La pelota: el talismán de los héroes | Foto: Getty Images

Historias

La pelota: el talismán de los héroes

Por: Redacción Soho

La pelota ha rodado entre dioses, guerreros, presos, Papas, zapatistas y niños de parque. El reconocido escritor Juan Villoro sigue la historia de ese objeto redondo que convierte el juego en rito, la fuga en deseo y el fútbol en una vieja forma de entender el universo.

Por Juan Villoro

La pelota es el más popular objeto del deseo. En caso de emergencia, Maradona podía dominar una mandarina, pero nada supera al esférico que parece botar con vida propia. Su circunferencia simboliza la perfección. Ningún cuerpo sólido parece más pleno, y es que el ser humano ama la redondez a tal grado que cuando una historia nos satisface decimos que es «redonda». La pelota somete a sus súbditos a toda clase de caprichos. Es posible atraparla, pero sólo por un rato. Destinada a fugarse y sorprender, representa las inalcanzables ilusiones de la especie. La fuerza del círculo es tan grande que Johannes Kepler se negaba a creer que las órbitas de los planetas no trazaran una circunferencia. Pasó buena parte del siglo XVII tratando de ajustar sus cálculos a esa figura mágica hasta que aceptó la mala noticia de que las órbitas describieran la fea silueta de una elipse. El universo no es tan hermoso como debería.

Por esa misma época, Blaise Pascal definió la omnipresencia de Dios a partir de la redondez y lo imaginó como un balón metafísico: «Una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna». Esto nos lleva a la etimología del juego. El balompié asocia la extremidad que la patea. Sin embargo, hay una lengua que le ha dado prioridad absoluta al combate del deseo. Para sorpresa de muchos, el latín se sigue actualizando.

José Antonio Millán ha escrito una disfrutable biografía del primer gran gramático de nuestra lengua: Antonio de Nebrija. Ahí informa que «la Oficina de Letras Latinas de la Secretaría de Estado del Vaticano, que se encarga de traducir y escribir todos los documentos oficiales del Papa, ha tenido que buscar un modo de decir tuit (breviloquia, ‘enunciado corto’) o futbol (sphaeromachia, ‘combate por la esfera’)». Aunque Virgilio no llegó a conocer este neologismo, sin duda habría apreciado la dramática acción que convocaba.

La liturgia del fútbol prospera con particular fuerza en los países católicos. Para realzar las similitudes entre la religión establecida y la fe que se condensa en los estadios, la final de Brasil 2014 enfrentó a Alemania y Argentina en el momento singular en que la Iglesia tenía dos Papas, uno alemán y otro argentino. Se desconoce si durante ese partido Ratzinger y Bergoglio intercambiaron breviloquia a propósito del sphaeromachia.

La pelota es el más popular objeto del deseo. En caso de emergencia, Maradona podía dominar una mandarina, pero nada supera al esférico que parece botar con vida propia. | Foto: Getty Images

Dentro y fuera de los templos, los seres humanos se han hecho acompañar de esferas reales e imaginarias, y a partir de ellas han inventado fábulas y artilugios, desde la historia de la princesa hipersensible, capaz de sentir la punzante redondez de un chícharo colocado bajo una montaña de colchones, hasta la bola negra que los presos llevaban atada al tobillo, la infamante blackberry que luego dio nombre a un grillete electrónico.

Sin duda alguna, la más popular de todas las formas redondas es el balón, que ha definido la historia del juego en los parques, las playas y los estadios en el deporte organizado. La esfera de hule vulcanizado surgió hace más de tres mil años en el territorio que hoy llamamos México. Junto con la vainilla y el chocolate, esa ha sido nuestra mayor contribución a la alegría. En el año 1600 a. C., los olmecas ya dominaban el arte de extraer savia del árbol de hule y someterla a una vulcanización natural que creaba sólidas esferas, capaces de reproducir con sus botes la taquicardia de un coloso. En un libro anterior, Balón dividido, narré mi visita a la zona arqueológica de Toniná, perteneciente a la cultura maya. Ahí, el arqueólogo Juan Yadeun, responsable del sitio, me mostró un bajorrelieve que representa una pelota con la cabeza de un enemigo. «Los mayas conocieron la vulcanización antes que Dunlop», comentó Yadeun y agregó que, en ocasiones, el proceso se completaba agregando cenizas de los muertos, lo cual convertía a la pelota en emblema de resurrección.

El mundo prehispánico es incomprensible sin el juego de pelota. Ahí se condensaban actividades militares, rituales, deportivas, comerciales, astronómicas y culturales. Se jugaba por placer y por apuesta, por ceremonia y por reparación de agravios. La cancha era un espacio cósmico, orientado conforme a la geografía del cielo, pero también profano, abierto a los quehaceres de la plaza pública. La pelota tenía que cruzar anillos o tocar marcadores. Al adquirir un valor sagrado, la competencia escenificaba la disputa de diversas dualidades: el día y la noche, el mundo y el inframundo, la vida y la muerte. En ocasiones se hacían sacrificios propiciatorios antes o después del partido. Mucho se ha especulado sobre la suerte de los jugadores. ¿Se mataba al ganador o al perdedor? En términos deportivos, el derrotado merecía morir; en términos rituales, la muerte era un honor, y acaso esa fuera la aniquiladora recompensa del vencedor.

Sin duda alguna, la más popular de todas las formas redondas es el balón, que ha definido la historia del juego en los parques, las playas y los estadios en el deporte organizado. | Foto: Getty Images

Cuando le pregunté al respecto a Lee A. Parsons, coautor del libro Ulama, The Ballgame of the Mayas and Aztecs, afirmó con resignada sabiduría: «Sólo podemos decir que se mataba al más apto para el sacrificio». De acuerdo con Yadeun, el juego de pelota más similar al descrito en el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, es el de Toniná. Otras zonas arqueológicas destacan por la proliferación de estos espacios: en Cantona se han descubierto veinticuatro campos de juego y en El Tajín hay once (el más sugerente de ellos es diminuto; se ubica al centro de la ciudad y no fue hecho para jugar: es un monumento, un altar a la pelota). El de Monte Albán sobresale por sus piedras doradas, que parecen concentrar la luz del Valle de Oaxaca, y el de Chichén Itzá, por su condición monumental.

«Para la mente prehispánica, el juego de pelota no era un elemento más, sino una síntesis de su concepción de la vida y el universo», me dijo el gran historiador de los mitos Alfredo López Austin cuando lo entrevisté sobre este tema. Resumen del cosmos, el juego de pelota ocurre en el «patio del mundo», el lugar de encuentro de la gente con los dioses. Hoy en día, la pelota más antigua del mundo no se encuentra en un sitio arqueológico, sino en Madrid, en la colección de Agustín Domínguez, exdirectivo de la liga española. Se trata de un balón maya de dos mil años de antigüedad que fue hallado en Yucatán por una expedición de National Geographic. Naturalmente, no hay modo de saber de qué modo esa pieza del patrimonio mexicano se incorporó a la principal colección privada de objetos de fútbol.

Aventuras históricas y políticas del balón

En 1611, Sebastián de Covarrubias definió así el término pelota en su Tesoro de la lengua castellana o española: «Hay muchas diferencias de pelotas; pero la ordinaria es la que está embutida con pelos, de donde tomó el nombre». Durante el Renacimiento florecieron las pelotas de trapo y cuero rellenas de pelos. En Muerte súbita, novela que narra un fabuloso partido de tenis entre el poeta Quevedo y el pintor Caravaggio, Álvaro Enrigue describe la fascinación cercana al miedo que producían las pelotas: «Había algo tétrico en hacerlas con pelo humano y no todo el mundo estaba dispuesto a fabricar un objeto que se anima gracias a lo único que no se pudre de un muerto».

En el Renacimiento, las pelotas tenían personalidad en el más literal de los sentidos, pues dependían de un donador de pelos. En Much Ado About Nothing, Shakespeare describe a un personaje diciendo que tiene tanto pelo que ha llenado varias pelotas de tenis con sus barbas.

Saber que una pelota contiene un remanente humano puede llevar a la más desmedida ambición. Enrique narra la historia de la decapitada Ana Bolena, cuya cabellera pelirroja sirvió para hacer pelotas que despertaron desmesurada codicia. El cabello de la reina fallecida insuflaba nueva vida al objeto lúdico. Una de las frases más conocidas de Quevedo parece una definición de la pelota: «Lo fugitivo permanece y dura». La fugacidad alcanza otra duración gracias a la pelota. En el balón de hule maya las cenizas adquieren vida póstuma; por su parte, la pelota renacentista recuerda que el organismo se corrompe, pero el cabello «permanece y dura».

El mundo prehispánico es incomprensible sin el juego de pelota. Ahí se condensaban actividades militares, rituales, deportivas, comerciales, astronómicas y culturales. | Foto: Getty Images

La simbología del balón se renueva de manera constante. Las comunidades zapatistas brindan buen ejemplo de ello. Los pueblos originarios de Chiapas se levantaron en armas el 1 de enero de 1994 para protestar por la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, que beneficiaba a una franja de la población, pero volvía a relegar a los más necesitados. A los pocos días, hubo un cese al fuego y se iniciaron negociaciones que, en 1996, llevarían a la firma de los Acuerdos de San Andrés, que habrían de garantizar la autonomía de los pueblos indígenas, pero que hasta ahora no se han cumplido.

Los zapatistas propusieron reunirse con los delegados del Gobierno en la Catedral de México o en la Universidad Nacional. El presidente Ernesto Zedillo juzgó que eso implicaría darles demasiado protagonismo. Entonces, los zapatistas optaron por otra alternativa: una reunión al aire libre, en la cancha de básquetbol de San Andrés Larráinzar. El Gobierno aceptó, pensando que el sitio era inofensivo, pero estaba cargado de mitología. Ese espacio es la representación contemporánea del legendario juego de pelota. El sentido de la dualidad de las cosmogonías prehispánicas regresó a ese escenario, donde los indígenas jugaban de locales y los funcionarios de visitantes.

Aficionados al fútbol, los zapatistas consideran que el puesto más difícil de cumplir no es el de portero ni el de delantero, sino el de recogebalones. Cuando la pelota abandona una cancha zapatista, va a dar a una ladera o a un río. El recogebalones debe ir por ella a riesgo de toparse con una víbora o una araña, y a veces debe buscarla río abajo, con el agua hasta las rodillas. Por eso los zapatistas dicen: «Recogebalones, no cualquiera». De manera emblemática, en las asambleas de las comunidades siempre habrá una mujer o un hombre armado de un balón.

*Lo que acabas de leer es uno de los capítulos de Los héroes numerados, el libro de Juan Villoro que acaba de ser publicado por Seix Barral, un sello editorial de Planeta.

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