27 de julio de 2026

Investigación

¿Asesina en serie? El misterio de las frambuesas con talio

La fiscalía sostiene que Zulma Guzmán Castro habría enviado una caja de frambuesas cubiertas de chocolate, pero contaminadas con talio para envenenar a Juan de Bedout, su expareja.

Por: Redacción Soho
¿Asesina en serie? El misterio de las frambuesas con talio
Escrito por Francisco Sánchez | Foto: Ilustración: Leonardo Parra

Por Florencio Sánchez

La llamada quedó registrada a las 6:40 de la mañana del 16 de diciembre de 2025. A esa hora, en Londres, el día todavía no empieza; apenas insinúa su llegada en una franja de claridad indecisa que se desliza sobre el agua sin terminar de asentarse. El invierno convierte al Támesis en una superficie opaca, casi inmóvil, donde el cielo y el río parecen confundirse. La temperatura rondaba los siete grados: un frío húmedo que persiste, se filtra bajo la ropa y acompaña la respiración como una sombra.

El puente de Battersea, en el barrio del municipio de Wandsworth de la capital inglesa, estaba casi vacío. Es un tramo funcional, atravesado por quienes comienzan temprano la jornada y buscan llegar a sus trabajos. Deportistas con auriculares, ciclistas inclinados sobre el manubrio, algún vecino que cruza sin levantar la mirada. Sobre el agua, varias embarcaciones de remo avanzaban en silencio. Cada golpe abría una línea fugaz que el río borraba con rapidez. Minutos antes de esa llamada, hubo un intercambio de palabras entre la policía local de Battersea y una mujer.

Al parecer, los policías trataron de disuadirla para que no cometiera una locura. Usaron todas las estrategias posibles para esas situaciones, seguramente palabras de aliento y la promesa imposible de que todo podría mejorar. No funcionó. Al menor descuido, la mujer se lanzó al río, y la policía emitió la alerta. La unidad de rescate fluvial de Cheswick, al mando de James Anthony, tardó ocho minutos en llegar y activar el protocolo de rescate. Se trataba de Zulma Guzmán Castro, una mujer de cincuenta y cuatro años, en evidente estado de desesperación. Todo indicaba que quería acabar con su vida.

Y no era solo que se hubiera tirado a las heladas aguas del Támesis. Había otro detalle, hasta entonces desconocido y revelador, que terminaría por volverse clave para entender el episodio completo. Zulma presentaba heridas recientes en las muñecas, crudas, difíciles de disimular. Horas antes de lanzarse al río —según me confirmarían días después, de manera reservada, mis fuentes en Londres— se había cortado las venas en un episodio de angustia, impulsada por una sensación persistente de persecución.

En ese primer intento, las marcas no alcanzaron a consumar el desenlace. Los cortes en las muñecas quedaron como prueba inmediata de una desesperación que, pocas horas después, terminaría empujándola al río. Es habitual que quienes intentan cortarse las venas lo hagan en una bañera o dentro de un cuerpo de agua. Entre las razones que suelen mencionarse está la idea de que el agua retrasa la coagulación y aliviana la hipotermia que produce la pérdida de sangre; por otro lado, quieren evitarles a sus seres queridos un efecto estético macabro.

En el caso de Zulma Guzmán, ese primer intento no llegó a materializarse. Después, según permite reconstruir la secuencia de los hechos, habría buscado otra salida: dejarse arrastrar por las aguas del Támesis. Pero alrededor de esos intentos también comenzó a abrirse otra lectura, menos visible y más incómoda. En paralelo a la desesperación que describían los hechos, surgía la sospecha de si esos actos respondían únicamente a un impulso autodestructivo o si podían leerse, al mismo tiempo, como una forma de construir un relato.

Uno que, en el contexto de los cargos que enfrentaba —homicidio agravado y tentativa de homicidio—, pudiera insinuar una alteración mental, una fragilidad psicológica capaz de introducir duda en el terreno judicial. No era una hipótesis menor. En procesos de esta naturaleza, la línea entre el colapso emocional y la estrategia de defensa puede volverse difusa. Y aunque no hay evidencia concluyente que permita afirmar una intención calculada, la coincidencia entre el momento de mayor presión judicial y la aparición de estos episodios dejó una pregunta suspendida: si se trataba de un quiebre genuino o de una forma —consciente o no— de reconfigurar su lugar frente a la justicia.

En los últimos años, el entorno inmediato de Battersea ha sido transformado por desarrollos inmobiliarios de alto valor que han modificado la fisonomía del barrio. La antigua central eléctrica convertida en complejo residencial domina el paisaje con su presencia restaurada. A su alrededor, edificios modernos, terrazas abiertas al agua, paseos peatonales diseñados para una calma que parece planificada. Es un espacio observado, con cámaras visibles e invisibles, con ventanales que convierten el río en una extensión del interior doméstico. Más hacia el este, el Támesis atraviesa zonas donde la arquitectura es menos pulida y la vigilancia menos densa.

Allí el anonimato encuentra grietas más amplias. Battersea, en cambio, pertenece al Londres que se muestra. Por eso lo ocurrido adquiere una cualidad extraña. Si alguien quisiera desaparecer en el río, otros tramos ofrecerían mayor oscuridad y menor exposición. Aquí, en cambio, la probabilidad de ser visto es alta. El punto exacto del rescate permite dos lecturas que no se excluyen. La primera, que la mujer estuviera en la zona porque había pasado la noche cerca, quizá en alguno de los apartamentos de alquiler temporal que abundan en el barrio.

Son residencias discretas, diseñadas para estancias breves, donde la presencia puede ser provisional sin dejar un recorrido claro. La segunda lectura sugiere lo contrario: la elección de un lugar donde la intervención rápida fuera probable. Ninguna de las dos hipótesis elimina la posibilidad de una crisis auténtica. La desesperación no siempre se expresa en lugares ocultos; a veces ocurre precisamente donde alguien pueda verla. Aunque en ese momento los rescatistas desconocían el trasfondo de lo ocurrido, puedo enumerar al menos dos hechos concretos que pudieron haber precipitado su decisión.

Cuatro días antes de este episodio, el doce de diciembre, Zulma Guzmán Castro me había concedido una entrevista exclusiva para mi canal Focus Noticias, la cual se realizó por Zoom. Antes de comenzar a grabar, sostuvimos una conversación sobre los puntos más sensibles de la investigación. Ella se encontraba en un espacio pequeño, tranquila, y transmitía desde una laptop. El espacio que habitaba no daba el menor indicio del lugar donde estaba viviendo. Podía estar en cualquier parte del mundo. Para entonces, las autoridades internacionales desconocían su paradero, a pesar de que la Interpol había emitido una circular roja con su nombre desde octubre de 2025.

La entrevista fue emitida el día 15 de diciembre y de alguna manera también alertó a los organismos colombianos. El primer hecho ocurrió pocas horas después de esa emisión. La fiscal del caso, Elsa Cristina Reyes, le envió un correo electrónico con una instrucción concreta: «En el término de la distancia conéctese a un enlace de Teams para una audiencia de imputación de cargos por los delitos de homicidio agravado y homicidio agravado en grado de tentativa». El segundo hecho ocurrió horas más tarde. Un periodista de un medio colombiano llamó a Zulma Guzmán, al teléfono que usaba en esos meses.

Y es aquí donde surge la pregunta que sigue abierta: ¿cómo llegó este número celular a manos del reportero si su círculo de allegados en el Reino Unido era mínimo y su estancia en Londres pretendía ser discreta? Esa llamada era una filtración, una grieta. Tal vez se sintió atrapada, acorralada y expuesta al escarnio público y mediático por ser la principal sospechosa de envenenar a tres niñas y un joven con frambuesas contaminadas con talio.

El rescatista James Anthony dijo en la prensa local londinense que al llegar no la distinguieron de inmediato. El reflector barrió la superficie y encontró un movimiento a unos veinticinco metros. Un chapoteo pequeño, irregular, que por un instante pareció un animal. Solo cuando se acercaron vieron lo que era: dos brazos agitándose, luchando por mantenerse a flote. También estaban en la zona unidades de la Policía Metropolitana y de los bomberos, pero el auxilio lo hizo el bote de la unidad de rescate fluvial, con maniobras de aproximación en un río de mareas.

Anthony hizo énfasis en un detalle que le resultó extraño: la mujer no reaccionó como habitualmente lo hace la mayoría de quienes son rescatados. No parecía aliviada, ni tuvo la reacción usual de besar y abrazar a quienes la rescataron, tampoco parecía agradecida. Más bien, con una negativa insistente se mostró decidida a no recibir ayuda. Ese tipo de impresiones rara vez se convierte en dato verificable, pero sugiere la complejidad de esos minutos, en los que el frío del Támesis desordena el organismo. Llega el temblor, los dedos se entumecen, la ropa mojada tira hacia abajo, cada músculo pierde fuerza.

Estar allí, aunque sea por un lapso breve, implica haber cruzado un umbral psicológico y físico difícil de revertir. Los organismos de rescate ignoraban por completo de quién se trataba. Tan solo cumplían con su deber de proteger la vida de un ser humano desesperado. La subieron al bote, le ajustaron los vendajes, la cubrieron con una manta térmica y le preguntaron su nombre. Luego vino el traslado. La ambulancia de Londres la recibió en un muelle de Chelsea y la llevaron a una clínica donde los médicos le prestaron la primera atención. La noticia no habría pasado de ser una más entre los hechos que a diario circulan en esa metrópolis del mundo. Un intento de suicidio más, uno menos, qué más da.

Pero esa crónica con aparente final feliz, se convertiría en una primicia de interés mundial, cuando se comprobó horas más tarde que el nombre de Zulma Guzmán Castro estaba asociado a una circular roja de la Interpol por el doble homicidio de las adolescentes. La expresión «circular roja» por lo general se asocia con repercusiones internacionales, pero en realidad describe un mecanismo de cooperación policial. Una notificación roja es una solicitud formal enviada por un país miembro a los demás Estados que integran la organización, para localizar provisionalmente a una persona buscada y facilitar su detención con fines judiciales.

Interpol funciona como una red que conecta sistemas de información y permite que los países compartan alertas. En términos prácticos, significa que esa persona está siendo buscada simultáneamente en ciento noventa y seis países. El nombre circula por bases de datos, controles migratorios y sistemas policiales. La movilidad se vuelve precaria. Las fronteras dejan de ser simples líneas geográficas para convertirse en puntos de verificación compartida. Lo que había empezado como un presunto intento de suicidio en el Támesis se convirtió en una historia internacional.

Pero no había comenzado en Londres. Sino a miles de kilómetros. Con un objeto aparentemente inofensivo: una caja de frambuesas cubiertas con chocolate. Para entender mejor cómo esa mañana de diciembre terminó inscrita en una investigación criminal, es necesario salir del río, abandonar Londres y retroceder en el tiempo. Volver a Bogotá. Volver a abril de 2025… Al momento en que todo comenzó.

El domicilio mortal

Jueves, з de abril de 2025

En un sector exclusivo del norte de Bogotá, al domicilio de la familia De Bedout llegó un paquete de frambuesas congeladas cubiertas con chocolate amargo y chocolate blanco. Venían sin remitente. La presentación aparentaba ser un regalo: una caja de lujo discreto, con el cierre perfecto y el cartón rígido. Adentro, las piezas venían ordenadas igual que joyas pequeñas, cada frambuesa redonda e irregular a la vez, sellada por una capa de chocolate brillante que, al tacto, prometía ese quiebre limpio antes de soltar el frío de la fruta. La primera reacción fue de extrañeza. Nadie en el apartamento había pedido frambuesas cubiertas de chocolate. Y ese detalle —la ausencia de una compra previa, la falta del nombre del remitente— bastó para que el paquete no se aceptara. Minutos después volvieron a dejar el paquete en la portería. Esta vez traía una precisión, una frase que funcionó como llave: «Son para Martín». En esa pequeña corrección se acomodó todo. La familia lo aceptó y la frutilla quedó dentro de la casa.

Viernes, 4 de abril de 2025

Tres jóvenes estudiantes del colegio Los Nogales se reunieron en un apartamento de Los Rosales, en el domicilio de la familia De Bedout, para hornear galletas, comer sushi y quedarse a dormir. El grupo lo conformaban Emilia Forero de trece años, Inés de Bedout de catorce y junto a ellas estaba otra compañera del mismo salón, una menor de catorce años cuya identidad no circuló con la misma claridad en las primeras versiones y quien sobrevivió a la intoxicación. Así mismo estaba Martín de Bedout, el hermano mayor, un adulto de veintiún años.

El plan había sido simple. Y justamente en ese carácter íntimo residía una de las claves del caso. Las menores se dispusieron a preparar galletas y a alargar todo lo que pudieran la tarde antes de irse a dormir.

Una pijamada, en ese sector de Bogotá, en ese circuito de colegios privados y edificios con portería, citófono y vigilancia constante, era una aventura. Un ritual de estrato alto con códigos como un permiso negociado con los padres, la logística silenciosa de quién lleva qué, lo que se iba a comer, de dónde salía y si se compraba o se preparaba

Quedarse a dormir en una casa ajena era cruzar una frontera pequeña que, a esa edad, se sentía grande.

Esa noche, además de las galletas horneadas por sus curiosas manos, comieron las frambuesas cubiertas de chocolate que habían llegado al domicilio el día anterior.

Las menores se entregaron sin reservas al sabor dulce y ácido de las frambuesas. Nadie sospechó que en esa pulpa roja viajaba un enemigo invisible, el talio, un veneno silencioso, capaz de camuflarse sin dejar rastro en la lengua ni en el aire y de convertir un gesto inocente en el inicio de una tragedia.

Sábado, 5 de abril de 2025

La pijamada empezó a desmoronarse desde adentro. El malestar primero fue una leve molestia y luego se convirtió en urgencia. Quienes han experimentado una intoxicación alimentaria la describen como un crujir de tripas que sube desde el estómago y que enseguida produce náuseas, vómito, diarrea, debilidad y la sensación inmediata de ir al baño. Los síntomas con frecuencia aparecen poco tiempo después, y por eso, en una casa donde horas antes se habían compartido alimentos, ese diagnóstico inicial resulta casi inevitable. Algo estaba en mal estado. Es la hipótesis más racional y, la mayoría de las veces, la correcta. A la vez es una hipótesis tranquilizadora porque tiene un trámite conocido y una salida médica factible.

Así transcurrió la madrugada, según lo que se conoció después, con malestares generales y vómitos repetidos. El dolor se volvió una amenaza. De modo que tomaron la decisión de ir a la Fundación Santa Fe, en el norte de Bogotá. Allí las tres niñas y un adulto ingresaron en la madrugada a urgencias con un cuadro de intoxicación. La historia clínica por una descomposición en los alimentos dejó de ser plausible porque el deterioro de los pacientes avanzó sin dar tregua.

En la tarde murió Emilia Forero, después de ser ingresada a la Unidad de Cuidados Intensivos. Tenía trece años. A partir de ese punto, lo ocurrido dejó de ser solo un episodio clínico y entró al radar institucional. Se anunció una investigación para reconstruir qué se había consumido, en qué secuencia y por qué una menor había muerto mientras otras personas seguían graves.

Sin embargo, la hipótesis inicial se mantuvo, además, se procedió a hacer pruebas toxicológicas, contramuestras, aunque todavía faltaba el elemento clave que iba a cambiar el rumbo de toda la historia.

Miércoles, 9 de abril de 2025

A las 7:17 de la mañana del miércoles 9 de abril, Colombia recibió otra fatídica noticia. Los medios radiales confirmaron que había muerto Inés de Bedout, la segunda niña, de catorce años, que también seguía en la UCI Pediátrica de la Fundación Santa Fe. El hecho todavía se sostenía en la palabra intoxicación. La Secretaría de Salud dijo que no había una causa confirmada. Repitió que «no existía una prueba positiva ni ninguna otra evidencia» que permitiera determinar la causa específica, y advirtió que establecerla podía tomar tiempo por la necesidad de reportes, correlaciones y evaluaciones altamente especializadas. La urgencia por encontrar la causa de lo que había llevado a las niñas y al joven al hospital era, al mismo tiempo, una carrera por la vida. De ese nombre —de ese hallazgo— dependía la salvación de la tercera menor y del hermano de Inés. Que ellos pudieran sobrevivir se convirtió en la única luz posible dentro de una tragedia que, hasta ese momento, ya había cobrado la vida de dos niñas. En paralelo, avanzaban las indagaciones del hospital, de la Secretaría de Salud y de Medicina Legal. Se intentaba identificar una sustancia sin nombrarla, mientras se mantenía la atención de quienes seguían en cuidados intensivos. Los acontecimientos de ese día comenzaron a desplegarse en dos ritmos que rara vez avanzan al mismo compás: el ritmo clínico y el de la investigación judicial. Mientras los toxicólogos analizaban muestras y los laboratorios procesaban resultados, el CTI, los forenses y los fiscales de la Unidad de Vida reconstruían los hechos.

Jueves, 10 de abril de 2025

Llegó entonces el primer giro oficial. Gerson Bermont, secretario de Salud de Bogotá, dijo que las contramuestras toxicológicas ya permitían descartar la hipótesis que había dominado los primeros días. No se trataba de una intoxicación por alimentos. Lo que los análisis empezaban a mostrar era otra cosa, un agente que quedaba por fuera del objeto de vigilancia sanitaria de la entidad.

La segunda parte del mensaje fue la que dejó el caso suspendido. El funcionario habló de «una sustancia» detectada en los fluidos biológicos, pero no la nombró. Dijo que esa información quedaba bajo reserva, por historia clínica y por la investigación de las autoridades competentes.

Entre tanto, la clínica sostenía a dos pacientes en cuidados intensivos, mientras Medicina Legal avanzaba con la necropsia y sus análisis, pero el resultado, según se comentaba en notas de prensa, se mantenía bajo reserva por la gravedad del hecho. Ese día, se abrió la posibilidad de un químico. Varios reportes periodísticos empezaron a insinuar que se podría tratar de un elemento tóxico, industrial. Todavía sin nombre. Todavía en cautelosa reserva.

Sábado, 12 de abril de 2025

La reserva se rompió. La Secretaría de Salud de la capital colombiana informó esa mañana que las autoridades forenses habían confirmado que las dos menores murieron por envenenamiento con talio, un metal altamente tóxico, un veneno silencioso y mortal. El reporte hablaba de análisis forense y de rastros en el organismo, y señalaba que lo ocurrido aquel día entraba con más fuerza al terreno penal. Ya no era un episodio de «intoxicación accidental por causa desconocida», sino una investigación por posible envenenamiento en la que pudieron participar manos criminales, con una sustancia que no debía estar al alcance de nadie, menos en el entorno de dos niñas. A partir de ahí, en los informes periciales quedó escrito: «Causa básica de muerte: intoxicación aguda por talio. Manera de muerte: violenta-homicidio», por una concentración superior a 20 mg/L.

El talio fue utilizado décadas atrás como raticida y luego prohibido por su extrema toxicidad en humanos. En la actualidad no se consigue de manera comercial. Su circulación quedó relegada en circuitos clandestinos. Solamente en el mercado negro, quien busque muy bien, quien sepa preguntar, tal vez lo podrá encontrar. Con este descubrimiento, apareció la pregunta fundamental: ¿cómo había llegado esa sustancia a ese domicilio del norte de Bogotá?

Días después, en el programa periodístico Focus Noticias, entrevisté al toxicólogo Camilo Castellanos, quien explicó el peligro del talio con una frase simple: «No huele, no sabe y no se ve». Por eso, en las primeras horas, el cuadro clínico por lo general da cuenta de síntomas, náuseas, vómito y diarrea. Una intoxicación que cualquiera atribuye a la comida, pero que al final se trata de una trampa mortal.

Y entonces llegó lo que no cabía en los boletines del inicio. Se habló de concentraciones tan altas que la máquina no fue capaz de leerlas. Como si el instrumento se quedara sin escala y el número desbordara el rango y obligara a hablar en aproximaciones. En ese instante se mencionó la posibilidad de niveles por encima de 3000 mg/L, concentraciones letales, cuando un solo gramo era suficiente para acabar con la existencia de una persona.

La sorpresa era que la familia De Bedout ya había escuchado la palabra talio. Antes de ser noticia por dos niñas muertas, ya había sido una posibilidad en el interior de ese círculo familiar. Y cuando una sustancia extraña aparece dos veces en un mismo universo doméstico, deja de ser rara y empieza a ser perturbadoramente cercana. La investigación, en ese punto, encontró una coincidencia pasada, íntima: Alicia Graham Sardi. Ella era la esposa de Juan de Bedout y madre de sus tres hijos, entre ellos Inés, una de las dos adolescentes que murieron intoxicadas. De modo que para entender cómo el talio pudo haber llegado a la residencia de los De Bedout, también habría que volver a 2021, a otro episodio que con el tiempo adquiriría un peso distinto: la muerte de Alicia.

*Apartes de los dos primeros capítulos de ¿Asesina en serie? El misterio de las frambuesas con talio, libro que acaba de ser publicado por Focus Ediciones y escrito por el periodista Florencio Sánchez.

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