Había que ser muy vanguardista, muy insensato o muy ingenuo para pensar que en la Colombia de 1976 algo así podía funcionar: una revista mensual con fotos en color de mujeres desnudas y textos sustanciosos sobre temas de actualidad. En noviembre de ese año apareció el primer número de Bárbara-Bárbara con una editorial rebosante de optimismo que declaraba la intención de ser una revista tipo Playboy, pero en español. Quien escribió esa carta a los lectores no podía imaginar el descalabro que llegaría pocas ediciones más tarde, ni el olvido generalizado que rodearía a la publicación hasta hacer que su recuerdo quedara prácticamente borrado de la historia. 

Supe de la revista en una reunión por el comentario casual de alguien a quien se la habían mencionado como “la primera SoHo” que hubo en el país y por la respuesta de otro de los presentes, que aseguró no solo haberla conocido, sino haber fallado durante años en encontrar un ejemplar. Sería un artículo maravilloso, sin duda, salvo que en la práctica, y según las pruebas concretas, Bárbara-Bárbara nunca había existido. ¿Dónde buscar algo que no existió?

 

***

 

Google, nuestro aleph y oráculo posmoderno, se confunde con la pregunta y muestra resultados disparatados que no vienen a cuento. Los términos que uso para la búsqueda pasan de los lógicos (“revista Bárbara-Bárbara”) a los desesperados (“revista Bárbara Bárbara mujeres empelota Colombia”), y después de varias horas navegando en la web consigo apenas tres entradas que no dan demasiados detalles pero al menos confirman que la publicación fue real. 

La primera es el prólogo de un libro de cuentos del fallecido escritor costeño Germán Espinosa, en el que afirma haber publicado allí la versión original de su relato Noticias de un convento frente al mar. Los otros son dos artículos sobre el desnudo femenino en Colombia, uno de 1985 y otro de 2003, ambos de la revista Semana. En el primero se lee: “La única revista que quiso especializarse en el desnudo, Bárbara-Bárbara, tuvo que cerrar en 1977, a los cuatro números de su aparición. Presentaba desnudos elegantes y de mujeres bellas —Nydia Bahamón, Dora Franco, Liza Gómez— y largas entrevistas serias, como las de Playboy, de Klim o de Daniel Samper. Pero era tal vez demasiado elegante. Cuenta Patricia Uribe, que hacía las fotografías, que la revista se acabó por eso: ‘Uno tiene que fotografiar a una mujer desnuda con respeto —explica— y el editor quería más porno’”.

Eneida era una mulata espectacular que apareció en el primer número de Bárbara. Tiempo después, Daniel Samper haría un texto sobre ella para Diners.

Según amigos de Patricia Uribe, quien es una de las fotógrafas más importantes del país, ella vive en una finca en Chita, Boyacá, y bien sea debido a un problema de señal o porque simplemente decidió ignorarme —que es lo más probable— no obtuve ninguna declaración  suya para este artículo después de diez mensajes de WhatsApp (todos leídos y sin respuesta) y 13 llamadas sin contestar. Busqué a Dora Franco, destacada fotógrafa de celebridades, que hoy vive en Miami, pero también pasó de mí.

Le escribí entonces a Daniel Samper Pizano, que para la época ya era un periodista reconocido. Y sí: respondió a un mensaje de correo electrónico, pero después de 42 años sus recuerdos son difusos: “Uuuffff... Fue hace tanto tiempo... Lo que recuerdo es que la idea fue de un joven empresario de restauración (dueño de un exitoso bar y/o un restaurante), me parece que de apellido Vásquez. Buen tipo, pero un poco ingenuo; quiso imitar a Playboy. Tenía buena diagramación y contaba con buenos colaboradores. Hice una larga entrevista a Klim, que salió publicada en la edición de noviembre de 1976 y aparece reproducida en mi libro Dejémonos de vainas. No sabría decir cuántas ediciones se publicaron, pero quizás no más de cuatro o cinco. En algún momento preparé un reportaje para Revista Diners con una modelo mulata muy bonita que posó para uno de los primeros desnudos de Bárbara-Bárbara y creo que aquí terminan mis recuerdos... Ni siquiera podría precisar si escribían Bárbara con tilde o sin ella. Lo siento”.

Bárbara-Bárbara continúa siendo la penumbrosa reiteración de un nombre vacío, una memoria estragada y un artículo imposible. Contacto a Simón Posada, autor de un libro sobre la historia del porno en Colombia, y me dice que no la tiene en el radar. Me recomienda hablar con Enrique Santos Molano y me advierte que si él no la conoce, no existió.

Enrique Santos Molano no la conoce. No existió.

Publicidad de Doña Bárbara, el bar restaurante de Mauricio Vásquez donde nació la revista.

Pero por si las moscas, recorro las librerías de segunda mano del centro de Bogotá. Merlín, un maravilloso caos de tres niveles y salas abarrotadas de volúmenes de piso a techo, guarda varios tesoros editoriales, pero ni rastros de Bárbara. Doy vueltas por el sector, entro a Torre de Babel, a Bibliópolis y a otras librerías, que huelen a papel mohoso, en las que recibo como respuesta miradas perplejas y de las que salgo con las manos vacías. En el mercado de las pulgas de la 24 con séptima tampoco dan razón y voy empezando a creer que Bárbara-Bárbara fue un mal chiste colectivo, una confabulación para hacerme perder el tiempo.

Halim Badawi es un reconocido crítico e investigador de arte y ha recopilado por años material editorial de contenido erótico. En Arkhé, un centro cultural que abrió recientemente en el barrio San Felipe, me muestra algunos ejemplares de fotonovelas y revistas pornográficas de la época: Amor libre, Sueca, Las gatitas cariñosas, Telefilm prohibido, Cuerpos… publicaciones de mala reputación que no tenían ninguna pretensión mainstream como Bárbara. De esta última, nada.  

Pruebo suerte con el escritor Guillermo González Uribe, exdirector de la revista Número: “Tengo un recuerdo muy vago del nombre, como algo que pudo existir. Pero nada concreto”, dice. Algo que pudo existir es al mismo tiempo algo que pudo no hacerlo, así que el mensaje no es nada esperanzador. La búsqueda me lleva a fotógrafos, periodistas, anticuarios, exmodelos y artistas. Dicen que quizá tengan alguna en casa, que no aparece, que debieron quedar refundidas en un trasteo o que recientemente las tiraron a la caneca en una limpieza. Bárbara es ese prófugo a cuyo rastro se llega justo antes de su partida.

En la página de colaboradores sobresalen Patricia Uribe, Dora Franco y Mauricio Vásquez.

El último recurso suele ser a veces aquel que debió ser el primero. Varias personas me habían sugerido que buscara en la Biblioteca Nacional, pues cuenta con una de las mejores hemerotecas del país, así que le pregunto por WhatsApp a Fredy Ávila, comunicador de esa institución, quien consulta el catálogo junto al coordinador de colecciones y me responde: “Sí, acá están. Año 1976, números 1 y 2. Puedes venir a consultarlas”.

Lo primero que hago cuando por fin tengo la revista es tomarle una foto y enviársela a Patricia Uribe y a Dora Franco. Patricia no dice nada. Dora me llama, al instante, emocionada. Me promete una entrevista y ponerme en contacto con algunas personas que podrán ayudarme a reconstruir la corta vida de Bárbara. Después de tantas molestias, encontrar una revista en una biblioteca no tiene mucho mérito; es un final de búsqueda poco heroico, pero al menos es un final.

 

***

 

Página seis, número uno. Las caras en la sección de colaboradores miran al lector con ese aire de suficiencia que da la juventud. Un hombre de bigote, pelo crespo desordenado y gesto arrogante corona la página. Es el tal Vásquez, Mauricio, el padre de la criatura. En la introducción de la primera revista cuenta que en 1957, con apenas 11 años, descubrió una revista Playboy en el armario de su padre y que, a pesar de no entender nada porque estaba en inglés, quedó tan impactado que empezó a rondarle la idea de que tarde o temprano alguien tendría que hacer algo similar en español. Dos décadas después, y como nadie lo había hecho, sería él quien acometería la empresa.

Era el mayor de cuatro hermanos de una familia bogotana acomodada de ascendencia paisa. Fue alumno del colegio Andino, se había graduado en Estados Unidos y allá mismo había terminado Agronomía en la Universidad de Sul Ross, en Texas. A su regreso a Colombia empezó a trabajar con la Pfizer, pero según cuenta Bernardo, su hermano, era un tipo independiente que no soportaba tener jefes ni horarios. Así que renunció y montó un bar llamado Between the Sheets, el cual terminó vendiéndoles a sus hermanos poco tiempo después.

Lisa Gómez fue la portada del segundo número. Era una modelo colomboamericana que ya había aparecido en Penthouse. Hoy, es una reconocida empresaria.

Luego vino Doña Bárbara, un exitoso restaurante bar en la calle 81 con carrera 11 de Bogotá. Fue por esa época, a sus 30 años, cuando quiso convertirse en el Hugh Hefner criollo (su hermano dirá que era tal su ambición que pensaba llegar más alto que Hefner). Doña Bárbara era el sitio de moda, presentaba música en vivo (Randy, Becerra, El Sardino y el grupo Café), era atendido por mujeres hermosas y recibía a un público joven y con ganas de materializar ideas rompedoras dentro de la sociedad conservadora y provinciana que era la Colombia de mediados de los setenta.

El bar no solo le prestó parte de su nombre a la publicación, sino que fue donde se gestó todo, pues a pesar de que Mauricio abrió una oficina, era en Doña Bárbara donde tenían lugar consejos de redacción informales en los que se definía el contenido.

Los números que alcanzaron a circular eran un compendio de notas en su mayoría bien escritas sobre temas variados: entrevistas a grandes personajes como Ómar Rayo o Lucas Caballero, cuentos costumbristas, un relato en primera persona sobre la cárcel Modelo, una guía sobre enfermedades venéreas o una historia sobre la supuesta conexión de Howard Hughes con el escándalo de Watergate. Contaba con firmas reputadas como las de Daniel Samper Pizano, Eduardo Escobar, José Luis Díaz-Granados o Germán Espinosa junto a otras menos conocidas. Una Playboy, ni más ni menos.

Sin embargo, eran las chicas las que sobresalían. Entre las 114 páginas de cada ejemplar había tres sesiones con modelos diferentes. La fotógrafa en la mayoría de los casos era la icónica Patricia Uribe, asistida en la producción por Dora Franco. John Jairo Rangel, el maquillador oficial, cuenta que en las sesiones solo se usaba lo básico: no había luces profesionales ni sets ni estudios. Siempre se hacían en la casa de algún conocido. A pesar de la escasez de recursos, el resultado eran fotografías artísticas muy bien logradas en momentos en que las técnicas de retoque digital eran inexistentes.

Por esas páginas pasaron las mujeres más lanzadas del momento, como la propia Dora Franco, la modelo y bailarina Nydia Bahamón, Siemke (según Rangel, hija del por entonces embajador de Holanda en Colombia), Clemencia Salgado, Lisa Gómez (quien, además, fue la primera colombiana en aparecer en Penthouse), la española María Dolores Bautista, entre otras.

Rangel está lleno de anécdotas sobre ellas: la que años después enloqueció y murió en la indigencia, o a la que le dio un ataque de epilepsia en medio de las fotos.

Siemke era hija del embajador de Holanda en Colombia. Estas fotos fueron tomadas en una casa del barrio La Candelaria.

Y también historias del rechazo que muchas vivieron por aparecer en esas páginas, pues la sociedad que recibió a la revista era extremadamente pacata. Tanto así que en la entrevista que le hizo Daniel Samper a Lucas Caballero para el primer número, el mordaz columnista, el más leído del país, aseguró que la palabra más osada que había escrito en sus columnas de El Tiempo era “culipronto”.

Como “culiprontas”, precisamente, fueron calificadas las mujeres de Bárbara. Basta recordar que la fotografía hecha por Hernán Díaz al torso desnudo de Fanny Mikey fue, según el historiador Eduardo Serrano, “el primer desnudo fotográfico reproducido en una publicación en Colombia”, y eso fue apenas en 1962. En el 67, la presentación en el Centro Colombo-Americano de una serie de fotografías de Abdú Eljaiek con desnudos de Dora Franco le costó a la modelo unas críticas feroces: “Cuando salí toda vestida de blanco con una minifalda chiquitica y con un sombrero, había gente que me gritaba “puta” desde afuera y me lanzaba huevos podridos y tomates”, asegura.  

Nydia Bahamón, bailarina, modelo y por entonces mesera de Doña Bárbara, protagonizó una sesión de la revista con fotografías que sugerían una escena lésbica entre ella y su amiga María Dolores Bautista, una española a la que apodaron Mafalda y quien también trabajaba en el bar. Hoy se ríe mientras lo cuenta, pero en ese momento fue un drama familiar, pues su mamá casi se muere al verla posando completamente desnuda. “A mí me desheredaron; fue un shock para mi familia, que era muy conservadora”, dice. Esas mujeres, las que quedan, coinciden en que aparecer en la revista fue para ellas un acto que mezclaba a partes iguales rebeldía y ganas de ser vanguardistas.

Es probable que Vásquez quisiera hacerse millonario a largo plazo con la idea, pero para los demás significaba una aventura creativa. Así que la revista nunca dio un peso, pero tampoco nadie nunca lo esperó. Sin embargo, una cosa era no producir ganancias y otra que la revista sangrara las finanzas de sus colaboradores como empezó a ocurrir.

Al encontrar sus avisos de marcas como Land Rover, Renault, cigarrillos Hidalgos y otros, sorprende ver cómo ha evolucionado la publicidad en los últimos 40 años.

El fracaso inevitable llegó cuatro o cinco números después (nadie lo tiene muy claro), porque quienes la hicieron parecieron esforzarse en incluir meticulosamente todos los ingredientes que en la época hacían inviable una publicación. No solo era el hecho de que no hubiera un equipo comercial detrás, sino que con chicas desnudas y una línea editorial abiertamente liberal (en el sentido estricto de la palabra) no muchos valientes se atrevían a pautar. Entre el puñado de anunciantes que desoyeron los prejuicios de la época estaban Renault, cigarrillos Lark, Suzuki, Fiat, Pimm’s, Radio Fantasía, Trattoria Bistró, cigarrillos Hidalgos, cuya presencia no deja de ser sorprendente vista desde hoy. Primero vino el cierre de la revista. Se desvaneció silenciosamente sin que nadie la llorara y sin siquiera haber provocado el escándalo generalizado que uno esperaría. Luego llegó el cierre del bar y, para muchos, de una época.

Después de algunos malos negocios, Mauricio Vásquez se fue a rodar por Estados Unidos y Europa, donde entre otras cosas enseñó idiomas y voló globos. Luego regresó a Colombia como empleado del Sena, con sus jefes y horarios incluidos. El Hugh Hefner colombiano no terminó sus días rodeado de conejitas ni en una lujosa mansión, murió de un paro cardiaco el 4 de abril de 2004 en Puerto Carreño. Allá está enterrado.

Lea también: