Lo vi por última vez el 5 de abril de 2018, cuatro días antes de su captura. No habíamos hablado hacía dos meses y yo sospechaba que sería nuestro último encuentro. Para él, más que una sospecha era una certeza que se reflejaba en su voz cargada de despecho.

Nos encontramos pasada la medianoche en su casa del barrio Modelia, en el occidente de Bogotá. No era normal ese horario, había presionado tanto ese encuentro que le pedí a Santrich citarme cuando estuviera libre, sin importar la hora, y así lo hizo.

Se veía más pesado y viejo, y estaba parco de palabras, raro en él. Pensé que sería por el cansancio o para no despertar a los compañeros de casa, una docena de excombatientes y algunos escoltas. Puso una botella de ron y dos vasos en la mesa de la sala, y bebimos sorbos largos, él por su destino y yo por el frío y los nervios. Con ese pálpito de que no volvería a verlo quería, por primera vez en cuatro años, confrontarlo acerca del dolor causado a sus mujeres y a sus hijos, de las amenazas a sus hermanos y a sus padres por su culpa, de los abortos en la selva, de los consejos de guerra y de las arbitrariedades de algunos líderes, hoy políticos. Pensé que ante esas preguntas él me despediría de su casa sin importar la hora y la lluvia que no cesó en toda la noche. No sucedió.

La autora del libro entrevistando a Jesús Santrich en Cuba en 2014, en el marco de los diálogos de paz. Ese fue el primer encuentro de los dos.

Su mente estaba en ese futuro angustioso. Después de beber otro sorbo, soltó de repente, sin aviso, como respondiendo un diálogo interno: “Si me vienen a buscar me defenderé de cualquier manera, con las manos, con las uñas, con los dientes; y si tuviera un arma, cosa imposible ahora, la usaría”. Eso tampoco sucedió. Cuando llegaron los miembros del CTI, el 9 de abril, se entregó tranquilo, sin un reclamo, sin un grito o pataleta.

El fiscal general de la Nación, Néstor Humberto Martínez, advirtió la existencia de un expediente con grabaciones, fotos, videos, correos electrónicos y llamadas sobre un supuesto negocio entre Santrich y el cartel de Sinaloa, de México, para el envío de diez toneladas de cocaína a Estados Unidos. Con una eficiencia extraña en el país, detuvieron al exguerrillero en una operación exprés y ahora aguarda un pedido de extradición.

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Una semana después de que fue recluido terminé de escribir el libro Las batallas perdidas de Santrich (de Intermedio Editores) con las siguientes líneas: “Recuerdo aquella tarde en La Habana, en julio de 2014, cuando estaba trepado en el malecón con la brisa golpeando su cuerpo y el mar ondulante y dorado frente a sus ojos ciegos. Era libre y feliz, sin el miedo del presidio o de la muerte. Ahora, cuatro años más tarde, no hay mar, ni brisa, ni el sol sobre su cabeza, solo el techo de su celda, el encierro y la incertidumbre”.

Se encuentra recluido en el pabellón de los extraditables de la cárcel La Picota de Bogotá, “aislado hasta de sus compañeros de patio y separado del exterior por una gruesa puerta de hierro”, según me comentó su abogado, Gustavo Gallardo, director de la Fundación Lazos de Dignidad.

En la estrecha celda tiene una radio en la que oye vallenatos y música clásica, y solo una vez al día sintoniza noticias. Procura no escuchar a los periodistas para evitarse el disgusto de oír su nombre, por lo general criticado. A pesar de su situación de invidencia, alega el abogado, no le permiten la entrada de ayudas tecnológicas para que pueda acceder a los documentos legales o a cualquier lectura. Solo le dejan tener lapiceros y cuadernos sin argollas, en los que escribe las cartas y hace dibujos que su defensor reparte a quienes corresponda.

El primo de Santrich, Emil Hernández, dice que Jesús está más canoso, con la piel amarillenta por la falta de luz solar, con el cuerpo más flaco y las mejillas un poco caídas. Tras la huelga de hambre iniciada en el momento de su captura, y prolongada por más de 40 días, perdió 18 kilos y tiene problemas renales. Su ánimo, quizá por el gris del cielo, de las paredes y de su incertidumbre, tiene esa misma tonalidad.

El exguerrillero, en La Habana, subido en el muro del malecón mientras abajo su lazarillo temía que diera un mal paso y se cayera a las aguas.

Desde la noche de nuestro último encuentro no he podido volver a verlo para confirmar su pérdida de peso, la palidez de su rostro, su ánimo lúgubre y el estado de aislamiento. Quise visitarlo y entregarle el libro de mis propias manos, pero no estoy en su lista de visitantes registrados. A mediados de julio le pedí a su primo que le llevara un ejemplar en el que escribí a mano una advertencia en una página en blanco: “Santrich, leer sobre uno mismo, sin apologías, es como verse a un espejo sin retoques, al natural, con las imperfecciones y bellezas que la vida nos dio”. Comprendo que la figura del espejo sea extraña por la condición del personaje, pero no encontré mejor símil. Mientras yo esperaba afuera de la cárcel, Emil entró a visitarlo y le leyó la dedicatoria en voz alta, ante cuatro pares de oídos ajenos: un guardia, el abogado Gallardo y dos asistentes. Santrich, luego de escuchar las palabras, dijo: “Dile a la periodista que buscaré quién me lo lea, así me toque rogarles a los guardias”.

Cuando el libro salió publicado, en mayo de este año, Santrich se encontraba en la casa hogar Caminos de Libertad, una residencia católica en el centro de Bogotá donde fue trasladado desde la cárcel La Picota mientras estuvo en huelga de hambre. Allí se enteró de la existencia del libro y le pidió a Emily, una de las asistentes de su abogado, que lo consiguiera con urgencia y le leyera todas las tardes algunas páginas o le hiciera resúmenes. Aunque estaba expuesto en las vitrinas de las librerías, con una foto en la portada del exguerrillero, la mujer, digamos que por mala suerte, no lo encontró.

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Es justo que Santrich acceda a las páginas. En el libro presento las facetas que él me permitió descubrir y otras que desconoce: la de esas víctimas que no se mencionan en la guerra. Me pregunto cómo se sentirá al descorrer ese manto de los testimonios ajenos, de las voces familiares a las que abandonó y que conservan un dolor.

Su hijo mayor soñaba desde los dos años que una sombra escarbaba los armarios y luego lo asfixiaba con sus manos negras. Durante años lo persiguió esa pesadilla exacerbada por el miedo. Más adelante comprendió que ese fantasma era su padre y ese escenario, el recuerdo de su partida en 1991.

La madre del niño, ya adulto, aún guarda resentimiento, a pesar de que casi han pasado 30 años desde la huida: “Yo sé que uno debe perdonar, pero no he podido. Él nos abandonó, sin aviso, así, de repente, sin considerar el sufrimiento que nos iba a causar”. Ella lo lloró, quiso reclamarle por su egoísmo. Lo buscó en la serranía del Perijá, donde operaba el Bloque Caribe, para traérselo de regreso, pero se dio cuenta, tras una década de espera, que su marido estaba incapacitado para el amor familiar y había entregado el corazón a las Farc.

Santrich es reconocido por las gafas, que no se quita ni de día ni de noche, y la kufiya en su cuello. Quedó ciego en la década de 2000 debido a la neuropatía óptica de Leber. A pesar de la ceguera, pinta habitualmente. Atrás, un cuadro de su autoría.

Aunque Santrich le prometió en una carta no tocar el cuerpo de otra mujer, se entregó a un idilio guerrillero con una joven más atractiva, más voluptuosa y tan seguidora de la revolución como él. Por un descuido en los anticonceptivos, la nueva conquistada quedó embarazada en la selva y se marchó del campamento para tener a su bebé. La maternidad le ganó a la ideología. La joven guerrillera le pidió a Santrich que dejara el monte y se fuera con ella para luchar, no por desconocidos sino por su hogar. Él nunca le contestó, desapareció en la manigua. El hijo menor, ahora adolescente, no se explica por qué su padre no le envió ni una carta, ni un detalle, simplemente anuló su existencia. La segunda mujer, como la anterior, reconoció ese impedimento de Santrich para el amor.

Cuando se enlistó en las Farc condenó a sus familiares al estigma de ser guerrilleros en una zona de dominio paramilitar. En su casa en Toluviejo, Sucre, encontraban panfletos regados en el solar acusándolos de sapos y colaboradores del grupo armado, algunos recibieron amenazas de muerte.

La familia Hernández Solarte, antes de que Santrich se perdiera en las montañas, era una de las más respetadas del pueblo: su padre, José María, fue secretario de Educación del departamento por 25 años; su madre, Aura Fabiola, es filósofa y pensionada del magisterio; entre sus hermanos hay un médico cirujano, una psiquiatra, una docente, una abogada y un veterinario. En el hogar, ubicado en una loma ?una de las más grandes y arregladas?, se efectuaban misas y fiestas comunales con el aval del sacerdote y los políticos. Los padres, por su nivel cultural, intervenían en las decisiones del pueblo, y algunas niñas y jóvenes buscaban la alianza matrimonial para pertenecer a esa distinguida familia.

Cuando se descubrió el paradero del guerrillero se acabaron las misas y las fiestas, antiguos amigos se alejaron para evitar problemas con los paramilitares y comenzó la persecución.

Su madre, Aura Fabiola, la que más sufrió por ese hijo pródigo, se sentaba todos los días en la terraza a la espera de los mensajes que traían emisarios de las Farc, y luego de leerlos los enterraba en el solar, al lado de un palo de mango, en caso de algún allanamiento. Ella lloraba y le pedía a Dios tan solo unos segundos para abrazarlo de nuevo. Cuando la anciana volvió a ver a Santrich, con los acuerdos de paz firmados y el orgullo de imaginarlo como un futuro político, nunca le confesó esa tristeza y tampoco el miedo que sufrieron por su culpa. No quiso angustiarlo con noticias del pasado.

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Conocí a Santrich en Cuba en 2014, en el marco de los diálogos de paz, cuando viajé por un fin de semana para entrevistar a algunos miembros del secretariado. Confieso que no era el personaje que yo estaba buscando. En ese momento lo consideraba un segundón y un cínico con ganas de protagonismo. Tal vez por ocupaciones de los principales líderes de las Farc, Timochenko, Iván Márquez, Pablo Catatumbo y Marcos Calarcá me ofrecieron esa entrevista como premio de consolación, para no perder el viaje.

En las primeras horas del encuentro, me pareció un ‘chabacán’ con un ego enorme alimentado por los constantes elogios de su lazarillo, que no hacía más que aplaudir su inteligencia y sus talentos como cualidades casi sobrenaturales. “Nadie escribe como él, nadie canta como él, nadie pinta como él”, decía.

Santrich, cansado de hablar de sí mismo y de sus habilidades en todas las lides, pidió, tal vez por efecto de las cervezas, o por un capricho extraño en su medio siglo de vida, ir al malecón y que lo subieran en el muro para sentir las salpicaduras del mar en los pies. El lazarillo entró en pánico, si su jefe caía al agua tendría que buscar escondedero para evitar un consejo de guerra. Como el guía no se atrevía, ayudé a Santrich a treparse. Percibí su miedo en el temblor de los brazos y las piernas, y en su repentina seriedad. Arriba, cuando lo sentí más tranquilo, me alejé. Ya no estaba asustado, parecía un niño que recién conocía el mar.

Junto a ‘Félix’, un excombatiente, camino al homenaje al Mono Jojoy en Bogotá, en septiembre de 2017.

Luego de dos años de silencio, lo encontré en los Llanos del Yarí durante la X Conferencia Guerrillera, abierta a los periodistas del mundo. Quería descubrir la humanidad de ese ser políticamente incorrecto, ese ciego que portó un fusil y llegó a ser uno de los guerrilleros más importantes de la organización armada, ese artista que sin ver es capaz de pintar a Marilyn Monroe y a Tirofijo. Quería entender, a través de él, con su lenguaje sin diplomacias, el conflicto que padece el país y la decisión de marcharse al monte.

Recuerdo verlo en una tarima tocando una gaita, mientras abajo la guerrillerada lo aplaudía y lo vitoreaba como si de un rockstar se tratara. Cuando bajó repartió besos y abrazos entre esos fanáticos de las montañas que le impedían caminar. Entre tantos reflectores y asedio hablamos poco, estaba contento con la ilusión de la fama.

Meses más tarde, sin una turba de fanáticos, nos reunimos en Bogotá. Estaba viviendo como cualquier ciudadano en una casa de unos 500 metros cuadrados en el barrio Nicolás de Federmán, junto a una docena de antiguos combatientes; ese fue su primer hogar antes de trasladarse a Modelia. Quizá por la costumbre de una vida comunitaria y falta de intimidad, los líderes convirtieron grandes casas en elegantes campamentos capitalinos, ya sin los baños a la intemperie, sin fusiles y sin mosquitos, pero con un gentío deambulando en todos los espacios.

Allí pude apreciar su inteligencia de cerca: conoce las lenguas nativas de la Sierra Nevada de Santa Marta, es mamo honorífico de los koguis, se graduó de la Universidad del Atlántico como abogado, historiador y pintor; toca la gaita, el saxofón, la guitarra y el piano, y ha leído las biografías de decenas de revolucionarios americanos y europeos hasta el punto de parecer un quijote, no queriendo ser caballero sino con pretensiones de prócer.

Lo visité una docena de veces con irregularidad. Podía pasar meses sin verlo, y en otras ocasiones lo visitaba dos veces por semana. Yo siempre presionaba los encuentros, siempre en su casa, a la merced de sus horarios.

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Al principio pretendía hacer un perfil para alguna revista, y más adelante, por encargo de Intermedio Editores, escribí el libro sobre él.

Los rasgos que fui descubriendo al conocerlo y que despertaban tanta admiración entre personas cercanas a él, como su lazarillo y otros excombatientes, contrastaban con mis profundas prevenciones iniciales. Cuando esa misma editorial me encargó escribir su biografía, mi primera reacción fue de incomodidad: durante nuestros primeros encuentros en Cuba, y en sus apariciones públicas, Santrich posaba como un rockstar impertinente que parecía no medir las palabras antes de pronunciarlas.

El personaje no era reconocido ni por su carisma, ni por su belleza, ni por su fortuna; al contrario, era uno de los hombres más odiados del país y generaba una especie de repulsión que obligaba a muchos a cambiar el canal cuando oían su voz o veían su imagen, siempre con kufiya y gafas. Se dio a conocer en Oslo, Noruega, durante la apertura de los diálogos de paz cuando cantó el estribillo Quizás, quizás, quizás para responder si las Farc debían pedir perdón a las víctimas. La frase generó indignación. Tiempo después me explicó que no pretendía ofender a nadie, pero el periodista, autor de la pregunta, ya lo había sacado de casillas.

Para la editorial era un personaje polémico que, aunque no mereciera admiración, bien podría levantar una polvareda comercial que acarrearía buena venta de ejemplares. Aún dudándolo, busqué a Santrich y le comenté la idea. Pensé que exigiría, como protagonista, intervenir en las páginas o en las entrevistas para quedar como un héroe nacional incomprendido. De ser así, renunciaría a la escritura. El hombre accedió sin condiciones, sin conocer mi pluma y escasamente mi nombre. De mí solo sabía la entonación de mi voz y la forma de mi rostro delgado, con pómulos salientes, ojos grandes y pelo largo y ondulado.

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El exguerrillero sabe reconocer los rasgos de una persona por medio del tacto: primero se fija en la voz y luego le toma el brazo para conocer su contextura. Cuando entra en confianza, pide, con expresión paternal, tocar el rostro. Pasa sus dedos por los ojos, por las pestañas; luego baja a la nariz, la detalla, percibe la curvatura; sigue bajando a los labios.

Los años de visión le dejaron la manía de asomarse por la ventana cada vez que escucha el timbre y fijar los ojos en el celular cuando escribe mensajes de texto (guiado por una aplicación que le dice las letras, las palabras y las frases).

La primera vez que hablamos en Cuba parecía mirarme por debajo de sus gafas. Iba al baño del restaurante con la seguridad de saber dónde estaban los peldaños y la puerta. Al regresar, se sentaba en la misma silla y no se equivocaba de botella. Confieso que no le creí su ceguera. Más adelante me enteré de que conocía el lugar hacía meses y pedía la misma mesa al saber la distancia que la separaba del bar, la cocina y el baño.

Con el tiempo lo vi dando traspiés, cayendo de una escalera y estrellarse contra una bicicleta. Cada vez que sucedían esos accidentes se enojaba de su torpeza, y era peor si el objeto de su caída era nuevo, colocado sin avisar por algún desconsiderado.

Las batallas perdidas de Santrich, publicado en mayo de 2018 por Intermedio Editores.

Durante una conversación me contó cómo perdió la vista. Todo empezó a finales de los años noventa, cuando un aro negro se le formó alrededor de la retina. Veía todo como a través de un tubo con un agujero que se hacía cada vez más pequeño. Siendo comandante del frente 19 de las Farc, ordenó la entrada al campamento de oftalmólogos de Valledupar y Barranquilla, y viajó a Venezuela y a Cuba. Luego de varios exámenes y procedimientos con lucecitas y vibraciones, todos los especialistas lo sentenciaron a una oscuridad irreversible por una enfermedad conocida como neuropatía óptica de Leber.

En 2002 o 2003, no lo recuerda bien, una horda de gatos, muy inusual en la selva, entró una noche a su caleta. Los animales le rozaron todo el cuerpo y la cara y así durmieron. A la mañana siguiente, al abrir los ojos ya no vio nada. Los gatos, le dijo después un médico, tenían una infección que le aceleró la enfermedad.

Acompañado de un lazarillo caminó entre la maleza hasta llegar a una casa de la guerrilla. Allí despidió a su guía y se entregó al desespero, lloró en voz alta y bebió una botella de vodka, solo, tropezando con todo. Se dio cuenta de que sus ojos ya solo le servían para las lágrimas. Temió convertirse en un estorbo. ¿Qué era de un guerrillero sin visión?

Desde antes, cuando aún podía ver, había demostrado su incapacidad para la guerra. Un guerrillero desertor, escondido por miedo a las represalias de sus excompañeros del Bloque Caribe, me contó que durante el primer enfrentamiento de Santrich se cayó al suelo, en plena plomacera, y empezó a botar espuma por la boca y a temblar como poseso. Los compañeros, en medio del ataque, tuvieron que sacarlo a rastras y quitarle el fusil de sus manos engarrotadas. Los superiores consideraron que el guerrillero epiléptico era un peligro para el campamento y lo relegaron a la retaguardia. Otros desertores del mismo bloque donde militaba contaron que en varias ocasiones tuvieron que cargarlo y paladearle sus dolencias. Más adelante, a esas flaquezas para el combate se sumó la invidencia, cuando tenía 35 años.

Aprendió a pintar guiado por la tabla de braille, una regleta llena de agujeros usada por los ciegos del mundo para dibujar o escribir. En el estudio de su casa lo vi hacer un cuadro. Recuerdo que trazaba marcas de referencia con un punzón y el lienzo iba quedando como esos juegos de los niños que consisten en unir puntos hasta obtener un dibujo claro, en ese caso una playa, una palmera y una barca solitaria en medio del océano.

Mientras aplicaba colores, que reconocía por marcas con relieve en las etiquetas de los frascos, me dijo: “Recuerdo el olor de la selva, olía a helechos, a tierra fértil, a humedad. Los nacederos de agua olían a frío y a pólvora, un hedor gris que se te mete por la nariz y te da piquiña. Cuando caminábamos, sabía que llegaríamos a una casa por el olor de un cigarrillo, de un perfume o de un café. Y cuando alcanzábamos la cumbre de una montaña me daba cuenta, por el viento fuerte, que provenía de todas partes”. Comprendí que sus descripciones eran distintas a las de los seres con vista, sin referencias de formas y colores, solo de aromas, olores y sonidos. La mayoría de sus sueños nocturnos son negros, sin rostros, llenos de voces conocidas. Una vez me confesó haberse soñado como un joven que podía ver, y se sintió contento al poder correr sin un lazarillo.

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Antes de su captura confiaba en un milagro que lo librara de su ceguera. Según me dijo un exasesor de las Farc, un pastor cristiano le prometió a Santrich sanarlo como muestra de los poderes de Dios. Quizá aguarda la esperanza de que lo visite y haga su magia. Por ahora, desde la oscuridad de su celda y sus ojos, pinta y escribe. No ha encontrado entre los guardias quién le lea las páginas que describen su vida desde la perspectiva de alguien que lo buscó por años como periodista, amiga y enemiga. El libro permanece cerrado y él con la impotencia de no conocerlo. Pasajes de su intimidad, algunos conocidos por él, y otros desconocidos, están expuestos para todos menos para el protagonista. El presidio lo separa de su propio retrato.

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