Tercer diálogo

La escena transcurre

en un delicioso tocador.

Señora de Saint-Ange, Eugenia, Dolmancé

Eugenia, muy sorprendida al ver en ese gabinete a un hombre que no esperaba: ¡Oh, Dios! ¡Querida amiga, esto es una traición!

Señora de Saint-Ange, igualmente sorprendida: ¿Por qué azar estáis aquí, señor? Según creo, no deberíais llegar hasta las cuatro.

(El Marqués de Sade: el hombre que inspiró el sadomasoquismo)

Dolmancé: Me he adelantado para tener más pronto la dicha de veros, señora. Me encontré con vuestro hermano y él ha creído necesaria mi presencia en las lecciones que debéis dar a la señorita; sabía que aquí sería el liceo donde se daría el curso, y me ha introducido secretamente pensando que no lo desaprobaríais; y en cuanto a él, como sabe que sus demostraciones no serán necesarias hasta después de las disertaciones teóricas, no aparecerá hasta entonces.

Sra. de Saint-Ange: De veras, Dolmancé, vaya ocurrencia…

Eugenia: No quieras engañarme, querida amiga; todo esto es obra tuya... Al menos debías haberme consultado. Y ahora siento una vergüenza que, evidentemente, va a impedir que llevemos a cabo todos nuestros proyectos.

Sra. de Saint-Ange: Te aseguro, Eugenia, que la idea de esta sorpresa es únicamente de mi hermano; pero no te asustes: Dolmancé, a quien tengo por un hombre muy amable, y con la preparación filosófica que nos hace falta para tu instrucción, no puede sino ser útil a nuestros proyectos. Respondo de su discreción como de la mía. Familiarízate, pues, querida, con el hombre de mundo en mejor situación de formarte y guiarte en la carrera de la felicidad y de los placeres que queremos recorrer juntas.

Eugenia, sonrojándose: ¡Oh, no por ello estoy menos confusa!

Dolmancé: Vamos, hermosa Eugenia, tranquilizaos..., el pudor es una vieja virtud de la que, con tantos encantos, debéis saber prescindir totalmente.

Eugenia: Pero la decencia...

Dolmancé: Otra costumbre gótica de la que bien poco caso se hace hoy día. ¡Contraría tanto a la naturaleza! (Dolmancé coge a Eugenia, la estrecha entre sus brazos y la besa).

Eugenia, defendiéndose: ¡Basta! En verdad me tratáis con pocos miramientos.

(Todo lo que usted debe saber sobre el sadomasoquismo)

Sra. de Saint-Ange: Eugenia, hazme caso, dejemos de ser mojigatas con este hombre encantador, no lo conozco más que a ti, y mira cómo me entrego a él (Lo besa lúbricamente en la boca). Imítame.

Eugenia: ¡Oh! De acuerdo; ¿de quién tomaría mejores ejemplos? (Se entrega a Dolmancé, que la besa ardientemente, metiéndole la lengua en la boca).

Dolmancé: ¡Ah! ¡Qué amable y deliciosa criatura!

Sra de Saint-Ange, besándola también: ¿Habías creído, bribonzuela, que no iba a tener yo mi parte? (Aquí, Dolmancé, teniendo a las dos en sus brazos, las lame durante un cuarto de hora a las dos y las dos se le entregan y lo rinden).

Dolmancé: ¡Ah! ¡Estos preliminares me embriagan de voluptuosidad! Señoras mías, ¿podéis creerme? Hace mucho calor: pongámonos cómodos, hablaremos infinitamente mejor.

Sra. de Saint-Ange: De acuerdo; cubrámonos con estas túnicas de gasa: de nuestros atractivos solo velarán aquello que hay que ocultar al deseo.

Eugenia: ¡De veras, querida, me obligáis a unas cosas!...

Sra. de Saint-Ange, ayudándola a desvestirse: Totalmente ridículas, ¿no es eso?

Eugenia: Por lo menos muy indecentes, la verdad... ¡Ay, cómo me besas!

Sra. de Saint-Ange: ¡Qué pecho tan hermoso!... Es una rosa apenas entreabierta.

Dolmancé, contemplando las tetas de Eugenia, sin tocarlas: Ellas sí que prometen otros encantos infinitamente más estimables.

Sra. de Saint-Ange: ¿Más estimables?

Dolmancé: ¡Oh, sí, palabra de honor! (Dolmancé hace ademán de volver a Eugenia para examinarla por detrás).

Eugenia: ¡Oh, no, no, os lo suplico!

Sra. de Saint-Ange: No, Dolmancé, no quiero que veáis todavía un objeto cuyo poder es demasiado imperioso sobre vos para que, teniéndolo metido en la cabeza podáis luego razonar con sangre fría. Necesitamos de vuestras lecciones, dádnoslas, y los mirtos que queréis coger formarán luego vuestra corona.

Dolmancé: Sea, pero para demostrar, para dar a esta hermosa criatura las primeras lecciones del libertinaje, es necesario, señora, que por lo menos vos tengáis la bondad de prestaros.

Sra. de Saint-Ange: ¡En buena hora!... ¡Bien, mirad, heme aquí completamente desnuda: disertad sobre mí cuanto queráis!

Dolmancé: ¡Ah, qué bello cuerpo! ¡Es la misma Venus embellecida por las Gracias!

Eugenia: ¡Oh, querida amiga, qué atractivos! Déjame recorrerlos a placer, déjame cubrirlos de besos (Lo hace).

Dolmancé: ¡Qué buena predisposición! Un poco menos ardor, bella Eugenia; solo es atención lo que os pido por ahora.

Eugenia: Vamos, escucho, escucho... Es que es tan hermosa..., tan rolliza, tan fresca... ¡Ay!, qué encantadora es mi amiga, ¿verdad, señor?

Dolmancé: Es bella, decididamente..., perfectamente bella; pero estoy convencido de que vos no le vais a la zaga... Vamos, escuchadme, linda alumnita, porque si no sois dócil usaré con vos los derechos que ampliamente me concede el título de preceptor vuestro.

(¿Cómo debe practicar el sadomasoquismo?: mitos y verdades)

Sra. de Saint-Ange: ¡Oh, sí, sí, Dolmancé, os la entrego; debéis reñirla mucho si no es prudente.

Dolmancé: Bien podría no quedarme solo en reprimendas.

Eugenia: ¡Oh, santo cielo! Me asustáis. ¿Y qué haríais entonces, señor?

Dolmancé, balbuceando y besando a Eugenia en la boca: Castigos..., palizas, y ese lindo culito bien podría responder por las faltas que cometa la memoria (Le da algunas nalgadas a través de la túnica de gasa con que ahora está vestida Eugenia)...

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