“La ciencia no es tan buena como el sexo, pero dura más”, decía Stephen William Hawking con su voz robótica. El científico, comparado en importancia con Einstein, dedicó su vida a descifrar enigmas y él mismo fue uno de ellos. Contra todo pronóstico, sobrevivió a la esclerosis lateral amiotrófica, que empezó a quitarle movilidad en 1963, cuando los médicos le dieron apenas dos años de vida. Frente a las grandes limitaciones físicas, se valió de soluciones tecnológicas: una silla de ruedas manejada con leves movimientos de la cabeza y los ojos, y una computadora que traducía sus pensamientos en palabras con un acento medio gringo que a su primera esposa nunca le gustó configuraron ese aspecto de hombre-máquina que lo convirtió en ícono de la cultura popular y que despertó inquietudes sobre su desempeño, mucho más allá de la curiosidad científica.

Si se habla de misterios, su vida sexual lo fue durante los 55 años que paladeó la enfermedad hasta su muerte. ¿Cómo es posible que alguien con una deficiencia motoneuronal irreversible se haya casado dos veces y, por si fuera poco, haya tenido dos hijos? Esta fue la pregunta que muchos lanzaron al espacio, pero a la que pocos le encontraron respuesta.

El hombre de 1,70 metros de estatura, preso en un cuerpo inerte que apenas podía mover dos dedos y algunos músculos faciales, era un milagro y un genio de la ciencia, sí, pero también un hombre, sexuado y sexual, como cualquiera.

Una de las mujeres que mejor lo conocieron, su madre, Isobel Walker Hawking, aclaró en una de sus pocas entrevistas que el mayor de sus cuatro hijos siempre fue “un jovencito muy normal”. La escocesa contó que era muy fiestero y que cuando se lanzaba a la conquista era muy selectivo, “le gustaban las chicas guapas y solo las guapas”, dijo. Su pinta y su esencia de nerd nunca le hicieron ruido a su evidente ímpetu de donjuán.

Hawking era un enamorado, un womanizer. El afrodisiaco del que el astrofísico se valía para conquistar era la inteligencia y lo que siempre va bien ligado a ella: el humor. Para usar estas armas no se necesita más que el órgano principal, el cerebro, ese que Hawking tenía bien entrenado y desarrollado.

El tipo fue burbujeante, como su bebida predilecta, el champán. Así conquistó a su primera mujer, Jane Wilde estudiante de Lenguas Modernas del Westfield College, a quien dejó embelesada con su conversación en la fiesta de Año Nuevo de 1963, organizada por un amigo común en Saint Albans, la ciudad cercana a Londres donde nació. El flechazo fue tan fulminante que cuando le descubrieron la enfermedad, solo dos meses después, ella insistió en seguir a su lado; se casaron y se las ingeniaron para formar una familia. Esa parte de sus vidas fue recreada en La teoría del todo, la película de 2014 que le mereció un Óscar al actor principal, Eddie Redmayne, bajo la dirección de James Marsh.

El realizador británico se quejó del veto que Jane le impuso a cualquier escena de sexo en la cinta, pero nada dijo de Stephen, a quien, de acuerdo con las declaraciones de la coprotagonista de la película, Felicity Jones, no le hubiera importado que sus particulares faenas íntimas fueran reveladas. “Stephen Hawking es un seductor. Me pidió que le diera un beso”, dijo ella durante la première mundial en el Festival de Cine de Toronto. La actriz, que pasó con él la primera semana del rodaje, contó que lo suyo fue amor a primera vista. “Al principio los nervios fueron inevitables. De alguna manera me había inmiscuido en su vida y no quería darle una mala impresión. Pero resultó ser alguien muy divertido”. Hawking compartió mucho tiempo en el set con todo el equipo. Cuando apenas se acostumbraban a esperar para saber lo que él quería decir, los sorprendió la voz de su máquina con la propuesta del beso a Felicity: “Estábamos pendientes de lo que estaba escribiendo y pensamos que tenía que ver con la película... Es un verdadero encanto, alguien capaz de sacarle su lado más chispeante a la vida. Incluso tiene algo de estrella de rock”.

Como pasa con toda estrella, no pudo escapar a los escándalos sexuales. El portal estadounidense Radar Online, que tiene como lema  ‘Los chismes son demasiado buenos como para guardarlos, tituló al lado de su nombre: “Physical Physicist!”. En el artículo, sin fotografías probatorias, revelaron que el estudioso de los agujeros negros frecuentaba Freedom Acres, un club de swingers en San Bernardino, California. Para respaldar la noticia bomba incluyeron el testimonio de un cliente regular, quien dijo haberlo visto llegar con un séquito de enfermeras y asistentes. “La última vez estaba en el área de juegos recostado en una cama y acompañado de dos mujeres desnudas que se frotaban sobre él”, comentó.

Su primera esposa nunca se quejó de las nudistas, pero terminó harta del séquito. En Travelling to Infinity, su libro autobiográfico, la abnegada Jane dejó al descubierto sus miserias. Luego de 25 años casada, y como si fuera una catarsis, contó cómo ella y sus hijos Robert, Lucy y Tim se vieron confinados a un rincón de la casa. “Fuimos apartados como si no sirviéramos para nada. Las cuidadoras vinieron a adularlo como yo nunca lo había hecho y ganaron mucho poder, sobre todo una de ellas”.

Se refería a Elaine Mason, una enfermera con pinta de arpía que le corrió la butaca a la señora de la casa y que, luego del divorcio de la pareja en 1991, se dio el lujo de ocupar su habitación. Lo que muy pocos sabían es que, lejos de sentirse triste y abandonada, Jane se liberó de un hombre que muy pocas veces la hizo feliz en la intimidad: “Era muy difícil sentir deseo por alguien cuyo cuerpo era como el de una víctima del holocausto con las necesidades de un niño”, escribió. Jane estuvo a punto de suicidarse. Hasta que apareció, como entre un coro de ángeles, el músico y organista de la iglesia local Jonathan Hellyer Jones. Entonces se armaron dos bandos. Por un lado, el científico coronado y malcriado por sus sirvientes y por el otro, la renovada mujer que al fin se sintió amada por un hombre con más corazón que ego. Se divorciaron en 1990 y cinco años después Hawking se casó con Elaine, la mujer que supuestamente le ayudaría a reconstruir su autoestima.

Al poco tiempo de oficializar su relación, la oportunista que no se perdía foto con todas las personalidades que conocía gracias a su marido. Quienes compartieron su trabajo y pasaron a ser sus empleados la acusaron de tener ataques de ira y de humillarlo y maltratarlo físicamente. Lucy, su hijastra, la denunció ante la Policía luego de enterarse de que en una ocasión el pobre llegó al hospital con una insolación severa y a punto de un ataque al corazón después de que ella lo dejó sentado en su silla a la intemperie, horas y horas, en una tarde de verano. Y eso no fue todo. Muchas veces le encontraron marcas en las muñecas y moretones en las piernas. Pero nada fue suficiente para que el genio tomara la decisión de denunciarla con las autoridades y alejarse de ella. Solo hasta 2006 se liberó del martirio cuando la muy cínica le pidió el divorcio por una supuesta infidelidad. No hay duda de que ella fue la inspiración de su famosa frase: “A pesar de que tengo un doctorado en física, las mujeres seguirán siendo un misterio”. Hawking murió sin descifrarlo.

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