16 de julio de 2026
Historias
Amando y odiando al pádel
La revista SoHo invitó a la editora internacional de Caracol Radio, Grace Acosta, y al periodista y profesor Jassir Eljach para escribir sobre el pádel. Mientras a ella este deporte le cambió la vida, a él le parece que quienes lo practican lo hacen porque el tenis les quedó grande.
Por: Redacción Soho
Amando el pádel
Por Grace Acosta
Por lo general, lo nuevo o desconocido produce resistencia; tal vez por eso, del pádel he escuchado muchos comentarios de desaprobación o que buscan menoscabarlo. Que es para los malos tenistas, que genera muchas lesiones, que es demasiado costoso e, incluso, que es para gays.
La primera cancha en Colombia se instaló en Bogotá en 2015 y en los últimos cuatro años se ha convertido en el deporte que más ha crecido en el país. A pesar de los detractores que intentan subestimarlo, actualmente hay entre 40.000 y 45.000 personas que lo practican al menos una vez al mes, según cálculos de la Federación Colombiana de Pádel (FCP).
Pero ¿qué es lo que lo hace tan atractivo? Según Ricardo Nieto, fundador de uno de los clubes más importantes de la capital, el pádel «es un deporte relativamente fácil de empezar a jugar y divertirse desde el inicio». Eso hace que más personas que buscan mantenerse activas y sanas se involucren en él sin importar el nivel que tengan.
Daniel Bernal, quien preside la FCP —creada en Colombia en febrero de 2026—, resalta además que el «boom» de esta práctica se debe a que «no genera la frustración de otros deportes al no avanzar a la velocidad deseada».

A finales de 2025, en el país se registraron casi setecientas pistas de pádel, lo que hace que cada vez más personas tengan acceso a este deporte. Sin embargo, Bernal hace un llamado para que las administraciones locales sigan invirtiendo en escenarios públicos, como viene ocurriendo en Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. Dice Bernal que esta es la única forma de hacerlo «más masivo y que más personas con diferentes ingresos empiecen a practicarlo».
Nieto, por su parte, cree que el foco debe estar en los más pequeños. «Al no existir todavía un circuito infantil y juvenil sólido en Colombia, no hay un objetivo claro por el cual entrenar y competir». Para él, la tarea de las ligas y de la federación debe ser «masificar el deporte, crear estructura y generar oportunidades para las nuevas generaciones».
Otro factor que hace atractivo al pádel es su componente social. El pádel permite «pertenecer» a una comunidad a la cual acudir en momentos de soledad y aburrimiento. Ese fue mi caso. Con un círculo social cada vez más reducido, unas amigas en posparto dedicadas a la crianza de sus primeros hijos, otras creciendo profesionalmente fuera del país, o con múltiples ocupaciones, yo encontré en el pádel algo más que un divertimento ocasional.
Aunque siempre me ha gustado hacer ejercicio y mantenerme activa, con este deporte fue diferente. Desde que jugué mi primer partido —al que acepté ir por la curiosidad que me generó la fiebre que había—, se convirtió en un estilo de vida.
Entre más iba conociendo a personas con la misma pasión, mi agenda se fue transformando y llenando de partidos amistosos, torneos y clases hasta el punto de jugarlo cinco o seis veces a la semana.
Mejorar mi volea, mi bandeja, el globo y mi saque se convirtió casi que en una obsesión. En mi presupuesto mensual se adicionó un ítem dedicado a lo que gastaría en pádel. Mi clóset se fue llenando de faldas y vestidos deportivos, los mismos que se usan para tenis, como si fuera una profesional.
El paso a seguir es organizarlo. «La pala» está ahora en manos del Gobierno nacional y las regiones para que pase de ser el deporte de moda a un motor de entretenimiento. Incluso, llegar a ser competitivo a nivel internacional como lo es en Brasil y Paraguay o, por qué no, una potencia como Argentina.
La competencia le suma una motivación adicional para ser constante y de esa forma seguir avanzando en el nivel de juego. Puede ayudar incluso a forjar un mejor carácter y crear relaciones sanas. A mí me ha enseñado a perder, más que a ganar, y a manejar la frustración cuando los resultados no se dan. Recuperarse de un marcador en contra o de una mala racha, aprender a levantarse cuando lo ves todo perdido o sientes que no tienes chance de ganar. Porque en el pádel, como en la vida, todo está en la mente.
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Odiando al pádel
Jassir Eljach
¿Qué le diría yo a mi versión niño noventero que se levantó jugando bolita’e uñita (canicas, pues), volando cometa, bailando trompo y echando partidos de bola de trapo en la mitad de la calle, que después de viejo se me dio por jugar pádel?
Lo que fue el ciclismo en pandemia, o sea, una excusa para instagramear actividad física en un periodo de tiempo determinado de la humanidad, es hoy ese deporte del que todos sabemos de puro milagro que incluye una raqueta.
Y es que de un tiempo para acá en todas las redes sociales veo estados de la gente practicando pádel y he llegado a la conclusión de que el crecimiento personal de nuestra era viene ligado a encontrar el deporte ideal para nosotros. O, dicho de otra forma, el que esté de moda. Ya la misma gente ha pasado sin sentir vergüenza propia de montar cicla en pandemia, de hacer running y senderismo para salir del encierro poscovid, de practicar boxeo como una forma de noquear al patriarcado, a jugar pádel sin saber bien el porqué o para qué.
Yo no entiendo otra razón para jugarlo más allá de porque otros lo hacen, de porque se ve bacano o core —palabra que espero estar empleando bien— o para llenar cartilla en el Instagram.
Lo cierto es que el pádel llegó para quedarse, porque incluso los entusiastas de esta raqueta apolillada se atrevieron a conformar la Federación Colombiana de Pádel en febrero de este año. Y, como no podía ser de otra forma, la sede deportiva está en Barranquilla, malla pescadora de toda moda, toda tendencia y todo parapeto digno de ser copiado.

O sea que nace por cesárea una nueva pasión, un Junior estrato 6 en esta ciudad en la que ya se hizo el primer torneo oficial de esta disciplina de gente de bien. Avalado por el Ministerio del Deporte y todo.
En honor a la verdad, el pádel incluso ha bajado de estrato o yo no sé si es que ha servido de levadura que inflama las ansias aspiracionales de la clase media. Cerca de una universidad donde doy clases en Cartagena, que queda en la zona sur, hay cancha de pádel, al lado de un taller mecánico, diagonal a una cantina y una mesa de fritos y casi al lado de una IPS. Fácilmente se pueden quemar calorías mientras se esperan los doscientos turnos para la cita médica y cien más para reclamar medicamentos.
Después de jugar unos partidos con los amigos, el cartagenero promedio puede irse para la casa en mototaxi y con la raqueta en la mano. Toda una abolición de la teoría de la lucha de clases, si me preguntan.
Puede pensarse que es pura diatriba, ganas de joder mías, puro sesgo o mi ofídico deseo de destilar veneno. Pero en una pausa activa, mientras escribo este artículo, sin querer, el dios del algoritmo se manifestó. Entré a mi Instagram y en su estado una conocida está raqueteando y preguntando a jugadores de pádel si es categoría A o B. Me cuenta que sarcásticamente lo dijo porque en mujeres las categorías son C y D, pero dice que le costó cogerle amor a este embrión de deporte y ya se encuentra con gente que se niega a jugar con otros por no estar en su misma categoría. O sea que hasta en el pádel llega un momento en que se rompen las talanqueras del deporte recreativo y aparecen los deportistas competitivos con ánimos de alzar trofeos, pero no les alcanzan los bríos para jugar tenis de verdad verdad.
Porque hasta hace poco me enteré de que el pádel es algo así como un refajo del tenis. O un tenis descafeinado, si se quiere. Con la cancha más pequeña, el boleo más lento y una raqueta distinta, pero el principio es el mismo: que la bola vaya de un lado para el otro por encima de una red.
Que tenga una federación, que tenga canchas en sectores con medicina prepagada, pero también de régimen subsidiado, da para pensar que no es una moda pasajera… No vayan a quedar las raquetas acumulando polvo en un rincón de la casa, así como quedaron arrumadas las bicicletas compradas en la pandemia.


