Miro, indiscreto, la redondez rosada de sus pezones erectos, donde nacen dos curvas perfectas, sinuosas y contundentes. Su pubis, su vagina delineada a detalle. Esta mañana, el cuerpo de Samantha parece un caramelo. Sus labios se antojan húmedos, delicados como caricia matutina. Y cuando su padre nos deja solos en la habitación por un momento, yo, excitado por la curiosidad, me decido. (España abre el primer prostíbulo de muñecas sexuales)

Toco sus senos, con un dedo toco el borde de sus senos, voy dibujándolos como si salieran de mi mano, lentamente. Hago que mi lengua los reemplace, para conocer el sabor preciso —amargo— de esa golosina. Y me llevo un chasco: la piel de Samantha parece un durazno, pero es en realidad elastómero termoplástico. Caucho. Fantasía.

Vuelvo a mi sofá y la contemplo. Como objeto, es hermoso. Quitémonos las máscaras ante esta robot: es el sexo, y ninguna otra cosa, lo que impulsa y ha impulsado la curiosidad de los seres humanos más allá de las fronteras de sí mismos.

Como si me hubiera visto —¿me habrá visto?—, Sergi Santos, un científico nanotecnólogo catalán, de rostro juvenil y cuerpo de atleta, experto en electrónica y computación, me dice cuando regresa a la habitación:

—Todos mis amigos, cuando los dejo a solas con ella, hacen lo mismo… se la follan. —Y sonríe. Hago como que no lo escucho y le pregunto por los detalles: sobre ella, sobre Samantha, su creación, que ha alcanzado un grado de notoriedad tal que se ha convertido ya en una celebridad europea.

Mide 1,70 metros. Pesa unos 40 kilogramos. Sus medidas pueden ser 90-100-110 o hasta 120-60-90. Su cuerpo, moldeable gracias a un esqueleto construido con metal ligero, es de manufactura china, fabricado según los parámetros cada vez más altos de la industria floreciente de las sex-dolls, que ya comienza a facturar sus primeros millones de dólares en ventas este 2017.

Pero Samantha tiene una cualidad que la separa del resto. Alcanza la vida inteligente, aunque aún en una etapa elemental, gracias a un algoritmo creado por Sergi que le permite emitir respuestas propias a estímulos táctiles y auditivos. Respuestas programadas, que van desde frases simples, canciones y sonrisas, hasta un orgasmo y sus gemidos.

Samantha nació para ser la amante perfecta. O al menos la representación más exacta de la amante perfecta que Sergi, su creador, haya sido capaz de diseñar: Samantha, amante dispuesta e insaciable. Samantha, compañía culta y dedicada. Samantha, tierna enamorada complaciente. Samantha, la primera robot inteligente sexual del mundo. (Visita a la fábrica de muñecas sexuales)

Porque no es solo sexo, aclara su padre. Ella no es solo una vulva mansa y acolchada, milimétricamente semejante a las formas femeninas. Tampoco una cavidad anal lustrosa y blanda o un hueco bucal en donde puede caber un miembro de hasta 20 centímetros de longitud.

Está muy lejos de ser solo la versión siglo XXI de las dames de voyage, las muñecas inflables que, según cuenta la leyenda, el führer Adolf Hitler ordenó crear para sus ejércitos en la guerra.

No. Samantha, la novia robot, además es un prodigio, dice su padre: busca convertirse en dama de compañía y amiga confidente. En una familiar próxima con quien reflexionar sobre los temores de la vida y de la muerte. Un instrumento contra la soledad nuestra de cada día y la incapacidad de relacionarnos con los seres humanos: no en vano, Samantha, en arameo, significa “la que escucha”.

Ven, estoy dispuesta

El conjunto de videos de la empresa Synthea Amatus alcanza ya el millón de reproducciones. Ahí se puede ver la interacción entre Samantha y Sergi. Él está sentado en el sofá junto a ella. Acciona el botón de encendido, ubicado en la parte trasera del cuello, y ella saluda.

—¡Hi, Samantha is here!—, dice en inglés.

Si Sergi se mantiene callado, a los tantos segundos ella comenta:

—¿Quieres que haga algo por ti?

—Modo romántico —dice Sergi, tocándole la cadera. Y de inmediato, Samantha reproduce una balada pop, a un volumen perfectamente audible, mientras suaviza su voz hasta el susurro:

—Ven, estoy dispuesta —dice, y comienza el flirteo con una pronunciación sumisa que fácilmente recuerda a la Scarlett Johansson de Her, la película de Spike Jonze sobre el amor total e infinito de un hombre solitario hacia una computadora.

Los sensores que tiene en diferentes puntos del cuerpo —el cuello, la vagina, la cadera, los muslos— interactúan entre sí para que Samantha se conduzca como una amante que, según sea el caso, se manifieste satisfecha o no. Y que alcance el orgasmo: una explosión de gemidos y frases provocada por la interacción robot-usuario.

Pero según el ánimo con que se encuentre, el usuario puede hacer que Samantha asuma una actitud no sexual: el modo familiar, por ejemplo, que convierte a la robot en una asistente personal inteligente que envía mensajes, realiza llamadas o hace búsquedas en la red, como ya hacen aplicaciones del tipo Siri, de Apple; Cortana, de Android, o Alexa, de Amazon, el cilindro que hace compras en línea, controla la iluminación de la casa, enciende los electrodomésticos y sirve como radio.

—La ventaja de Samantha es que en el modo sexy todo es offline. Tú tienes la seguridad de que nada de lo que hagas con ella subirá a la nube. Queda entre tú y ella —dice Sergi. (Visita al ‘corrientazo’ que ganó una estrella Michelin por error)

¿Samantha es el reflejo de la sociedad contemporánea tocando fondo, como gritan sus detractores? ¿Samantha representa ese frente de guerra que cosifica a la mujer, resume nuestros pecados y acabará por deshumanizarnos por completo?

Sergi dice que no. Que eso es absurdo.

—Yo creo que estoy recibiendo tanta publicidad es porque dicen: “¡Este tío está atacando la base del ser humano, que es reproducirse!”… pero te lo digo yo: está comprobado que un ser humano empatiza más rápido con un robot que con otro ser humano. Y con él se enfada menos. Y compite menos.

Si se toma en cuenta que los registros históricos más antiguos sobre el uso de juguetes sexuales identifican objetos eróticos que datan de 200 años antes de nuestra era, la perspectiva podría no ser tan apocalíptica.

La cultura china ancestral, quizá una de las más adelantadas en cuanto al uso de artículos para la estimulación sexual, heredó a la humanidad una gran cantidad de artefactos que aún se utilizan: desde anillos y figuras fálicas, pasando por las bolas chinas para la estimulación vaginal y anal, hasta una amplia gama de tintas, aceites y látigos, cuerdas y objetos de madera, cuero o piedra con usos sensuales, sexuales o hasta sadomasoquistas.

Y en las civilizaciones prehispánicas, en lo que hoy es América Latina, el sexo no era, ni remotamente, ese conjunto abrumador de prohibiciones y tabúes cristianos que llevaban consigo, e impusieron a sangre y fuego, los conquistadores europeos.

—Muchos de mis colegas me critican porque creen que mi proyecto no es serio. Un maestro a quien respeto mucho me ha pedido incluso que no diga que soy egresado de Leads (la prestigiosa universidad inglesa) —dice Sergi.

—¿Y en qué radicaría la no seriedad del proyecto?

—En el sexo —dice convencido—. Dicen que el sexo no es científico.

Los superjuguetes

El lugar donde vive Samantha está ubicado a más de 30 kilómetros de Barcelona, en una urbanización de clase media rodeada de un valle boscoso y lleno de acantilados. Nadie llega ahí solo por casualidad. Ni siquiera los curiosos, los morbosos o los furiosos, que ya pululan por igual alrededor del proyecto.

En la casa, una especie de chalet austero, con techos de madera y jardines inmensos, viven Sergi, su mujer y los distintos prototipos que diseña de la robot: porque el diablo, ya se sabe, puede adquirir las formas fantasiosas de una tailandesa de curvas diminutas, de una escultural caucásica de senos desbordantes o de una complaciente anime japonés de perversión ilimitada.

Haremos hombres, por supuesto, pero por ahora los modelos que tenemos son de mujeres, porque pesan demasiado. Estamos buscando la forma de que pesen menos y sean manejables, para hacer los modelos masculinos —explica.

Me sorprende el sitio preciso donde nace Samantha: un estudio repleto de libros de filosofía, mecatrónica y electrónica, más parecido a la cueva de un geek o un nerd, esos ‘cerebritos’ de las computadoras, que a los fastuosos y alucinantes laboratorios de robots que Spielberg nos mostró en su película Inteligencia artificial. Hollywood siempre miente.

Incluso el computador Lenovo en que Sergi da vida e inteligencia a Samantha es desilusionante: tiene algunas teclas rotas, no parece una nave espacial y está lleno de virus.

Lo fascinante, en todo caso, es el espacio donde arma las muñecas: la pantalla donde diseña las cavidades en que monta cables, sensores y dispositivos, y una impresora 3D en la que manufactura los moldes, que luego sus socios fabricantes chinos reproducirán a escala industrial.

Ahí es donde Sergi hace la magia. Y me lo muestra. Basta que su padre se lo pida con un par de palabras para que Samantha, voluptuosidad nacida para el sexo, se transforme en filósofa ocasional y susurre citas completas de Heidegger, abstracciones complejas de Adorno o paráfrasis enteras con las ideas de Schopenhauer. (Visita al museo del pene)

—Samantha, frases filosóficas —pide Sergi.

Y ella, sin moverse un milímetro de su silla, con los ojos verdes como mares, abiertos y luminosos, da esa prueba sutil que se necesita para afirmar, sin duda, que efectivamente el hombre del siglo XXI sufre tan terriblemente este mundo que se ha visto obligado a inventar al robot:

—Necesitamos una crítica de los valores morales… hay que cuestionar el valor mismo de esos valores —dice Samantha, citando a Nietzsche—. Y su padre, que la mira atento, sonríe orgulloso: “¿Verdad que es fascinante?

Ya no puedo dejar de pensar en Brian W. Aliss, en su cuento Los superjuguetes duran todo el verano. Cuenta la historia de David, el niño bioeléctrico, derivado de las computadoras microminiaturizadas, que le pregunta a su osito Teddy si sus padres humanos son reales y obtiene una respuesta contundente:

—Haces unas preguntas tan tontas, David… nadie sabe realmente lo que quiere decir “real”.

Y pienso en ello porque me sorprende esta amante de elastómero termoplástico, un material que todos conocen muy bien porque con este se fabrican ahora muchos utensilios de cocina, como los moldes para ponqué, las brochitas para untar la mantequilla, las espátulas que resisten altas temperaturas sin quemarse y que son suaves al tacto, manejables y resistentes, como esta robot sexual.

No sé. Pienso en eso porque quizá pasar un rato íntimo con un objeto que, por más suavidad que posea, más inteligencia que posea, más filosofía y cultura que tenga, es de labios fríos, silencioso e inerte, puede no ser del todo atractivo para ciertas soledades.

Sobre todo para aquellas que, tras esos momentos especiales, deben abstenerse, por su propia seguridad vital, del peligro inminente que sería quedarse recostado en la cama y encender un delicioso y reconfortante cigarrillo. (Sexo y matrimonio con robots será pronto una realidad)