“Morgan se besa con su primo”. “Audrey sueña que tiene sexo con los Minions”. “Audrey se depila entre los senos”. “Morgan usa su cabello como hilo dental”. Esas son algunas de las frases que gritan desesperadas, mientras cuelgan de un tubo y reciben golpes de una espía rusa decidida a aniquilarlas. Revelar los secretos y comportamientos más vergonzosos de la otra, lo que la rubia sabe de la pelinegra, es la estrategia más sagaz que se les ocurre para no morir en Europa en medio de una trama de espías que ni siquiera les compete. Pero sale mal, como casi todo lo que urden en esta cinta:

—¿Por qué sabes tanto de ella?— pregunta la rusa.

—Porque es mi mejor amiga. Sabemos todo la una de la otra. ¿Tú tienes una mejor amiga?

Acto seguido, la espía de facciones andróginas las mira confundida, pasa del desdén a la tristeza y, por último, a la cólera. Les propina una paliza aún más fuerte que la anterior. Pese a esto, sobreviven y lo hacen tal como lo hicieron a su primer tiroteo en un restaurante o a la persecución de otros espías por las calles de Viena, Ámsterdam, Berlín y Budapest: gracias a su torpeza natural.

Eso, y no las acciones calculadas o la ruda sofisticación de los agentes secretos de manual, hace atractiva a Mi ex es un espía, la más reciente película protagonizada por Mila Kunis (Audrey) y Kate McKinnon (Morgan), y dirigida por Susanna Fogel. El argumento es simple: dos amigas treintañeras terminan involucradas en una trama de espionaje internacional por cuenta del exnovio de una de ellas.

Fogel asegura que “todo comenzó con una conversación con mi coguionista. Pensábamos en cómo incluir el tipo de personajes que queríamos, y que tienen una sensibilidad más cercana a las películas independientes, dentro de una gran experiencia cinematográfica divertida. No queríamos terminar en las entrañas de Netflix o en el olvido, como todo lo que hemos hecho. Un día hablamos de nuestro amor por las películas de acción y por las que retratan la amistad femenina y nos preguntamos: ¿y si usamos el prototipo de las chicas de Broad City (2014) como plantilla y creamos a dos muchachas típicas y cómicas en situaciones de extremo peligro?”.

No estamos ante la versión femenina de Jason Bourne, no veremos las largas y bronceadas piernas de Cameron Díaz ni la actitud intimidante de Lucy Liu en Los ángeles de Charlie. Ni siquiera la personalidad atrevida de Angelina Jolie en películas como Wanted o Salt, en las que escapa de la muerte esquivando las balas y saltando entre trenes y carros.

Las hazañas de Kunis y McKinnon son mucho menos espectaculares y ni siquiera les salen bien. Como esa escena en la que tratan de robarle el carro a una pareja de ancianos, pero fallan en el intento porque, como la mayoría de los gringos, no saben conducir con caja mecánica. En Mi ex es un espía no hay héroes. O, mejor, no hay héroes típicos. Solo dos jóvenes estadounidenses promedio que, con la mucha o poca heroicidad que eso suponga, logran volverse hacia el estereotipo y burlarse de él.

Es más, el nombre The Spy Who Dumped Me, su título original, es una clara mofa a otras dos películas del género: The Spy Who Loved Me (1977, la décima entrega de James Bond) y la cómica Austin Powers: The Spy Who Shagged Me (1999). Y es una burla porque en esos títulos las mujeres son siempre accesorias, simples acompañantes que exudan erotismo en cada gesto pero de las que no sabemos mucho más.

La película de Fogel, por su parte, pone el foco en las protagonistas y sus contradicciones. Audrey es una mujer que, a pesar de tener una belleza única y ser divertida, es abandonada por su novio. Es inteligente pero neurótica y se resiste a ser la mujer promedio, pero en el fondo cree que nunca será lo suficientemente especial. Y Morgan es el contraste ideal: se percibe a sí misma como un ser excepcional que todavía no ha tenido la oportunidad de demostrarlo.

Esas contradicciones, sumadas a una destreza nula, logran convertirse de alguna manera en armas poderosas en esta cinta. Y, más sorprendente aún, acarrean un cierto tipo de novedosa sensualidad.

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