La ruleta rusa, la montaña rusa, la ensalada rusa, el vodka con jugo de naranja, las expresiones “beber como cosaco” o “vos me estás hablando en ruso” y los piropos que nos echaban los rusos en la calle (tenía una amiga que siempre que le decían algo, los insultaba), hicieron parte de nuestra adolescencia. En aquella época todavía éramos muy niñas y mojigatas como para saber qué era la paja rusa.

De la ruleta rusa solo sabíamos que era un juego que se practicaba con un revólver y consistía en dejar solo una bala en el tambor, girarlo al azar, poner el cañón en la sien y disparar. La versión más popular apunta a que el nombre proviene de un cuento que el escritor George Surdez tituló Ruleta rusa, publicado en Collier‘s Magazine, que contaba la historia de los juegos practicados por soldados franceses en África del Norte.

En el cuento se mencionaba la historia de un sargento ruso quien decía que, cuando ya perdían toda esperanza, los oficiales rusos sacaban de repente el revólver, quitaban todos menos uno de los cartuchos del tambor, se lo ponían en la cabeza y disparaban. La cosa se popularizó a través de la literatura y el cine, hasta que la práctica llegó a Estados Unidos y se volvió internacional. En mi época de colegio se escuchaban muchos cuentos de muchachos que, ya borrachos, como parte de la fiesta y la diversión jugaban a la ruleta como quien juega a los ponchados.

Allá mismo, a Popayán, llegaba el Gran Circo de Moscú, pero mi mejor amiga es animalista y todo eso de poner a bailar a los osos, que el elefante se pare en una pata y que el tigre salte entre aros de fuego le parecía de una crueldad extrema. Así que odiábamos el circo y, en cambio, amábamos la montaña rusa. Lo malo es que siempre que llegaba, llovía. En la montaña rusa nos pasó de todo. Desde vomitar al bajarnos, hasta reventarnos la nariz y llenarnos la ropa de sangre. Pero era el mejor plan para ir con los novios.

Fue Catalina la Grande, esposa del zar Pedro III, la primera en tener una montaña rusa en la historia. Desde el siglo XV uno de los principales pasatiempos de los rusos era deslizarse por toboganes artificiales cubiertos de hielo, hasta que Catalina que se lo tomó en serio hizo construir el suyo de 33 metros de altura en su casa de verano de San Petersburgo. Luego los franceses importaron la idea a principios del siglo XIX y sustituyeron el hielo por rieles. Y los gringos, en 1884, se llevaron el invento, cuando LaMarcus Thompson, un empresario cristiano, afirmó que la montaña rusa servía para “entretener a la gente y alejarla de los burdeles y del pecado”. Lo curioso de toda esta historia es que en Rusia se conoce como montaña americana.

Por otro lado, la ensalada rusa, en mi versión colegial, es lo que nos daban en todas las fiestas de quince a las que íbamos. En mi época eran con miniteca, bola en el techo, luces de colores y strober; se bailaba merengue ("nuestro amor será limpio como el cielo azul") y cuando ponían salsa o vallenato mi mejor amiga (la animalista) y yo, salíamos pitadas para el baño para que no nos sacaran a bailar. Estaba de moda el color curuba, la mota alf o globo, las medias veladas brillantes y a uno le repartían vodka con jugo de naranja. A la medianoche servían la comida: plato frío con ensalada rusa. Sí señor, como debe ser.

Fue el chef belga Lucien Olivier quien se la inventó en el famoso restaurante El Hermitage, que abrió por allá en 1860 en el número 14 del boulevard Petrovsky, al lado de la plaza Trubnaya, en Moscú, y que rápidamente se convertiría en lugar de culto de la sociedad zarista. Ahí se ofrecía comida francesa servida por meseros vestidos de mujiks (campesinos rusos) y su famosa ensalada, originalmente llamada “mayonesa de caza”, que tenía carne de perdiz, áspic, cangrejos, caviar, lengua de ternera, trufa, lechuga, pepinillos, papas cocidas y aceitunas. Todo aderezado con una salsa cuyo secreto se llevó el chef a la tumba, pero que luego fue imitada a base de mayonesa, aceite de oliva, vinagre de estragón, mostaza y salsa Kabul (parecida a la soya). Pero Rusia queda muy lejos y por alguna extraña razón la receta de este señor quedó convertida en la ensalada con papa, mayonesa y verduras que nos comíamos a la carrera (dejando las verduras a un lado) en esas fiestas de quinceañeras de las que salíamos despeinadas, con las medias rotas y con el saco del novio puesto para protegernos del frío de la una de la mañana (porque hasta esa hora teníamos permiso).

Lo que sé es que esa ensalada también la comían los rusos que cada año, antes de Semana Santa, aparecían en las calles de Popayán. La Junta Permanente Pro Semana Santa y la Alcaldía mandaban a pintar todas las paredes del centro de la ciudad de blanco inmaculado y a tapar los huecos de las calles cerca del Club Popayán, el Hotel Monasterio, Santo Domingo, San Francisco, La Ermita, San José, San Agustín y la Catedral, para que los cargueros y las sahumadoras lucieran en todo su esplendor. Esos obreros nos echaban piropos al pasar. A veces, simplemente los ignorábamos. Otras, les respondíamos con sermones de si les gustaría que a sus hijas les dijeran lo mismo. Y cuando eran muy patanes, salíamos corriendo.

En esa época pensé que les llamaban rusos porque estaban rucios y eran bárbaros y groseros. Pero lo más probable es que el término venga de su asociación al proletariado. Aunque hay otras versiones que afirman que el nombre responde a la bandeja de donde se saca el pañete a la que se le dice “la rusa”. Eso sí, beben como cosacos, los campesinos que servían al zar como guardianes en las fronteras y cuya vida se iba, a caballo, guerreando y bebiendo vodka para soportar el frío siberiano.

Finalmente, para explicar lo de la paja rusa sí me toca llamar a mis amigas del colegio para que me aclaren eso cómo es.