Esa creencia popular de que eruditos y pensadores son asexuados o, al menos, fríos y aburridos en la cama, se viene estruendosamente abajo cuando se revisa el “prontuario” de algunos de ellos. Albert Einstein, por ejemplo, quizá el máximo epítome del nerd, tuvo una colorida vida erótica; pero no supera a los filósofos y literatos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, la pareja de intelectuales más célebre del siglo XX.

Ella reflexionó sobre el amor, marcó la segunda ola del feminismo con su libro El segundo sexo y se dio licencias que transgredieron lo establecido. De ahí que fuera prohibida por la Iglesia, lapidada moralmente por los conservadores y acosada por enfermos sexuales, dados sus textos sobre el lesbianismo y la homosexualidad. La llamaban frígida, ninfómana y “mal tirada”, por sus cuestionamientos a la maternidad y al matrimonio, que denominaba “obscena institución que esclavizaba a la mujer”.

Sartre, gran representante del existencialismo, compartía con Simone su falta de respeto por las nociones de decencia según la moral burguesa. No era un seductor irresistible, a juzgar por sus orejas grandes, mal cutis, dientes descuidados, baja estatura y su mirada desalineada, debido a una exotropía, o estrabismo divergente, por la cual sus ojos apuntaban en direcciones diferentes. Pero eso no le impedía ser un exitoso playboy, tan solicitado, que programaba cuidadosamente los encuentros con sus diversas enamoradas a lo largo de la semana.

La pareja en 1929, cuando comenzó su relación. Tiempo después pactaron que podían tener amantes, con la condición de que no se los ocultaran.

Así lo relata una nueva biografía de Simone, Becoming Beauvoir: a life, de Kate Kirkpatrick, según la cual el primer encuentro se dio cuando ambos estudiaban filosofía en París. Él, de 24 años, supo de ella, de 21, porque ambos se contaron en la lista de solo 26 alumnos que pasaron el supremamente difícil examen para ser profesores en el sistema escolar. Al conocerse, un lunes de julio de 1929, Simone encontró a Sartre bajito, feo y un intelectual pedante. A él, en cambio, ella le pareció arrebatadora, “con una voz rota que elevaba más su allure”. Para el jueves, Beauvoir empezó a admirar su modo de pensar y de ser autoritario, y a las dos semanas escribía: “Él me ha comprendido, ha vislumbrado mi futuro y me ha poseído”.

Aún así, ella seguía sus amores con otros dos jóvenes, entre ellos uno muy sensual, René Maheu, futuro director general de la Unesco. La situación no cambiaría nunca, pues los escritores acordaron tener una relación abierta, que les daba derecho a tener los que tildaban de “amores contingentes”, siempre y cuando no se los ocultaran el uno al otro.

No contentos con ello, compartían sus conquistas. La mezcolanza llegó a tal, que Simone llamaba “la familia” a su colección de amantes interconectados. Un buen ejemplo es el de la actriz Olga Kosakiewicz, amante tanto de Jean-Paul como de Simone, quien a su vez tenía un amorío con el novio de Olga, Jacques-Laurent Bost. Así mismo, una hermana de Olga, Wanda, era amante del literato.

Sartre no satisfacía del todo a Simone ni sexual ni emocionalmente, y los amores con otros eran la verdadera base de su relación. Eran mucho más apasionados sus affaires con jóvenes de los que podría ser su madre, por los cuales tenía debilidad. Uno de ellos, entre 1952 y 1959, fue el director Claude Lanzmann, de 26 años, 18 años menor que ella (Sartre tenía 48) y le decía en una carta: “Mi niño, eres mi primer amor absoluto, ese que pasa solo una vez o quizá nunca (…). Eres mi destino, mi eternidad, mi vida”. Mientras tanto, Sartre tenía lo suyo con Evelyn, hermana de Claude.

Sartre no tenía reparo en compartir con los hombres de Simone. Aquí aparecen con René Maheu, director general de la Unesco, y con quien ella tenía sexo cuando empezaba su relación con él en los años 1920.

Antes, Beauvoir había estado con su “amor contingente” más famoso, el escritor estadounidense Nelson Algren, de quien dijo: “Lo quería por el amor que me tenía, pero no sentía una intimidad real ni me entregué a él desde dentro”. De todos modos, lo llamaba “mi esposo” en sus cartas y fue enterrada con un anillo que él le regaló.

Sartre, por su parte no ocultaba que solo le gustaban las mujeres bonitas, “por una cuestión de sensibilidad”, explicaba. Cuando él y Simone se fijaban en una joven, por lo general alumna de ella, la tomaban como su protegida hasta que la seducían. Los encendía eróticamente la sensación de que se acostaban con su propia hija.

Esta práctica tenía un lado perverso o al menos eso fue lo que percibió una de ellas, Bianca Bienenfeld, a quien él persuadió de entregarle su virginidad. Ni ese ni los demás encuentros sexuales, contó Bianca, fueron placenteros, pues Sartre tenía una tendencia al sadismo. Lo que más lo excitaba era la seducción, no el sexo, el cual resolvía brusca y rápidamente. Los escritores la convencieron de que estaban locamente enamorados de ella, pero luego descubrió que la veían como un fastidio y cuando se cansaron, la desecharon cruelmente.

Sartre y Simone nunca se casaron, pero permanecieron juntos y fieles a su pacto por 51 años, hasta la muerte de él en 1980. Simone, fallecida seis años después, ha sido reivindicada e incluso hoy es más famosa que Sartre, ante quien también se le ha hecho justicia en el campo de la filosofía, ya que se reconoce que muchas de sus ideas revolucionarias fueron en realidad expuestas por ella primero. .