Comencé a ver hentai porque era raro, porque para mí fue parte de la moda de lo singular. Empezando la década de los noventa, lo alternativo, una forma de lo marginal, se puso de moda sin cambiar de nombre. Nos llenamos de bares alternativos, música alternativa, cine alternativo. Y alguna noche en un bar de esos vi que pasaban un anime que nunca había visto, que no imaginaba posible: dos jovencitas —con sus respectivos pelos de colores y ojos gigantes— retozaban desnudas en una cama y, súbitamente, de la entrepierna de una de ellas surgía un miembro masculino con el que penetraba a su compañera. Casi colapso de la impresión. Positiva, claro.

El manga y el anime eran algo que comenzaba a interesarme; era, y sigo siendo, total fanático de Akira y había disfrutado Evangelion, aunque nunca entendí el final. Pronto logré, con gran esfuerzo, hacerme con cintas de VHS copiadas en las que pude ver Urotsukidõji y Pandora.

Homero y Marge Simpson en acción.

La primera no tiene título en español, pero se conoce en inglés como Legend of the Overfiend y tiene una premisa sobrenatural en la que hombres, demonios y criaturas híbridas luchan por el control de la Tierra. Lo curioso es que no tienen armas distintas a sus propios cuerpos y, más curioso aún, es que siempre terminan tirando: porque son amigos, porque son enemigos, porque no saben si son amigos o enemigos. Es algo así como tomar una leyenda, una historia tradicional, y hacer que todos los eventos que narra confluyan en el sexo. La Madremonte sabroseándose al Mohán, digamos.

Había, sin embargo, un pequeño detalle que me llamaba la atención: solo la cuarta parte de los actos sexuales se daban entre humanos que parecían disfrutarlo. El resto consistía en encuentros entre monstruos dándose garra (literalmente) o entre monstruos y humanos en los que la violencia era reglamentaria. De los primeros salían tentáculos fálicos con los que inmovilizaban y luego penetraban a sus víctimas. Por su parte, estas pasaban pronto de los quejidos dolorosos a unos intensos gemidos de placer que no dejaban de ser inquietantes. Algo curioso, para ver eventualmente y ya, sin pensar mucho en ciertas implicaciones algo oscuras de esta representación tan violenta del sexo. Así que eso fue: vi el par de “pelis” y me olvidé del asunto.

Leela, la cíclope de Futurama, también es un exótico objeto de deseo.

Fue después, en 2010, cuando se popularizó el streaming y se hizo común la conexión de banda ancha, que me topé de nuevo con el hentai. Y si hacía años me había interesado porque era raro y marginal, ahora volvía a verlo por las razones contrarias: era fácil de encontrar y bastante apetecido por el cibermundo. Eran muy populares clásicos como La Blue Girl, con su particular mezcla de humor bennyhillesco, sus ninjas y criaturas sobrenaturales, o Cool Devices, una serie de historias con un aire de leyenda urbana proclive al BDSM (Bondage, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo). Lo que definitivamente seguía igual era lo extremo que podía llegar a ser el contenido, así que pronto mi curiosidad se convirtió en cansancio y no busqué más.

El término hentai tiene en Occidente una amplitud de significados de los que carece en su idioma original. En japonés hace referencia específicamente a la perversión, a un comportamiento que se aparta de lo habitual y que se considera depravado. Es claro que no se trataba de un calificativo neutro ni moderado. De hecho, el primer anime hentai, producido en 1984, se llamó The Lolita Anime y fue pésimamente recibido por amplios sectores de la sociedad japonesa relacionados con el manga y el anime, que lo consideraron grotesco y perturbador. Sin embargo, el mercado no respondió igual y esta serie fue el inicio de un género que pronto se hizo muy popular dentro de la enorme y compleja industria pornográfica japonesa.

La Mujer Maravilla y el Capitán América en un acto “heroico”.

En este lado del mundo el término se usa como sinónimo de pornografía en animación, sin que necesariamente tenga que ver con comportamientos perversos, pero cualquier persona que vea una serie completa de estas notará que el espíritu del género sigue siendo fiel a sus orígenes. Claro que la mirada occidental no puede compararse con la japonesa. A fin de cuentas, la censura de contenidos sexuales ha sido tradicional en Occidente y se ha ido levantando recientemente. En Japón, por su parte, existe una larga tradición de representaciones gráficas de la sexualidad y cierta censura fue tardía.

El ejemplo perfecto de esto son los grabados shunga, que se produjeron en grandes cantidades desde 1600 hasta inicios del siglo XX. Eran representaciones bastante explícitas de todo tipo de actividades sexuales, y resulta imposible imaginar que algo remotamente similar existiera en Europa o sus colonias en esos tiempos. Precisamente uno, del gran Hokusai, El sueño de la esposa del pescador (1814), en el que aparece una mujer teniendo sexo con dos pulpos, es citado como un antecedente de las series de hentai protagonizadas por monstruos con tentáculos. Cierto o no, el hecho es que tanto el tradicional shunga como el hentai son lenguajes mediante los cuales una sociedad encontró la manera de representar deseos sexuales de diversa naturaleza, desde los más comunes hasta los más oscuros.

La protagonista del popular anime Sailor Moon, en versión hentai.

El crítico y ensayista George Steiner dice en Palabras de la noche, su maravilloso ensayo sobre obscenidad y pornografía, que “las matemáticas del sexo llegan hasta el 69 y no hay series trascendentes”. Alude a que la representación pornográfica es limitada si no hay algo de interés narrativo, intelectual, humano, que la sustente. Este parece ser el caso de los estudios de animación japoneses, en los que siempre se considera necesaria una historia que soporte la representación de actos sexuales, aunque rara vez estas revisten un interés verdadero y más bien tienden a ser pretextos para explorar fantasías eróticas con frecuencia extremas.

Y es que si bien hay hentai para gustos variados y no todo son monstruos violadores hipertentaculados, la verdad es que es un género que tiende a contenidos considerados bastante incorrectos en Occidente: además de que la violencia es frecuente, son habituales el sexo no consentido y diversas parafilias, además de la consabida fetichización japonesa de los uniformes escolares y las mujeres de aspecto extremadamente juvenil. Esto en particular ha llevado a que series muy populares en Japón solo puedan verse en Occidente en versiones censuradas y que países como Canadá, Francia y Australia hayan ilegalizado bien sea la producción o la posesión de dibujos que representen menores de edad en situaciones sexuales.

En el hentai japonés la violencia, el sexo con monstruos y todo tipo de perversiones contra figuras angelicales son la regla.

La enorme popularidad del hentai quizá no se deba a una sola razón. Por un lado, está el aspecto obvio: los dibujos animados son una manera de explorar todo tipo de deseos sin restricción. Pero también puede tener que ver con la omnipresencia del anime y diversos elementos de cultura popular asiática que se han globalizado. Sin embargo, mi hipótesis principal es la hipersexualización que vivimos hoy: años atrás es posible que hubiera imaginado a la Mujer Maravilla o a Gatúbela protagonizando escenas eróticas. Pero nunca habría imaginado, mientras jugaba Street Fighter o Mario Bros, a Chun Li, Mario o la princesa Peach en una faena de esas.

El hentai tiene antecedentes japoneses culturales antiguos como El sueño de la esposa del pescador (1814) de Hokusai.

Ahora, aunque resulte sorprendente, no solo se les ocurre a muchos, sino que es relativamente fácil encontrar en la web videos no oficiales de estos personajes en acción. Claro, ni Nintendo ni Capcom van a producir algo así, pero ahora que el acceso al software de animación es más amplio, hay aficionados con tiempo de sobra para convertir en estrellas porno a sus personajes favoritos del anime, los dibujos animados occidentales y los juegos de video. Y ahora que lo pienso, los viejos fanáticos de Mazinger Z tal vez no lo pasaríamos tan mal si algún día pudiéramos ver, finalmente, a Sayaka en brazos de Koji.

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