Solía dormir hasta tarde, así que en principio Kelle Inman, su novia, no se preocupó porque no bajara a desayunar. Pero cuando unos amigos llamaron para confirmar su asistencia a un concierto esa noche, subió al segundo piso del estudio en el distrito de NoHo y encontró a Jean-Michel Basquiat tirado en el suelo, con el hilo de un líquido claro y denso saliendo de su boca. Amos Poe, uno de los amigos que llegó al lugar antes que los paramédicos, declaró después que, a pesar del horror de la escena, el artista había cumplido con el viejo lema de las vidas fugaces y salvajes: “Vive rápido, muere joven, deja un cadáver bello”.

Cuando se reveló la autopsia, a nadie le sorprendió la causa de muerte: una aguda intoxicación por la mezcla de opiáceos y cocaína. Meses antes había asegurado que se llegaba a inyectar hasta cien bolsas de heroína al día, y todos temían el destino trágico que se consumó el 12 de agosto de 1988. Basquiat ingresó así al Club de los 27, que reúne a artistas muertos a esa edad, y en el que lo acompañan personajes como Jim Morrison, Kurt Cobain y Janis Joplin.

Nació en Nueva York en 1960, hijo del haitiano Gerard Basquiat y de Matilda Andrades, de ascendencia puertorriqueña. Ella era diseñadora gráfica y le dio su primera y única educación artística. A los seis años ya era miembro júnior del Brooklyn Museum, su favorito. Treinta años después de su muerte se organizó allí la exposición One Basquiat, conformada por un solo cuadro del artista, Untitled (1982), que en 2017 se vendió como la obra más cara de un estadounidense en subasta, al alcanzar los 110,5 millones de dólares en Sotheby’s.

Su rebeldía comenzó desde la adolescencia. Un año antes de graduarse fue expulsado del colegio y, en consecuencia, de la casa. En la calle sobrevivió gracias a sus novias, a quienes conquistaba para tener donde dormir, mientras vendía postales con sus propias ilustraciones. Por ese tiempo, junto con Al Díaz, empezó a hacer grafitis en el metro y en los muros aledaños a las galerías de SoHo. Bajo el tag de SAMO, acrónimo de same old shit (la misma mierda de siempre), firmaron frases poéticas e ingeniosas que encubrían denuncias sociales con las que se abrieron campo en la escena artística de la ciudad.

Hacia 1980, después de un breve experimento musical en una banda que llamó Gray, cambió las paredes por los lienzos. Su primera exposición tuvo lugar ese mismo año en un salón de masajes abandonado cerca de Times Square. El estilo frenético de sus cuadros, cargados de alegorías contra el racismo, influenciados por el art brut (de creadores marginales) y con rasgos de sus raíces africanas, llamó la atención de la crítica, que lo reconoció de inmediato como una joven promesa.

Basquiat y Madonna fueron novios brevemente, en los años 1980, cuando ambos empezaban a ser famosos. Ella lo dejó por su adicción a la heroína.

Surgía en Nueva York un niño prodigio e irreverente, la cabeza visible del neoexpresionismo en su país, y sus obras, que antes vendía por algunos dólares, pasaron a costar decenas de miles. Basquiat fue acogido no solo en los círculos del arte, sino en los de la farándula. Había soñado con ser una estrella y aprovechaba todas las oportunidades para dejarle claro al mundo que estaba en la cima. Pintaba vestido de Armani y arrojaba billetes de cien dólares por las ventanas de la limusina en la que se movía por la ciudad. Asistía a fiestas con Dolly Parton, Rosanna Arquette y Whoopi Goldberg, y empezó a salir con una cantante cuya carrera estaba por explotar: Madonna.

El romance fue menos largo que intenso. Cuando la futura reina del pop despertaba en las madrugadas, se emocionaba al ver cómo su novio, en un arrebato de inspiración, ya estaba pintando. Pero la heroína comenzaba a apoderarse de su vida, y ese impulso autodestructivo los separó. Al terminar, Basquiat le pidió de regreso todas las obras que le había regalado, y las cubrió con pintura negra para que nadie volviera a verlas.

Pero la relación que más influyó en su carrera fue con Andy Warhol. Se conocieron a comienzos de la década de 1980. Desde el inicio mantuvieron un vínculo muy estrecho: hablaban largamente por teléfono, recorrían el mundo juntos, e incluso producían obras en colaboración que mezclaban sus estilos personales. Eran un

estímulo creativo para el otro. Warhol, más de treinta años mayor que su protegido, se preocupaba por sus excesos. Basquiat se desmayaba sobre los lienzos o aparecía dormido en el piso de su estudio, y ante los reclamos de su mentor, le respondía: “No te preocupes, Andy, soy inmortal”.

Con ese espíritu vivió hasta el final, desafiando a la sociedad y a su cuerpo hasta el límite. Ahora que están por cumplirse las seis décadas de su nacimiento, lo que anuncia un verdadero año Basquiat, muchos se preguntan qué habría pasado con su evolución artística y con su figura. Todas las respuestas inevitablemente caerán en la especulación, y ante su muerte temprana, quizá solo haya una certeza que él mismo proclamó con convicción: “No soy una persona real, soy una leyenda”.