Mucho antes de que hubiera sistemas y teorías políticas; mucho antes de que hubiera filosofía o ciencia; más allá de lo que todo el mundo llama la noche de los tiempos, el ser humano ya tomaba cerveza. Creo que solo este dato bastaría para que alguien haga la inferencia apresurada de que con razón nos ha ido como nos fue. Recuerdo, por ejemplo, a un fotógrafo gringo que vino a cubrir la inauguración de los diálogos del gobierno de Pastrana con las Farc en el Caguán. Comentando ese suceso, muchos años después, el tipo dijo: “Me pareció que la cosa no iba a tener un buen final, porque comenzó con un montón de gente con fusiles al hombro y cervezas en la mano. Más tarde tomaron whisky. Todo el mundo se emborrachó”.

Pero no voy a echarle la culpa a la cerveza, ese regalo de los dioses. Parece que a todas partes donde fue antes de que comenzara la historia, el animal humano hizo cervezas de todos los cereales que encontró. Así como los griegos definieron impunemente al ser humano como animal racional, también podríamos caracterizarlo como el animal de la cerveza. La historia de la humanidad comenzó con lo que algunas personas llaman la revolución agrícola, que se produjo cuando ciertos insensatos (o Dios, o el azar) decidieron dejar de vagar y cazar y, más bien, se pusieron a sembrar plantas y a encerrar animales. Fue cuando eso pasó que la humanidad comenzó a tener historia.

El primer registro conocido de producción y consumo de cerveza es de los sumerios, el mismo pueblo del que se conocen las primeras muestras de escritura. Al parecer, el lugar común que quiere ver siempre juntas la escritura y la cerveza (o cualquier otro trago) nació casi con la historia de la humanidad. Sin embargo, se asume que la aparición de esta bebida debió ocurrir durante la prehistoria, en algún momento en el que la humanidad, habiendo descubierto la forma de capturar la energía solar comiendo los cereales que el sol alimenta con su luz, empezó a sofisticar las diversas preparaciones, por ejemplo, cocinando al fuego los granos junto con agua. Aún hoy existen bebidas que deben ser muy similares a esas cervezas primigenias, como el braga o boza eslavo, que se bebe en Turquía y en la zona correspondiente a lo que antes se llamaba ¡ay! Yugoslavia, y que tienen una densidad similar a la de aquellas (que estaban a medio camino entre el líquido puro y una sopa fermentada con restos de pan o harina).

Se calcula que los sumerios destinaban cerca del 40 por ciento de los cereales que cultivaban (trigo, mijo, espelta, cebada) para hacer cerveza, lo que nos da una idea de la importancia que tenía la bebida para ese pueblo. Por todo el planeta, en la medida en que los seres humanos nos esparcimos, aparecieron cervezas elaboradas con los cereales de cada zona, lo cual podría sugerir al científico homeópata que todos llevamos dentro la ley de la naturaleza según la cual la cerveza es esencial para la vida humana. Hipótesis aceptada por todos los científicos experimentales (mal llamados alcohólicos o borrachos por el vulgo y los científicos teóricos bien dijo Dylan Thomas que una persona alcohólica es alguien que te cae mal y puede beber más que tú).

En el continente suramericano, por ejemplo, se producía una cerveza de maíz que, en el apogeo del gran Imperio inca, contaba con un centro de producción en Cuzco, en el que unas mil vírgenes del sol producían la cerveza del templo; ya que la bebida siempre tuvo en todas partes usos ceremoniales, religiosos y otros no tan piadosos, como todo el mundo lo sospecha.

El inca Atahualpa le ofreció cerveza de maíz a Pizarro en una copa de oro, como gesto de bienvenida. Este la tomó y luego secuestró al inca, el resto es historia o mito. Los españoles disfrutaron esta cerveza a lo largo y ancho del continente suramericano y le dieron el nombre de chicha.

Pero la Iglesia, como un agente del destino, llegó para aguar la fiesta: los primeros evangelizadores emprendieron una campaña moralizadora en contra del consumo de chicha por parte de los aborígenes, ya que muy pronto se dieron cuenta de que la bebida era parte esencial de los ritos religiosos indígenas. Si querían cristianizar el continente, era necesario que los indios dejaran de beber chicha. Pero como los piadosos cristianos europeos se dedicaron a robar, torturar, esclavizar y matar a los indígenas, estos cada vez más recurrían a la chicha para enfrentar sus problemas mediante el milenario recurso de la humanidad ante lo inexorable, a saber: perder la razón (Séneca, en una de sus cartas, describió la borrachera como una “locura voluntaria”). Así, la chicha pasó de ser bebida sagrada a remedio contra los recuerdos, y el resultado natural fue la difusión por todo el continente de un alcoholismo que aún hoy hace las delicias y los estragos de estos pueblos olvidados del Dios que les quiso quitar la chicha y les dio el aguardiente. Porque, en el segundo de sus cuatro viajes equivocados a América, Cristóbal Colón trajo la caña de azúcar, pronto se inició la destilación de aguardiente de caña y comenzó otro largo conflicto.

Ya a mediados del siglo XVI había cultivos de cebada en Colombia, y pronto los españoles les enseñaron a los amerindios a producir una cerveza similar a la europea. La producción industrial comenzó en Colombia en el siglo XIX. Hay varias leyendas sobre los pioneros: incluso el gramático Rufino José Cuervo un ícono del sabio desentendido de los asuntos mundanos gestionó una cervecería fundada por su hermano. Y abundan los relatos y los mitos sobre Leo Kopp, un alemán cuyos negocios resultaron decisivos en la historia de la cerveza que hoy bebemos en Colombia.

Nuestra historia política ha estado vinculada al trago en varios momentos significativos. Por ejemplo, una de las causas de la Revolución de los Comuneros fue el intento de subir los impuestos a la producción de aguardiente y de monopolizarla. Alguna vez leí que el Bogotazo fue una revolución que se quedó en las cantinas. Cito de memoria, porque la unánime noche en que se vierte uno adentro cuando toma mucha cerveza no me deja ver con claridad los recuerdos. Pero una de las cosas que le hizo levantar las cejas a la gente que ha contado su experiencia en Bogotá el día del asesinato de Gaitán fue la cantidad de borrachos en las calles. El saqueo del edificio del Capitolio Nacional fue, fundamentalmente, un robo de tragos importados. Herbert Braun dice lo siguiente sobre esto: “Los pobres siempre se habían preguntado a qué sabrían el whisky, el coñac o la ginebra. ¿Se emborracharían más rápido si los tomaran? ¿Sería cierto que no dan guayabo? Ahora les llegaba el turno de tomarse el trago de los ricos”. El libro de Braun tiene un párrafo que es un lacrimógeno poema sobre este aspecto concreto sospecho que lo escribió estando borracho, y comienza así: “La multitud bebía en un velorio masivo para conmemorar a un líder cuyo cadáver les había sido negado. Muchos bebían para extinguir el dolor; bebían para consolarse; bebían para que las lágrimas brotaran más libremente; bebían para ahogar el miedo a las consecuencias de sus actos, y el miedo de lo que estaba por venir”.

Los conflictos entre la chicha y el aguardiente también tienen su capítulo. Tanto la Iglesia como instituciones políticas querían prohibir la chicha: no solo por razones religiosas, sino porque, una vez regulada la producción de aguardiente, el gobierno cobraba unas rentas fijas y el consumo de chicha era visto como una especie de evasión de impuestos.

Para cerrar este episodio de la cerveza primigenia de América, la cerveza solar ?como la llaman Christian Berger y Philippe Duböe-Laurence?, quiero recordar esta campaña emprendida contra la chicha por el Estado. Hasta bien entrado el siglo XX, hubo leyes en contra del ocio y del consumo de chicha (lo del ocio lo explican algunos historiadores sugiriendo que, en las sociedades “preestatales”, es un problema difícil para las autoridades hacer que la gente trabaje, y la gente desocupada tiende a aburrirse, y el aburrimiento conduce a la cerveza). También hubo campañas publicitarias con carteles que decían cosas como: “La chicha embrutece. No tome bebidas fermentadas” acompañado el dicho de la imagen de un burro antropomorfo dentro de la silueta de la cara de un calvo; o la siguiente ironía involuntaria: “La chicha engendra el crimen. No tome chicha, tome aguardiente”, acompañada de la imagen de un borracho armado con un cuchillo.

Pero no quiero sugerir que la importancia de la cerveza es únicamente histórica o política. Si la hemos producido desde siempre es porque está integrada a nuestra vida como esparcimiento, consuelo, distracción; está asociada a la imagen de ese instante inexpresable que todo el mundo persigue luego del cansancio y la tristeza y la euforia. También en Colombia la historia de la vida cotidiana está vinculada a esta bebida. Está el tejo, por ejemplo. Uno de los deportes, no sé si el único, originario de Colombia. Hoy existen asociaciones de deportistas y hasta olimpiadas, pero cuando lo conocí, el tejo era un deporte de borrachos. Más específicamente, de tomadores de cerveza. En una visita del famoso cocinero Anthony Bourdain a Colombia le preguntaron qué pensaba del tejo, y respondió: “Cerveza, pólvora y fritanga. Nada puede ganarle a eso”. También el billar, hasta hace poco, era un “deporte” indisociable de la cerveza. Incluso en nuestra época de mojigatería exacerbada, todavía no hay campañas en contra del consumo de cerveza mientras se juega billar o ajedrez, y rogamos a Dios para que la renovada religiosidad puritana de nuestros días no apunte su dedo hacia estas nobles actividades. Un apunte perpetuo de los comentaristas ocasionales de estos deportes (me refiero al tejo, el billar y el ajedrez) es que se trata de las únicas actividades deportivas en las que los atletas vamos ganando, además de la pericia y algunas deudas, una rotunda barriga.

También está la cantidad. Ernst Jünger señaló que la diferencia fundamental entre la cerveza y el vino es la cantidad: la cerveza se toma por litros, el vino por copas. En cualquier cantina en el Eje Cafetero, en Antioquia, en Boyacá y en Cundinamarca puede verse a los jornaleros dormidos sobre unas mesas repletas de botellas de cerveza.

Y la belleza, que no es poca cosa. El filósofo W. C. Fields definió la belleza como “el brillo en los ojos de quien levanta una jarra llena de cerveza”. ¿Han visto las burbujas subiendo; se han fijado en los colores, en la espuma? Como alcohólico teórico y práctico, en verdad les digo: hay disputas interminables sobre si el whisky es superior al aguardiente y viceversa; o si el brandy, o determinado vino, o el vodka o la champaña es el mejor trago del mundo. Pero una buena y bella cerveza fría… Tenían razón Bourdain y el Homo sapiens, nada puede ganarle a eso.

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