El miércoles 9 de junio de 1965, mientras se encontraba acorralado en una casa del barrio San José, en el sur de Bogotá, Efraín González Téllez lanzó una frase temeraria que es la mejor descripción de su carácter: “De acá me sacarán pero muerto, partida de hijueputas. Conmigo la pelea es peleando”. Así respondió el llamado a rendirse que le habían hecho con un megáfono desde afuera, donde lo esperaban unos 1200 efectivos de la Policía y el Ejército que tenían la misión de atraparlo o, en últimas, acabar con su vida. Moriría esa misma noche, después de horas de terca y feroz resistencia.

Según contó su biógrafo Pedro Claver Téllez, tras el desenlace de la batalla, los militares pusieron un cartel tan ridículo que se convirtió en la victoria póstuma del fallecido: “Aquí peleó durante cuatro horas un cobarde criminal contra 1200 valerosos soldados de la patria”.


Una de las pocas imágenes de Efraín González en vida. 

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Días antes, el círculo había empezado a cerrarse sobre él. ‘Juanito’ o ‘Siete Colores’, como lo llamaban, llevaba semanas cambiando de escondederos para evitar el cerco de las Fuerzas Armadas. Aunque no pasaba dos días en el mismo lugar, no hizo demasiado con su apariencia para despistar a las autoridades: siempre iba de pantalón café y cubierto con una ruana blanca bajo la que escondía una ametralladora Madsen, una pistola y munición. Una tos de tísico que empeoraba también lo delataba. En los días previos a ese miércoles, debía sospechar que las cosas estaban a punto de ponerse feas. La recompensa que ofrecían las autoridades por entregar al bandolero más buscado del momento era de 50.000 pesos en efectivo, dinero suficiente como para desconfiar de las pocas personas que quedaban a su alrededor. Los vecinos, tan pobres como fisgones, tampoco contribuían a su paranoia. Ninguno dudaría un segundo en soplarles el dato a los ‘tiras’.

¿Cómo llegó ese campesino a ser uno de los hombres más buscados del país? (Lea también: Trece años secuestrados )

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Efraín González Téllez nació en 1933 en Jesús María, un pueblo del departamento de Santander, más exactamente en la vereda Cachovenado. Huérfano de madre, desde muy niño se crió al lado de su padre, Martín González, quien a comienzos de los cuarenta se lo llevó al Quindío para escapar de lo de siempre, la violencia política. Allí creció en el nuevo hogar que su padre estableció con Clara María, su madrastra. Al final, Efraín terminó siendo uno entre diez hijos.

En Pijao, un municipio por entonces de Caldas (hoy del Quindío) trepado en la cordillera Central que colinda con los pueblos cafeteros del Valle, González se alistó en el Ejército por voluntad propia. Casi desde el primer día como recluta, en un país sumido en la guerra partidista, se ganó el respeto de los compañeros y la confianza de los superiores por sus resultados en la lucha contra la guerrilla liberal, en acciones que muchas veces sirvieron como excusa para abusar de familias campesinas inermes.

En 1953, con la llegada de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, personajes del corte de González se convirtieron en fundamentales para las tareas de represión del régimen. Pero cuando este cayó, comenzaron los señalamientos por los atropellos cometidos en ese pasado con patente de corso. Efraín González terminó aislado y señalado de rebelde. Un teniente lo puso en el calabozo como primera medida de una degradación anunciada. Cuando volvió a la libertad, González lo buscó, de civil, y lo mató. Volvió al cuartel, se armó y escapó.



Pasadas las ocho de la noche, González fue impactado por tres disparos. La bala mortal le dio en el rostro. 

No estaba solo en su huida. Con Jair Giraldo, otro reservista ninguneado como él tras la dictadura, armaron el llamado Pacto de Salento (anti Frente Nacional) para, al mando de pistoleros y asesinos como ellos, asolar pueblos del Quindío y el Valle. Pijao, Génova (de donde era oriundo ‘Tirofijo’), Montenegro, Circasia, Cartago y Alcalá, entre otros, terminaron martirizados. En principio, las víctimas fueron decenas de campesinos liberales; periodistas locales, como Celedonio Martínez; alcaldes y concejales. Desde la otra orilla de la barbarie, el liberal Teófilo Rojas, alias ‘Chispas’, y los suyos respondieron con la muerte de conservadores.

A Giraldo se le acabó la suerte un 3 de abril en Cartago. Entonces, Efraín González se fue con sus bandoleros a Santander y Boyacá. Allí se hizo tristemente célebre con una estela de muerte que no olvidan Chiquinquirá, Saboyá, Betania y Puente Nacional. Su radio de acción criminal se extendió a unas 30 poblaciones.

La orden de ponerle freno llegó desde lo más alto del gobierno, tras algunos intentos de diálogo que no prosperaron. Entre ellos los promovidos por sacerdotes católicos con los que Efraín mantenía tan buenas relaciones y que muchas veces le facilitaron refugio.

González fue detectado en abril de 1960 en una finca del municipio santandereano de Albania. Estaba con su padre y seis personas más, entre ellas Adolfo, su padrino de bautismo; Alicia, su compañera de entonces, y un menor de un año, hijo de los dos. El cerco militar que le hicieron terminó en una balacera de horas, tras la cual perdieron la vida todos sus familiares y allegados. Él y dos de sus lugartenientes pudieron escapar.

En ese momento surgió la versión más psicópata de todas las que ya había encarnado el propio González, y el mito según el cual tenía un pacto con el diablo que le permitía convertirse en un objeto o desaparecer de súbito ante los ojos de quienes lo perseguían.

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González no pertenecía al mundo de la agitación social y la lucha de ideas, no era guerrillero. “Guerrillero es ‘Tirofijo’”, dijo alguna vez para justificarse como bandolero y tomar distancia frente a Pedro Antonio Marín y esos nuevos hombres de la guerra que decían tener ideas de izquierda y admirar a Fidel Castro y sus barbudos. (Lea también: Historias desconocidas del Bogotazo 70 años después)

Tampoco era un ‘chusmero’ como ‘Chispas’, su antagonista liberal. Ni era exactamente un ‘pájaro’, esos hombres que al estilo del ‘Cóndor’ León María Lozano y sus secuaces se habían empeñado, años atrás, en conservatizar regiones liberales completas (como el centro y el norte del Valle del Cauca) a punta de masacres, incendios, violaciones, asesinatos selectivos y desplazamientos de comunidades enteras.

Su testamento sirve de guía: “... Yo soy la mala conciencia del Partido Conservador. Yo les he servido a todos y todos me han traicionado. He cometido bellaquerías en su nombre, he contribuido a la causa del Partido Conservador, matando y corriendo liberales y gente de izquierda. Serví a los laureanistas, a los ospinistas, a todos los grupos en que se ha dividido el conservatismo”.

Efraín era más bien la fase siguiente en la suma de las violencias pasadas. Era un bandolero de la generación que surgió entre 1957 y 1960; hombres (azules, como él; o rojos, como ‘Chispas’) que luego de liberarse del control de sus jefes políticos empezaron a delinquir por cuenta propia buscando lucro en el miedo que producían sus atrocidades.

Casi todos eran campesinos que habían vivido en carne propia la violencia bipartidista y que cargaban con los traumas y rencores que esta les produjo.

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Aquel miércoles 9 de junio de 1965 no se podía fallar. Las autoridades tenían la certeza de que en la casa marcada con el número 14 A 28 de la calle 27 sur se escondía Efraín González. Lo había delatado Araminta, la penúltima de sus mujeres, movida por los celos y por la jugosa recompensa. 

En minutos los alrededores se transformaron en un escenario de guerra. Centenares de hombres se apostaron en los techos de las edificaciones vecinas y en las calles adyacentes. Después de responder tan a su manera a la invitación para que se sometiera, intentaron sacarlo por la fuerza.

Dos agentes ingresaron en la habitación donde se encontraba para capturarlo. Uno salió muerto y otro, herido de gravedad.



Casi enseguida, las tropas de avanzada debieron retroceder por los disparos que, por su intensidad, parecían provenir de varios francotiradores. Cuando las personas que habitaban la casa pudieron finalmente salir tras una breve tregua, los oficiales se dieron cuenta de que ahí dentro solo había un hombre. Diversas incursiones dejaron cinco soldados muertos y una docena de heridos (incluido un civil). El coronel José Joaquín Matallana y el teniente Harold Bedoya decidieron entonces no perder más hombres y llamaron a fuego de artillería con un cañón de 40 milímetros que estremeció una y otra vez la casa, pero sin lograr su objetivo. Nunca se sabrá con cuánta munición contaba González, pero la tarde se fue alargando hasta las primeras sombras de la noche, mientras una multitud, a riesgo de ser blanco del cruce de disparos, se agolpaba en los alrededores y gritaba vivas al bandolero.

No fue sino hasta las siete de la noche que a las fuerzas del orden se les ocurrió usar gases lacrimógenos. Las columnas de humo se elevaron sobre la edificación y entonces, como alma en pena, González corrió los metros más decisivos de su vida bajo una lluvia de balas. Una y dos veces, según varios testimonios, cayó. Una y dos veces se levantó para reemprender la fuga. Después de saltar un muro quedó fuera del alcance de las mirillas de los perseguidores y de la vista de los curiosos.

Sin embargo, acto seguido sonaron disparos. En la huida, González se topó con un soldado y se desencadenó un duelo que no estaba en sus cuentas. Disparó primero, como siempre solía hacerlo. Erró, como pocas veces. En cambio, el hombre de la Policía Militar apuntó y acertó. El bandolero se desvaneció con un boquete en el rostro. Efraín González Téllez no tenía pacto con el diablo.