La trama parece típica de una película hollywoodense. Un profesor tímido y genial ha planeado minuciosamente y por años un atraco multimillonario a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Para llevarlo a cabo, recluta a un escuadrón de crápulas (hackers, asaltantes, estafadores, falsificadores) que tienen la misión de entrar al edificio, hacerse con el botín y salir.

Bueno, no exactamente eso. A decir verdad (spoiler alert) tienen la misión de hacerle creer al público que fracasaron en su plan de escape y que por eso terminaron encerrados con un grupo de rehenes (trabajadores de la fábrica y estudiantes de un colegio que estaban de visita, entre quienes está la hija del embajador británico), lo que los obliga a iniciar una negociación con las autoridades, encarnadas en Raquel, una policía de línea dura.

En un principio todo marcha a la perfección y cada situación parece un engranaje dentro de la máquina de relojería calculada por el Profesor, quien sigue el desarrollo de la operación a control remoto desde su casa. Sin embargo, pronto descubre que a pesar de la meticulosidad, las cosas siempre pueden descontrolarse, y que todo plan tiene una zona gris que puede echarlo todo a perder. Las conflictivas personalidades dentro de su escuadrón ponen el robo al borde del fracaso en varias ocasiones y tienen al espectador en tensión constante.

Un detalle da la dimensión de la habilidad de los realizadores. Consciente de que se tratará de un evento mediático, uno de los objetivos que les impone el Profesor a sus discípulos es ganarse al público. Y eso es exactamente lo que ocurre con los televidentes. En cierto punto, uno se encuentra maldiciendo al rehén inocente que solo quiere escapar y celebrando alguna canallada de los secuestradores como un logro propio.

Esa identificación de la audiencia trascendió las fronteras de España. Originalmente, la serie fue emitida en la cadena Antena 3 con un éxito arrollador. Pero fue solo después de que Netflix empezó a emitirla —en diciembre del año pasado—, que se volvió un suceso mundial y una de las diez series del catálogo más vistas en todo el mundo.

En la más reciente temporada de carnavales europeos, el uniforme rojo y la máscara de Salvador Dalí, que identifican a los asaltantes, fue uno de los disfraces más usados. En Arabia Saudita, un equipo de fútbol de la capital hizo un tifo gigante para recibir a su rival mientras de fondo sonaba Bella Ciao, el himno de los partisanos italianos que hace parte de la banda sonora de la serie y que ahora se escucha más que nunca. En Los Ángeles, un policía de tránsito iba a multar a un conductor que estaba mal parqueado y cuando vio que se trataba de uno de los protagonistas de la serie solo atinó a decir: “Fuck, you are Arturito”, antes de desistir del comparendo.

Si hace unos años la máscara de Guy Fawkes —el rebelde británico que quiso volar el Parlamento en 1605 y que inspiró al personaje de la película V de vendetta— entró a la cultura popular gracias a la fuerza del movimiento Anonymous, hoy la máscara de Dalí, de La casa de papel, ha empezado a hacer su recorrido como ícono global de la mano del éxito de la serie.

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