La llamada de Michael Peterson a la línea de emergencia el 9 de diciembre de 2001 es angustiante. En la grabación se le escucha desesperado pidiendo ayuda para su esposa, quien acaba de caerse de las escaleras y yace inconsciente, pero aún con vida. Sin embargo, para cuando las ambulancias llegan, Kathleen Peterson, una empresaria millonaria de 48 años, está muerta.

Michael y Kathleen formaban, según las personas que los rodeaban, una pareja perfecta.

Una de las primeras escenas del documental The Staircase, del francés Jean-Xavier de Lestrade ganador en 2001 del Óscar por el documental Murder on a Sunday Morning muestra a Michael Peterson recorriendo su mansión en la ciudad de Durham, Carolina del Norte, y explicando la secuencia de lo ocurrido esa noche. Según su testimonio, él y Kathleen habían estado hablando y bebiendo vino junto a la piscina hasta que en algún punto, avanzada la noche, ella decidió irse a la cama y él, quedarse un rato más. Poco después, cuando también él decide irse a dormir, entra a la casa y se encuentra con su agonizante mujer tirada a los pies de la escalera. Las primeras reacciones son unánimes y apuntan a un accidente; una caída fatal provocada, entre otras cosas, por la mezcla de alcohol y Valium —Kathleen  lo usaba para ayudarse a dormir—. Están respaldadas por observaciones tan subjetivas como generalizadas: era una pareja perfecta y Michael es encantador e inofensivo. Y sí, uno ve al tipo que aparece en pantalla, un escritor medianamente reconocido hasta ese momento, y piensa que podría ser su amigo. Es conversador, sonriente y proyecta la tranquilidad propia de un inocente.

Al pie de esta escalera y sobre un charco de sangre fue encontrado el cuerpo de Kathleen.

A pesar de la imagen de tipo bonachón, las certezas sobre lo ocurrido empiezan a resquebrajarse pronto. Primero son las fotos que muestran el cuerpo de Kathleen rodeado por un charco de sangre y las manchas rojas en la pared, pues la lógica indica que una simple caída sería mucho menos escandalosa. Luego viene la autopsia y las imágenes de las laceraciones en la cabeza, que también retan la explicación del traspié y que llevan a la apertura del juicio del Estado contra Michael Peterson.

Frente a los estrados, el propio acusado decide convertir su caso en un documental, lanzado primero en 2004 con ocho episodios, a los que se le sumaron dos más en 2012 y otros tres que Netflix estrenó recientemente. Cuando comenzó no podía sospechar que transcurrirían más de 15 años, ocho de los cuales pasaría en la cárcel, para llegar a un final.

Ya en el segundo capítulo las cosas empiezan a complicarse. Una a una las pruebas presentadas por la fiscalía le dan verosimilitud a la hipótesis de un asesinato a sangre fría cometido por el esposo. Se demuestra, por ejemplo, que Michael es bisexual y que solía tener relaciones extramaritales con otros hombres, lo que es usado para poner en entredicho la supuesta relación idílica de los Peterson. O que había mentido sobre las condecoraciones que había recibido durante su participación en el guerra de Vietnam. Eso, sumado al hecho de que años atrás había estado vinculado a la muerte de otra mujer en Alemania cuyo cuerpo, para colmo, apareció a los pies de una escalera, hace que en el tercer episodio uno ya no dude de su culpabilidad.

Pero nada es así de transparente en los casos de crímenes verdaderos, porque más tarde uno se enterará de declaraciones mentirosas, exámenes mal hechos, omisiones malintencionadas, intereses oscuros y teorías alternativas la más exótica no está recogida en el programa, pero sostiene que el ataque de un búho fue el causante del accidente. Por eso cuando terminan los 13 episodios uno ya no sabe nada de nada. Y es precisamente por las fluctuaciones entre certezas y dudas que el público permanece fiel a estas historias, a pesar de tener que tragarse horas enteras de audiencias somníferas.

Producciones como la propia Murder on a Sunday Morning (2001), Making a Murderer (2015), el podcast Serial (2014) o la inquietante Genio del mal (2018), entre muchas otras, han logrado convertir en entretenimiento el lado más oscuro del sistema penal, sobre todo el estadounidense, que produce guiones mucho más retorcidos de los que podrían ocurrírsele al más imaginativo novelista. Pero no solo eso, también han hecho tambalear la confianza de la gente en su aparato judicial y han creado un sistema inédito en el que detectives y jueces, crispetas en mano, se sientan ahora del otro lado de la pantalla.

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