con cuatro títulos, y los argentinos, con dos, han sido campeones mundiales. (10 Razones para volver a creer en el ‘Tigre‘ Falcao)

Hoy, existen en Colombia cerca de 35 clubes de fútbol 5 para ciegos. Jhon hace parte de La Unión de Facatativá, uno de los dos equipos de Cundinamarca. Llegó al club cuando tenía 16 años. Poco después, inevitablemente, fue llamado a la Selección Colombia y se convirtió en el delantero que necesitaba el equipo nacional. Su habilidad para regatear, controlar el balón y anticiparse a los demás es asombrosa.

—Oiga, Jhon, ¿cómo hace? —le pregunto.

—He jugado toda la vida. Desde muy pequeño me grabé el arco en la mente.

Parte del equipo de Cundinamarca, el departamento que más jugadores aporta a la Selección Colombia. Varios de ellos tienen más de 50 años.

John puede jugar por cualquier punta, aunque prefiere la izquierda para encarar hacia adentro, aprovechar su perfil derecho y patear al arco. Así, enganchando hacia el centro, metió el gol que le dio a Cundinamarca la Copa Libertadores 2015, en Perú. Y así también fue el goleador, con siete anotaciones, del Mundial de clubes de República Checa, que se le escapó al equipo cundinamarqués hace un par de meses, tras perder la final por penales contra el Anderlecht de Bélgica, porque, según John, “ellos rezaron los palos”.

En marzo pasado, integró el plantel colombiano que logró el cuarto puesto en los Juegos Parapanamericanos Juveniles de São Paulo. En tierras brasileñas, los técnicos de varios clubes locales lo ojearon, pero fue el Uniace Brasilia el que logró ficharlo para jugar el Brasileirao de Ciegos, el torneo más competitivo del mundo. Estuvo un mes por fuera y, aunque su equipo salió eliminado en primera ronda, hizo cuatro goles en dos partidos.

—Pero a Brasil vuelvo… además ya aprendí algo de portugués.

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Según el Instituto Nacional para Ciegos (Inci), en Colombia hay más de 1. 200.000 ciegos y casi el 80 % son de estratos 1 y 2. Jhon, el menor de ocho hijos, hace parte de ese porcentaje. Nació el 28 de julio de 1997 en Soacha, Cundinamarca, y ahí vivió hasta los 13 años, cuando se fue a la vecina Bogotá con dos de sus hermanas. Llegó al sureño barrio de Tres Esquinas, en Ciudad Bolívar, una de las localidades más peligrosas de la capital. Todavía vive ahí, en una casa de tres cuartos para ocho personas: John, sus hermanas Ruby y Leidy y cinco de sus sobrinos. Hace tres años, su papá, obrero de construcción, murió en un accidente laboral: cayó de una escalera mientras arreglaba la luz de un bar. Su mamá, que lleva 20 años trabajando como empleada doméstica de una familia que vive en Toberín, en el norte de Bogotá, se volvió a casar.

Jhon dejó de ver cuando tenía 8 años. Pero los problemas de visión le empezaron a los 5, tras un fuerte golpe en ambos ojos cuando perdió el equilibrio mientras saltaba lazo en un parque.

—Yo era inquieto, corría mucho —recuerda.

Y esa inquietud llevó a que sufriera un desprendimiento en las retinas. Nunca volvió a ver bien y empezó a sufrir de cataratas, la causa más común de ceguera.

Aunque creo saber la respuesta, le pregunto si no intentó operarse.

—Buscamos por todos los medios, pero mi familia es muy humilde y fue imposible pagar tratamientos —dice, y confirma mi sospecha.

Le pregunto algo obvio, casi que por inercia.

—¿Acaso no le gustaría volver a ver?

—¡Claro! Pero la verdad no sé si se podría ni cómo sería esa operación. Yo por ahora estoy feliz.

Pero no siempre fue feliz. Tras quedarse ciego, Jhon se volvió rebelde. No aceptó entrar a un colegio para discapacitados y no ayudaba en la casa. Sin embargo, nunca dejó de patear un balón. Desde que aprendió a caminar, le gustaba jugar fútbol. Y luego, sin importar su ceguera, lo hizo siempre con balones normales, “insonoros”. Hoy lo sigue haciendo cuando juega con sus sobrinos en el barrio. Esa, me doy cuenta, es una de sus grandes virtudes en la cancha.

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La primera Selección Colombia de fútbol 5 para ciegos fue creada en 1992, pero hay que remontarse a mediados de los años setenta para encontrar los inicios de este deporte en el país.

—Nosotros jugábamos en institutos de ciegos con latas y tarros de betún, porque hacían ruido —me cuenta Luis Antonio Castañeda, un hombre de 59 años, con algunas arrugas en los ángulos de los ojos, pelo negro corto y rodillas gastadas. Este hombre, que sigue jugando y es delantero de la selección de Cundinamarca, es una de las personas que más conocen este deporte en Colombia. (El Falcao indígena)

Pese a quedar ciego, Jhon siguió jugando con balones normales y eso le ayudó a dominar más fácil las pelotas para ciegos, que suenan. El 9 puede hacer hasta seis toques en el juego de la 21.

Castañeda quedó ciego a los 7 años, después de que una granada explotó a su lado mientras veía unos ejercicios militares en la Escuela de Cadetes de Bogotá. La ceguera nunca lo frenó: se graduó de abogado, fundó la Liga de Cundinamarca de futbolistas ciegos y le ha dedicado gran parte de su vida a fabricar y comercializar balones “sonoros” para este deporte. Su casa, en el barrio Rionegro, en el occidente de Bogotá, está llena de balones. Ahí tiene su taller. Mientras se asegura de que una cámara de aire quede perfectamente soldada, me cuenta que se demora unos 15 días en armar un balón y que los vende principalmente a países europeos.

Don Luis no es la única persona de la casa que está metida en el tema del fútbol para ciegos. Su esposa, Olga, supervisa el club La Unión, el mismo de John, y se encarga de apoyar a los jugadores de Cundinamarca cuando viajan a diferentes torneos.

—Una vez, en Barranquilla, me tocó hasta ser guía —me cuenta mientras vemos el entrenamiento de John y cae la tarde sobre la sede de la gobernación.

Luis Alejandro, de 22 años, es su hijo menor y lleva cuatro años siendo el portero titular de Cundinamarca. Además, ya tuvo su primer llamado a la Selección Colombia.

Juan Carlos Castañeda, otro de los hijos de don Luis, es el entrenador de Cundinamarca y de Colombia. Tiene 39 años. Lleva una sudadera azul con logos de la Gobernación y usa un poco de gel. Tiene cerca de 70 cursos de entrenamientos deportivos y se capacitó en Brasil como profesor de fútbol 5 para ciegos. Durante un tiempo fue jugador profesional de microfútbol y arquero de fútbol 5 de ciegos. Pero se cansó y ahora es “el profe, el que más sabe”, como dice con orgullo don Luis.

Acepto recibir una clase teórica con el “profe”, quien, en poco más de una hora, me enseña todo lo que necesito saber sobre este deporte. Me cuenta que usan una táctica 2-2 cuando hay que tener balance en el campo, y que se puede pasar a un esquema 1-1-2, cuando la cuestión es salir a atacar. Y, con rabia, me suelta que los árbitros siempre les ayudan a los argentinos y los brasileños.

Desde 2005, cuando Juan Carlos asumió la selección de Cundinamarca, el equipo ha conseguido siete títulos y tres subcampeonatos nacionales, además del oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Guatemala 2013 y la primera Copa Libertadores para el país, la de Perú en 2015, cuando John González marcó el gol del título.

—El talento de John es innato —me dice Castañeda al recordar la primera vez que vio al 9, junto a cinco de sus sobrinos, en un entrenamiento en la cancha de hockey del Parque Nacional, en Bogotá.

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Jhon necesitaba un empujón para enderezar el rumbo y volver a estudiar. Y encontró la motivación en su llamado a la Selección, en el apoyo de los compañeros, en la confianza del técnico y la compañía de su familia. Lleva cuatro años en el colegio José Félix Restrepo, donde estudia por las noches, de 6:00 a 10:00. Según el Inci, actualmente hay 10.804 estudiantes con alguna discapacidad visual en diferentes entidades educativas.

—Jhon es muy inteligente, es maduro y le gusta colaborar —me dice Diana León, una de las profesoras del colegio. Según León, el delantero aprendió muy rápido el braille, la técnica que usan los invidentes para leer. Cree que el fútbol le devolvió las ganas de aprender.

El próximo año se gradúa del colegio y sueña con entrar a la universidad. Quiere estudiar Comunicación Social y Periodismo Deportivo. Le cuento que yo estudié eso y, naturalmente, nos ponemos a hablar de fútbol.

—El de España me aburre; es una liga de dos equipos. Yo me quedo con el inglés y con la Champions —dice—. Acá me gusta Atlético Nacional y cuando juega Colombia, para mí es día cívico. La actual es la mejor Selección que hemos tenido, y el viejito Pékerman es un grande.

Como buen delantero, le gusta la rebeldía de Teófilo Gutiérrez, pero vuelve y menciona a Falcao como su favorito, lo adora.

—Es humilde, es un guerrero, nunca se dio por vencido y hoy otra vez la está rompiendo —sentencia John. Y no se equivoca.

Comparto lo que me dice, pero todavía no entiendo cómo hace para entender el fútbol.

—Fácil: tengo cerca el televisor y como he jugado toda la vida, me armo el mapa mental de la cancha y me dejo guiar por los comentaristas —me explica. A veces ve partidos con sus compañeros y, como cualquier enfermo futbolístico, debate con ellos sobre esquemas, equipos y técnicos.

—En la casa, cuando hay fútbol, siempre está pegado al televisor —dice su sobrina Nicole, mientras busca el mejor ángulo para sacarle fotos con el celular a su tío en pleno entrenamiento. John me cuenta, además, que escucha religiosamente el programa de radio El pulso del fútbol.

También disfruta de otras actividades que difícilmente uno relaciona con un invidente: va a cine o a bailar con Andrea, su novia, que también es ciega. La conoció en el colegio y ya llevan dos años juntos.

Su hermana Ruby está desempleada. Su último trabajo fue como empacadora en un supermercado. Cuando le pregunto por Jhon se emociona y no tiene dudas al decirme que él es muy noble, sencillo y dedicado.

—Es el motor de la casa y es un orgullo verlo jugar así de bien. El fútbol lo hace una mejor persona. El fútbol, siempre el fútbol…

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El piso de las canchas de hockey del Parque Nacional está compuesto por centenares de baldosas cuadradas de color granito. A los costados, unas rejas verdes no dejan salir los balones-sonajeros fabricados por don Luis. Ahí entrena casi siempre la selección de Cundinamarca, porque las medidas y las mallas protectoras se adaptan al reglamento. Don Luis y algunos de sus compañeros discuten sobre la goleada del Junior al América y la llegada de Teófilo Gutiérrez al equipo barranquillero. (Fichajes que salieron regalados)

—Voy —grita un habilidoso puntero derecho de pelo negro corto, medias blancas largas y antifaz negro. Deja tirado a un defensor y lanza un cohete con la pierna izquierda. Golazo al ángulo. Todos felicitan a “Sebas”.

Sebastián Zárate tiene 34 años y es el otro delantero titular de la Selección Colombia. Quedó ciego a los 15, tras una fuerte enfermedad que le atacó las retinas. Llegó en 2003 al equipo y viajó al Mundial de 2010, en Inglaterra, cuando Colombia consiguió el sexto lugar. Ahora es el capitán del equipo, estudia inglés y trabaja en una papelería.

—No es tan fácil contratar a un ciego —asegura. Y tiene razón: en 2005, el Departamento Nacional de Estadística (Dane) registró que apenas el 17 % de la población invidente colombiana tenía trabajo.

—¿Qué es lo más jodido de este deporte? —le pregunto a Sebas.

—Adaptarse al sonido de las voces de los demás.

—Pero usted y Jhon se entienden a la perfección.

—Sí, John es la magia, él mostró su calidad desde el día que llegó. Yo solo intento complementarlo.

—Tremenda dupla, usted parece Cuadrado y él, Falcao…

Sebas asiente. Él sabe que las dos duplas podrían hacer historia pronto, cada una en su categoría. Mientras la Selección Colombia de fútbol está cerca de clasificar al Mundial de Rusia 2018, en noviembre Jhon viajará a Chile para jugar la Copa América, torneo que dará tres cupos al Mundial para ciegos España 2018. En Rusia, Falcao buscará reivindicarse y liderar a Colombia. Jhon piensa hacer exactamente lo mismo en España.