Hemingway escribe, Franco corrige

Indigno. “Jamás ha escrito una palabra que obligase al lector a mirar el diccionario”, dijo Faulkner sobre Hemingway. Que puede parecer poca cosa, pero esto, entre literatos, escuece un montón. No se llevaban nada bien. Demasiado machote Ernest, con sus armas, su boxeo (no se dejen convencer por el mito, recibía más golpes de los que daba) y ese puntico misógino que se le cae por las frases.

La cosa es que él también se paseó por Hollywood. Dinero fácil y fresquito para pagarse vicios (curiosamente compartía vena dipsomaniaca con William, porque esto de la botella une bastante a quienes emborronan cuartillas). Claro que a Hemingway en la época muchos no lo tomaban muy en serio (el tipo era un cliché con patas y barba) y tuvo problemas con grandes figuras, hasta extremos realmente bizarros.

Al final Hemingway solo firmó el guion de la película Tierra de España, pero colaboró activamente en muchas otras producciones, la mayoría adaptando sus propios textos. A veces eran infantiles, decía Orson Welles. No reflexiona demasiado, piensa el niño bonito de Hollywood, y se centra más en explorar su masculinidad que en desarrollar personajes. Algo de razón lleva, ¿no? Fue mejorando con los años, pero las primeras obras de Ernest eran como un manual de instrucciones del “hombre muy hombre demasiado hombre”.

Realmente la intervención más loca en la relación entre Hemingway y el cine la desencadena Francisco Franco, nada menos. Sí, el dictador español. Muy aficionado al séptimo arte. Incluso guionista él mismo, pues firmó (bajo pseudónimo) la película Raza. “Una obra maestra del cinematógrafo”, dijo la prensa hispana en 1941, que los pseudónimos están para desbaratarlos, y no es plan de ganarse un consejo de guerra por un quítame allá esas metáforas.

Fue la colaboración más exótica del cine. Por quién doblan las campanas, nada menos. Enterado el militar de que Hollywood preparaba una película sobre esa novela (que transcurre durante la Guerra Civil Española) Franco movió los hilos de su diplomacia y consiguió meter mano en el guion. Cambios pequeñitos, pero muy sustanciosos. Donde pone “fascista” que se diga “nacional”, cuando pronuncian “republicano” que oigamos “rojo”. O “masón”, mejor “masón”. Sorprendentemente los estudios americanos accedieron a las mutilaciones, extendiéndolas además a Las nieves del Kilimanjaro, película inspirada en otra obra de Hemigway. Dos por uno, que estamos de oferta.

Hacer que la rubísima y muy sueca Ingrid Bergman encarnara a una racial castellana no fue cosa de la Dictadura, y tal error de casting debemos atribuírselo exclusivamente a Sam Wood, verdadero director del engendro.

Por Hollywood en calzones

A William Faulkner lo conocerán por dos cosas: ser el creador de Yoknapatawpha (una especie de Macondo con pinos en lugar de bananos y mucha mala leche acumulada) y usar en sus novelas mazorcas de maíz para actividades tan indecentes que no me atrevo a repetirlas. Pero fue más cosas, ojo. Premio Nobel de Literatura, por ejemplo. Y guionista. Sí, guionista.

Igual, Faulkner no da el tipo. Demasiado intelectual, demasiado bien pagado de sí mismo. Hay incluso historias (seguramente apócrifas) al respecto. Como cuando coincidió en una cacería con Clark Gable y, ante la pregunta del actor sobre su profesión, se limitó a responder: “Yo escribo, y usted ¿qué hace?”. Suena falso, impostado. Pero define perfectamente al personaje. Excesivo en todo y para todos.

Resultaban problemáticas sus aficiones. Sobre todo una. Le daba demasiado a la botella. Mucho. Un montón. Todo. Y el bourbon cuesta, amigos, sale cada vaso por un ojo de la cara (quizá por eso James Joyce llevaba parche). Así que el bueno de William trasegaba diariamente derechos de autor sin pensar demasiado en cómo seguir produciendo. “El escritor vendería su alma por una piscina”, dijo en cierta ocasión, y todos pensaron que la pileta estaría llena de whisky. Faulkner necesitaba dólares, y los necesitaba rápido.

Existen varias maneras de ganar mucho dinero en poco tiempo. La mayoría son ilegales, claro, y entre las otras muchas necesitan trabajo muy, muy duro. Faulkner, que no era de esos, optó por escribir. Guiones. Rentan un montón. Así que se fue a Los Ángeles. Firmó medio centenar de libretos, aunque en la mayoría de ellos ni siquiera apareciera su nombre. Qué más da. ¿Pagan bien? Pues para allá me voy. Dicen que una vez se presentó a una reunión de trabajo con la siguiente frase: “He recibido un cheque con su firma al final, ¿qué quiere de mí?”. Un tipo desprejuiciado. También remató algunos argumentos maravillosos claro, porque el talento no es algo que se vaya de vacaciones así como así. Películas con Howard Hawks, por ejemplo. The Big Sleep, adaptando al gran Chandler. O Patrulla Submarina, dirigida por John Ford. No es mal palmarés.

Bien, pero… es que Faulkner no encajaba. Demasiado llano para el Hollywood de entonces. Para el Hollywood de cualquier momento, en realidad. Le gustaba escribir en calzones (hay algunas fotografías de lo más desagradables, cuya existencia el lector elegante debería olvidar) y tampoco es que se bañara frecuentemente. Cuentan que cuando, años más tarde, John Fitzgerald Kennedy lo invitó a cenar, él contestó por carta: “No soy más que un granjero y no tengo ropa adecuada para ir a la Casa Blanca. Pero si tiene usted interés puede venir a mi cabaña de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi”. No aceptó la oferta (quizá tenía otros planes), pero la anécdota nos da una idea del sujeto. Faulkner en Hollywood estaba tan perdido como el Rey Arturo en mitad de un reality show.

Ah, ganó un montón de dinero. Se lo bebió sin dejar un dólar, claro.

Ese de ahí no soy yo

John Steinbeck era una estrella. Había reflejado, estilo directo, la dura realidad del campo estadounidense a mediados de los años 1930. Un poco lo de Dorothea Lange, pero con palabras, que duele el doble. Primero reportajes periodísticos, después parió Las uvas de la ira, una de las novelas fundamentales del siglo XX.

Era sencillo pensar que Hollywood posaría sus ojos sobre el joven genio. Recibió promesas de dinero fresco, fama. Fiestas, también, que es algo que atrae bastante. Y alcohol, alcohol de todo tipo. Cómo decir que no, ¿verdad? Solo que Steinbeck se encontró con eso, claro, pero también con otras cosas.

“Fatal. No soy yo, ese no es mi texto”... John acaba de ver Lifeboat, dirigida por Alfred Hitchcock. Ha elaborado el guion, pero no está conforme con los cambios del gordo. “Tienen un deje racista, amigos, no lo escribí de tal forma. Que mi nombre no salga en los títulos de crédito”. Y no lo hizo.

Al final, Steinbeck solo firmó dos guiones en la meca del cine. Raros, también. The forgotten village (un documental sobre campesinos mexicanos) y ¡Viva Zapata! Tuvo mala suerte. El primero fue censurado por contener imágenes en las que un bebé mama el pecho de su madre (lo de enseñar un pezón femenino estaba muy mal visto, era mejor cargar las historias de violencia y muerte). La segunda vivirá la paradoja de mostrar la historia del líder mexicano desde la óptica de un guionista con ideas de izquierdas y un director (Elia Kazan) tirando a conservador. Un lío.

“Quizá no estoy hecho para esto”, debió pensar John…

Dinero fácil para novelistas sin escrúpulos

Otros hubo, claro. Francis Scott Fitzgerald, por ejemplo. Dieciséis años estuvo trabajando para Hollywood. Malvendiendo su talento, porque escribió una docena de películas como ghostwriter (respetabilísimo oficio) y solo aparece en los títulos de crédito de Tres camaradas. Peor aun le fue a John Dos Passos, que hizo el libreto de El diablo era mujer. Marlene Dietrich, dirigida por Josef von Sternberg. Cosa seria. Solo que es una cinta maldita, con pocas copias circulando tras la petición de la República Española a la Paramount para que quemasen todos los rollos. ¿El problema? Presentaba una imagen podrida del país. Está todo inventado.

Realmente todos estos tipos tienen en común una sola cosa. Al menos en su relación con el celuloide. El dinero, necesitaban dinero. Mucho libertinaje, demasiado. Con lo caro que está. Y ante eso quizá lo mejor es tomarse la vida como hacía Truman Capote. Esa mezcla de frivolidad y ligereza que a veces se les pone a los escritores. Así los cheques vienen más seguidos. Y, si es usted un genio, a lo mejor hasta puede escribirse la maravillosa Estación Termini.

Absténgase de intentarlo si no lo es...