Borges dijo que no era necesario leer el Quijote para sentir que se conoce de manera familiar a ese hombre viejo y enjuto que enloqueció a causa de una biblioteca, se enamoró de una campesina de nombre risible, a quien rebautizó como Dulcinea del Toboso, y se embarcó en una guerra monumental con molinos de viento en un caballo famélico que él imaginaba alto y significativo. Y aquel argumento del escritor argentino también parece irrebatible ante Freddie Mercury, el famoso vocalista de la banda de rock inglesa Queen, quien por la omnipresencia de sus canciones en comerciales, en películas, en YouTube, en desfiles de moda, en centros comerciales, en salas de espera, en actos cívicos colegiales, en ringtones, en taxis, etcétera parece ser un amigo más aunque uno no sea fanático de su música o no se sepa a la perfección sus letras, un amigo de esos de los que creemos conocerlo todo. (Lea también: Un santo criminal: el polémico documental sobre Osho)

Freddie Mercury resulta tan familiar, que incluso los hombres que se creen más machos lo ven como uno de los suyos, aunque él se burlara de eso. Decía: “Sobre el escenario puedo ser el macho que todo el mundo quiere que sea”. Y lo era. Aunque no lo fuera o no importara. Pero, además, era muchas otras cosas, y durante su vida fue decenas de personas en una, a veces contradictorias, muchas de ellas señalando las imperfecciones salvajes de un cantante perfecto (que ha sido considerado como el vocalista más brillante de la historia). Y por esto es posible crear un diccionario con los diferentes “Freddies” que su genialidad nos legó. Como ha declarado Rami Malek, el actor estadounidense de origen egipcio que lo interpreta, “siempre es Freddie, pero hay diferentes versiones de él, lo cual me parece hermoso”. Aquí, una revisión sucinta de cuatro caras de un artista impredecible, excesivo, solitario, irrepetible.

Amor

“De todo con todo mundo”, así contestaba Freddie en los ochenta cuando los amigos le preguntaban si le preocupaba contagiarse de sida. No, no pensaba en eso, simplemente hacía “de todo con todo el mundo” y tenía “sexo sin ton ni son”, como lo confesó Jim Hutton, su último novio. Eso sí, Jim aclaró que de Freddie no podía pensarse que la práctica del sexo desenfrenado era un sucedáneo del amor. Aunque sí era cierto que lo más perseguido por el cantante fue el afecto, el mismo que faltó en su infancia a causa de la frialdad de sus padres y que luego quiso multiplicar desde sí mismo hacia los otros. Uno de los grandes temas de su vida, como lo dice Malek, fue “la búsqueda y la necesidad desesperada de encontrar el amor y cómo el amor lo eludió”. Freddie fue un hombre que amó con todas las fuerzas y locuras y límites del amor no medido, efervescente, que cae sobre los demás y las cosas como plomo, porque nada pesa más que el amor que se levanta sobre la imaginación, desde la ausencia de amor. Y Freddie, el que escribió y cantó This thing called love / I just can’t handle it / This thing called love / I must get round to it (Esta cosa llamada amor / simplemente no puedo manejarla / Esta cosa llamada amor / necesito acercarme a ella), fue un hombre que supo convertir esa angustia permanente por el amor en música extraordinaria. Incluso su cuerpo, su apariencia, sus trajes, eran gritos enfáticos para que los ojos del mundo se detuvieran en su magnífica luz y le dieran toda la dulzura. (Lea también: Los ladrones más "tontos" de Ciudad del Cabo)

Espejos

Farrokh Bulsara se mira una, tres, diez veces al espejo antes de salir para su escuela en Zanzíbar, en la isla africana de Unguja. Es un niño tímido, hijo de parsis, de intenso pelo negro y monstruosos dientes que parecen decirlo todo de él antes de que pronuncie cualquier palabra. Farrokh cambiará su nombre a Freddie durante la adolescencia y continuaría pasando momentos eternos frente al espejo, arreglando sus salidas al mundo. Entonces Freddie está frente al espejo en India, donde estudió parte de su secundaria internado, antes de regresar a Zanzíbar. Y Freddie está frente al espejo en Londres a sus 18 años, cuando la familia llegó huyendo de la revolución en África. Y Freddie está frente al espejo en los setenta y ochenta, siendo el rostro camaleónico de Queen. “Freddie era muy maniático con su apariencia (...) siempre se pasaba horas delante del espejo arreglándose”, ha declarado Kashmira, su única hermana. Y nada más parecido a una premonición: el hombre que cambiaría para siempre la manera de estar en el escenario, el showman, el impredecible, parecía querer aprenderse de memoria las formas de su rostro para ocultar sus defectos y dar su mejor versión ante el público. Aunque el niño, el adolescente y el joven que soñaron con ser una estrella de la música con seguridad se quedaron muy cortos imaginando el futuro, aquel en el que Freddie Mercury destruyó todos los estereotipos existentes sobre la masculinidad y la belleza.


Malek confesó que lo más difícil de interpretar a Mercury fue "entender cómo se movía y por qué se movía así" en el escenario. 

Orgullo

Perfecta, pura y cristalina se ha definido la voz de Mercury, quien nunca tomó clases de canto. Perfecta, pura y cristalina, como se puede sentir en Bohemian Rapsody en sus puntos más altos, en sus mama miaaaaa, mama miaaaaa infinitos, dulces y conmovedores. Queen, a diferencia de otras bandas de rock, es inconcebible sin su vocalista, y más exactamente sin su voz perfecta, pura y cristalina, que corrió arrastrando a su paso (y corre aún) legiones de admiradores. Freddie lo sabía y por eso la usó para provocar todo tipo de sentimientos, solo hay que entrar a YouTube y revivir la que es considerada la presentación más fabulosa de un cantante, el 13 de julio de 1985 en Wembley, en el concierto conjunto Live Aid. Por esta razón no puede extrañar que el mayor orgullo de Freddie, como lo han contado varios amigos, no sean los estadios repletos y las sesiones de rock vertiginosas o las superventas. Su mayor logro fue haber cantado con la soprano catalana Montserrat Caballé, con quien se había obsesionado desde comienzos de los ochenta después de escucharla en el Opera Royal House de Londres. En 1987 cumplió su sueño de grabar un disco con ella, ya enfermo de VIH, por lo que fue una especie de adiós, como lo confesó Caballé: “Pocas veces tienes la suerte de cantar con alguien que se va”. Y mientras cantaron, mientras ella y un pequeño círculo sabían que se iría pronto, el mundo ignoraba que perdería a la vuelta de la esquina su mejor perfomance.


Freddie decidió cambiar su apellido a Mercury cuando Queen comenzó su historia. El cantante murió en 1991 por complicaciones asociadas al VIH.

Queen

“No creo que haya nadie que no conozca una canción de Queen”, ha dicho Malek. Por eso interpretar a Freddie ha significado para él darle vida a uno de los grandes artistas del siglo XX y uno de los más de los pocos realmente globales. Freddie, como él quería, como prefería que lo llamaran, llegó a ser una big queen, una imagen monumental y respetable, solo a la altura de los dioses. Como escribe Lesley-Ann Jones en su biografía sobre el cantante, a Freddie “le entusiasmaba su androginia y adoraba su aroma regio”. Amaba ser la gran reina, y por eso propuso este nombre a sus compañeros de grupo, que se rehusaron al comienzo (decía que los nombres más potentes eran los de una sola palabra). Sin embargo, logró convencerlos con el argumento de la ironía: no existía mejor nombre que Queen, en Inglaterra, para una banda de rock comandada por hombres. En un país monárquico donde Dios está llamado a salvar a la reina. Ese mismo país donde Freddie reunió en un solo cuerpo flexible, 1,77, delgado y peludo todo lo bello, fuerte y etéreo de las reinas y todo lo bello, fuerte y etéreo de los supermachos. (Lea también: Herencia maldita)


Montserrat Caballé y Mercury cantaron Barcelona, que en los Juegos Olímpicos de 1992 en esa ciudad se convirtió en el himno oficial.