Quienes me conocen, pero no son tan aficionados al ciclismo como yo, suelen preguntarme todos los días de grandes vueltas: “¿y hoy cómo le fue a Nairo?, ¿de qué llegó?”. Cuando las etapas son planas, las que llamamos ‘de transición’, la respuesta es difícil de explicar. (Muchas razones para admirar a Rigoberto Urán)

–¡Bien!, llegó con el grupo.

–¿Cómo así? ¿Por qué no atacó? ¡No entiendo por qué no se fuga!

Una gran vuelta, como el Tour de Francia, se compone siempre de 21 etapas, pero el recorrido cambia todos los años. Para 2017, se programaron cinco etapas de montaña y solo tres terminan subiendo. Una de ellas ya se corrió y la ganó Fabio Aru. Por eso es que Nairo no puede atacar ni fugarse todos los días, como les gustaría a los televidentes que ven el ciclismo de reojo o se están iniciando en comprender las lógicas de este deporte, pues no todos los terrenos le convienen igual.

Este año, de hecho, se programaron 14 etapas planas. Hoy se corrió una más y la volvió a ganar Kittel, sentando en el sillín y levantando la mano derecha para estirar los cinco dedos que cuentan sus victorias en el Tour de Francia 2017. Una victoria más que obliga a buscar motivos e ideas para escribir algo distinto en cada etapa de transición. (Fabio Aru reinventa el Tour de Francia)

Las etapas planas, además, entregan mayor cantidad de puntos en el embalaje final y los puntos sirven para ganar la clasificación de la regularidad, la que distingue a su líder con la camiseta verde, para el caso del Tour, o la Maglia Ciclamino, del reciente Giro de Italia, que vimos vestir a Fernando Gaviria. Entonces, si algún ciclista irreverente decide fugarse durante alguna de estas etapas, padecerá la persecución de los equipos de embaladores –que ahora se llaman sprinters– quienes tirarán del pelotón a 50, 60 o 70 kilómetros por hora para borrar a los escapados.

Si Nairo se fugara en una etapa plana, aunque tuviera la fortuna de ir acompañado con tres de su equipo y tres de otro que, digamos, lo acompañe, a su espalda correrían, por lo menos, seis equipos de sprinters que se lo comerían vivo a 20 kilómetros de meta y él, a causa del desgaste, quedaría rezagado a unos cinco minutos de quien termine como vencedor de la etapa.

A los colombianos que participan en este Tour (Rigo, Nairo, Chaves, Atapuma y Henao, que ahora es pecado escribir sin nombrar a alguno), los veremos aparecer nuevamente en las montañas, a partir de mañana, para bien o para mal. Ese es su escenario y allí es donde deben cumplir su papel. Por eso Darwin Atapuma declaraba, hace unos días, ante en el micrófono de Carlos Julio Guzmán, que “en estos días, prácticamente, no tenía nada que hacer”. (Rigo ganó la etapa 9 del Tour con una bicicleta dañada)

Nada que hacer, aparte de aguantar el ritmo de carrera durante 200 kilómetros y cinco horas de competencia. Un leñazo que deja a los ciclistas listos para comer, recibir un masaje y dormir para enfrentar el día siguiente, según describió hace unos días Sergio Luis Henao, frente a las cámaras de los corresponsales.

Mañana volverá la fiesta porque el Tour chocará contra Los Pirineos. Habrá final en alto en el Peyragudes, a 1.580 metros de altura, con partida casi a nivel del mar. Allí, seguramente, iniciará el nuevo punto de giro de esta ronda gala. (10 cosas que usted no sabía del Tour de Francia)