El día que llegué a Santa Marta en bicicleta, vi el mar y solo pude llorar. Al fin, después de doce días pedaleando, mis tres amigos y yo habíamos llegado. Lo que no sabía es que ese sería solo el principio de un recorrido -que duró un año y siete meses- por toda Sur América. Acompañado únicamente por mi bicicleta.

(Yo recorrí Latinoamérica en moto)

Pero no empecé de un momento a otro. Vengo de una familia de deportistas: William Mosquera, recordado por ser el jugador con más partidos con la camiseta del Cúcuta Deportivo, y Delio ‘Maravilla" Gamboa, que fue delantero de Millonarios cuando ‘los embajadores‘ ganaron la estrella 13. Yo intenté ser arquero pero me retiré por una lesión en la rodilla. Finalmente estudié costos, hice cursos de presupuestos y me dediqué a eso. 

En 2012 cogí la bicicleta para irme al trabajo y desde aquella vez no me volví a bajar. Un día se me ocurrió ir hasta el desierto de la Tatacoa en bicicleta. Le conté a mis amigos y cinco de ellos se animaron a hacer el recorrido. Fueron tres días de viaje. 

En Neiva me encontré con una pareja de alemanes que venía a recorrer Latinomérica pedaleando. Ellos me convencieron y yo intenté hacer lo mismo con mis amigos, pero solo dos de ellos -son pareja-, se atrevieron. Para sostenerme saqué mis ahorros y me duraron lo suficiente para llegar a Machupichu. Ahí trabajé como mesero por una semana. Luego conocí una colombiana que llevaba unos años vendiendo manillas. Ella me dio la idea de hacer bicicletas en alambre. Las vendí a un dolar y eso fue todo lo que necesité para seguir mi camino.

Pero no nos adelantemos. En abril de 2014, mis dos amigos y yo arrancamos desde Bogotá, la meta era llegar a Brasil. Para salir de Colombia tomamos la Ruta 45 que inicia en Melgar, pasa por Neiva, llega a Pitalito y termina en Mocoa. Hoy puedo decir con seguridad que los paisajes más verdes de la región los tiene Colombia. 

Ahí llegamos al Valle de Sibundoy, también conocido como el "Trampolín de la Muerte", lo llaman así porque llueve mucho y hay arroyos que no se ven a causa de la neblina. A muchos motociclistas se los ha llevado la corriente en ese lugar. Nosotros pudimos pasar porque un señor nos acercó en su camioneta. Es la carretera más increíble de Colombia que recorrí.

El primer país al que pasamos fue Ecuador. Lo que más recuerdo de allí son los volcanes -tienen más de 20- y las increíbles carreteras que tienen un espacio muy amplio exclusivo para bicicletas, a pesar de que no es un medio de transporte popular. Las subidas son larguísimas y eso le da a uno mucha paciencia.

 

En Tumbaco, Ecuador, hay una casa muy conocida porque los ciclistas pueden acampar gratis. Allí nos encontramos con un ciclista español que tiene un blog muy conocido llamado El Biciclown. Él nos aconsejó separarnos: la pareja por un lado y yo por otro. Eso permitiría que los locales de cada lugar nos ayudaran con mayor facilidad. Lloramos un montón y cada uno cogió por su camino. Lo gracioso es que dos días después nos encontramos en otro hostal. Nos volvimos a despedir y tres meses después nos encontramos en Cuzco.

(Suramérica en moto)

De Ecuador pasé a Perú. Ese es el país de las ruinas y los desiertos. Gracias a los terrenos planos, en un día pude hacer el triple de distancia que hacía normalmente.

De ahí pasé a Bolívia. Los paisajes con que me encontré fueron impresionantes porque la mayoría de montañas son grises y las lagunas entre violeta y verdes. La altura, que suele superar los 3900 metros sobre el nivel del mar, lo obliga a uno a respirar a un ritmo diferente del que está pedaleando. Además, en muchos de esos pueblos hablan lenguas quechua y muy poco español, tuve que hacerme entender de mil formas. 

En Argentina me fue muy bien. El plan era llegar a la Patagonia, pero al llegar a Buenos Aires me encontré con muchos amigos y cuando me di cuenta llevaba seis meses viviendo allá, aunque solo tenía visa para tres meses, por lo que tuve que pagar una multa. El invierno me hizo desviar el camino y me vi obligado a replantear el plan de viaje. Fue la oportunidad perfecta para recorrer todo el costado oriental de Uruguay.

Pasé a Brasil por una ruta llamada BR101, una autopista que están ampliando, ahí mueren muchos ciclistas por la velocidad a la que van los carros. Llegué a Curitiva, ahí dejé la mitad de las maletas en la casa de un amigo que hice en el camino y conocí las cataratas del Iguazu -que por cierto, son espectaculares-. Volví a Curitiva y luego a Sao Paulo, ahí fácilmente puede llover durante dos días seguidos. Eso me impresionó.

(15 planes desconocidos para hacer en Colombia)

Mi mamá fue la que se cansó de que yo me la pasara por fuera porque ya llevaba un año y siete meses. Me presionó tanto que me devolví. Al finalizar el viaje noté que había pedaleado más de 15 mil kilómetros. Fue la mejor experiencia de mi vida y ahora sueño con poder hacer lo mismo en Europa.

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