Después de perder a mi hija mayor en la avalancha de Armero, el miércoles 13 de noviembre de 1985, sentí que debía encontrar un lugar para mí. Fue así como decidí emprender un viaje por el río Putumayo hasta llegar al Amazonas. Junto con mi pareja remamos 1500 kilómetros por Colombia, Perú y Brasil. Vivimos con las comunidades indígenas, en bases militares y hasta nos perdimos.

(Yo tengo fobia a tocar y a ser tocado)

Nací en Londres en 1937. Desde muy niña me encantó viajar en bicicleta para conocer los pueblos pequeños que colindaban con mi ciudad. Cuando cumplí 19 años me fui en auto-stop hasta Roma. Allí conocí a Alberto, un colombiano con el que me casé y quien me llevó a su país. Nadie pensó que ese viaje me llevaría a la travesía más larga de mi vida.

Después de la tragedia de Armero decidí irme a vivir con Diego, mi hijo menor, y Miguel, un hombre que conocí después de mi segunda separación. Con él vivimos en Pasto y gradualmente nos fuimos acercando a Putumayo. 

Después de vivir dos años con la comunidad indígena Secoya, decidimos que queríamos conocer el río. Cuando me preguntan por qué decidí iniciar ese viaje solo respondo: “Porque sí, porque queríamos aventura. Teníamos curiosidad”. Así que tan pronto se nos ocurrió la idea cogimos panela, chocolate, una canoa y arrancamos.

(Yo me tatué la cara de Íngrid Betancourt)

Dormíamos en la canoa, aunque muchas veces nos invitaban porque como es un río muy despoblado las comunidades se ponían felices cuando hay visitantes.

Una vez llegamos a una base militar en Perú. Ahí nos quedamos una semana y nos emborrachamos con el capitán a punta de ron el capitán. En medio de la borrachera él nos contó que para enseñarles a matar, les toca vivir un año con un perro. El animal debía acompañarlos a todos lados. En un momento ellos tenían que matarlo y comer pedazos de él.

En un punto del viaje nos advirtieron que había un personaje conocido como "Vicente el matón". Era un brasileño que una vez había peleado con un colombiano y él juró que cualquier otra persona nacida en Colombia que pasara por ahí lo iba a matar. Entonces nos dijeron que era mejor estar al lado del río contrario al que él vivía. Pero nunca se sabía dónde estaba. Así que pasamos por la mitad y no hablamos para evitar que nos reconociera. Cuando cruzábamos por ahí oímos que gritó algo pero nos fuimos remando rápido. Aunque decían que ya se había mejorado, lo cierto era que ya había matado personas y seguía libre. Pero esa es la ley de la selva.

A pesar del riesgo constante, nunca pensamos en detenernos. Nuestra meta era llegar al Amazonas.

Una vez estábamos pescando con los indígenas. En un momento vimos un tigre saliendo del bosque. Nos quedamos congelados. El animal tomó agua muy cerca a nosotros y se fue. Nunca olvidaré ese día.

Terminamos el viaje en Brasil y de ahí nos fuimos a vivir a Leticia, donde vivo ahora, debo decir que es de las mejores cosas que he hecho. Si tú quieres hacer un viaje la gente te va a decir que cómo se te ocurre y siempre hablan de los peligros. La verdad es que hay que ignorar eso. Cuando uno sale a un viaje y se arriesga, todo sale bien. El cuento es dar el primer paso, pero es como un nacimiento, como salir al mundo. Es miedoso pensarlo pero cuando uno sale nada malo le va pasar. Lo peor que puede pasar es la muerte y ella siempre está ahí. Porque saliendo es donde uno se conoce.

Durante el recorrido hice un diario que con los años se convirtió en el libro “Hacia el corazón del Amazonas”. Allí pueden leer todas las historias y muchas de las reflexiones que me dejó este viaje.

(Yo me entregué al ELN para evitar el secuestro de mi marido)