Es Irlanda a principios de 1920 y los gemelos Rachel (Charlotte Vega, Velvet) y Edward (Bill Milner, Dunkerque) acaban de cumplir 18 años. Se supone que por haber alcanzado la mayoría de edad ya podrían hacer lo que quisieran, pero viven bajo tres reglas inquebrantables —que han memorizado con una tétrica canción de cuna—: deben estar en sus camas antes de medianoche, no pueden dejar entrar a nadie a la casa y nunca deben dejar al otro solo.

Todo esto por culpa de una maldición que heredaron, la cual los obliga a permanecer en la lúgubre mansión donde viven y a no tener vida fuera de esas paredes. Sus padres y todos sus ancestros murieron ahí y ahora la casa parece hablar para decirles que su turno ha llegado.

Pero Rachel se enamora de Sean (Eugene Simon, Game of Thrones) —un soldado que, presuntamente, acaba de regresar de la Primera Guerra Mundial— y se rehúsa a aceptar su destino. Su hermano, por otro lado, está entregado a cumplir con la condena de la familia. Así, su personaje se deteriora mientras el de ella se empodera a medida que ‘los inquilinos’ intentan, desesperados, arrastrarlos a su mundo.

De esta manera arranca un thriller con tintes de cine de terror gótico, y de entrada tiene todos los clichés del género: una casa vieja embrujada (que suena hasta con mirarla), caras pálidas y ojerosas y, por supuesto, la presencia de algo sobrenatural que cobra vida en la madrugada. Ah, y también muchas referencias a Edgar Allan Poe evidentes en los cuervos y su poema El lago, recitado en la cinta.

Si bien la trama no es nueva ni original, el hecho de que sea una película de terror crea la expectativa de que uno va a llevarse un gran susto en cualquier momento. Eso nunca pasa. Ni la historia ni muchísimo menos los efectos visuales logran esa angustia inevitable que produce ver una cinta de miedo. Lo que sí logra generar es mucho suspenso e incomodidad.

El hecho de querer saber quiénes son esas personas que viven bajo la casa, qué quieren de ellos o cuál es la maldición hacen que uno desee ver más. Pero, a ratos, esos elementos sorpresa rayan con lo absurdo: a los fantasmas desnudos se les suman algo de incesto y el “despertar sexual” de los protagonistas, una combinación, de lejos, inusual en un filme clásico de terror.

Aun así, con todo y lo raro que pueda sonar, esa fue la propuesta por la que se la jugó el director Brian O’Malley. Es la segunda película del irlandés después de Let Us Pray, una cinta mucho más sangrienta y violenta que Los inquilinos, pero que comparte su carácter turbio. El guion estuvo a cargo de David Turpin, un profesor de literatura irlandesa y compositor, quien creó un cuento gótico que poco se diferencia de cualquier otro thriller de terror.

Hay que reconocerles que aunque la producción no es lo suficientemente poderosa (quizá debido a un problema de presupuesto), sí les suma mucho el ambiente donde rodaron.

Los inquilinos fue filmada en el Loftus House, una mansión de más de 700 años en una zona rural al sureste de Irlanda. Dicen que en realidad la casa está embrujada por el fantasma de una joven dama del siglo XVII. Cierto o no, hace mucho más creíble el cuento y hasta los actores comentaron que la locación les ayudó muchísimo a meterse en el papel.

Prácticamente no tuvieron que intervenir la casa, que en su estado actual se presta sin problema para contar la historia de una familia que heredó una terrible maldición.

Pero los diálogos se quedan muy cortos para que los protagonistas puedan darlo todo. La honrosa excepción es Charlotte Vega, quien con su actuación logra elevar el nivel de Los inquilinos y, de alguna manera, darle fuerza al resto de la historia. El personaje de Milner es turbio, como uno esperaría, pero sería mucho más creíble si de repente no tuviera un exceso de maquillaje al mejor estilo de una película de Tim Burton.

Las críticas no logran ponerse de acuerdo y la realidad es que, después de verla, uno no sabe muy bien qué pensar. Para algunos faltó originalidad en la trama pero para otros, aun sabiendo cómo termina, es enriquecedor ver su desenlace.

Si bien no es una película para morirse de miedo, es lo suficientemente oscura como para perturbar a cualquiera.

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